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Enterrado en los ojos que un día besó (22)

Billy tiró los dos cadáveres al Manzanares. El de la mexicana y el del palmero que fueron detenidos al mediodía en la estación de tren de Chamartín con propaganda de la CNT-AIT. Su rabia quedó saciada. Se había liberado de aquella sensación de ridículo que se apoderó de él en La Carmencita, - después de pedirle los pasaportes a los mexicanos y ruandeses- , cuando lo llamó desde Interior, alguien muy por encima suyo, tras una llamada telefónica que un momento antes hizo El Charro, en un descuido de Billy, desde la cocina de La Carmencita, a no se sabe aún quién.

Había decidido partir a Portugal para no ser visto durante unas semanas, -escurrir el bulto-, a pasar el tiempo con algunos colegas, torturadores como él, de la PIDE, la temible policía política del dictador Salazar ¡Dios los cría y ellos se juntan! De camino a Chamartín quiso verle la faz a la calle Augusto Figueroa. Tal como le había dicho uno de sus confidentes, todas las placas de la calle estaban cubiertas por unos carteles de papel con la siguiente inscripción: Calle Sor Ácrata.

Billy vio una silueta conocida dentro de la cabina telefónica desde donde Hiperión llamaba todas las madrugadas a Diotima. Era la de Sor Ácrata, que después de planchar el vestido negro con el que inició a Fernando, -a la espera de ponérselo cuando muriese ese pobre chico-, hizo un cartel con el nombre de él, para pegarlo en aquella cabina, tan cargada de poesía de Hiperión, y en la que Fernando, a los pies de ella, tuvo la mala suerte de caer de cráneo contra la acera.

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Homenaje al poeta Domingo Rivero

No sé si en algún lugar del mundo un poeta ha tenido un nieto como el periodista José Rivero. Un hombre de corazón grande y generoso quien comprendió que debía cultivar la memoria humana y literaria de su abuelo, Domingo Rivero. Un Museo auténtico, capaz de unificar arte y vida, un punto de encuentro para un público amplio, para todos.

Y durante algunos años, Luis y yo nos tropezábamos con Pepe Rivero, como le llamamos, y nos confió el proyecto del Museo que, tanto él como su esposa, María Luisa Estévez, trabajaban con firmeza día a día, centímetro a centímetro. Hablábamos de lo que hacíamos o pensábamos hacer cada uno de nosotros. Mientras él se negaba a los problemas, a la tristeza de su frágil salud. La procesión iba por dentro.

Lo consiguieron. Y el 14 de septiembre del 2012 con un proyecto del curador Diego Casimiro inauguramos la exposición Poema al mar. Homenaje a Néstor. Hoy un lustro más tarde celebramos otra exposición internacional, Homenaje a Domingo Rivero.

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"Maricón se ha convertido en un grito de guerra"

La carta que ha llegado a mis manos cuenta la historia de un niño de La Palma que era perseguido por un compañero de clase, que le pegaba papelitos en la espalda, para marcarlo como el maricón. Por eso decidió, en justa correspondencia, que la palabra maricón se iba a convertir en su grito de guerra. Escribió una carta anunciando que así sería y hoy es leída por cientos de alumnos en las tutorías del I.E.S. Eusebio Barreto Lorenzo, con los que posteriormente se trabaja sobre igualdad y diversidad sexual. Se trata de una reciente iniciativa desarrollada en la isla de La Palma, que constituye un torpedo en la línea de flotación de la desigualdad. 

En esta carta, titulada: Maricón se ha convertido en mi grito de guerra, el joven cuenta cómo durante mucho tiempo se vio obligado a utilizar expresiones machistas para integrarse en un mundo que no le pertenecía. Llegó a decir “qué tía más buena”, sin sentir la más mínima atracción hacia las mujeres. Cuando tenía que jugar al fútbol, tenía que demostrar que sabía jugar. Pero cuando jugaba con una muñeca tenía que ocultar que lo había hecho. Cuando lloraba, era acusado de flojo, y nuevamente, de maricón, volviéndose insensible como una piedra. Y todo eso para encajar en unos patrones heterosexistas que no le correspondían. 

