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Televisión y política

Esta vez, nadie puede dudar que los debates televisivos hayan servido para demostrar que la dialéctica es una formidable arma política.

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El cierre de la campaña política del 20D, se ha visto oscurecida por el puñetazo que un bruto enloquecido diera al presidente Rajoy. Un producto poco ejemplar del corte decadente de la formación de muchos de nuestros jóvenes y de nuestra sociedad. Así no iremos muy lejos. Cuando la mala educación ampara y fortalece el desorden, tenemos que pensar que se trata de un hecho aislado e irresponsable para seguir creyendo que la democracia en nuestro país goza de buena salud.

A lo largo de esta crisis que siguen sufriendo España y el mundo occidental, hemos visto como hombres y mujeres que han visto ensombrecidas sus vidas con la pérdida de sus empleos, luchaban contra la tragedia de no poder dar de comer a sus hijos o de afrontar una hipoteca, y se han comido sus penas, sin amenazas y sin plantar cara a un poder legalmente constituido. En este país centenares de miles de personas siguen esperando por la mágica generosidad de las ONG´s o las dádivas de un Estado paternal que solucione sus problemas, sin rebelarse. Han protestado a base de peticiones, informes e instancias, a veces con manifestaciones pacíficas pero sin el atisbo de violencia alevosa de lo sucedido en Pontevedra. Un incidente multiplicado por la televisión en este mundo cibernético en que vivimos. Y sucedió cuando, todavía en caliente, los medios de comunicación analizaban los pormenores del último debate.

Esta vez, nadie puede dudar que los debates televisivos hayan servido para demostrar que la dialéctica es una formidable arma política. Arma, que en el caso de los opositores al poder establecido ha basado su fuerza en la denuncia de los vicios, errores y corrupción que han hecho zozobrar el partido del gobierno. La movilización de la opinión pública por parte de las agrupaciones emergentes, arropadas por un lenguaje demagógico de corte renovador, pretende conseguir los apoyos suficientes para desterrar, según ellos, las viejas formas de hacer política. Son muchos los españoles que perciben esta apertura a los nuevos tiempos con recelo. Es lógico. El “historial” o las manifestaciones prácticas de Ciudadanos y Podemos son poco relevantes, pero ciertamente están menos “manchados” por la corrupción y las arbitrariedades administrativas del bipartidismo que hasta ahora ha venido gobernando este país, aunque uno lee sus programas y el futuro resulta que sólo está asegurado sobre el papel, es decir en el paraíso de las buenas intenciones. “Más polen en el aire que raíces en la tierra”.

No resulta fácil para el votante tomar conciencia de la importancia que en estas elecciones tiene el sentido del voto. No extraña el número de indecisos que a pocos días del 20D se mueven en un auténtico dilema. La televisión que en esta campaña, más que en ninguna otra, ha sido el medio de comunicación estrella por su capacidad de difusión de mensajes e imágenes (nunca antes fueron tan analizados hasta los gestos de los primeros espadas de la política nacional), ha sido capaz de resolver el embrollo de unos sondeos que obligan al entendimiento.

Resulta sorprendente el prestigio adquirido por algunas cadenas con programas que han disparado los índices de audiencia, beneficiándose del efecto político que hemos vivido el último año, primero con las elecciones europeas, posteriormente con las locales y autonómicas y, ahora, con las generales. Algunas de estas cadenas han sido la catapulta de movimientos ciudadanos y del nacimiento de nuevos líderes, que se han convertido en un flagelo a la hora de fustigar rigurosamente a las fuerzas políticas establecidas. En estos espacios, la televisión, que es el sistema de comunicación de masas más poderoso e influyente del mundo, se nos ha mostrado como lo que es: un arma de seducción, que explotada hábilmente es capaz de moldear a la opinión pública, fomentar liderazgos e influir en una verdadera “cruzada de regeneración política”. Por todo ello, la televisión fue el pasado lunes, el escenario adecuando para una batalla sin misericordia, para algunos sucia y negativa, entre los candidatos Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, como la semana antes lo había sido para el encuentro entre Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Soraya Sáenz de Santamaría, en el llamado Debate Decisivo, con el que Atresmedia batió records con más de 9,2 millones de espectadores (con un estratosférico 48,2% de cuota de pantalla). En cuanto a las redes sociales, también para ellas fue un programa histórico. Se convirtió en el tema más comentado del año en Twitter con 2,4 millones de tuits durante el debate.

La corrupción, el paro, las pensiones y las puertas giratorias fueron los temas “estrella” en ambos debates. Tenía que ser así, porque si atendemos al pensamiento del partido gobernante “cuando uno no confía en los méritos propios, descalifica los ajenos con mensajes y afirmaciones que rozan los límites ente la mugre y la higiene del juego político”. Los oponentes piensan de otra forma. Se trata de activar en las urnas “un castigo” ciudadano, porque el pueblo soberano será el que sume los votos suficientes para aguantar o derribar gobiernos.

Este domingo es la fiesta de la democracia. Luego vendrá la resaca política del día después y más tarde… Más tarde, si atendemos a las encuestas, debemos abogar porque nuestros dirigentes se sitúen lejos de la crispación y cerca del diálogo. Produce escalofríos… pero, en ello, nos va el futuro.

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