Opinión y blogs

eldiario.es

Mitología democrática y constitucional

¿Existen mitos en torno a las ideas de Democracia y Constitución? A bote pronto podríamos afirmar que no. Incluso algún ávido lector podría llegar a afirmar que la misma idea de Constitución es contraria a leyendas, ensueños y quimeras; surgida en una etapa en la que se pretende limitar y racionalizar el poder absoluto que se legitimaba a través de la historia, la tradición y epopeyas nacionales.

Lo cierto es que el hombre necesita muchas veces recurrir a grandes fantasías, ensalzar algunos grandes hechos de nuestra historia y desvirtuarlos poco a poco para transmitir un mensaje determinado que ayude a justificar algún tipo de fin determinado: la unidad nacional y cohesión de una comunidad o el reforzamiento de un postulado político pueden ser algunas muestras de ello. Pongamos tres ejemplos sin una aparente relación entre sí, de ámbitos y épocas muy diferentes: la Atenas clásica, cuna de la democracia; la Constitución de Cádiz de 1812, “faro de constitucionalistas” como se la ha llegado a llamar; y, por último, llegando a nuestro ámbito más inmediato, el pleito de los Regidores Perpetuos, que desembocó en el título del Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma como el primero democrático de España.

Examinemos cada uno de estos eventos peculiares. La democracia ateniense suele estar en boca de políticos, periodistas y cualquier ciudadano que quiere invocar una democracia sin impurezas, una democracia verdadera y de una calidad intachable. Una democracia directa en la que todos los ciudadanos atenienses podían debatir y votar cualquier elemento de la vida de la polis. Ahora bien, basta con coger un libro, cualquiera, en la que veremos que esto no es así: sólo unos pocos eran los afortunados ciudadanos que poseían algún tipo de derecho político; ni las mujeres, ni los jóvenes, ni los extranjeros, ni tampoco los esclavos. La elección de los cargos públicos, además, era habitualmente realizada por sorteo. Ciertamente, viendo la democracia ateniense bajo los principios del siglo XXI no nos parecería una democracia tan avanzada como muchos piensan (seguramente, los atenienses pensarían lo mismo de la democracia representativa occidental).

Seguir leyendo »

Nuestro mundo hambriento

En estos días prenavideños que celebramos alegres el Black Friday, que en los centros comerciales no cabe ni un alma y los supermercados están a rebosar, mi corazón ha desandado los pasos y me he acordado de mi madre, de la mesa de Navidad y los olores de mi niñez, de la carne de conejo en salsa, los turrones, el vino dulce. Las truchas que cocinaba con amor y sabiduría para regalar a los vecinos a pesar de que en aquellos tiempos tenía que vencer a un enemigo: al fantasma de la pobreza.

Un fantasma que persiste en este mundo injusto en el que viven hambrientos. Seres silenciosos, seres que buscan sobras de alimentos en cubos de basura para vencer el hambre. Porque, a pesar de que la FAO afirma que en los últimos veinticinco años el mundo en desarrollo casi ha reducido a la mitad su tasa de hambre, aún hoy mata alrededor de diez mil personas diarias en el mundo.

Casualmente estos días he visto una película titulada Amar peligrosamente, un drama que recrea los campamentos que existieron en el norte de África en los años 80. Dirige el film Martin Campbell y nos acerca más allá de nuestro confort, nos muestra el desamor de los países poderosos, las miradas de eros y tánatos, la falta de víveres, la desnutrición infantil, la muerte. Una realidad que hace latir el alma del espectador. 

Seguir leyendo »

Alberto, Giorgio, ‘El Unicornio’

Yo no he visto nunca a Alberto montar en bicicleta, pero estoy seguro que lo hizo con la misma soltura y elegancia que cuando saltaba en paracaídas; y que habrá pasado tantas horas sobre el sillín como colgado del aire, desde donde se forjó una visión única, solo de él, de lo que es la vida. Yo sí he visto a Alberto montar como un jinete en moto, donde creo que ha estado sentado sobre el asiento muchas más horas que con los tirantes puestos de su paracaídas.

Alguna vez le escuché decir que cuando salía de trabajar en La Nelly, una pastelería que estaba en la calle Trasera, iba a La Obrera, a Casa de don Luis, y alquilaba alguna bicicleta para subir al Risco de La Concepción. Me ha llegado incluso a contar que una de las veces que bajaba a toda velocidad de La Concepción, tuvo una caída y se peló como un cochino, y que después de este accidente no se volvió a subir a  ninguna otra bicicleta. Pero nunca le escuché que hubiese tenido alguna; sin embargo, sí sé que tuvo tres motos, se las conocí y traté con ellas.

