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Los motivos profundos de las sorpresas electorales

Jeremy Corbyn, líder de los laboristas británicos.

En los últimos doce meses las urnas de algunos de los países políticamente más influyentes del mundo han deparado resultados totalmente imprevistos o cuando menos descartados previamente por quienes hasta entonces siempre habían acertado en sus pronósticos. La victoria de Donald Trump, el triunfo del Brexit, el fracaso de Matteo Renzi en el referéndum sobre la reforma constitucional italiana, el cataclismo que han supuesto las elecciones presidenciales francesas y también las últimas legislativas británicas son los hitos más destacados de ese fenómeno que para algunos analistas ha instalado a la política democrática en una era de "incertidumbre radical".

Hasta el mismo 23 de junio del año pasado, día del referendo, la posibilidad de que una mayoría de ciudadanos británicos apoyara la salida de su país de la Unión Europea había sido desechada por todas las instancias medianamente atendibles. Y el Brexit ganó con el 51,89% de los votos frente al 48,11% de los partidarios de la permanencia. Hasta dos semanas antes del 9 de noviembre del año pasado, la fecha de las elecciones, los sondeos y los más sofisticados sistemas de investigación sociológica daban por hecho que, aunque fuera por los pelos, Hillary Clinton batiría a Donald Trump. Se equivocaron de parte a parte.

Menos de un mes después, el 4 de diciembre, la propuesta de reforma de la Constitución que el primer ministro italiano Matteo Renzi había decidido someter a referéndum fue clamorosamente rechazada por los italianos: un 59,1% votaron "no" frente al 40,8% que decidió apoyarla. Menos de un mes antes, los sondeos aseguraban que el "sí" tenía una ventaja de más de 20 puntos y también que Matteo Renzi, el líder el centro-izquierda, del Partido Democrático, era el político más popular de Italia.

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No exageremos el peligro terrorista, hoy por hoy

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Dos policías hacen guardia en las proximidades del puente de Londres.

Es insensato reducir la importancia de la ola de atentados yihadistas que ha golpeado a algunas capitales europeas. Las sociedades occidentales, cuyos principales valores –más que la idea de una democracia cada vez más polisémica– son el confort y la seguridad personal de sus ciudadanos, no puede convivir con ese fenómeno sangriento. Pero tampoco se puede exagerar sus dimensiones, sus potencialidades y asegurar que lo más urgente es defender nuestro modelo de convivencia frente a la amenaza yihadista. Porque por muchas barbaridades que hagan sus adeptos, la ofensiva de Estado Islámico (ISIS) y Al Qaeda no está poniendo en cuestión ese modelo ni parece que lo vaya a poner en un futuro.

El objetivo estratégico último de estas dos formaciones es, lo dicen abiertamente, provocar mediante el terror una guerra civil contra los musulmanes en Europa. El avance electoral que en los últimos años han registrado algunos partidos islamófobos, como los encabezados por Marine Le Pen en Francia y Geert Wilders en Holanda, entre otros, podría indicar que ese objetivo era realizable a corto plazo. Pero ese avance se ha parado en ambos casos y en algún otro. Y entre los motivos de ese parón figura justamente la islamofobia de esas formaciones, que habría alejado de sus listas a no pocos electores. El caso francés es particularmente claro a ese respecto.

Aunque hay musulmanes que los aplauden porque consideran que son una justa contrapartida del horror que las potencias occidentales han llevado a sus tierras de origen, los atentados no van a alterar esa dinámica. A menos que cambien mucho las cosas en un futuro, ningún partido xenófobo tiene posibilidades claras de acceder al poder en un país europeo. En alguno condicionarán las decisiones políticas de sus gobiernos, ya lo llevan haciendo unos cuantos años, particularmente si esos gobiernos son de derechas y disputan con ellos una parte del electorado. Pero no van a ocupar cargos ministeriales. El objetivo de Al Qaeda e ISIS es hoy, por tanto, irrealizable.

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Ahora es Italia la que asusta a los mercados

El primer ministro italiano, Paolo Gentiloni y el ex primer ministro italiano Matteo Renzi (d).

Ha bastado con que el líder del Partido Democrático, Matteo Renzi, haya dicho que podría haber elecciones en otoño para que la prima de riesgo italiana se dispare hasta los 200 puntos, caiga la bolsa de Milán y el eco de ese descenso resuene en todos los mercados europeos. Lo cual quiere decir que los inversores temen que el resultado de esas elecciones agrave los riesgos económicos que siguen atenazando al país sigue y que Italia vuelva a estar de nuevo al borde del colapso financiero.

El editorial del primer diario económico italiano, Il Sole 24 Ore, se lamentaba este martes de que el mero anuncio de una posibilidad haya provocado tales efectos mientras que la prima de riesgo española no sufrió ninguna alteración en los 11 meses que España estuvo sin gobierno en 2016. Y añadía que la diferencia entre ambos países es que la deuda pública italiana supera el 135% del PIB y la española no llega al 100%, además de que el PIB crece sólo al 1%, aunque lleva unos cuantos meses mejorando mientras que la española rozó el 3% durante todo el citado periodo de incertidumbre.

Otra diferencia, señalaba Il Sole, es que España ya había saneado –ya sabemos a qué coste– el sistema bancario, mientras que los dramas que amenazan a este sector en Italia –y a la cabeza de ellos la posibilidad de quiebra del gigante Monte dei Paschi di Siena– siguen sin resolverse.

