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Las bromas que me hicieron dudar de mi capacidad como abogada: "Dame dos besos que me quedas muy bien"

Cuando con 25 años conseguí mi primer puesto como pasante en un despacho de abogados, oía constantemente comentarios que me incomodaban

"Pues yo también quiero una pasante de 1.80", le comentaba un abogado a mi mentor. "Así da gusto venir a trabajar, ¿no? Ya me gustaría a mí", le decía un cliente, entre risas

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FOTO: Europa Press

Una mujer en una oficina. EUROPA PRESS

Cuando con 25 años conseguí mi primer puesto como pasante en un despacho de abogados, oía constantemente comentarios que me incomodaban: "Pues yo también quiero una pasante de 1.80", le comentaba un abogado a mi mentor. "Así da gusto venir a trabajar, ¿no? Ya me gustaría a mí", le decía un cliente, entre risas.

Uno hacía una broma por aquí, otro hacía otra broma por allá, y a mí se me acumularon las bromas y me hicieron dudar de mi validez como profesional, llegando a creer que sólo estaba ahí porque era atractiva. Entonces, mi mentor me dijo: "Tienes que hacerte respetar y dirigirte a mí como 'compañero'. Los dos somos abogados, somos iguales. Que no te intimiden".

Ya como abogada junior, en otro despacho, terminábamos una reunión con un perito economista. A pesar de mi juventud (yo tenía 27 años), fue todo bien: En mi despacho se me valora y mi opinión cuenta. Pero, al despedirnos, quise imitar a mi compañero dándole también la mano al perito. Él la agarró fuertemente, me acercó a él y me dijo "dame dos besos, que eres muy alta y me quedas muy bien". Ante la indiferencia de mi compañero, por no montar un escándalo, cumplí. Me pasé el resto de la tarde criticando aquel gesto, pero todos mis compañeros lo normalizaron: "No tiene importancia. No es para tanto". Yo exageraba.

Tiempo más tarde, reunida en una entidad bancaria para renegociar la deuda de un cliente, el gestor de morosos comentó con claro tono despectivo, para desautorizarme: "Es que viene esta chica aquí, diciendo esto y lo otro (…)". Yo me armé de valor. –¡Oiga!–interrumpí– haga el favor de referirse a mí como letrada–. Él protestó por mis "exigencias", pero el resto de la reunión las respetó. Preocupada porque mi reacción pudiera haber sido inapropiada, se lo conté al abogado director de mi despacho. –¡Ese tío es un imbécil! Hiciste muy bien en darle el toque–. Él también me empoderó para decir "basta".

Esos comentarios, que pueden parecer inofensivos, son sólo algunos ejemplos. Escuchar uno te hace sentir incómoda, pero escuchar muchos te hace dudar de tu capacidad. Eso sí, no nos equivoquemos, los hombres no son el problema. El problema es que estas actitudes se normalicen y que a las mujeres se nos obligue a soportarlas. Debemos visibilizar y alzar la voz. Debemos decir basta.

Raquel Duque

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