Nunca me ha hablado Alberto de esa pasión tardía y tan bien escondida, pero estaba claro de dónde le venía. Tuvo Alberto un tío que era limpiabotas, asmático, y que padecía de azúcar; en sus años gallos había sido incluso boxeador, como lo fue Alberto en la mili, que llegó a ser campeón, hasta que tropezó con un gigante gallego ante el que tuvo que tirar la toalla y levantarle el brazo en clara señal de reconocer que no le podía. Bitelmo, que era el nombre de este tío suyo, era un entusiasta de las motos. Tenía una Vespino, lo llamaban Por tierra, mar y aire, y también Viaje al fondo del mar, porque un día que andaba despistado con la moto por el muelle, la moto saltó al mar por el aire. La moto intentaba ser tragada por la garganta del fondo del mar, pero el heroico Bitelmo tenazmente lo impidió hasta que llegaron a socorrerlo.  Su madre, la de Bitelmo, que estaba asomada a la ventana de su casa que da para el mar, la misma casa en la que hoy vive Alberto, vio lo que estaba ocurriendo en el muelle, pero no pensó que el accidentado hombre pudiera ser su hijo. Al llegar Bitelmo a casa, mojado aún, le preguntó su madre por lo que había visto desde su ventana, en el muelle. Bitelmo le respondió que sí, que había visto bien, y que el hombre aquel que había caído al mar, que se jodiese por ser coño.

Seguir leyendo »

La vida es un cine de sesión continua

Aunque tú no viniste, mi Angélica Houston, tú estabas. Lo que ocurrió fue que como la mayoría de las veces, no te veo, o no te dejas ver. Porque siempre juegas a lo mismo conmigo. Si te veo, no me ves. Si no te veo, me ves tú. Si estoy contigo, tú no estás conmigo. Si no estoy contigo, tú sí estás conmigo. Porque siendo tan iguales, somos tan distintos, y siendo tan distintos, somos tan iguales. Porque contigo y sin ti es lo mismo. Este juego empezó hace muchísimos años, quizás muchos años antes que nosotros. Quizás, incluso, muchos años antes de que empezase el Universo, tú, yo y nosotros. Porque cuando más te miro, menos te veo; y cuando más te veo, menos te miro. Porque así es mi paseo contigo por el amor y la muerte, mi Angélica Houston. Porque esta vida contigo me parece muy corta, y cuanto más corta, más larga; y cuanto más larga, más corta. Me parece eterna. Porque esta vida contigo, me parece una vida sin ti; y esta vida sin ti, una vida contigo. Porque cuando te vas, es como si te quedases, y cuando te quedas, es como si te fueses.

Entre medio de Cava Integral Brut Nature de Llopart, sueño, y música que se empezaba a dejar de escuchar, estos pensamientos calaban como lluvia fina sobre Miguel al acabar la fiesta posterior al Brunch. Miguel se ha ido acostumbrando a ellos, -¡son muchos años viviendo juntos!-, como a la lluvia, al sonido del mar, al del viento en los pinos, al de las campanas de las iglesias, los pájaros; desde que el amor y la muerte lo hirieron por primera vez en aquel iniciático  paseo quinceañero, que no ha acabado, y que lo maduran los inviernos, con, y sin, su Angélica Houston.

La fiesta terminó de la misma manera que acaban las películas, ya no hay más metros de celuloide en el proyector, desaparecen los personajes, las imágenes, la música, y al final la luz sobre la pantalla. Y tú no te quieres despertar de aquel sueño que te ha tenido encadenado a la butaca frente a la sábana blanca. En mi casa, de niño, cuando acabábamos de cenar y nos íbamos a dormir, se decía que nos íbamos al cine de las sábanas blancas, por la similitud de la pantalla con las sabanas, y porque el cine, como la cama, eran dos lugares para soñar.