Imaginen por un momento vivir cada día como aquel niño triste de Ana María Matute, con joroba, al que su padre escondía dentro de una lona. En lugar de ponerle una capa roja con cascabeles encima y sacarlo a la boca del teatrito, como una estaca, a plantarle cara al mundo. Niños y niñas nacidas para librar una guerra sin cuartel contra el sufrimiento que generan los estereotipos y la desigualdad. 

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Prereferéndum en cuatro actos

Primer acto

El señor Micropolítico y el señor Macropolítico tienen una relación enquistada por el transcurso de los años. Como sucede en muchas parejas, la fase de enamoramiento dio paso a la de indiferencia para luego caer en la incomodidad. 

Señor Micropolítico: Creo que nuestra relación no funciona. Habría que revisar los términos de nuestro pacto.

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La alacena

Al abrirla, hoy, a las siete menos cuarto de la mañana, he visto unos cuencos de cerámica blanca pintados con cenefas de color azul pálido. Y he pensado en ella. En mi amiga Bel Mary. Me los regaló hace cuarenta años. Pensé. Y aún están ahí, ordenados en una pila de a seis esperando ser usados para cualquier cosa: guardar el resto de la mantequilla, poner en ellos las pipas que voy a comerme sentada en las piedras viendo ponerse el sol por el oeste, colocar los restos de un chorizo palmero oloroso como ninguno que cada vez que subía al avión cargando con una ristra todo el mundo sabía que yo era de La Palma y lo que transportaba en la cajita de cartón era chorizo de untar. Y cuando Jorge Orihuela me llevaba en cabina (¡ay aquellos tiempos en que los aviones eran tan humanos y uno hablaba con los pilotos sobre el cielo y los cometas!) y me soltaba chascarrillos sobre los palmeros, sus cajitas de cartón y sus ristras de chorizo, yo me sentía querida y me parecía que aún era alguien y podría sobrevivir a pesar del viento. Y luego, al salir, te encontrabas con amigos que iban a todas partes a leer sus poemas o a cantar sus canciones y las azafatas te sonreían iluminando el pasillo gris, y el aire, al final de la escalerilla, te llenaba los pulmones de esperanzas.

Ahí dejas de recordar aunque los recuerdos se prolongan durante horas si uno quiere. Pero yo no quiero recordar. Quiero entretenerme colocando los platos en la alacena. Solo eso. Pero es entonces cuando recuerdo a Isael y aquella mañana de verano que me llevó a Santo Domingo de Garafía y me regaló esos platos con florecillas de colores que conservo intactos y solo pongo cuando llegan visitas de cumplir a mi casa del monte. A la izquierda, los palillos de madera para trinchar boquerones en vinagre que tanto le gustaban a mi hermano y mi madre había traído de África y colocaba en la mesa como si fuera a formar una estrella de mar. Aquí unos boquerones, allá unas aceitunas, más acá los pepinillos. Mi hermano era insaciable comiendo pepinillos. Nunca me dejaba comerlos y desde entonces me quedó una pena muy grande, tanta, que en su entierro me llegaba aquel olor ácido a la nariz y tenía ganas de correr y correr y comprarme un quilo en la tienda de Menéndez Pelayo, justo enfrente de El Retiro, y sentarme en un banco que había delante de la tienda y comerme el cartucho entero. Pero no pude. Tuve que quedarme allí viendo cómo lo enterraban en una tierra extraña para mí y cómo lo lloraban sin llorarlo apenas toda aquella gente que lo había muerto, poco a poco, sin que nos diéramos cuenta.

