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Juan Calero y una antología de poetas cubanos en Canarias

Luis León Barreto

Canarias y Cuba tienen un cruce de identidades, porque poseemos una potente migración de ida y vuelta. Canarios que fundaron pueblos y allá murieron, cubanos que hoy viven en Canarias en esa diáspora constante que origina tanta nostalgia, la melancolía de los exilios. Mis abuelos fueron y vinieron de allá muchas veces, como la mayoría de los naturales de la isla de La Palma, hasta la guerra civil española. ¿Cómo soslayar el hecho de que en 1608 un grancanario, Silvestre de Balboa, diera a la luz la primera manifestación literaria de la isla, su poema Espejo de Paciencia? Más allá de los debates ideológicos y literarios en la poesía cubana contemporánea, más allá de la polémica entre la cubanía y el cosmopolitismo que podrían protagonizar Nicolás Guillén y Lezama Lima, podríamos afirmar que en líneas esenciales se aprecia en la potente literatura cubana un cultivo de la sonoridad barroca, el coloquialismo, el eclecticismo y un afilado debate entre lo afroamericano y lo cosmopolita. Una literatura llena de vitalidad, repleta de sol, de ancestros, repleta de dioses afros y de tradiciones hispánicas.

Poetas cubanos en Canarias es el título de una antología recopilada por el poeta cubano-palmero Juan Calero, residente en Los Sauces con su mujer Carmen Pilar, y que acaba de salir en Cuadernos de La Gueldera, edición del Centro Canario de Estudios Caribeños que impulsa en Gran Canaria el poeta cubano Juan Francisco González Díaz. Hay en esta selección dieciséis voces de relieve, con significación en las letras actuales. Juan Calero, el entusiasta ejecutor del trabajo, nos hace una propuesta variada en la que podemos resaltar semejanzas y discrepancias. Uno de los datos esenciales radica en ciertos perfiles de convivencia Cuba-Canarias a través de las personas, así la presencia de Julio Tovar, el hombre que vivió en Tenerife y que dio nombre a un premio de poesía que ha sido obtenido por dos valiosos poetas cubanos con obra muy reconocida internacionalmente. Se trata de dos figuras laureadas que viven en EEUU. Uno de ellos, Ramón Fernández Larrea, vivió tres años en Canarias y gana el premio en 1997, con su obra Terneros que nunca mueran de rodillas. El otro autor es José Kozer, quien lo gana en 1974, poeta con más de setenta poemarios publicados en varios países. En Canarias tiene dos: Este judío de números y letras, con el que ganó el Julio Tovar en 1974, y De donde oscilan los seres en sus proporciones.

Entran en este texto algunos grandes nombres que son columnas de la tradición: Dulce María Loynaz, Julio Tovar, Nivaria Tejera y Manuel Díaz Martínez, el mejor poeta cubano fuera de Cuba, residente en Gran Canaria desde hace largo tiempo, autor de ese poema descomunal que se titula La cena y que comienza así: “Mi abuelo se sentó a la mesa con su muerto al lado. / No levanté los ojos de la sopa: / sabía que él también estaba muerto. / Mi madre tampoco levantó los ojos / a pesar de estar tan muerta como él…” Hay otro grupo de quienes publicaron en Cuba: Ramón Fernández Larrea, Juan Francisco González-Díaz (poeta notable y animador cultural de primera línea en la cultura grancanaria), José Lucas Rodríguez Alcorta, Sonia Díaz Corrales, Arlén Regueiro Mas y Andrés Díaz Castro. Está también el grupo que ha dado a conocer su obra básicamente fuera de Cuba: Rolando Campins, y Juan Calero Rodríguez. Y, los que podríamos denominar –al decir de José Martí– los “pinos nuevos”: Nancy Teresa Ángel Bello, Belkys Rodríguez, Ernesto García Machín y Kimamy Ramos. Certifican su paso por Canarias, el arraigo existencial entre las dos orillas, las profesiones docentes, las publicaciones compartidas.

El cubano tiene un barroco resplandeciente, sonoro. El idioma adquiere aquí los brillos del mar, las transparencias de los cayos, la calidez del trópico. El canario por lo general tiene un barroco introspectivo, interiorizado. Mientras al cubano el Caribe lo potencia y lo sublima, el Atlántico de aguas frías casi ahoga la voz del insular canario. El cubano canta el son con determinación y alegría, el canario tiene un folklore lamentoso. Pero a la hora de la magua, unos y otros son similares. El canario añora el Teide y añora el mar, el cubano canta una y otra vez el miserere por La Habana.

Estos poetas manejan lo identitario, lo social, el compromiso con el paisaje y la memoria del paisaje. Cuba tiene una literatura tan poderosa y tan reconocible que muchos admiramos el lenguaje de Lezama Lima, la sonoridad de Alejo Carpentier, la delicadeza de Dulce María Loynaz, la pirotecnia de Guillermo Cabrera Infante. Cuba es una Isla-Continente, posee suficiente lenguaje y suficiente hondura para afirmarse frente al mundo, y estos autores mantienen el tono intimista y conversacional, el elogio de la vida. Y el desgarro de la distancia, la pérdida del paraíso original, ese cruce de olas, pesadillas y sueños, mitos, magia, religiones yorubas y cristianas. Esa tierra ardiente que quedó atrás. Esa precariedad de reconocerse efímero y mortal, voz encaminada al silencio. Voz condenada a ejercer la rebeldía del grito para demostrar que estamos aquí y ahora.

Hay en el libro un poema de Arlén Regueiro (Ciego de Ávila, 1972), que vive en Gran Canaria, muy clarificador. Su título es Lección de Geografía, y es una prosa poética sobrecogedora. El hermano mayor se ha ido a España, y las últimas estrofas dicen así: “Yo no me voy a España, dispongo comenzar una nueva vida, tan cerca de aquí como mi madre lo permite, y gasto mis días en comprar casa, una mínima pieza, no un laberinto colosal, que pueda hacer mío poco a poco; sin irme a España: / o a ningún otro lugar del mundo que no sea éste, donde voy a morir cuando mis cenizas rueden al fondo de las aguas; y me canse de comer esos pasteles de guayaba que tanto gustan a mi hermano y a mí, en este fragmento del mundo que pudo ser España, y solo es la quilla de una isla a punto de hundirse, en el mismo mar que todos los mares duermen”.

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