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María Teresa Calero Hernández. Como polvo de estrellas

Eras la manera cálida de abrazarte y de decirte “pasa”, “toma algo”, “te quiero”. Y decirlo con la naturalidad de la gente sincera. Sin pudores inventados, sin miedos ni complacencias.

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“¡Qué bueno irse así, sin dolor, sin hacer daño!” Me dijo esa tarde. Y yo le añadí: “¡Y sabiendo que has hecho felices a los otros!”

Me sonreía y apretaba las manos. La suya caliente y suave.

“El dolor es una lección que debemos aprender a tiempo. Yo la aprendí y se la intento enseñar a mis hijos. Ellos sabrán soportar el dolor de la pérdida. Yo lo aprendí desde niña y he sabido superarlo con creces. Aprendí desde pequeña a vivir con la muerte y por eso no le tengo miedo. Tenía ocho años y solía ir al cementerio. Mientras doña Rosario iba a ver a un nietecito que estaba allí enterrado yo jugaba a sacar las hojas secas de los jarrones y cambiarlas por flores frescas que cogía de otras tumbas. Siempre estuve enfrentada a la muerte con naturalidad. Eso hace que llegue sin miedo a la mía. No me asusta. Estoy tranquila y en paz conmigo misma.”

Me había inclinado para besarla.

“Solo tengo miedo a estar sola. No dejes que ese día me quede sola. Cuando ese día llegue, llama a los amigos y les dices que vayan a estar conmigo. Diles que me acompañen.”.

Hablaba y hablaba serenamente, pausadamente. Y sonreía. Contaba cosas a borbotones y se reía de los recuerdos que le llegaban de todas partes: la infancia, los hermanos, la madre, las amigas…

“No. No es cierto. Ese día no estarás sola. — Le dije —. Todo el mundo te quiere”.

Le llevaba la contraria como si fuera una broma tonta. ¿Por qué le hablaba en pasado? Era ella la que me sostenía, la que insistía en la conversación.

“Y no quiero grandes ramos de flores ni coronas. Solo un ramo de color naranja al pie de la caja. Y la caja sin adornos ni brillos. Lo demás me da igual. Aprendí la lección en la muerte de mi hermano. El primer día estás muerto y luego eres solo una cáscara. El espíritu sí que permanece y un día oirás una frase y dirás: “Eso lo decía Marite”, “Eso lo dijo Marite”, “Eso me lo contó Marite”… De mí solo quedará polvo de estrellas... Y en ese polvo me convertiré. Se lo oí decir a un astrofísico y me gustó la idea. Ser polvo de estrellas… Maravilloso, ¿no?”    

Sí. Es cierto. Como polvo de estrellas por donde tú pasaste María Teresa Calero Hernández. Así permanecerás entre nosotros. Y por eso aún estás ahí, de espaldas. Te inclinas sobre el fregadero delante de la ventana y el muro, lavas unas verduras, tapas un caldero a la derecha donde hierven las papas, miras el cielo que te corresponde por detrás de los azulejos, cortas un trozo de queso y me miras. O no me miras. Ya no lo recuerdo. “Son un desastre” me dices con ese tono que te gastabas para regañar a los hijos, a los hermanos, a los amigos y al marido. Luego te ríes, levantas un brazo y haces un gesto. Tu gesto. “¡No saben hacer nada…!”. Me escondo dentro de mí misma y pienso en tus palabras. Pienso que te estás refiriendo al mundo en general y no andas descaminada. Vuelves al caldero, cortas el pan, sonríes. Creo que sí, que te estás refiriendo a los hijos, a los hombres que hay en la casa, en el patio, en el mundo. “¡No saben hacer nada…!”.

Y tú, mientras tanto, como Santa Teresa entre pucheros, creando familias y conventos, nuevos núcleos de vida. Tú, como siempre, luchando por los otros. Como librera, como concejal, como miembro del Consejo Económico y Social del Gobierno de Canarias, como representante de los consumidores en la OCU, como defensora de los derechos de las mujeres, como miembro activo de la cultura haciéndonos discutir y aprender sobre la vida de la que tanto sabías.

Porque tú eras la vida, la fortaleza y el deslumbramiento. Eras la madre y la esposa y la amiga y la que todo lo organiza y todo lo piensa y sabe dónde y cuándo y los porqués de cada uno. Lo sabías todo porque tú eras como esos grandes felinos que amamantan una tribu entera. Eras la madre tierra y el olor que desprendías era el olor de las madres antiguas. De la cocina al comedor, del comedor al patio y a los manteles extendidos para recibirte. Siempre. A cualquier hora. Eras la manera cálida de abrazarte y de decirte “pasa”, “toma algo”, “te quiero”. Y decirlo con la naturalidad de la gente sincera. Sin pudores inventados, sin miedos ni complacencias.

“Te quiero”. Me dijo pocas semanas antes de morir. Como diciendo adiós; como para dejarte el olor de su cuerpo, la magnitud de su abrazo y sus palabras. “Cuídalos, que son un desastre”. Son “mi” desastre parecía decirte cuando te contaba alguna pequeña calamidad, algún desacierto dentro de la tribu. Pero los quiero, los protejo, les doy el pan y la vida. Yo soy la vida.

No me cabe la menor duda de que lo eras. Y de ella nos alimentamos todos los que te conocimos. Y de ella, que eras tú misma, nos alimentaremos ya para siempre.

 

Elsa López

29 de noviembre de 2015

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