Y ahora sigo aquí secando con un paño tazones de la abuela, de Gabina, de Uva, de una tienda de Galicia que me recomendó Fermín Uría. ¡Santo cielo! Y ese pozuelo de aluminio para beber el agua de la pila, y esos platos de café que ya no tienen tazas donde guarecerse, y esos vasos pequeños para el vino de tea que me traía Candito de regalo cuando bajaba del monte, y esos coladores de aluminio para colar la nata de la leche y guardarla en un tazón hasta tenerlo lleno y batirla hasta dejarla amarilla y bien espesa con su poquita de sal para untarla en el pan recién hecho, y esos dos tazones de La Baltasara que me dio Antonio Gala para traerlos a Garafía y poner en ellos aceitunas negras, y esos botes de barro para guardar el arroz, la sal y el azúcar que me regaló Julia un cumpleaños, y esas voces, esos ruidos del mar allá abajo, esos sueños…

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Enterrado en los ojos que un día besó (21)

Amparo se despertó justo en el mismo momento en que Carmencita le traía a Ninnette y Lissette el sexto plato, el penúltimo. Carmencita tenía una fijación con el número siete. Siete son los brazos del candelabro hebreo, siete los días de la semana, siete los pecados capitales, siete eran los siete magníficos, siete platos era el apodo que le pusieron en tiempos bíblicos palmeros a Pepín Siete Platos. En el momento de dejarles los platos, Ninnette y Lissette le dieron a Amparo  una pócima  de Flores de Bach muy apropiada para estos casos.

Amparo quiso lavarse la cara en un aguamanil que tenía la habitación. Se levantó de la cama diciendo que tenía la sensación de que sus lagrimales estaban inflamados. Sintió con alivio el contacto del agua con su cara. Regresó al sitio de donde se había levantado, la cama, desde donde les dijo a Ninnette y Lissette que había visto en sueños a Fernando en el Hospital, a su padre al lado de él, y a Sor Ácrata entrar por su casa, llena los pasillos de grandes fotografías  posters de ella misma, ir hacia el vestíbulo, buscar el traje negro con el que había iniciado a Fernando y plancharlo para en el momento de morir Fernando, que eran todos los pronósticos médicos, ponérselo durante veinticuatro horas y luego quemarlo, como era el proceder en la secta de tantra negro de Sor Ácrata. ¿Qué me habéis dado, porque me encuentro hablando de estas cosas, de esta pesadilla, como si ya no lo fuera? Ninnette y Lissette le explicaron lo que eran las flores de Bach y sus efectos benefactores.

Amparo volvió a levantarse, dirigirse al aguamanil, refrescarse la cara y mirarse en el espejo sus ojos, en donde volvió a ver a Fernando enterrado en ellos. Se acercó a Ninnette y Lissette y les dijo que le mirasen las pupilas. Ellas le comentaron que no se preocupase por ello. “Al morir Hiperión, Sor Ácrata se puso el vestido negro durante veinte y cuatro horas, fue a buscar a Diotima a su casa y le propuso una segunda iniciación; tras ella, Hiperión desaparecería de sus pupilas y  Diotima, empezaría a subir escalones en la pirámide tántrica de esta secta negra. Diotima, llena de miedo, aterrada, aceptó. Estas sectas funcionan así, por medio del miedo. Sor Ácrata le dio a Diotima  aquella segunda iniciación, y hoy, nadie, solo Sor Ácrata sabe en donde está Diotima. Contigo va a ocurrir lo mismo. Cuando muera Fernando, Sor Ácrata se pondrá el vestido negro, que tu viste en tu sueño como lo planchaba, te vendrá a ver y te propondrá lo mismo que le propuso a Diotima. Será tu decisión, la de si quieres seguir en ese juego o no. Mientras Fernando esté en tus ojos, eres propensa a hacer todo lo que Sor Ácrata quiera. Si sacas a Fernando de tus ojos, en eso te podemos ayudar nosotras y El Chivato Tántrico, Sor Ácrata no se atreverá siquiera a venirte a buscar con el traje negro con el que inició a Fernando, se lo pondrá las veinticuatro horas, lo quemará, tendrá más poder negro, pero no tendrá ningún ascendente sobre ti”

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Lo que fue primero y lo que llegó después

Primero fue El Hombre que surgió de entre todas las demás especies.  Fue capaz de arraigarse a una supremacía que lo convertía en una especie superior ante las demás.  Ninguna como ella mostraba esa inigualable evolución y el compendio de posibilidades para subsistir a los diferentes hábitat y situaciones que se le presentaban.  Conformó y confirmó, poco a poco, formas de caza, de defensa y supervivencia que atemorizaban y aturdían a las demás especies.  El control de la especie humana sobre las demás fue quedando constatado a medida que la evolución y el paso del tiempo asentaban y proponían el ritmo de la historia sobre el planeta.

