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Una extraña convergencia (*)

Comenzamos a ser sin darnos cuenta. Ningún dogma abrazó a quienes venían. Es probable que se pueda hablar ya de una cuantiosa convergencia de autores coetáneos que han decidido aventurarse en la tarea de la escritura en estas islas. Hace casi dos años, Daniel María, que hoy es mi compañero de viaje en esta publicación, se atrevió a dar el nombre de “Lo imprevisto” a lo que estaba sucediendo en Canarias. 

Si existe algo insólito en los jóvenes creadores de estas islas es la paradoja que hemos tratado de abrir entre el grupo y la individualidad. Cuando por el mes de enero del pasado año nos planteamos un proyecto como la Revista fogal, que hoy tiene el cuarto número en marcha, el único manifiesto que como grupo podíamos defender y defendimos fue la intencionalidad del proyecto de “ser el sustento de una llama de individualidades”, pues en realidad no podíamos ser más que eso. Si algo puede realmente definir la situación actual de la joven literatura canaria es lo paradójico entre un ambiente grupal que a la vez no constituye un grupo, entendiendo por grupo una concepción que abrigue una tendencia general de todos sus autores. 

Sin intención de tomarla como una referencia que fotografíe el momento actual, pues se han publicado títulos a mi juicio relevantes en los últimos años como Creencias de Verano de Iván Cabrera Cartaya, El tiempo de los lémures de Daniel Bernal Suárez, Los centinelas de Sergio Barreto o El cadáver de la sirena de Acerina Cruz, esta edición conjunta de Flor que nace en los raíles y huida al centro del agua viene a ser un reflejo de todo lo que está definiendo a este momento, pues en un mismo libro conviven dos obras que si algo reflejan es a dos individualidades totalmente diferentes, tanto en búsquedas como en lenguaje, sin que ello impida convivir a los dos libros en un mismo soporte.

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La otra genealogía, de Sara Torres

No es común, cuando parece que la livianidad del nombrar sin profundidad, que la superficie menos dolorosa es la que impera en la poesía, encontrarnos con propuestas como la de Sara Torres (1991), ganadora de la XV edición del premio Gloria Fuertes con La otra genealogía

Pese a que en ocasiones no coloque un dedo directo en la llaga del poema y caiga en la concatenación del adjetivo que quizá no suma ( No nada nos unió a la ciudad / Nada nada más que esta ciega / viciosa acostumbrada /necesidad del conjunto), la realidad es que La otra genealogía ofrece una búsqueda consciente en la palabra poética. Desde la dispersión del inicio del ser con que comienza el libro, Torres se adentra en el otro origen por la vía de la transgresión. Todo mito fundacional tiene otra puerta: el viaje es místico, pues ofrece un encuentro casi divino hacia la isla. Es determinante el grado de consciencia que Ella (que se propone como un yo en tercera persona) adquiere tras el regreso de la ciudad. Ahí pueden despertar todas las deidades dormidas, que se esconden tras la máscara de los centros y del orden. Por eso la primera parte del poemario tiene más de invocación que de vivencia en ese mundo. Solo tras el despertar de las deidades, y no de la deidad, lo que muestra una clara referencia a los diversos mundos que se perciben en la obra, desde occidente hasta oriente, el árbol genealógico del mundo otro puede establecerse: 

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Ulat, la isla, continente o leyenda reescrita

Bruno Mesa

Ulat y otras ficciones (en este caso solo analizamos Ulat)

Ediciones Idea

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La gran incertidumbre

Podremos preguntarnos a nosotros. ¿Qué edad? ¿Qué día? ¿Qué año? Y no sabremos. El tiempo es cultural. Nos coloca aquí un impacto y no importa la fecha: estamos marcados desde el nacimiento y nadie nos da la posibilidad de elegir. Nos eligen. Dicen lo que somos por nosotros. Un solo gesto determina toda nuestra vida: respiramos por primera vez y ya nos dicen, nos señalan, nos nombran. Somos Alfredo o Justiniano o quien nuestros padres quieran que seamos. Directamente rememoramos a un pasado que nos incumben, nos alimentan, nos perforan a taladro en nuestros pasos. No heredamos, nos heredan. Aprendemos transformaciones y mitificaciones. Constantemente cambiamos el discurso para mantener el poder a través del tiempo. Si hay algo claro es que la sociedad debe conformarse de tal manera que sean aquellos que se posicionan en lo alto los que perpetúen su estatus. Desde el discurso literario, por ejemplo, Calderón de la Barca, en El Gran teatro del mundo de 1655, desde el lenguaje oficial construye una obra en la que cada personaje debe representar su papel: el rey debe ser rey por siempre y el campesino debe ser campesino hasta la muerte. Lo correcto será obrar como rey o como campesino, nada más. En el Siglo XXI el mensaje sigue siendo el mismo. No vale pensar, reflexionar, establecer un mundo crítico. El ser humano no es incitado jamás a iniciar un camino mental, sino a ganarse la vida. Y la vida no se gana, se vive. Para ello, además de afrontar los prejuicios que han estancado el lenguaje hay que superar el espejo económico en que se mira el mundo. Si los objetivos de la cultura son económicos (que el individuo encuentre un buen puesto de trabajo para ganarse la vida en el instante en que ya se esté ganando la muerte), la estructura del mundo no solo no se cuestionará, sino que el pensarse y repensarse en él será una quimera. Nos nacen, no nacemos. Y nos hacen si no nos hacemos. Jamás podrá el ser humano establecer un discurso hacia la raíz si no halla en su curiosidad la posibilidad de cuestionarse el mundo heredado y de rebelarse ante lo oficial. Ahí el canon. Ahí los que se quedan fuera porque resultan molestos, incordios, ahí los márgenes, las periferias. Si no cuestionamos el por qué del margen no sabremos cómo se ha construido el centro.