Seguir leyendo »

Los árboles del Callejón Tres Picos

El Callejón Tres Picos tenía cuatro árboles de hojas brillantes llenas de pájaros. Yo desconocía el nombre de esos árboles y me limitaba a escuchar lo que anidaba en ellos. Un día, Antonio Gala vio los árboles al llegar a casa y dijo: “Son catalpas”. Me gustó ese nombre y lo incorporé a un poemario mío, Travesía, donde hablo de ellos y que, curiosamente, al presentarlo bajo seudónimo a un concurso un miembro del jurado, Pablo García Baena que conocía mi casa, comentó: “Seguro que ese libro es de Elsa López porque ella vive en ese callejón”. Los versos decían:

¿Qué harán ya sin mi voz los ruidos de la calle,

el grifo y sus goteras,

Seguir leyendo »

El comandante Fidel no dejó que las ideas maduraran

La mano que ayuda también es la mano que golpea, pero la mano no lo sabe. 

Uno de los grandes desasosiegos de las grandes ideas, de los buenos proyectos, es que bajo el autoritarismo no pueden crecer, no pueden madurar, queda interrumpido el proceso, ese proceso que lleva al fin último, que como ocurre con la uva, la fruta se convierte en vino, en el placer de los dioses.  Y eso, en un corto prefacio se puede decir del comandante Fidel.  Arrancó a Cuba de una de sus peores aberraciones y sangrantes dictaduras, la de Fulgencio Batista, quien en la década de 1950 a través de torturas y ejecuciones y toda clase de violencia, asesinó a más de 20.000 personas, además de haber enterrado a Cuba en la miseria, el esclavismo y toda ausencia de derechos, y todo ello bajo el soporte de EEUU y la mafia.   

Las ideas necesitan ser libres para crecer y ramificar posibilidades, para dar un paso atrás si es necesario, y luego, nuevamente proseguir su madurez. La revolución que condujo al Che Guevara y al comandante Fidel, junto a miles de campesinos, fue la revolución de las ideas, la sensación de que otra posibilidad era posible, que la sociedad y la forma de vida no debía pender siempre del mismo hilo capitalista, que había una naturalidad propia donde el sistema estuviera al servicio del ser humano y no el ser humano al servicio del sistema.  El error fue, como casi siempre, hacer de la ideología un credo, un nuevo Dios al que adorar, una nueva Biblia que rezar un día y otro con las mismas palabras. Las primeras palabras, las primeras ideas debían ser el origen, y en símil forma que el tiempo y la vida están en un continuo movimiento, las mismas debían de haber proseguido moviéndose en relación a la libertad y al ser humano, pero quedaron estancadas en un pozo que se volvió tóxico y ennegreció en el paso del tiempo.  

Seguir leyendo »

Domingo Rivero, del yo, a mi cuerpo, al tú, a tu cuerpo

Se suele decir que la poesía es la oveja negra de la literatura, que durante muchos años ha estado arrinconada, sin embargo en los últimos tiempos se ha puesto de moda, nos la encontramos en las redes sociales, en Youtube, con vídeos de poemas recitados, convertidos en palabra y música, en recitales callejeros, en eventos pictóricos, en encuentros internacionales ofreciendo una perspectiva más global que incluye música, teatro, cine o fotografía.

O quizás se ha puesto de moda porque la poesía y los grandes poetas no mueren nunca, y menos si hablamos del poeta de la talla de Domingo Rivero.

Y no sé si por casualidad o por causalidad pero Victoria andaba buscando una historia sobre un personaje. Y el azar la lleva a encontrarse con Elisa Quintana, a hablar del poeta, de su lírica que ha cautivado y cautiva. A hablar del creador del Museo Domingo Rivero, de su nieto José Rivero, de la labor encomiable que realizan tanto él como esos seres generosos que forman lo que yo llamo la familia del Museo. Les lleva a las dos amigas a hablar del poema Yo, a mi cuerpo a escucharlo:

Seguir leyendo »

La pérdida de los valores

El progreso es necesario pero, a la vez que progresamos, en ciertos aspectos retrocedemos. Con frecuencia escuchamos frases sobre el cambio de los tiempos y la pérdida de valores, el propio papa Francisco ha recalcado que el dinero es el valor preponderante y anula los preceptos del viejo humanismo, el altruismo, la solidaridad, la piedad, la justicia social. Cierto que ni los valores ni la moral son parámetros inamovibles, todo lo contrario: son volubles y circunstanciales. Si a la moral la definimos como el conjunto de reglas de la vida cotidiana, que guían a cada persona sobre lo que es bueno o malo, no cabe duda de que es muy variable. Los valores son diferentes según las culturas, también las religiones crean pautas de comportamiento que difieren mucho. Por ejemplo, en países islámicos y en la India existe la tendencia en perdonar a los violadores si luego se casan con la víctima. Gran revuelo ha producido la iniciativa de Turquía para perdonar a quienes hayan mantenido relaciones sexuales con adolescentes si se casan con ellas. El matrimonio infantil es una de las formas de violencia contra la mujer, según la ONU, pero lo cierto es que se da en Asia y África, existe riesgo de que esas bodas sean forzadas o sean ficticias, o que las menores consientan presionadas por sus familias. En Bangla Desh y otros países los menores elaboran ropa que luego venden las multinacionales sin el menor pudor.    

