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Camino del Tonolero

Cada vez que me acerco a Breña Baja, me siento arropado por el paisaje familiar donde nací y disfruté de mi infancia y primera juventud.

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Cada vez que me acerco a Breña Baja, me siento arropado por el paisaje familiar donde nací y disfruté de mi infancia y primera juventud, un paisaje que forma parte de lo que soy, aunque algunos alcaldes con visión de futuro, se pusieron al frente de la apasionante aventura de cambiar el rostro a nuestro pueblo. Así, se fueron asfaltando algunos caminos vecinales, entre ellos el del Tonolero, por el que suelo acortar la distancia de la carretera general que me lleva de nuevo a Santa Cruz de La Palma. Cuesta muy poco recordar la escuela de Doña Pepita, junto a la cruz que cada 3 de mayo enramaba mi padre con un grupo de vecinos, y el improvisado campo de fútbol, donde gastábamos las alpargatas, jugando con pelotas de papel. Me alegro de no tener voluntad de olvido al evocar rincones como este, pues  me considero un amante apasionado del lugar en que nací… Y el Camino del Tonolero en la falda del Zumacal, quedó además por su toponimia, archivado para siempre en mi memoria. 

Desde antiguo, según nos cuenta Arribas Sánchez, el subsuelo de Breña Baja, era poco proclive a la existencia de manantiales: “…un suelo eminentemente volcánico, a trechos constituido por torrentes de petrificada lava. De aquí que tampoco exista regadío ni otras aguas potables que las de la lluvia”.  De ahí, que Breña Baja se convirtiera en una zona apropiada para la siembra de viñedos, cultivo menos necesitado de un elemento tan imprescindible para la vida como el agua. Escobar y Serrano compara los vinos de la Breña con los de Mazo: “… son de tan buena o mejor calidad”. Y si nos remitimos al comerciante inglés Thomas Nichols, “…los mejores vinos se dan en un lugar que se llama La Breña, donde se hacen cada año 12 mil pipas de vino como el malvasía”. No debe extrañar, por tanto, lo importante que fue en una época la fabricación de toneles para envasar y transportar los ricos caldos de la tierra, ni tampoco que la figura del tonelero se resalte en la toponimia del municipio dando este nombre al camino que nos ocupa, aunque por una deformación que se ha respetado con el paso de los siglos lo sigamos denominando Camino del Tonolero.  

Datos históricos nos recuerdan que el propietario de las tierras situadas en dicho enclave, era Pedro González, tonelero que, a principios del siglo XVII, las vendió al mercader Melchor García de Sigura y a su esposa Leonor Hernández de Escudero. Aquellos terrenos los otorgó el matrimonio a su hijo, el presbítero Pedro de Escudero como parte de su capellanía, y dentro de la finca se construiría la primitiva ermita de San Antonio, pasando a formar parte al ser vendida al Maestre de Campo don Ventura de Salazar y Frías, de la hacienda que llevaba el nombre del Santo Patrón del barrio. Creemos que al conservar el nombre de Tonolero en lugar de ‘tonelero’, nos identificamos en una actitud positiva con la forma de hablar de nuestros antepasados, aunque algunos entendidos consideren que, con ello, se resalta el uso vulgar de nuestro idioma. No obstante, ha hecho bien el Ayuntamiento de la Noble y Honorable Villa de Breña Baja, al atenerse a lo señalado en el artículo tercero de la Academia Canaria de la Lengua, que “rechaza y condena todo dogmatismo lingüístico o intelectual, pues no existe, según señala, ninguna modalidad idiomática superior o inferior a las demás”. Está claro que Tonolero es una desviación procedente de una expresión oral que lejos de ser considerada como una incorrección, enriquece y acentúa la diversidad lingüística y nos permite, al usar este término, conservar  una palabra heredada, que nos hace ser conscientes de nuestra propia historia.

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