Más tarde, y en la misma medida, y parte también de la evolución, nacieron formas y sistemas para maniatar y coaccionar a grupos numerosos de los propios miembros de la especie humana.  Nacieron formas y sistemas que lejos de proporcionar toda utilidad coherente acabaron por ser herramientas con las que esclavizar a los semejantes.  Pero las formas y los sistemas caminaron y evolucionaron siempre un paso por delante que la propia masa de miembros de dicha especie.  El hilo que movía todo es el mismo hilo que mueve todo: poder sobre los demás y lo demás.  La pauta está en el propio gen, implícita y oriunda, y en ello, la especie humana prosigue siendo un depredador.  Eso sí, educado y formal, pero un depredador.

Entre lo que fue primero y lo que fue después, las demás especies dejaron de reportar y proporcionar peligro o alarma, salvo en casos aislados, así que El Hombre se convirtió en el verdadero peligro de los miembros de su especie.  Toda la amalgama de acontecimientos que la historia produce y camufla, en ningún caso los verdaderos hechos sucedidos, basan su conducta y su forja para gestionar la conducta y la actitud de cantidades ingentes de miembros de esta especie que ha alcanzado la supremacía sobre las demás especies.

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Enterrado en los ojos que un día besó (20)

Iban por el quinto plato, aunque Maguisa, Constantine y Mikel Norel estaban en el primero. Amparo dijo que por lo pronto no quería comer, porque presagiaba algo malo, ya, de un momento para otro.

Se volvió a escuchar la voz de Hiperión: “Perdonadme un momento. Cuando Fernando estaba colocando sobre las placas con el nombre de la calle Augusto Figueroa el último cartel con el nombre de Sor Ácrata, se cayó de la escalera que lo sustentaba y dio con su cráneo contra el suelo de la acera. Una mala caída. Justo al lado de la cabina telefónica desde la que de madrugada Hiperión llamaba a Mónica. Fernando está inconsciente, su cuerpo espera por una ambulancia que lo lleve a un hospital cercano. Sor Ácrata acaba de cambiar de opinión, el cartel que iba a pegar sobre la cabina, con el nombre de Hiperión, reivindicando así su nombre para esta cabina, lo va a dejar para más adelante, cuando se sepa si Fernando muere o no, y poner otro cartel con el nombre de él. Papá, Literato, también hay personas que para engorde de su ego necesitan del nombre de una calle, y no se detienen ante ningún obstáculo. Después querrán el nombre de un pueblo, de un país, de un planeta recién descubierto, o de una constelación estelar acabada de aparecer ¡Váyase a saber! ¡Porque la vanidad no tiene medida! Papá, Literato, yo no quiero que se le ponga el nombre mío a nada. En la Dirección General de Seguridad Billy El Niño decidió entrar primero en la mazmorra de la detenida. Lo primero que le ha dicho es: ¡Puta mexicana, desvístete ! ¡Pobre mujer!”

Amparo, al escuchar, el accidente sufrido por Fernando, -que contaba Hiperión-, se vino inconsciente contra la mesa. Carmencita dijo de llevarla a un cuarto pegado a la cocina en donde tenían una cama. Lissete y Ninnette se quedaron con ella en aquella habitación. Carmencita les trasladó los cubiertos. Siguieron comiendo y no perdían de vista a Amparo, a la que quizás  habría que darle muy probablemente, cuando despertase, un remedio anti shock. Flores de Bach o algo así.

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Restos arqueológicos benahoaritas a la basura (II)

Restos humanos expoliados en la necrópolis del Barranco de Fernando Porto (Garafía) en julio de 1996.