    La moral cristiana ha impregnado los códigos de conducta en Occidente pero ya no es entendida como un cliché de normas absolutas. ¿Quién podría aceptar hace décadas los cambios de la revolución sexual, o el hecho de los matrimonios entre personas del mismo sexo? La esclavitud, la ablación o la pena de muerte han estado en vigor o siguen estándolo en determinadas áreas, pese a que son situaciones abominables condenables por cualquier humanismo. El racismo, el odio al inmigrante y el rechazo al que piensa distinto repugnan pero, como consecuencia de la grave crisis económica, la tendencia de este momento hace resurgir el pensamiento ultraderechista, tan visible desde el Brexit o la llegada al poder de Donald Trump.

    Es muy frecuente oír frases relativas a que se están perdiendo los valores, o en mis tiempos estas cosas no pasaban. Los valores morales son subjetivos, lo que para unos es moral para otros puede ser inmoral. La eutanasia o el consumo de marihuana son asuntos controvertidos, como en su día lo fueron el divorcio y el aborto. En el mundo musulmán puedes tener cuatro esposas, se supone que esas niñas han sido adoctrinadas desde pequeñas para aceptar esas situaciones en que la mujer es considerada un objeto. En Arabia Saudí y otros países de su zona la mujer no puede conducir si no está acompañada por su padre, su marido, su hermano.  

Seguir leyendo »

Cualquier noche puede salir el sol

Acabado el Brunch sacaron el piano fuera. Las Gemelas tocaron a cuatro manos música francesa de época, coreada por todas Las Gabachas. Cuando estas se cansaron, Fellini empezó a tocar piezas musicales de sus películas, las compuestas por Nino Rota. Y finalmente Billy Wilder hizo otro tanto con las suyas.

Los Generales Gabachos deportados por De Gaulle, que se alojaban en el Hotel Mayantigo, supieron, a media mañana, que Las Gabachas habían llegado con el Plus Ultra, para iniciarse en la Sexualidad Sagrada y que tenían un Brunch en Casa Katia, decidieron acercarse. Llegaron cuando Las Gemelas empezaron a tocar el piano.

Detrás de ellos, lo hicieron Chasquido, que era el nombre de un lugareño, cocinero, repostero y pescador, con el que Santa Cruz de La Palma había bautizado a un actor por su asombrosos parecido físico con él al que mataban en todas las películas. Miguel Fumanchú, un ingenuo y bonachón barrendero que tenía un parecido asombroso con este personaje. Manolo Cantinflas, El Charro Negro, Tarzán, Colombo, Troy Donahuer, Ironside, Película, Anita Ekberg, La Guagua de las nueve, Barba Azul. Todos aquellos palmeros que el cine, el invento de los hermanos Lumiere, había dejado una huella marcada en sus nombres, o sus nombres habían dejado mella en los actores.

Seguir leyendo »

No hay porqués para la guerra

Cuando era chica oía a mi madre decir con frecuencia: “Ya empezó la guerra”. De esta forma manifestaba su malestar, previo a la reprimenda, cuando presenciaba las disputas entre hermanos, pues resolvíamos jugar antes de raspar (quitar las púas) las pencas que saciaban la sed de nuestras cabras.

En la escuela, había dos equipos de brilé. Cada día en los recreos descargábamos nuestra agresividad competitiva con el equipo rival dándonos recíprocos pelotazos tan fuertes en los que alguna vez la sangre me chorreaba a borbotones, barbilla abajo, debido a que mordía la lengua mientras cogía carrerilla para lanzar la pelota hacia mi contrincante.

La entrañable maestra tan conciliadora decía: “Esto no puede seguir así; esta guerra hay que arreglarla de otro modo”. Pero a los dos minutos, nos sentábamos unas con otras rebañando en el vaso los restos de leche en polvo con la que la escuela pública nos obsequiaba. No recordábamos el festín de pelotazos en la competencia deportiva, solo la sabrosa merienda del recreo. Ya en el aula, apreciábamos la capacidad óptima que ofrecen las palabras para solucionar tales conflictos.

Seguir leyendo »