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Los antiguos pobladores de La Palma ofrecían alimentos a los muertos

Los investigadores Jorge Pais y Antonio Tejera sostienen que las ofrendas funerarias son “una prueba evidente de la creencia de una vida de ultratumba”.

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Vasija funeraria del barranco del Charco de Los Covachos, en Tijarafe. Foto: JORGE PAIS.

Vasija funeraria del barranco del Charco de Los Covachos, en Tijarafe. Foto: JORGE PAIS.

Las ofrendas funerarias de los antiguos pobladores de La Palma, los benahoaritas, junto a otros aspectos relativos al lugar en el que se halla la morada de los espíritus de sus antepasados, son considerados “una prueba evidente de la creencia en una vida de ultratumba”, según recogen los investigadores Jorge Pais Pais y Antonio Tejera Gaspar en su libro La religión de los benahoaritas. “Los objetos que acompañan a los muertos son ofrendas alimenticias depositadas en recipientes de madera o barro”, explican. “Estos últimos son frecuentes y acompañan siempre al muerto, aunque no sabemos qué alimentos contenían.  Solo contamos por ahora con el testimonio de J. Abreu Galindo, quien da cuenta del contenido de estos recipientes cerámicos que se colocaban ‘…a la cabecera’, y en donde le ponían ‘el gánigo de la leche ”, añaden. 

Colgantes de piedra procedentes de la cueva de La Senona, en El Paso. Foto: JORGE PAIS.

Colgantes de piedra procedentes de la cueva de La Senona, en El Paso. Foto: JORGE PAIS.

Los recipientes de arcilla “se hallan en todas las cuevas funerarias, pudiendo señalar que más del 80% de las piezas conservadas proceden de estos yacimientos”, aseguran. 

Como ajuar personal “son frecuentes, igualmente, una variedad de objetos, entre los que destacan los de adorno, realizados en todo tipo de materias primas –barro, piedra, hueso, conchas marinas y madera-. Los punzones y colgantes de hueso aparecen en gran cantidad, y son de una variedad de formas realmente extraordinaria”, resaltan. “Nunca faltan las piezas líticas hechas en basalto gris, basalto vítreo y obsidiana, pulidores y molinos de mano, entre otros, utilizados en vida del difunto, dependiendo de su condición y bienestar en el más allá”, detallan. “Suelen estar acompañados asimismo de lapas, que entre los bereberes poseen un sentido simbólico de protección para quienes la portan”, afirman. 

Vasija de la Fase II B de la necrópolis de cremación de La Cucaracha. Foto: JORGE PAIS.

Vasija de la Fase II B de la necrópolis de cremación de La Cucaracha. Foto: JORGE PAIS.

El ajuar funerario “es también un indicador de las diferencias sociales de los muertos, ya que no solo se manifiesta en el mejor o peor tratamiento de los cadáveres, sino en el número y la riqueza de los objetos que le acompañan”, sostienen Jorge Pais y Antonio Tejera. “De ellos merecen destacarse algunas piezas hechas en madera. Se puede decir que todos los restos de madera prehispánicos que han llegado hasta nuestros días, proceden de yacimientos funerarios”, apuntan. 

Los objetos de madera que forman parte del ajuar “están hechos de especies vegetales diversas, como la sabina ( Juniperus phoenicea), sobre la que se fabricaron cuatro instrumentos muy peculiares. Estos artefactos, considerados bastones de mando, boomerangs o crosses, proceden de una necrópolis del risco de Bajamar (Breña Alta). Sobre su significado se han vertido diferentes opiniones, que los explican como emblemas jerárquicos o instrumentos musicales, en función de su analogía con otros parecidos de Egipto y Australia”, relatan. 

Bomerangs o crosses de la necrópolis del risco de Bajamar, en Breña Alta. Foto: JORGE PAIS.

Bomerangs o crosses de la necrópolis del risco de Bajamar, en Breña Alta. Foto: JORGE PAIS.

Otros objetos funerarios “de gran relevancia por su singularidad, son sin duda los elaborados con fibras vegetales, de forma que algunas de las muestras de cestería más interesantes descubiertas en La Palma proceden, en su mayoría, de yacimientos sepulcrales. Los restos más abundantes son cuerdas trenzadas hechas a base de pelo y fibras vegetales. De estos objetos, los más interesantes se descubrieron a finales del siglo XIX, en la necrópolis de La Mondina (La Cadena, Barlovento). Se trata de una serie de piezas que se consideraron gorros para cubrir los cráneos de los cadáveres, aunque, a nuestro juicio, no son otra cosa que recipientes para guardar o trasladar alimentos”, subrayan.

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