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Por qué el amor romántico puede acabar con Podemos

¿Sería posible imaginar una política menos basada en la filiación partidista y más en las filias políticas coyunturales y situadas? ¿Podemos abandonar la narrativa superficial del partido con sus líderes centrales para aceptar la complejidad de una narrativa distribuida geográfica e ideológicamente?

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Pablo Iglesias en Alicante, durante la pasada campaña electoral. Fotografía de 20minutos.

Pablo Iglesias en Alicante, durante la pasada campaña electoral. Fotografía de 20minutos.

Se acercan de nuevo otras elecciones. Ya huele de nuevo a papeleta y sobre todo, ya empieza la campaña. Venezuela, los radicales, corrupción, más corrupción, Venezuela, los naranjas, los rojos y violetas, los azules. Sánchez, Rajoy, pantallas de plasma, mítines, portadas y mucha pereza. Pero, imaginando que gobernara Podemos (con el apoyo de IU y de las confluencias) ¿realmente podría haber un proceso de regeneración democrática?

No parece estar siendo fácil cambiar las cosas para las iniciativas vinculadas en mayor o menor medida a Podemos que gobiernan en distintas ciudades y comunidades autónomas. Cierto es que algunas "competencias del cambio" dependen del Estado central. Pero no menos cierto es que el discurso en ocasiones un poco arrogante, aunque basado en honestos deseos de regeneración, se ha topado en muchos lugares con auténticos monstruos político-burocráticos. Las instituciones están diseñadas para no cambiar, como apuntan Rubén Martínez y Laia Forné en un texto donde analizan la situación del Ayuntamiento de Barcelona. Las instituciones están diseñadas para seguir una inercia política. Es la dependencia del rumbo.

Pero más allá de esta dificultad intrínseca, hay una cuestión que gobierne quién gobierne tras el 26J parece intacta y va a seguir impidiendo dicha regeneración democrática: la partitocracia. Como el amor romántico, la cultura de partido permanece y es algo que no ha cambiado demasiado con la llegada de nuevas formaciones. Pero hay algo que sí cuestiona sus fundamentos y que explora las contradicciones: las noción de confluencia.

A pesar de que hay un grupo minoritario que distingue (y prefiere) la idea de desbordamiento a la de confluencia, lo cierto es que ésta última es la que está de moda. La cultura digital ha multiplicado nuestro número de filias, volviéndonos más consumistas pero también mucho más promiscuos ideológicamente. Confluimos porque el mundo de los departamentos y los sectores está dando paso al mundo de la transversalidad y la multiplicidad. Por otra parte, la grandes afiliaciones que sustentaban nuestro modelo social y cultural están en crisis: la iglesia, el matrimonio, el ejército, la escuela...y el Estado (incluyendo los partidos políticos como forma de organización de dicho Estado).

Los movimientos feministas se están encargando de desbaratar el discurso patriarcal que esconde el amor romántico: donde las película de Hollywood proyectan "amor verdadero y para toda la vida”, las redes de activistas se encargan de despiezar y deconstruir estas narrativas para desvelar posesión, control, objetualización…¿resulta descabellado hacer un paralelismo entre amor romántico y partitocracia? Y por escoger el caso concreto de Podemos, ¿no es esa lealtad partidista precisamente la mayor de sus contradicciones? ¿No es la filia partidista la que niega uno de los principales pilares de inclusividad que formaban parte del espíritu del 15M? Los partidos ofrecen nos amor verdadero y espacios de confort ideológico. Los partidos nos ofrecen una relación estable. Nos ofrecen matrimonios políticos. Pero, ¿es eso lo que demanda la sociedad civil?

En el documental “ Recetas municipales” varias personas ofrecen intuiciones muy interesantes. Por ejemplo, Francisco Jurado, actual asesor de la Vicepresidencia III del Parlamento de Andalucía (ocupada por Juan Moreno Yagüe, en representación por Podemos Andalucía) decía que se imaginaba un escenario político en el que en vez de partidos hubiera instrumentos temporales y autodestruibles o mutables en una sola legislatura, siendo volátiles y cambiantes como lo son los conflictos sociales. Marta Cruells reconocía sobre Barcelona en Comú que aunque existía el reto de superar la idea de partido era algo que no se estaba consiguiendo. Lo mismo que Pablo Carmona, que incluso antes de terminar siendo concejal de Ahora Madrid, ya reconocía que aunque los partidos no han sido siempre una cosa cerrada que no escucha y han sido también un campo de tensiones y contradicciones no se estaba consiguiendo romper con la lógica del partido como ámbito de especialización en la toma de decisiones políticas. 

Tomando como ejemplo Catalunya, podríamos decir que Barcelona en común, Catalunya sí que es Pot y En Comú Podem son en realidad artefactos políticos muy similares pero distintos a la vez. Responden a una coyuntura política cambiante,  tremendamente voluble. Están formados a su vez por distintas organizaciones políticas que confluyen en una. Y no sería extraño que para las siguientes elecciones locales en Barcelona o regionales en Catalunya, los artefactos elegidos fueran otros. Pero, ¿solucionan las lógicas de partido y consiguen ser espacios políticos abiertos a la ciudadanía y a la sociedad civil? Probablemente, de momento, no. 

A nivel estatal, la narrativa que de momento se impone (la hegemónica, como le encanta decir a Iñigo Errejón) es precisamente la del partido. Podemos ha tenido grandes conflictos para gestionar las cuestiones regionales porque, como decíamos previamente, el Estado es otra de las instituciones del amor romántico que están en crisis. Y lo táctil no está de moda solo por culpa del boom de los smartphones. También porque la ciudadanía responde a las cuestiones que le afectan próximamente, que puede tocar y palpar, que le afectan en su propio cuerpo. Y en Podemos, el gran instrumento de proximidad (que eran los círculos) fracasó como mecanismo de participación de abajo a arriba, para dar lugar a una estructura mucho más tradicional, cerrada y con una toma de decisiones centralizada. Además, Podemos no ha rehuido, más bien ha abrazado la narrativa de partido y premiar la afiliación fuerte, probablemente obsesionado por el carrusel de elecciones al que se ha tenido que enfrentar. 

¿Sería posible imaginar una política menos basada en la filiación partidista y más en las filias políticas coyunturales y situadas? ¿Podemos abandonar la narrativa superficial del partido con sus líderes centrales para aceptar la complejidad de una narrativa distribuida geográfica e ideológicamente? ¿Cómo tener un debate de verdad basado en políticas y no en políticos? ¿Será acogido el poliamor en la política actual en vez del amor romántico a un partido?

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