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Tanta tecnología, cuánta desigualdad

La solución estaría en instituir la renta básica universal que es una cantidad estipulada para cubrir las necesidades vitales, pongamos por ejemplo novecientos euros o más.

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Por si no bastara la amenaza de que vayamos despidiéndonos de un trabajo fijo con un salario mínimo de 655,20 euros porque la cosa va mal -si es que hay  contrato es eventual y a media jornada-, ahora nos amedrentan con un pronóstico peor si cabe por desconocido para la vecindad: el hecho imparable del desarrollo tecnológico que crea diez mil puestos de trabajo a un ritmo acelerado, al mismo tiempo que destruye tres millones. Es como si se pasara de dos mil puestos necesarios en cualquier oficio a doscientos en cuestión de días. Ya que el tema se silencia, esta ignorancia nos permite juzgar los adelantos tecnológicos como precursores de un próspero bienestar que bien podría resultar adverso para la sociedad tal como la concebimos en este momento. Es curioso que cada vez se creen tecnologías muy sofisticadas pero de fácil manejo y precio cada vez más asequible para el común de los mortales. Esto debería oler a chamusquina. Y así es.

Sorprende que los líderes políticos poco o nada hablen de esta evolución.  Algo oscuro hay detrás de este progreso. Porque, ¿qué hará la muchedumbre que deba ir forzosamente a la calle porque un solo robot la sustituya en sus ocupaciones? ¿Quiénes serán los más afectados? ¿Los empleados de renta baja o también la clase media? Lo cual es un decir, porque con la crisis se erradicó esta última de un plumazo. Puntualizando, de un pelotazo. Y a los ricos, ¿les perjudica esta robótica situación o más bien los beneficia? A la intocable burguesía me imagino de qué forma, pues saborea su condición de dueña de las sofisticadas maquinitas. De manera que si ahora solo cien personas poseen lo mismo que tres mil quinientos millones, quién sabe luego cuánto acumularán. Y paralizada la toma de decisiones por parte de los gobiernos para paliar la excesiva desigualdad, cuando nos percatemos, qué. Ante la inminencia se arbitran resoluciones precipitadas y así vamos. ¿Prevalecerá la insensatez?

Según los expertos el mundo tal como lo concebimos actualmente es insostenible. Sin embargo, en la tierra hay para todos. Más bien sobra. Por ello, tanta riqueza no puede estar en manos de tan pocos y el resto en la miseria. Niños y niñas de zonas marginales del planeta están condenados a una pobreza extrema sin poder acceder a sus derechos fundamentales.

La solución estaría en instituir la renta básica universal que es una cantidad estipulada para cubrir las necesidades vitales, pongamos por ejemplo novecientos euros o más, cantidad equitativa para toda la ciudadanía. De modo que la minoría con una renta elevada debe devolver parte de ella para favorecer el equilibrio, la igualdad.

Pero no hay que dar por sentado que sea esta la solución; dicha opción se ha instaurado en algunos lugares y no ha funcionado. En otros países siempre innovadores como es el caso de Finlandia van a probar; ya debatiremos si ha sido positiva o no la experiencia si es que nos enteramos del resultado, porque a la clase dirigente no le interesa hacer públicas estas predicciones -sobre la pobreza que viene al trote-, pues generan tristeza en sus potenciales votantes. La gente que discuta sobre la ingente oferta de programas banales de televisión o dirima qué escasa programación televisiva amplía nuestra capacidad intelectual. Ni se les ocurra abrir ahora un debate sobre el galopante cambio climático. Y el veinticinco de diciembre, todos de nuevo a votar.

Porque la gente que está triste, ¿va a votar?

No sé. Tanto avance tecnológico. ¿Cuánta razón? ¿No le vendría bien al espíritu un poco más de filosofía, materia marginada por la LOMCE? (Ley para la mejora de la calidad educativa)

A decir verdad, esperar sin inquietarnos a ver qué sucede es una dejadez; por otra parte, organizar prodigiosamente el funcionamiento del mundo es una utopía. Dicen los entendidos que en 2050 se requerirá el doble o más de producción agrícola para abastecer el previsible crecimiento demográfico, y programar robots es tarea de pocos. Tampoco se puede esquilmar la esfera terrestre revertida en huerta, sí que es preciso indagar en su productividad; explorar la siembra, el cultivo y la cosecha no son procesos estériles para la humanidad. No es un avance siniestro abrir la puerta del reciclaje con la llave de la indómita tecnología, pero del mismo modo que nos seduce, nos sorbe y nos hace más vulnerables ante el ojo del mundo.

Lucía Rosa González

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