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“El crecimiento económico no implica necesariamente desarrollo”

Hermes Binner, diputado nacional y líder del Frente Amplio Progresista argentino, logró 3.700.000 votos en las elecciones presidenciales de 2011, en las que quedó segundo, por detrás de Cristina Fernández

"Hoy en Argentina gobierna un populismo con el eje en una persona y nosotros creemos que se debe gobernar con instituciones solidarias, participativas y transparentes", afirma sobre el 'kirchnerismo'

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Hermes Binner, diputado nacional y líder del Frente Amplio Progresista argentino.

Hermes Binner, diputado argentino y líder del Frente Amplio Progresista. / Alejandro Lamas

Hermes Binner lleva más de cuatro décadas en política y desde su época de militante universitario hasta hoy lo ha hecho en un solo sitio: el socialismo. De hecho, este médico, descendiente de inmigrantes suizos, es el primer gobernador socialista de Argentina. En 2011, obtuvo el segundo puesto en las elecciones presidenciales consiguiendo casi cuatro millones de votos con el FAP (Frente Amplio Progresista), fuerza que lidera y que lleva más de dos décadas gobernando la ciudad de Rosario, segunda del país, y seis años la provincia de Santa Fe. En 2015, posiblemente, vuelva a ser el candidato a presidente por el FAP y el país estará mucho más cerca de tener el primer Gobierno progresista de su historia.

¿Usted cree que están dadas en Argentina las condiciones políticas para una alternancia en el Gobierno?

Se están dando de una manera acelerada y es necesario para la construcción de un país normal en el que haya una alternancia.

Quedan dos años para que concluya este periodo presidencial. ¿Cómo los imagina de cara a la nueva composición de la Cámara de Diputados?

Por una parte es necesario que la presidenta tenga comprensión cabal de que su tiempo se está terminando y, por la otra, que la oposición tenga una actitud seria y responsable en función de la importancia que tiene un cambio en paz.

Desde España se observa al peronismo como un movimiento capaz de englobar en su seno muchas corrientes de opinión. El kirchnerismo, por ejemplo, se interpretó como una manifestación progresista o cercano a la izquierda. ¿Usted cómo lo definiría?

Definir el movimiento justicialista es la pregunta más difícil que se puede hacer. Hay siempre una atracción por quien posee la manija [el poder]. El cambio de manija significa una readecuación rápida hacia ese nuevo líder y, por lo tanto, las aspiraciones del pueblo argentino no siempre coinciden con lo que lleva adelante el justicialismo; casi nunca coinciden.

En ese sentido el progresismo tiene que ver con lo que se puede modificar y conservar. Cuando nosotros tenemos un Gobierno que aprueba una ley antiterrorista, que recurre una ley contra el blanqueo de capitales, que no respeta los acuerdos económicos con inversores, es decir, un Gobierno zigzagueante, empaña el logro estrella del justicialismo, que es el ingreso universal por hijo.

¿Se deduce de lo que usted afirma que ese progresismo pertenece a un relato y no a la realidad?

Claro, el relato es un cuento y nosotros lo que queremos es un cambio de paradigma porque este modelo es indudable que no satisface las necesidades del pueblo. Se manifiesta en la gran desigualdad que existe y en una serie de economías vinculadas al delito, como el narcotráfico al que el Gobierno no ha tomado con la fortaleza y eficiencia que debería haberlo hecho.

Hablar de economía del delito tiene una carga semántica muy fuerte.

Es que la economía formal no puede pagar lo que paga la economía del delito y esto es una falta de competencia y una compra de conciencia de niños, de jóvenes, que no son imputables por su edad y que tienen un ingreso económico diario a partir de su vinculación con el narcotráfico. Esto lleva también a una situación de violencia donde pierden siempre los mismos, los niños y los jóvenes, y también ganan los mismos: los narcotraficantes.

¿Cómo es posible que en una economía en crecimiento no se contemple la cobertura de necesidades básicas?

El crecimiento económico no implica necesariamente desarrollo. Argentina creció económicamente en una década a tasas chinas pero esto no revirtió en un desarrollo social. Por lo tanto, hoy la marginalidad sigue existiendo, al igual que la exclusión social y el millón de pobres sin trabajo. No existe una política de inclusión.

¿Hay vías de salida para esto?

Lo primero es poner en el centro de la escala de valores al ser humano. Desde esa centralidad esa persona deja de ser habitante y pasa a ser ciudadano. Esto se logra con un cambio de paradigma social, político y económico. Por ejemplo, en lo económico se trata, en nuestro caso, de acercar la industrialización donde se encuentran la producción primaria, los alimentos.

