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Las palas de playa

Este es un artículo de verano. O sea que si estás hastiado currando, no te has podido coger vacaciones aún y deseas estrangular lentamente a algunos políticos españoles, deja de leer y tómate un zumo de sandía fresquito. Si en cambio sueles tener una cierta generosidad con las típicas noticias chorras que nos cuelan en los telediarios en estos meses y tienes la mente preparada para una reflexión chistosa, superficial pero bienintencionada, ¡este es tu texto!

Cuando discutimos sobre política, especialmente en verano y si tenemos familia con la que reencontrarnos, nos damos cuenta de lo complicado que es salir de los lugares comunes. Ya sabéis ese mundo de dicotomías ad-infinitum que parece generar debates sacados del guionista de los discursos de Donald Trump (o Homer Simpson). No se puede ser de Podemos sin ser un rojo comunista encubierto que quiere convertir España en Venezuela. Pero eh, la estopa también puede ir en sentido contrario: no se puede ser votante del PP sin ser un cenutrio acrítico que no es capaz de criticar la corrupción de su partido y que seguramente sea un facha.

En ocasiones, este mundo de la polarización es un efecto directo de los juegos mediáticos en los que entran medios de comunicación, ciudadanía y partidos políticos. No es motivo para alegrarse: seas de la ideología que seas, una sociedad polarizada no suele ser una buena noticia a largo plazo para nadie. Y quién quiera ver tibieza ideológica en esto, aún está a tiempo del zumo de sandía (o de melón, que también está muy bueno). La famosa democracia real que se reclamaba durante el 15M puede llevarnos a lugares inesperados si como ha ocurrido en el Reino Unido o en EEUU las clases populares se encuentran absolutamente ahogadas económicamente e ignoradas políticamente.  

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Franco Berardi (Bifo): Racismo blanco, fascismo islamista y guerra civil global

Amapola y alambre de espino

Todo se deshace; el centro no puede sostenerse;
Mera anarquía es desatada sobre el mundo,
La oscurecida marea de sangre es desatada, y en todas partes
La ceremonia de la inocencia es ahogada;
Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores
Están llenos de apasionada intensidad.

( "La segunda venida": Yeats)

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¿Somos unos tristes los que dudamos?

Hoy es jornada de reflexión. Siempre me ha hecho gracia ese concepto. "Jornada de reflexión". Te imaginas a la gente callada, meditabunda, dando paseos de un lado para otro. Y a los políticos, de repente, irrumpiendo en esos paseos silenciosos y haciendo gestos con las cejas y las manos. Como queriendo decir algo pero sin emitir ningún sonido. Y a la gente respondiendo con un gesto esquivo, también silencioso. Mientras un señor susurra al oído de un niño: "Es que es jornada de reflexión, indispensable en democracia".

Qué narices: mañana, además de un aluvión de mensajes más empalagosos que las chucherías sobre la "fiesta de la democracia", tendremos toda la misma cantinela contante y sonante que forma parte de nuestro día a día: los coches tronarán igual, los medios escupiremos mensajes de todo tipo para analizar la recta final de esta campaña y las redes sociales se llenarán de mensajes que llevarán al clímax el orgasmo electoralista: Vota esto, vota lo otro, Sonreíd, el cambio ya está aquí, Naranja, Rojo, Azul, Morado, No a los radicales, Venezuela y los españoles muy españoles son.

Que nadie se equivoque, esta no es uno de esos textos donde el autor se erige por encima del bien y del mal para decirle al lector que se va a equivocar en todo lo que haga (de ese tipo de "tertulianismo todólogo" ya hay mucho). Tampoco es un texto anti-Unidos Podemos. Diera la sensación de que en un contexto cada vez más polarizado, se reciben cada vez peor las críticas (guiño-codazo para integrantes o simpatizantes de esta formación). Sí pretende ser un análisis no partidista de la situación política y sí un mensaje a quiénes se han sumado con fervor a las ondas expansivas generadas por las sucesivas campañas electorales que hemos vivido en los últimos dos años con un deseo profundo de cambio.

