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Quiero decir algo

Gracias por hacernos crecer, por ser tan buenos con una panda de inútiles que muchas veces no quisieron escuchar esos consejos que tanta falta nos hacían y que tan poco caso les hacíamos.

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Levanto la mano en un aula en la que todavía queda el eco de pisadas, de risas, de murmullos a los que se les exigía silencio, de historias de unos y de otros, de recuerdos, del pasado y del presente, porque el ahora siempre impera en un aula. Callado y sentado en una esquina, detrás de mí y de mi mano levantada que pide la palabra a todos los profesores de mi historia como estudiante las 24 horas al día, y a todos los alumnos, compañeros que me rodeaban, que rodean y que seguían rodeándome cada vez que pensaba en ellos porque eran mi mundo, eran la realidad a la que le pedía a gritos que no dejasen de existir, porque confieso que yo también me he visto en el lugar del esclavo sin opinión que repetía lo que le decían y también he sido la revolucionaria que ha dicho basta, amando siempre el lugar que se mantenía estable aun siendo consciente de que no paraba de cambiar. Todos los años se iba gente, todos los años pensaba "ya queda menos" y ahora que no queda nada: lloro. Me caen las lágrimas imparables, porque señores, jóvenes de presente apelable en cada una de sus acciones (juventud), he estado tanto tiempo aquí, tantos cambios en mí ha sido testigo este edificio, los profesores y mis compañeros que lloro, porque ves cómo tu historia está escrita en cada aula que has habitado durante seis horas y en las que mentalmente has estado toda una tarde pensado que al día siguiente tenías que entregar todas esas tareas que al principio parecían insulsas, una pérdida de tiempo y con el paso de los años han significado una enseñanza en sí mismas; del esfuerzo, del compromiso, de la esperanza.

Hemos crecido en este edificio,  o en otro, pero centro de enseñanza todos, y hemos vivido, en esta dulce burbuja que nos rodeaba seis horas al día en la que siempre podías jugar a ser un profesional de los pasillos, en la que podías ser y se te permitía pensar y tu opinión importaba porque podías hacer todas las preguntas que quisieras, daba la casualidad que estabas ahí para eso, para eso y para escuchar. A veces te hacías con una peluca blanca y un mazo, para dar una imagen de imparcialidad y dignidad a tu cuerpo adolescente y juzgabas, a todos y a todo y te hacías experto en injusticias, aquellas que eran el resultado de una búsqueda de culpables para los errores que éramos incapaces de reconocer. 

Por eso en mi último año, a estas alturas quiero confesar cosas, no sé, me apetece, quiero decir que siempre, cada septiembre, podías empezar de cero y recrearte de nuevo a ti mismo porque había pasado un verano y ese verano,  estos veranos, eran geniales, podías ir recogiendo en una lista de pros y contras del año anterior e intentar mejorar el siguiente. 

Era fantástico. Lo será, también, lo sé. Pero como de nuestro futuro no tenemos constancia y solo podemos tirar de memoria, eso hago. 

Y es que quiero agradecer, quiero seguir llorando porque lo que perderé y por lo que ganaré, a todos aquellos que nos han legado su conocimiento, su poder, su sabiduría, de esa manera tan gratuita, porque el sueldo no significa nada a las ocho de la mañana y frente a una clase abarrotada y mucho menos a la una de mañana bajo un flexo de luz amarilla que envuelve a tus ojos en una bruma espesa corrigiendo exámenes.

Gracias por hacernos crecer, por ser tan buenos con una panda de inútiles que muchas veces no quisieron escuchar esos consejos que tanta falta nos hacían y que tan poco caso les hacíamos. Cuánto me arrepiento de no haber hecho las cosas mejor en su momento. Prometo no cometer ese error en adelante. Prometedlo vosotros también. Aprended de los errores de otros, porque aunque nunca es tarde para aprender y madurar, la verdad es que hay cosas que caducan y la vida es demasiado corta como para no hacer hoy lo que puedes hacer hoy. Que mañana no sabemos lo que pasará y siempre se llega tarde aunque el reloj diga lo contrario.

Por último, antes de que toque la última campana y todos salgamos corriendo en pos de eso que hemos imaginado tanto y tan fuerte, antes de eso quiero decirles a los que todavía entrenan detrás de la línea de meta que amen, que  hagan lo que hagan: amen, que amen aquello que hagan, que lo hagan amándolo, y tiren todo lo demás por la ventana. La fugacidad de la vida existe, este tiempo corre tan deprisa, no puedes correr tan rápido como él así que para, respira hondo y disfruta del paisaje. Ama y siente el camino que vayas a tomar porque... es lo único que vale la pena en este tren con destino "bajo tierra".

¡Hey! Se me olvidaba, -a punto de apagar las luces- ¿sabéis una pregunta que siempre ha de hacerse cualquiera que se arriesga a amar, que se lanza a por las sirenas y a quedarse solo en su isla rodeada de oportunidades? Sí, esa es. La misma que te haces antes de lanzarte en paracaídas al mar, antes de probar el primer bocado de Haggis (antes de descubrir lo bueno que estaba), antes de besar por primera o última vez: ¿Me atreveré?

Bajo las persianas, cierro la puerta con llave, entrego las llaves en portería y pido que me dejen salir. Lo hacen: ya soy mayor. Y al poner un pie en la acera de la calle y tirando de la puerta para cerrarla pienso: "Atrévete. Siempre."

Ha sido un placer estar en vuestras clases. Ha sido todo un placer. 

 

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