El mundo que hemos recibido es incómodo. El mismo individuo que sonríe en un acto oficial para saludar a la paz y lanza mil palomas blancas con un olivo en el pico para que comience su vuelo, a su vez fusila a su presa mientras enciende las guerras en los lugares en que hay posibilidades de obtener beneficios monetarios. La hipocresía es el signo de nuestro siglo. La caída, la muerte del pensamiento por la fragilidad, el no decir no, esa sílaba que Steiner defendía como comienzo de la creación. Emilio Lledó, en una entrevista hablaba de la libertad de expresión y de la libertad de pensamiento. Nos han dejado decir: decir mucho. Konstantinos Tsatsos, en su obra La vida a distancia (y ahora nos alejamos de todo análisis religioso que el griego realiza) afirma que "quien diga 'no hay libertad' ya ha confirmado su libertad". ¿Es acaso la libertad de expresión el único sendero? El propio Lledó se cuestiona: "¿Qué me importa a mí la libertad de expresión si no digo más que imbecilidades? ¿Para qué sirve si no sabes pensar, si no tienes sentido crítico, si no sabes ser libre intelectualmente?". Nos hemos vuelto imbéciles y lo aplaudimos. La televisión, uno de los centros de la llamada Telépolis por Javier Echevarría, en lugar de ofrecer libertades nos ofrece manipulación. Cada canal está condicionado por la ideología de sus dueños, cada periodista por la censura permanente de su empresa. No existe la libertad de prensa en los grandes medios de comunicación.

¿Comunicación? Internet ha abierto una puerta grandísima para el conocimiento: libros gratuitos de épocas pretéritas que se pueden adquirir con facilidad, medios de comunicación bombardeando noticias de todo tipo, vida al otro lado de la pantalla y no en la realidad (¿O es que la realidad es otra?).

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Óscar Domínguez y los caracoles

Los caracoles, Óscar Domínguez (1940)

Los caracoles bailan alrededor de mí. Se divierten en el tobogán de mi escritorio. Percuten las palabras en el folio en blanco por dictado de Roma. Traen su mano. Se ríen de este escrito, de la misma muestra de su retrato en medio de una sala. Corren dificultando la audición de los vídeos que la muestra de Domínguez propone. Se oye una carcajada de fondo. Hoy no escribe Yeray Barroso. La mano de Roma, ausente en la muestra, desliza la tinta por la página con la tranquilidad suficiente. Trato de subirme en Le Dimanche (1935), pero la propuesta ha superado al caballo, que ya es más ancla que animal, más búsqueda de contrarios hacia el interior que trote: espejo y encuentro mientras se miran las espaldas.

“Los raíles de un tren de tinta”, que dijo alguna vez Agustín Espinosa y que recuerda el panel anunciado por Isidro Hernández, movilizan a una bola roja. La pierna se estira y el abrelatas parece traer un diálogo del cuerpo. La mano femenina se estira en el autorretrato de Domínguez. Se desnuda o me desnudan. Los caracoles escriben, me enredan a la silla con cinta adhesiva. ¿Quién puede morder estas tiras pegajosas y tomar los mandos de la escritura? Aquel que se sienta capaz que tome el relevo, que quite los mandos de esta operación a los bichos que burlan la escritura con el pensamiento. Mi mano no es mía. Es la de Roma, dicen. Pintan mi rostro y lo colocan en el lienzo. Decalcomanía. Domínguez pinta. Los caracoles agradecen la salida. Los platillos voladores al fin vuelan. Óscar, Óscar, Óscar...

Óscar atiende al cuadro. Alain Resnais lo filma. Él está sumergido dentro del color. Óscar toma un gallo en Tenerife y lo exhibe a la cámara junto a Pérez Minik. Óscar es motor de la Primera Exposición Internacional del Surrealismo, celebrada en su isla natal. Óscar se divide entre el mito y el sueño, como anuncia la muestra, con las raíces del drago hacia las profundidades y las cabezas del dragón natural de la isla surrealista, como la llamó André Breton, suben hacia una altura que no llegamos a conocer. En medio de lo cósmico vuelven los platillos volantes... 

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El pez solar y el extravío

El tiempo de los lémures

Daniel Bernal

Premio Pedro García Cabrera 2012

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