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Achille Mbembe: "Cuando el poder brutaliza el cuerpo, la resistencia asume una forma visceral"

Achille Mbembe, Camerún 1957

Crítica de la razón negra. Ensayo sobre el racismo contemporáneo de Achille Mbembe, publicado por  Ned Ediciones y Futuro Anterior, es un tratado de la envergadura de Orientalismo de Edward Said. En primer lugar, se trata de una arqueología del texto eurocéntrico que construyó una idea de África como continente caníbal y bárbaro, como aquel territorio que sólo podía proveer (aún lo hace) hombres-cosa-mercancía al capitalismo, su cara oscura.

En segundo lugar, el libro es un ejercicio (ético, estético, poético) que plantea, en la misma tradición de Said y los estudios culturales, pensarse, conocerse y des-conocerse “al margen” de esta mirada imperial europea. Es decir, re-construir una memoria “de abajo” sanadora y desvictimizadora -es lo mismo- capaz de proyectar un futuro común. Mbembe rescata aquí la literatura de la otra razón negra, poetas y novelistas, Fanon y Cesaire, en un trabajo serio y delicioso, potente y extremo, doloroso y esperanzador.

Finalmente, este libro analiza la vigencia de las prácticas coloniales/imperiales que “ensalvajan” hoy en día el globo. Lo que el autor llama y anima a pensar como “el devenir negro del mundo”. Ese momento histórico en que, como dice en esta misma entrevista, "la distinción entre el ser humano, la cosa y la mercancía tiende a desaparecer y borrarse, sin que nadie –negros, blancos, mujeres, hombres- pueda escapar de ello".

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Las niñas de la primera fila

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Recientemente estuve en un par de clases de tercero de primaria con motivo del Día del Libro. Fui a contar en qué demonios consiste esto del oficio de escribir. En las dos clases, las primeras filas estaban ocupadas por niñas, con sus cuadernos en la mano, dispuestas a tomar apuntes de aquello sin duda indispensable que yo les iba a desvelar. Salvo algunas honrosas excepciones de niños despiertos y volcados en la actividad, las personas que participaron con más entusiasmo, hicieron preguntas, comentaron impresiones con mayor soltura, eran niñas. Me reconocí en ellas. No quise achacarlo al síndrome de la buena alumna, de la buena niña. Todavía no. Quise achacarlo al interés, a la motivación, a las ganas de aprender de aquello sin duda insignificante que yo les iba a contar (sí, en todas mis intervenciones públicas me asalta el síndrome de la impostora).

Apenas se da el síndrome del impostor. Mis amigas y yo descubrimos un día que estaba tipificado, leyendo un artículo barato de una revista "para mujeres". Lo habíamos comentado muchas veces: cuántas veces no nos habíamos sentido unas farsantes en nuestros logros profesionales, intrusas en un ciclo de ponencias, en un escenario, desclasadas en las mesas de defensa de la tesis, incómodas ante un ascenso o ante la consecución de cualquier objetivo en un concurso de méritos. "¿Cuándo me van a pillar? ¿Cuándo se van a dar cuenta de que YO no debería, no merezco estar aquí?", era la cantinela que nos perseguía en el interior de nuestras cabezas mientras, empujadas por el sentido de la responsabilidad o por la lucidez feminista también clave en la construcción de nuestra subjetividad, aceptábamos los cargos que se nos habían encomendado. Esos potenciales jueces que sin duda nos desenmascararían en breve encarnaban la autoridad. Que casi siempre viene vestida con hábito masculino. La autoridad y los hombres son sinónimos en nuestra sociedad androcentrista. El feminismo lo sabe y por eso ha luchado por construir autoridad feminista y, si queréis, femenina.

Por otro lado, constato ahora al escribir estas líneas, cómo jamás me he sentido una impostora ejerciendo por ejemplo, trabajos de cuidado o emocionales. Y conste que aunque alguna vez me hubiera gustado sentirme extraña en este papel, me enorgullezco al fin y al cabo, ya que, con el tiempo, he aprendido a no cuidar por defecto, sino como militancia y con quien me da la gana, consciente de su poder transformador.

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Por qué el amor romántico puede acabar con Podemos

40 Comentarios

Pablo Iglesias en Alicante, durante la pasada campaña electoral. Fotografía de 20minutos.

Se acercan de nuevo otras elecciones. Ya huele de nuevo a papeleta y sobre todo, ya empieza la campaña. Venezuela, los radicales, corrupción, más corrupción, Venezuela, los naranjas, los rojos y violetas, los azules. Sánchez, Rajoy, pantallas de plasma, mítines, portadas y mucha pereza. Pero, imaginando que gobernara Podemos (con el apoyo de IU y de las confluencias) ¿realmente podría haber un proceso de regeneración democrática?

