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Los árboles del Callejón Tres Picos

El Ayuntamiento, solícito, acudió a la llamada del vecino y, ni corto ni perezoso, taló o podó o mutiló los árboles del Callejón Tres Picos convirtiéndolos en muñones tristes.

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El Callejón Tres Picos tenía cuatro árboles de hojas brillantes llenas de pájaros. Yo desconocía el nombre de esos árboles y me limitaba a escuchar lo que anidaba en ellos. Un día, Antonio Gala vio los árboles al llegar a casa y dijo: “Son catalpas”. Me gustó ese nombre y lo incorporé a un poemario mío, Travesía, donde hablo de ellos y que, curiosamente, al presentarlo bajo seudónimo a un concurso un miembro del jurado, Pablo García Baena que conocía mi casa, comentó: “Seguro que ese libro es de Elsa López porque ella vive en ese callejón”. Los versos decían:

¿Qué harán ya sin mi voz los ruidos de la calle,

el grifo y sus goteras,

el golpe de la lluvia al subir las ventanas,

el grillo y la calandria?

¿Qué harán los estorninos saltando por el huerto

y el mirlo de tu patio

subido a la catalpa del Callejón Tres Picos?   

La catalpa ( Catalpa speciosa o Bignonia catalpa cuando estaba encuadrada dentro del género  Bignonia en honor del bibliotecario del rey francés Luis XV Jean Paul Bignon) conocida vulgarmente por ese nombre o por catawba, catalpa sureña, árbol de cigarros, árbol indio, árbol de los frijolescatalpa común, etc. es un género de árboles caducos de la familia de las bignoniáceas nativo de regiones templadas de América del Norte, las Indias Occidentales yhttps://es.wikipedia.org/wiki/Asia el Asia Oriental. El nombre deriva del vocablo catawba, perteneciente a las lenguas siux-catawba, una tribu de la nación Siux del este de EE.UU que llamaban así a estos árboles. También recibe este nombre un río que nace en las Montañas Blue Ridge (Carolina del Norte), en cuyos márgenes se asentó dicha tribu.

A mí me gustaba llamarlos así. Cómo sonaba en mis oídos al decirlo y lo que esa palabra significaba en mi vida. Un día, Eduardo Martínez Santos, un hombre sabio y experto en plantas y en libros, me dijo que no, que no eran catalpas, que eran Pata de Vaca (la Bauhinia forficata) porque sus hojas, caducas y lobuladas, son muy parecidas a la huella de una pezuña de vaca. De ahí su nombre. La especie tiene su origen en Sudamérica, aunque con las condiciones adecuadas se puede cultivar en cualquier lugar del mundo. Se le conoce también como falsa caoba o árbol orquídea porque sus flores son blancas o rosadas y en algunos casos se las compara con las orquídeas por su apariencia. Puede alcanzar hasta siete metros de altura y únicamente se da en países como Argentina, Brasil, Paraguay, México y Uruguay. Y ya ven, aquí, en La Palma.

Menos poético el nombre pero más cierto según consulté luego en libros de botánica, me fui acostumbrando, poco a poco, a pronunciarlo, a darle un sentido en mi imaginario. Me gustan las vacas. Me crie cerca de ellas y ellas son un animal mágico para mí. Siempre que veo sus ojos tristes me hacen sentir algo especial que no siento por otros muchos animales. En resumen, que me acostumbré a llamarlos por ese nuevo nombre. Daba igual. Podían tener diversos nombres que daba igual. Yo amaba sus flores y sus pájaros que eran siempre los mismos. Lo que importaba eran los nidos, la sombra sobre los peldaños y la sensación de estar cerca de la naturaleza al subir las escaleras y verlos allí, cada uno en su rellano. La subida se hacía más suave y a los niños les gustaba jugar debajo de sus ramas cuando apretaba el calor del verano.

Los árboles de mi calle florecían de vez en cuando y cuando estaban cuajados de flores venía una mujer a recogerlas. Las flores eran blancas y, al igual que las hojas, tenían propiedades medicinales, según ella. Yo la veía recoger las hojas y las flores y ponerlas con cuidado en un cestillo. Un día le pregunté qué hacía con ellas y me dijo que las hojas eran buenas para los riñones y el azúcar. Me llamó la atención su fe (que es la mía en esas cuestiones de hierbas y ensalmos propios de la naturaleza) en las propiedades curativas de esos árboles y acudí a mis libros de medicina natural. Y allí estaban sus beneficios. Los libros decían que La Pata de Vaca se ha hecho famosa gracias a que sus propiedades son altamente beneficiosas para nuestra salud y esto es lo que ha hecho que se busque por todo el mundo y, de alguna manera, se exploten las propiedades que tiene. En Argentina, el país donde se localizaron los primeros ejemplares de esta especie, se investigaron sus beneficios y se descubrió que la Pata de Vaca, además de ser un árbol estéticamente hermoso, tiene muchas propiedades medicinales. La gran variedad de remedios que supone su existencia para nuestro organismo son un añadido importante para que los estudios sobre este árbol hayan sido de lo más exhaustivos. Los diferentes descubrimientos han comprobado que a partir de los extractos o infusiones de las hojas de este árbol estaríamos consiguiendo una estimulación en la secreción de insulina debido al aporte de minerales esenciales que contiene. Por otra parte, se ha demostrado que tiene propiedades diuréticas y consumir sus hojas hace que los líquidos se eliminen de nuestro organismo con mayor facilidad. También tiene propiedades cicatrizantes por lo que se en algunos países donde se cultiva se usa para curar heridas superficiales.

Algunas veces intenté recoger sus hojas y sus flores pero nunca lo hice. Me parecía que aquella mujer y solo ella era quien debía conocer sus secretos y yo no era quien para desvelarlos. Yo me limitaba a contemplarlos y a sufrir cuando los veía secarse o perder las hojas. El canto de los pájaros al amanecer, su sombra y su belleza me bastaban. Pero un día los podaron, los dejaros desairados en medio de la calle.  Pregunté por qué los podaban de esa manera tan tajante y tan cruel que ni los nidos respetaban, y la respuesta fue que eran órdenes. El encargado de jardines, árboles y flores de la ciudad había dado esa orden. Parece ser que algún vecino había protestado porque las ramas de los árboles golpeaban sus ventanas con el viento; que tapaban la única farola que había en las escaleras; que los pájaros no le dejaban descansar… Desatinos todos de quien odia los árboles, los pájaros, el olor de las flores y la armonía de vivir sin cemento. El Ayuntamiento, solícito, acudió a la llamada del vecino y, ni corto ni perezoso, taló o podó o mutiló los árboles del Callejón Tres Picos convirtiéndolos en muñones tristes.

Ahora entra la luz por las ventanas; ya no hay viento que temer ni oscuridad que nos espante. Ahora ya no hay pájaros en los amaneceres. Solo un silencio aterrador. Y me pregunto qué hará la buena mujer que recogía sus flores para remediar males y quebrantos. Qué harán los niños que jugaban al pie de sus troncos y qué harán las parejas que enamoraban sentadas en la penumbra de las escaleras. Que hará el resto de vecinos que mirábamos y oíamos cantar los pájaros en lo más alto de sus ramas y que cuando alguna golpeaba nuestras ventanas abríamos con cuidado y cortábamos la que nos impedía dormir o asustaba a nuestros hijos sin necesidad de masacrar un bien que era para beneficio de todos. ¿Y a quién llamamos ahora para remediar esta tristeza? 

Elsa López. Noviembre 2016

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