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La religión de los benahoaritas

Las fuerzas malignas de los benahoaritas tenían aspecto de perro feroz

Los aborígenes palmeros asociaban las fuerzas perversas con canes lanudos, según sostienen Jorge Pais Pais y Antonio Tejera Gaspar. El “posible y único” testimonio arqueológico de esta manifestación cultural es un idolillo de barro localizado en un yacimiento de Puntallana.

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En la imagen, rasgos faciales de un idolillo de barro benahoarita. Foto: JORGE PAIS PAIS

En la imagen, rasgos faciales de un idolillo de barro benahoarita. Foto: JORGE PAIS PAIS

Los aborígenes palmeros asociaban las fuerzas perversas con perros lanudos a los que imaginaban de aspecto feroz y maligno, según sostienen los investigadores Jorge Pais Pais y Antonio Tejera Gaspar en su libro La religión de los benahoritas. “Se trata de un fenómeno bien documentado en las culturas de otras islas, como la de los guanches de Tenerife o los canarios de Gran Canaria, en donde se manifiestan hechos parecidos. De las dos islas, es Gran Canaria en la que mejor se materializa en un perro lanudo esa visión perversa, con el que se quiere expresar un mayor sentido del temor”, explican. 

En algunos cronistas,  aseguran, “encontramos referencias alusivas a la creencia en esos espíritus maléficos de los canarios, asociados con animales que pululaban por los campos acosando a las personas”. L. Torriani decía que los benahoaritas “adoraban al demonio en forma de perro, al que llamaban haguanran”, mientras que J. Abreu Galindo apunta que “a estos palmeros se les aparecía el demonio, en figura de perro lanudo, y llamánbalo iruene”. Pais y Tejera comentan que “un caso que puede ser igualmente llamativo en este sentido, y que confirmaría estas creencias entre los antiguos palmeros, fue recogido por J. Abreu Galindo cuando se refería a un personaje singular de los antiguos palmeros al que llamaban Garehagua que, cuando nació, su madre fue rodeada y atacada por un gran número de perros”. 

En lo que se refiere a los datos arqueológicos sobre dicha manifestación cultural, apuntan, “no son, sin embargo, tan abundantes en La Palma como en Gran Canaria, en donde la arqueología ha aportado un número abundante de evidencias, mientras que en esta isla solo contamos con un posible y único testimonio que, no obstante, podría certificar lo explicitado en las fuentes etnohistóricas. Nos referimos a un idolillo de forma triangular procedente de un yacimiento de Puntallana”. “Está hecho de arcilla y tiene cuatro orificios pequeños y uno un poco mayor. En la parte trasera posee una serie de impresiones concéntricas y otras incisas desarrolladas en paralelo, desde la cabeza hacia la cola y que pudiera tratarse –dicho con todas las reservas- de la representación de este animal”, detallan. “A ello debemos añadir que en los últimos años se ha donado al Museo Arqueológico Benahoarita una serie de idolillos de barro que podrían mantener una estrecha vinculación con estos temas”. 

Las fuentes etnográficas de La Palma, afirman, “junto con las arqueológicas de Gran Canaria, son, sin duda, un documento esencial para valorar estas creencias, así como su contrastación con las de las culturas beréberes norteafricanas, pero también con la tradición pastoril de la Isla”. 

Personificación del mal en forma de perro

El perro desempeñó “un papel relevante en las actividades ganaderas de La Palma, y fue una ayuda inestimable para el pastoreo, aunque también podía llegar a ser un peligro potencial para el ganado si los rebaños eran atacados por los perros asilvestrados, pudiendo incluso diezmar los rebaños y acosar a las personas”, aseveran. “Resulta sintomático el hecho de que, precisamente, la personificación del mal tenga la forma de un perro, puesto que nos encontramos en una población eminentemente pastoril en la que las jaurías de perros asilvestrados era, prácticamente, el único enemigo natural de sus animales domésticos”. “Ello pone de manifiesto la estrecha relación que existía entre el mundo mágico-religioso y las actividades económicas de las que dependía, en última instancia, la supervivencia de todo el grupo”, señalan. 

Cabe preguntarse por último “si la extraordinaria profusión de colgantes de todos los tamaños, tipologías y materiales que aparecen en la cultura benahoarita, no pudieran estar relacionados igualmente con una especie de amuletos que protegiese a sus portadores de las influencias malignas de los seres diabólicos como los citados. Y decimos eso porque esas piezas son muy distintas a aquellas otras, elaboradas en los mismos materiales que se emplearon como objetos de adorno y cuentas de collar, pero mucho más sencillas”, concluyen.

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