No parece estar siendo fácil cambiar las cosas para las iniciativas vinculadas en mayor o menor medida a Podemos que gobiernan en distintas ciudades y comunidades autónomas. Cierto es que algunas "competencias del cambio" dependen del Estado central. Pero no menos cierto es que el discurso en ocasiones un poco arrogante, aunque basado en honestos deseos de regeneración, se ha topado en muchos lugares con auténticos monstruos político-burocráticos. Las instituciones están diseñadas para no cambiar, como apuntan Rubén Martínez y Laia Forné en un texto donde analizan la situación del Ayuntamiento de Barcelona. Las instituciones están diseñadas para seguir una inercia política. Es la dependencia del rumbo.

Pero más allá de esta dificultad intrínseca, hay una cuestión que gobierne quién gobierne tras el 26J parece intacta y va a seguir impidiendo dicha regeneración democrática: la partitocracia. Como el amor romántico, la cultura de partido permanece y es algo que no ha cambiado demasiado con la llegada de nuevas formaciones. Pero hay algo que sí cuestiona sus fundamentos y que explora las contradicciones: las noción de confluencia.

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Los otros sobres del PP

Trabajo cerca de Gran Vía y, desde 2011, no es infrecuente ver grupos de personas movilizadas en ella por distintas causas. Así que casi no presté atención esta semana al grupo que se plantaba frente a un portal con pancartas y silbatos. A punto estaba de pasar de largo cuando un montón de pegatinas que empapelaban el portal frente al que se manifestaban los trabajadores llamó mi atención. Invocaban a un tal Gruschka. Buen nombre para un villano. Me recordó a Gru. "Grushcka mata Unipapel", rezaban alguna de las pegatinas. Me paré. Pregunté a una de las manifestantes quién era el tal Gruschka.

Y me contó. Gruschka es el fundador de una empresa suiza de capital riesgo, Springwater (¡lindo nombre!), que en 2014 se hizo, con la pericia de croupier experto en economía de casino, con Unipapel (entre otras empresas), hasta entonces propiedad de Adveo, líder europeo de suministros de oficinas. "El plan era inyectar capital en la empresa, pero lo que está haciendo es dejarla morir", me explica Milagros, trabajadora de la empresa desde hace veintisiete años y que, a día de hoy, lleva sin cobrar su nómina desde abril y se expone a ser despedida sin siquiera indemnización (la empresa quiere declararse en suspensión de pagos a este respecto).

"Martín Gruschka está dejando morir la producción". Me habla también del montón de encargos que tienen en cola y que no pueden llevarse a cabo por falta de suministros, ya que la deuda contraída en este año y medio por Gruschka impide pagar a los proveedores. El PP y el PSOE, entre otros, son clientes de esta empresa desde hace años y era a Unipapel a quien habían encargado, hasta este año, toda la papelería necesaria para hacer el buzoneo electoral.

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El 15M cinco años después: te afecta aunque no formes parte

Estamos en lo que hoy se conocería como Alemania. Alrededor del año 1440, a un señor que se llamaba Gutenberg no se le ocurre otra cosa que inventar la imprenta de tipos móviles. A partir de ahí el conocimiento empieza a circular. Se descontrola. Desborda. Lentamente se va facilitando el informar y el informarse hasta la era actual donde cualquiera de nosotros puede fácilmente editar un blog que compita en influencia con el más grande de los medios de comunicación.

Pero volvamos con Gu tenberg. En aquella época, el conocimiento era patrimonio de unos pocos. La cultura e información vivían secuestrados en monasterios e iglesias. Esa información era determinante y decidía sobre la vida o muerte de los campesinos y las clases bajas. Tú no tenías ninguna posibilidad. Cada domingo un señor desde un púlpito te decía lo que era verdad y lo que no. Cuando se empieza a popularizar la imprenta y a circular textos, el ‘best seller’ es la biblia. Si tenías acceso a uno de esos ejemplares (y sabías leer) podías rebatir al señor del púlpito de los domingos. Podías empezar a crear tu propio relato.

