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Las enseñanzas de Don Ramón

Gracias amigo Don Ramón por tu magia, por tu genio, por tu humor, por tu inmensa cultura, por tus canciones y por evocarnos tantrísimo -sí, tantrísimo-.

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En un lugar de Santa Cruz de La Palma de cuyo nombre sí me quiero acordar, Sala de Yoga Prem, nos reunió, en la tarde noche del sábado pasado, a una veintena de personas bastante diversas, bastante distintas, un caballero que siempre anda con botas tejanas y sombrero, Don Ramón. En esta sala de yoga, de Pato y Diego, que se acaban de casar, se anda, se está descalzo, como en todas. Es la primera vez que veo a Don Ramón sin sus botas tejanas, pero, como siempre, llevaba su sombrero.

Don Ramón nos habló con soltura, con acercamiento y maestría, de su relación con el brujo yaqui Juan Matus y con Carlos Castaneda. No sé si ha tenido relación personal con ellos, o tan solo la de las lecturas de los libros de Carlitos – que no es poco -, pero lo parece; yo no lo negaría. Don Ramón me hizo recordar las bellas lecturas, los buenos ratos que he pasado con dos de mis libros de cabecera, ‘Las Enseñanzas de Don Juan’ y ‘El Viaje a Ixtian’, que los empecé a leer en el año 77, y que sigo releyendo.

Don Ramón nos habló de la mística femenina de la Europa medieval, de Hildegarda en Alemania y de Teresa de Jesús en España. Don Ramón, como las truchas, ascendió desde la mar hasta el naciente del río, desembocó en él, en el yoga, la madre de todas las ciencias espirituales, en el maestro Yogananda. Nuestras vidas no solo son los ríos que van a dar a la mar, son también los mares que van a dar a los nacientes de los ríos. Hace muchísimo tiempo le escuché en una entrevista que le hicieron por la radio, que descubrió una parte del yoga, yoga la de las ashanas, el anahata yoga, yendo en un barco hacia Sudamérica, de la mano de unos marinos suecos, y que no lo ha dejado de practicar. Don Ramón nos habló, en el mismo nivel de importancia, o quizás mayor, de otros maestros suyos, más cercanos en lo físico, de La Isla de La Palma, de la que anda perdidamente enamorado - tanto como de su compañera -, y, de un gran amigo suyo, El Barbero Sabio de Tacoronte.

Mi nieto Congo.

Mi nieto Congo.

Todo este repaso a estas muchas vivencias de su vida lo hizo de pie, con humor fresco. Estuvo casi dos horas justas hablando, aunque tiene cuerda el amigo para mucho más (pienso que su cuerda es interminable); un tema le lleva a otro, y después, siempre con la misma pasión, a otro más. Pero no quiere cansarnos, y todo ha de tener un final, aunque a veces no nos guste.

Hay cosas que no entiendo en la vida, que no logro entender; algunas de ellas vienen de atrás, otras son actuales. No entiendo cómo en unos treinta años que lo llevo viendo no hayamos tenido unas palabras, un saludo siquiera. Hay puertas que tardan en abrirse mucho más que otras – como en cambio otras se cierran demasiado rápido -. Todo tiene su porqué, y en este caso no sé bien cuál es. Estuvo en Mazo con seis años, también mas tarde en Los Sauces; estudié en el año setenta y tres COU con un hermano suyo que murió joven, David; lleva unos treinta años de vida de juglar por la Isla, de escenario en escenario, practicando el yoga de la risa – al que todavía no se le ha puesto nombre-, las mejores ashanas que existen. Y nada de esto ha hecho que esta puerta se abriese antes.

No me podía salir de la sala de yoga sin hablar con Don Ramón. Lo sigo llamando Don Ramón, y probablemente lo siga haciendo; cuando cambio, o varío, el nombre a una persona – solo lo hago con los verdaderos amigos, o con las personas que quiero muchísimo-, ya no lo puedo corregir. Quizás también sea esto del ‘Don’, por el enorme parentesco que le veo con Don Juan Matus. No me podía largar de la sala sin que esa puerta se abriese. Así que me tiré a la arena, lo abracé por el lado del corazón y le comenté: “Enlazar, como has hecho, Carlos Castaneda, Hildegarda, Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, el yoga, Yogananda, la Isla de La Palma y El Barbero Sabio de Tacoronte, me parece una genialidad. Te voy a comentar, porque viene a cuenta, cómo conocí yo a la que lleva siendo mi compañera durante estos seis últimos años. Una noche de seis de enero, salía de casa de mi madre, que con noventa y dos años comenzaba su total declive físico; le habían amputado una pierna unos meses antes por problemas de circulación; dos años más tarde moría. Mi brújula y mi timón no hallaron mejor sitio para llevarme que a una tienda a la que me había atrevido a inaugurar un mes antes en el local de la que fuera la antigua venta de Antonio El Venezolano, y anteriormente La Taberna de Don Miguel Salazar, en frente del Teatro Chico, que a los pocos meses tuve que cerrar. La abrí de par en par, encendí todas las luces, descorché una botella de Cava Llopart Gran Reserva Brut Nature Leopardi, y me puse a leer en el ordenador cosas referentes a Carlos Castaneda. Lobita, que había bajado El Lomo -como baja por allí el viento-, para comprar un periódico, surgió en frente de mí, la tenía en frente de mis ojos, como imagen reciente; con el tiempo me comentó que le había llamado la atención la luz de la tienda, a la que entraba por primera vez. Le pregunté que si conocía a Carlos Castaneda, me respondió que sí. Luego, que cuál era el libro que más le gustaba de él; me respondió que ‘El viaje a Ixtian’. Pensé para mis adentros que solo le faltaba acertar la tercera. La tercera fue que si conocía el Tantra Yoga. Acertó la tercera, y seguimos hablando de estos temas, con la misma melodía, hasta el día de hoy, seis años después.” La realidad puede ser mágica, y la magia puede ser real ¡Así de tan sencillo!

Habíamos estado esperando por mi hija para asistir a las enseñanzas de Don Ramón hasta las siete menos cinco, al ver que no llegaba, ni contestaba al teléfono, nos decidimos a entrar a la Sala de Yoga Prem. Al salir, la volví a llamar por teléfono y le pregunté qué le había ocurrido – el universo se gasta sus propios chistes, sus propias pasadas -; me dijo que su perro Congo se había pegado una jartada de hongos psicodélicos, como el peyote de Don Juan, en La Cumbre Vieja, y que casi se muere, que por eso no había podido acudir ni cogerme el teléfono. El espíritu de los hongos afortunadamente no lo quiso. ¡Quizás estuvieron Don Juan Matus y Carlitos, por allí, para impedirlo! Congo, mi nieto ¿a ver cuánto más sabio vas a ser después de esa gran jartada de hongos alucinógenos que te pegaste?

Gracias amigo Don Ramón por tu magia, por tu genio, por tu humor, por tu inmensa cultura, por tus canciones y por evocarnos tantrísimo -sí, tantrísimo-.

Abrazos por El Lado del Corazón. Salud y Alegría Interior.

Las Cosas Buenas de Miguel            

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