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La opinión no es siempre opinión

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Si ya es difícil hablar de la opinión pública, cuanto menos lo es el doble hablar de la opinión personal. ¿Existe opinión personal? ¿Qué es la opinión personal? ¿Todo lo que opinamos es opinión personal? Son interesantes preguntas, la mayoría sin respuesta o con múltiples y sin ninguna predominante sobre el resto.

Entendemos que la opinión personal es aquella que las personas tenemos acerca de un tema o un asunto, o también sobre varios. Por ejemplo, mi opinión sobre la religión en las escuelas es que soy ateo o agnóstico y por lo tanto estoy en contra de que exista esa enseñanza, o que soy católico pero creo que la educación pública debe ser seglar. Estas leves pinceladas sobre un tema como el ejemplificado pueden ser introductorias a la opinión personal de cada uno. De manera que habrá alguien que desarrolle más detalladamente su opinión. O por el contrario puedan quedarse en eso. En frases tan cortas como un epitafio sobre una lápida de mármol, y metafóricamente tan simbólicas como eso: el fin de la idea de una persona, ahí acaba todo lo que una persona piensa (y quiere decir) sobre el asunto.

¿Y es opinión todo? ¿Incluso si no se argumenta? Pero, ¿y qué es argumentar? Un argumento tan válido puede ser el de que por ejemplo se apoya al Toro de la Vega porque es una tradición como lo puede ser el de que es una brutal tortura animal. Y ese es el problema para poder diferenciar la opinión, que sobre la opinión no se analiza la forma de meditarla, elaborarla y desarrollarla, sino que predomina por encima de la forma el fondo del discurso. Las opiniones válidas son aquellas que nos gustan, las que compartimos, y las inválidas las contrarias. Por eso definir por parte de alguien qué es opinión y qué deja de serlo, desde una postura de autoridad o superioridad, supone un auténtico riesgo a merced de utilización ideológica contra las opiniones contrarias por el fondo y no por la forma. Muy arriesgado, tanto como probablemente iniciar la propia discusión. Riesgo que supone el brote de rufianes gobernantes que amparesen la catatalogación del opinar: unas opiniones son más válidas que otras. O peor, algunas opiniones ni son válidas. Los atentados contra la libertad de expresión serían el pan nuestro de cada día.

Incluso si se hiciera desde un marco teórico puro (alejado del contenido y fijado en un análisis de la forma de la opinión) la consecuencia derivaría en la exclusión de una gran parte de la sociedad, la mayoría. Pues al fin y al cabo no tenemos capacidad de establecer opiniones argumentadas sobre todos los aspectos de nuestras vidas, ni opiniones apoyadas en conocimientos académicos. Por algo natural y humano: somos muy ignorantes, como diría Albert Einstein.

Pero frente al miedo de ejercer cierto despotismo intelectual sobre las mayorías, y las consecuencias negativas que de esto devenería, la solución ha sido aplicar el silencio inseguro. Inseguro porque no responde a la idea de si una opinión también es aquella que alguien pone en su boca cual  copypaste de lo expuesto por otra persona. Lo que en román paladino podríamos denominar como intelectualidad borreguil o servil. Si el sujeto A dice “Me gusta el coche porque es azul”; el sujeto B, ejemplo de borreguismo personificado, repite exactamente la misma frase sin variar ni una coma y no porque lo comparta o lo haya analizado bien sino porque inicialmente le gusta ese discurso, la persona que lo dice o cualquier otra razón banal. Esto ocurre a gran escala, y a partir de ahí surgen conceptos como las “masas”. Uniones de seres humanos con poca creatividad y gran lealtad, dispuestos a repetir una y otra vez el mismo conjunto de expresiones y denominaciones como si lo hubieran interiorizado y apoyado desde su “yo” más profundo, cuando en realidad puede que ni se hayan planteado la más mínima objeción contra la opinión.

Pero por miedo a las consecuencias del despotismo intelectual de ciertos opinólogos no podemos evitar el fenómeno de masas en la opinión. Algo casualmente olvidado o que no interesa que se evite, porque tanto en la historia con los regímenes totalitarios como en la ficción más orwelliana que nos presentan sociedades como la de 1984 o Rebelión en la granja (con el animalismo ya implantado) lo importante al fin y al cabo es el control del otro para supeditarlo a la voluntad de la élite dirigente.

Para no ser fruto de la manipulación y del control mental hay que ser claro, disciplinado y sensato. No aplaudir íntegramente un discurso, por mucho que guste quien lo diga. Es necesario procesarlo y plantearse los aspectos negativos, debatir en nuestro ser interno y convencernos a nosotros mismos de lo bueno o malo, de los argumentos aportados o de los que carece el discurso. Porque la opinión no es siempre opinión, puede ser su opinión o la opinión de otro que usted simplemente repite.  

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