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El mejor ingrediente

La música es uno de los ingredientes más sabrosos que se le puede echar al plato de la vida. El recuerdo de la música se queda en el paladar como algo que abre la puerta del pasado cuando se escucha en un momento determinado.

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(Este artículo va dedicado junto con mi enhorabuena al poeta paisano Juvenal Machín Casañas. Y también a mi querido hermano Fran Arroyo componente del grupo Changó).

La música es uno de los ingredientes más sabrosos que se le puede echar al plato de la vida. El recuerdo de la música se queda en el paladar como algo que abre la puerta del pasado cuando se escucha en un momento determinado. Cuántas imágenes olvidadas aparecen ante nuestros ojos que  lustran nuestra sonrisa o nos dan tristeza, porque en esos tiempos, en el justo instante en que hallábamos la fuente de nuestra felicidad o de aquellas pequeñas desgracias efímeras, sonaban en la radio unas notas de tal o cual canción o sintonía. Lo mismo que en las películas de cinemascope, nosotros los protagonistas. Cada persona es como un rollo de film que a veces va hacia delante y a veces hacia atrás. Podemos olvidarnos de alguna escena o de casi todas. Pero, cuando, de repente, oímos nuestra banda de música, todo vuelve, todo es flash-back.

Cuando escucho a Janis Joplin, John Lennon y a John Coltrane, siento una alegría inusitada. No sé la razón, o sí la sé, pero la explicación es tan inmensa que mi película nunca halla metraje suficiente.

Por eso mi olla particular cocina con los ingredientes de la poesía, con esa sustancia que llena aquellos instantes que vuelven a mí.

CRISTAL DE JANIS JOPLIN

Oíamos quebrarse los cristales del cielo. Era más que una voz, que un aullido, un temblor de la arena. Algo le devoraba su vientre de mujer, una ausencia quizás o un desapego de no ser nunca oída cuando llora de noche. Llora, cariño, aunque no por eso. No vale la pena, pero revienta el lenguaje y que contenga tu llanto. Escucharás la lluvia trinar en la guitarra hasta que la guitarra sea la miel que le echas al que se marchó al vacío a no llorar por nadie. Pero siempre estarás ahí esperando (oh, sí, esperando la magia del amor) en la ventana de tu garganta el regreso de otro verano en que el centeno vuelva, vuelva y vuelva entre tanto devaneo del frío. Vuelva y vuelva, nena, a crujir sobre tu piel y te abraces al sol como una diosa feliz con la flor de los labios mordida y remordida, acechante y celosa del mar amarillo con barcazas cruzando el huracán.

Nada más tierno, Janis Lyn, que la seda de la nieve al deslizarse en tu reposo desde la lejanía. Nada más crudo que derramar el invierno dentro de la botella que lanzaste a los náufragos.

Oíamos quebrarse el cielo en los cristales.

MELENA DE JOHN LENNON

Nunca me había visto con melena de John Lennon. Realmente a quien quería ver era a John perdido por las calles de esa laguna oculta donde la humedad era el aliento de dioses enterrados y hálitos diluidos.  Me atenía a la estirpe de Albert Prufrock para saciar la voz insegura que nos da el desamor. Lo incierto preguntándole a la próxima cicatriz, la cicatriz presente bullendo como un perro insaciable pegado a la pared para rascarse las pulgas y dejárselas a las horas trasnochadoras de otros eclipses. Los nervios en la piel floreciendo al compás de las mareas silentes de la prisa. Pero no era el amor lo que mantenía en vilo la posguerra del ansia, sino la idea del amor con traje de domingo habitando en las cavernas.

Nunca me había visto con melena de John Lennon. El cabello caía como una catarata por un costado, y por el otro parecía una roca de algas cuando el mar se retira a sus cuarteles del fondo. Sin embargo, siempre me vi imaginando que no había paraísos tras la luna de los armarios, y tomé de su música la costumbre de espantar los infiernos y dialogar con los fantasmas que había dejado abandonados en algún cruce del camino. Como hizo John Lennon para después cantarlo a los cuatro vientos con su melena incrustada en el amor.

EL TREN AZUL DE JOHN COLTRANE

La noche como un saxo que suena en los mirajes de la radio. La noche chilla en la trompa de las mariposas, no se detiene el mirlo sino avanza al limo de la piel trasnochada en su páramo. Nadie abrió la cancela de las oquedades sangrando por la voz de ese metal de estrellas, tan solo como el ópalo de una mujer alzada  al hospicio de amor que escupe en las esquinas a cambio de un denario por todo el paraíso y el canto de sirena que se rompe en Ulises.

Cambiaría su gozo por una nota anómala desprendida del corazón. Su brillo por el gesto de los dientes tan blancos que muerdan la madera. Su hambre, más allá del acorde que al pájaro precipita en el légamo, por una sonrisa aunque fuera de rabia a la sombra del árbol del bien y llegaran serpientes a ofrecerle manzanas.

Nadie abrió la cancela. Fue un hierro acurrucado, una onda expansiva, un tímpano en el ojo zumbando en las colmenas el hueco disonante de todas las heridas.

Me navega la noche cuando el tren es azul en los pulmones bellos de John Coltrane.

NOTA: Este artículo figura en mi libro La palabra devagar, Idea-Aguere, Santa Cruz de Tenerife, 2012 y en mi columna mexicana homónima http://neotraba.com/category/el-enyesque/page/2/

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