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El profesor astronauta

Cuando un profesor se enfunda una escafandra voluntariamente, lo hace para protegerse de lo absurdo, de sí mismo, de sus inseguridades, de su escasa confianza para gestionar un grupo.

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Dicen que en la vida, en ocasiones, ocurre algo imprevisible que puede llegar a modificar de raíz tus parámetros y, con ellos, tu percepción. En los últimos años he tenido el privilegio de pasar en dos ocasiones por una experiencia así. La primera de ellas me impulsó a escribir novelas de intriga de un modo voraz. El otro cambio, del cual trata este artículo, es a nivel profesional. Hoy voy a hablar de profesores universitarios.

Soy un profesor universitario. Hasta hace tres años manejaba una teoría muy cómoda que me permitía vivir mi profesión de una forma simple, eficiente, rentable (tanto para mi alumnado como para mí), pero, quizá, sin alma; sin compromiso. Esa teoría la enunciaba así:

  • El mejor profesor de primaria es aquel al que los niños adoran.
  • El mejor profesor de secundaria es aquel que te deja huella.
  • El mejor profesor universitario es aquel que pasa desapercibido.

Mi concepto de “profesor herramienta”, un instrumento más (como puede serlo un libro o una tablet) al servicio del alumnado, me aseguraba una profesión digna, fácil y sin complicaciones. Y, por encima de otras consideraciones, me convertía en un profesor justo. Con el concepto de “profesor herramienta” se garantiza que el alumno se enfrente a una asignatura, no a un evaluador humano; el profesor ayuda, la asignatura es la que evalúa.

Ahora bien, ¿dónde estaba mi compromiso? Como decía en la primera frase de este artículo, ocurrió algo (ese “algo” es lo de menos) que me hizo ver las cosas bajo otra perspectiva. Mi teoría cambió. El mejor profesor universitario no tiene por qué, necesariamente, pasar desapercibido. Simplemente tiene que tener sentido común. Este cambio en mí ocurrió cuando vi la escafandra. Fue entonces cuando evolucioné. Antes era un astronauta. Ahora soy un comunicador; al menos lo intento.

Los astronautas son unas personas que llevan una escafandra. El noventa y ocho por ciento de los profesores universitarios nos ponemos una escafandra para dar las clases. Es difícil pertenecer al otro dos por ciento; yo lo he conseguido, aunque me ha costado decenas de años. Pero vamos por partes. Hay dos tipos de escafandras: las voluntarias o conscientes y las involuntarias o inconscientes. Cuando un profesor se enfunda una escafandra voluntariamente, lo hace para protegerse de…; para protegerse de lo absurdo. Para protegerse de sí mismo, de sus inseguridades, de su escasa confianza para gestionar un grupo. Sin embargo, el auténtico peligro son las escafandras inconscientes. Muchos llevamos una escafandra, pero no lo sabemos, ya que son escafandras transparentes por dentro, aunque opacas por fuera. Paradójicamente, la escafandra transparente convierte tu profesión en un espejismo. Tú ves perfectamente al alumnado, nada interrumpe tu campo de visión. Llevas una escafandra, pero… ¡tú no lo sabes! No eres consciente. Desde fuera, el alumnado sí que ve esa escafandra; al ser opaca por fuera, no te ve a ti. Solo ve a un profesor astronauta. Cuando portamos esa escafandra, creemos que hemos conectado con los estudiantes, que les caemos bien e incluso que tenemos cierta complicidad con ellos. Los atendemos; los oímos. Pero no los escuchamos. No con la escafandra.

Así que existe una barrera, pero es una barrera difícilmente salvable. ¿Por qué? Porque tú, profesor, el único que puedes destruirla, no sabes de su existencia. No podemos arrancarnos la escafandra. Si fuese voluntaria, si supiésemos que la tenemos, podríamos decidir hacerlo. Pero somos muy miopes, y, aunque esa pantalla, ese muro invisible que nos separa de nuestra audiencia, está a cinco centímetros de nuestros ojos, no somos capaces de verlo; no sabemos que está ahí, perturbando la comunicación.

De hecho, solo el alumnado puede ayudar a que te quites la escafandra, pero, para eso, tendrás que escucharlo aunque no te guste lo que diga. Escucharlo y entenderlo. Un profesor que haya bajado de la nube para aterrizar en la realidad, un profesor que sea capaz de escuchar a los jóvenes estudiantes e, incluso, tratar de entender cómo piensan y cómo sienten, cómo funcionan a esas edades, será un profesor más realizado y más profesional. Ahora bien, no hay que bajar la guardia. Nadie garantiza que no existan otras escafandras transparentes por dentro y opacas por fuera que aún no hayamos detectado. Así que, si una alumna o un alumno tuyo te sugiere la existencia de una escafandra en tu cabeza, escúchale atentamente. Aunque duela lo que te diga.

 

 

 

 

 

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