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¡Una vez…!

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Aquel día, estaba triste una vez más. Especialmente triste. No acababa de encajar en ningún mundo. Su seguridad, su independencia y su fuerza, acababan siempre por convertirla en la Reina de la Soledad.

El ser humano adora la debilidad de los demás; eso les hace sentirse fuertes. Pero si eres fuerte, evidencias su debilidad y les causas miedo.

Una vez, su tristeza la había hecho tristemente feliz. Siempre tuvo miedo del amor, pues sentía que el amor volvía débiles e inseguras a las personas. Y entonces, cuando menos lo esperaba, ocurrió.

Conoció el amor.  

Carmen Martell en un paisaje nevado. Foto: Fernando Espineira.

Carmen Martell en un paisaje nevado. Foto: Fernando Espineira.

Una vez amó, con los ojos, con las manos, con la mente, con los labios, con el corazón y con todos los sentidos.

Y poco a poco, descubrió para su sorpresa, que lejos de producirle inseguridad, el amor la hacía más y más fuerte, más y más segura.

Y supo que ese amor era eterno, irrompible y que siempre, de algún modo, ese sentimiento la acompañaría hasta el fin de los tiempos.

Una vez, perdió. Lo eterno nunca dura demasiado tiempo; y esa misma eternidad la alejó de aquel en quien depositó su amor. Y su corazón se rompió.

Esa vez, conoció la generosidad del corazón humano. La ternura, el cariño con el que los demás toman tu alma entre sus manos para acariciarla con un bálsamo de palabras, alivió en parte su dolor; familia y amigos, conocidos y desconocidos, le regalaban un abrazo, una sonrisa, un poco de luz.

Una vez, la tristeza y la alegría, el dolor y el amor, el cariño y la soledad fueron el mismo sentimiento.

Recuerdo una vez en que amar y llorar, fueron lo mismo.

 

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