Y en esto, un señor que se llamaba Martín Lutero decide crear su relato y clava en la puerta de la iglesia de Wittemberge un papel con unas tesis (sacadas del estudio de los libros de los que hablamos) y monta una de las mayores crisis que se haya conocido en Europa: parte el cristianismo en dos.

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Recuperar lo que fuimos

Carga y descarga en el antiguo mercado de frutas y verduras de Legazpi. Archivo regional de la Comunidad de Madrid. Colección Santos Yubero

Mis padres odiaban lo viejo. Uno de mis bisabuelos tenía un puesto de “efectos militares” en El Rastro y el otro era pastelero en la calle Toledo. Mi abuela se crió en una corrala de la Ribera de Curtidores, su madre y sus hermanas parecían personajes sacados directamente de un sainete de Arniches. Otro de los tíos de mi madre era trabajador del matadero municipal. Matarife. Se dice pronto. Un auténtico mujik urbano de vida disoluta que, según cuenta la leyenda familiar, no acabó muy bien. A veces me repito este árbol genealógico en silencio, entre otras cosas para recordarme que la gente de Madrid también tenemos raíces, y para de paso quitarme de encima el centralismo: los de “aquí” tendemos a leer el sabor castizo como universal tal vez porque está hecho de pedacitos de mil lugares.

Nacidos y criados en la Colonia Moscardó de Usera y en Tetúan de las Victorias, respectivamente, con su historia de amor, mis padres trazaron una línea recta entre los barrios populares del norte y el sur de la ciudad que, finalmente, se fue a salir por la tangente hacia el este, al otro lado de la autopista. Una vez casados, se mudaron a lo nuevo. Lo más nuevo. Moratalaz, un barrio nacido de la nada, construido sobre antiguas huertas, parecía un lugar tan bueno como cualquier otro para resetear y enraizar a las criaturas del baby boom en el suelo del fin de la historia y prepararlos de paso para la España por venir, libre ya de hambre y miseria.

Pero como dice Elena Ferrante en su maravillosa tetralogía de aguda mirada marxista y feminista Dos amigas (por supuesto tachada de melodramática y culebroniana por haber salido de la pluma de una presunta donna), debajo de nuestras caras actuales, todos llevamos las máscaras de nuestros antepasados. Los cuerpos antiguos nos habitan. Somos lo que fuimos. A las ciudades también les pasa, por más que los procesos de especulación agresiva quieran borrar todo signo de un pasado vivido y lleno de huellas.

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Cómo salir del odio: entrevista con el filósofo Jacques Rancière

Jacques Rancière, por Freddy Rikken

¿Guerra o política? Según Jacques Rancière, la política no tiene nada que ver con la política de los políticos: intrigas palaciegas, negociaciones de despachos, competencia entre partidos por el poder. Es una forma de acción y de subjetivación colectiva que construye un mundo común, en el que se incluye también al enemigo. La acción política crea identidades no-identitarias, un 'nosotros' abierto e incluyente que reconoce y habla de igual a igual con el adversario. La guerra, por el contrario, tiene como protagonista fundamental a las formaciones identitarias cerradas y agresivas (ya sean étnicas, religiosas o ideológicas) que niegan y excluyen al otro del mundo compartido. Entre el otro y yo, nada en común.

En Francia, con los atentados de Charlie Hebdo y de Bataclan, la lógica de la guerra gana terreno. Y el gran beneficiado es el Frente Nacional. Pero la verdadera alternativa, según Rancière, no es la que se nos propone desde el mainstream: “populistas contra demócratas”, etc. No, el mejor remedio posible es la acción política misma, autónoma con respecto a los lugares, a los tiempos y a la agenda estatal. Es decir, solo elaborando el malestar (el “odio” dice aquí Rancière) en claves políticas de emancipación (colectivas, igualitarias, abiertas e incluyentes) se puede por ejemplo disputar el terreno al Frente Nacional. La politización del malestar es el mejor antídoto contra su instrumentalización por parte de aquellos que quieren encontrar chivos expiatorios entre la gente de abajo.

Esta entrevista de Eric Aeschimann a Jacques Rancière fue publicada originalmente en Le Nouvel Observateur el 7 de febrero de 2016. Poco después, en la plaza de la République, arrancaba el movimiento de la “Noche en pie”, precisamente uno de esos momentos políticos. Publicamos aquí la entrevista con permiso del entrevistado. La traducción del francés corre a cargo de Pablo La Parra Pérez.

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