Restos humanos expoliados en la necrópolis del Barranco de Fernando Porto (Garafía) en julio de 1996.

Sabemos que unos cráneos de benahoaritas fueron trasladados, hace años, a Venezuela y, como no podía ser de otra manera, acabaron en el vertedero cuando decidieron que no era ni ético ni decorativo tener varias cabezas en la vitrina del salón de la casa. Pero imagínense que estos cráneos sean recuperados y se hagan estudios de ADN y aparezca el haplogrupo que solo se ha encontrado, hasta la fecha, entre los aborígenes canarios y sus descendientes directos, que solo viven en este Archipiélago. Piensen en las polémicas, discusiones e hipótesis que saldrían a la luz. La más sencilla de todas sería que después de los vikingos, y antes que Cristóbal Colón, fueron los benahoaritas quienes conquistaron  América.

Los restos de las excavaciones de Los Guinchos y El Humo (Breña Alta), realizadas en 1972 por Manuel Pellicer y Pilar Acosta, están desaparecidos. Nosotros los vimos, en 1986, en unas cajas en la quinta planta del Cabildo Insular que, por ese entonces, servía de archivo. Lamentablemente, por esas fechas se trasladó y limpió esta zona para hacer oficinas y todo lo   inútil  e   inservible  se tiró a la basura, entre ellos las cajas con los restos arqueológicos descubiertos en esas excavaciones.

Las vasijas, trozos de piel e industria ósea que, según testigos del hallazgo, aparecieron en la necrópolis del Huerto de Los Morales (Barranco de Fernando Porto, Garafía) están desaparecidas, si bien algunas   malas lenguas  dicen que se tiraron al antiguo vertedero de Santo Domingo o, más probablemente, se encuentren en un domicilio particular de Castilla-La Mancha. En este yacimiento, además, se encontraron trozos de madera (  chajasco) a los que no se les dio importancia  por lo que se tiraron en los huertos aledaños. Afortunadamente, se recuperaron porque visitamos el yacimiento pocos días después del hallazgo y fueron trasladados al Museo Insular en el Convento de San Francisco (Santa Cruz de La Palma). Muchos restos humanos, extraídos durante al menos tres momentos diferentes de expolios, se han recuperado, habiendo desaparecido el ajuar funerario en su totalidad. 

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Enterrado en los ojos que un día besó (19)

Hiperión, después de que Carmencita le pusiese delante el cuarto plato, le dio las gracias con un cierto sabor de despedida de la dimensión de la que estaba saliendo y al mismo tiempo con cierto sabor a llegada a la dimensión que estaba por venir. Iba perdiendo el encanto por las cosas buenas de la mesa. Se sentía, más que nunca, atraído por la luz.

Se fijó en Mónica, le dijo que tenía ganas de partir, de no seguir a caballo entre dos mundos; que lo veía algo divertido, pero que él no se había muerto para estar de aquella manera; que estaba en paz con todo lo que había hecho en su vida, aunque lo pudo haber hecho mejor; que quería soltar lastres, y que empezaba a sentir como la presencia de su abuelo venía a por él para llevárselo hacia la luz.

Después se dirigió a los demás y les comentó que más tarde les diría lo que seguía ocurriendo en la Dirección General de Seguridad con aquellos dos pobres detenidos, -aquella pareja que había sido cogida al mediodía en la estación de tren de Chamartín portando propaganda de la CNT/FAI-, porque en aquel mismo momento, en el que Billy El Niño iba a bajar a las mazmorras a interrogarlos, le había llamado un soplón a su despacho para decirle que Sor Ácrata, su fotógrafo, y Fernando, su recogedor de firmas, habían puesto sobre todas las placas de la calle Augusto Figueroa el nombre de Sor Ácrata, reclamando así, de esta manera, el nombre de la calle para sí misma, hasta esperar a conseguir el número de firmas exigidas. Billy El Niño dijo:”¡Encima de roja, vanidosa!”

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