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Es alemán

Las grandes empresas buscan siempre su máximo beneficio pasando por encima de derechos laborales, legislación y responsabilidad medioambiental.

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‘Es alemán’, así dicen algunos anuncios automovilísticos cuando tratan de presentarnos las excelencias de sus productos. Igual ocurre con otros productos industriales sobre los cuales a los publicistas se les ocurrió que remarcar el hecho de que se trata de ‘tecnología alemana’ es garantía de confianza. Y es que sin que se lo preguntasen a cualquier ciudadana o ciudadano alemanes medio, han estado vendiéndonos el tópico de las personas alemanas como serias, estrictas, rigurosas, calculando cada uno de los parámetros al milímetro. Una idea poco afortunada, cuando ante las imposiciones de la llamada ‘troika’, ante la prepotencia imperialista de Ángela Merkel sobre el resto de países de la Unión Europa, no creo que esa imagen que nos transmite la publicidad sea buena idea. Y es que la publicidad no trata de vendernos únicamente un producto, sino también ideología; así, en el contexto político actual, pretenden que aceptemos como algo natural que ‘los alemanes’ son las personas más preparadas, las que ‘saben lo que hay que hacer’ y, en definitiva, quienes saben tomar las decisiones más adecuadas y, por tanto, debemos hacerles caso. Claro, como ocurre siempre, este concepto de ‘alemanes’es un tanto difuso, pues no se refiere tanto a cualquier persona alemana a pie de calle, como a ciertas personas de Alemania que se encuentran en la cúspide social y económica. “Si es gente rica, es porque lo valen, se lo han ganado”, es el discurso que nos tratan de vender a las personas que venimos de perder cien mil batallas. Claro, Alemania también mantuvo un cierto sector industrial (no exento de sus deslocalizaciones) mientras el poco existente en la Europa del Sur (y en las Regiones Ultraperiféricas ni digamos) era desmantelado.

Aunque el título del artículo hace referencia a los anuncios de Opel, la industria automovilística alemana está de moda estos días por otra empresa. Ahora estalla el escándalo Volskwagen, esa empresa creada por la Alemania nazi. Parece ser que las prioridades en investigación e innovación de Volskwagen no estaban en reducir la emisión de gases contaminantes, sino en diseñar un software que detectara cuando sus vehículos estaban siendo inspeccionados para falsear el registro de los gases tóxicos. Es evidente que el diseño e implementación de este software también costaría su dinero, un dinero que podría haberse invertido en diseñar coches menos contaminantes en vez de este fraude.

Estallan los tópicos. La picaresca española frente a la seriedad y cálculo alemanes, todo queda en entredicho. Claro que la industria automovilística del Estado español también está metida en el asunto, pues la tan española Seat es actualmente una filial de Volskwagen (como Opel lo es de la estadounidense General Motors), algo que el ministro Soria no parece entender. También estalla otro tópico, que el propio desarrollo del capitalismo propiciaría tecnologías menos contaminantes y sostenibles… en cambio sí se confirma algo que no es para nada un tópico: las grandes empresas buscan siempre su máximo beneficio pasando por encima de derechos laborales, legislación y responsabilidad medioambiental. Esperemos ahora que no sean los trabajadores y trabajadoras de las plantas automovilísticas quienes terminen pagando un fraude responsabilidad de los directivos de la multinacional, aunque, de alguna manera, todo el planeta ha estado pagando los resultados de las emisiones contaminantes de un gran número de vehículo.

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