Esa cercanía permite construir escuelas y hospitales e integrar al hombre con su trabajo, con su región y su cultura sin verse obligado a emigrar. Esto tiene un reflejo en lo social, ya que combate la exclusión. Y en el aspecto político, creer profundamente en el Gobierno de las instituciones, y no en el de las personas. Hoy en Argentina gobierna un populismo con el eje en una persona y nosotros creemos que se debe gobernar con instituciones solidarias, participativas y transparentes.

¿No tiene recambio el kirchnerismo?

Eso es típico del populismo. El propio Perón planteó: "Mi único heredero es el pueblo".

Cuando terminó el mandato de Carlos Menem, también llegó a su fin el llamado menemismo. ¿Estamos ante la disolución del kirchnerismo con el fin del mandato de la presidenta?

Nosotros creemos que va terminar con el fin de este mandato. Es más, hoy ya aparecen nuevos nombres y hay sectores del modelo kirchnerista que se reacomodan a esta circunstancia… Es como cuando se quema una casa: la gente sale.

Usted lidera un frente progresista en Argentina con larga experiencia de Gobierno en la provincia de Santa Fe y la ciudad de Rosario. No es sencillo conciliar las distintas visiones de la izquierda. ¿Cómo se logra que converjan enfoques tan diversos?

Los partidos tradicionales conservan siglas y referentes históricos pero, en esencia, lo que se busca hoy es un proyecto de nación al cual convocar y al cual seguir. Esto es lo que se ha hecho en Santa Fe. Tenemos en marcha un proyecto que parte de una planificación estratégica, un plan de veinte años, que, a medida que se aplica, la población puede verificar, año a año, su cumplimiento. Proyectos, como ha sucedido en Santa Fe, que se puedan ver y tocar. Nuevos hospitales y centros de salud funcionando, por ejemplo, salud pública en marcha y dando respuestas sociales. Esto significa que más allá de la propuesta política está su materialización.

¿Qué estamos tratando de hacer? Llevar este modelo al resto del país. Lo hemos recorrido de punta a punta y hemos tomado contacto con todos los actores sociales, con lo cual, tenemos una visión muy cercana a la realidad de los problemas de la gente. Esto se materializa con programas y equipos y, por supuesto, con voluntades y votos.

¿Usted cree que la socialdemocracia en América Latina tiene hoy más respuestas que no es capaz de dar Europa?

En primer lugar, América Latina mira a España y, a través de España, a Europa. Dicho esto, cada vez estamos más convencidos de que España no debe olvidarse de América Latina. No solo nos vertebra el idioma: hay mucho más puntos de integración. Por otro lado, en cada uno de nuestros países debemos hacer propuestas que alienten la integración con Europa y que nos acerquen. Hay hechos muy positivos. En Chile, por ejemplo, donde ganó Ricardo Lagos, después Michelle Bachelet, y, como no hay reelección, triunfa la derecha y cuatro años después perderá las elecciones con el regreso de Bachelet.

En Uruguay pasa otro tanto: gobernó Tabaré [Vázquez], hoy Pepe Mujica y volverá a gobernar Tabaré. Hay, entonces, una simpatía hacia procesos populares que piensan en el crecimiento económico pero también en el desarrollo. Mire lo que sucede en Brasil y México, los países más importantes de la región. En Brasil, Dilma [Rousseff] sucede a Lula [Luiz Inácio Lula da Silva] y gobierna, a mi manera de ver, de forma muy satisfactoria.

También veo con entusiasmo lo que ocurre en México. El PRI [Partido Revolucionario Institucional] regresa al Gobierno pero, una vez instalado en él, convoca a otras fuerzas, al PRD [Partido de la Revolución Democrática] y al PAN [Partido Acción Nacional] para hacer un gran pacto. Tienen diferencias pero tienen lo importante en común: qué hacer con la educación, con la salud, con la comida chatarra de los colegios y, lo fundamental, qué hacer con el petróleo. Es decir, América Latina está cambiando y tenemos expectativas de seguir cambiado.

¿Será usted el próximo presidente argentino?

Nosotros hemos sido la segunda fuerza en las elecciones anteriores, con 3.700.000 votos, y seguimos trabajando para que esa fuerza pueda continuar en sectores desencantados con los partidos tradicionales. Además, queremos atraer a sectores sociales que no están vinculados con los partidos, pero que sí ven la posibilidad de potenciar una idea que permita mejorar la calidad de vida de su colectivo. Estamos en un momento interesante de la construcción de una fuerza más sustanciosa, más profunda y con mayores chances de ganar.

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