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Angela Merkel domina el panorama, interior y europeo

Emmanuel Macron y Angela Merkel.

Las últimas noticias de la crónica política europea transmiten el mismo mensaje. El de que la derecha y centro-derecha avanzan mientras la izquierda retrocede en conjunto. La victoria de Emmanuel Macron va en esa dirección, aunque tiene también otros significados. La nominación como primer ministro francés de un dirigente de la derecha moderada lo confirma. El remate, hasta el momento, ha sido el batacazo del Partido Socialdemócrata alemán en las elecciones de Renania del Norte-Westfalia que sugiere que Angela Merkel va a volver a ganar. Y su reunión con Macron de este lunes en Berlín indica que el futuro de este está en buena medida en manos de lo que decida el Gobierno alemán.

El presidente francés ha nombrado a un destacado exponente del sector moderado de Les Républicains, el partido de la derecha francesa, para presidir el Gobierno. Probablemente con dos intenciones que, al final, coinciden. Una es la de atraer a votantes de derechas a la lista de su partido, La République En Marche, en las elecciones legislativas que se celebrarán el 11 y 18 de junio y, al tiempo, la de impedir que Les Républicains se conviertan en el primer partido de la Asamblea y obliguen a Macron a "cohabitar" con un gobierno de la derecha.

La otra es romper a la derecha misma en dos pedazos, los moderados de un lado y los duros de otro. La tensión entre ambos sectores existe desde hace tiempo. La derrota de François Fillon en la primera vuelta de las presidenciales la ha agudizado hasta extremos que no tienen precedentes. No sólo Edouard Philippe ha aceptado el cargo de primer ministro, sino que el mismo día que lo hacía, otros 20 dirigentes de la derecha moderada se pasaban a La République En Marche para figurar en sus listas electorales. En las que ya hay unos cuantos candidatos conservadores junto a otros que proceden del Partido Socialista.

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Francia, las incógnitas tras el terremoto

Emmanuel Macron.

El futuro político de Francia es una incógnita en muchos de sus extremos. Porque lo que ha ocurrido en el último mes es un auténtico terremoto político que tiene sólo unos pocos precedentes, el de la Italia de 1992 o el de Grecia de 2015. Emmanuel Macron ha ganado de calle a la candidata de la ultraderecha. Pero esa victoria podría no haberse producido si antes no hubiera batido a los exponentes de los dos partidos tradicionales, el socialista y el del centro-derecha. La desaparición de esas dos formaciones de la primera fila es la gran novedad de las elecciones presidenciales. Aunque no pocos de sus cuadros seguirán en escena, han sido barridos de un solo golpe. Y se mire desde donde se mire, ese es un cambio formidable. Lo que por ahora se desconoce es en qué va a conducir.

Un sondeo realizado pocos días antes de los comicios concluía que En Marche, el partido de Macron, obtendrá entre 249 y 286 escaños en las elecciones legislativas que se celebrarán, a dos vueltas, a primeros de junio. Es probable que el éxito del pasado domingo haya mejorado esas perspectivas. Es decir, que el nuevo presidente contará con la mayoría de la cámara. No se conocen muchos detalles sobre quiénes formarán su grupo parlamentario. Se sabe que en él estará Manuel Valls, quien hasta hace poco era primer ministro del Gobierno socialista, que otros destacados miembros del PSF le acompañarán y que junto a ellos habrá políticos que vienen de Les Républicains, el partido de centro derecha.

Macron necesita a gentes con experiencia para llevar adelante sus proyectos legislativos. Que son muchos y que quiere que sean aprobados en el plazo más corto posible. Pero también quiere renovar a fondo el personal político dirigente. Esa intención ha sido una de las claves de la escalada hacia el poder que, prácticamente desde la nada, inició hace ahora sólo un año. Él mismo es la imagen más clara de esa voluntad. Porque, aunque fue ministro de Economía con Hollande, no pertenece a la casta política. Y muchos de los franceses que estaban hartos de ver siempre las mismas caras en el poder, en la izquierda y en la derecha, han debido de valorar positivamente ese dato. Aunque Macron también haya sido un dirigente de la Banca Rothschild.

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¿Quién quieren nuestros líderes que gane en Francia?

Los candidatos presidenciales de Francia, Francois Fillon, Emmanuel Macron, Jean-Luc Melenchon, Marine Le Pen y Benoit Hamon, posan antes de participar en un debate televisivo.

En Francia se está gestando la segunda fase de la crisis política en la que el país está sumido tras cinco años de desastrosa presidencia de François Hollande. La incertidumbre sobre los resultados de la primera vuelta de las elecciones de este domingo es absoluta, según todos los analistas. Y de eso también se deduce que ninguno de los candidatos tiene la fuerza, las ideas y el carisma necesarios para ser el líder nacional capaz de reconducir la citada crisis. Gane quien gane será un presidente débil. Y eso debería inquietar a nuestros dirigentes. Porque los males de nuestro gran vecino pueden afectarnos mucho. Pero aquí nadie dice nada al respecto.

Por respeto al principio de no injerencia –que, por cierto, se salta cada vez que hace falta–, por temor a decir inconveniencias o porque no tienen idea alguna sobre el particular, hasta ahora ninguno de los mayores partidos españoles ha abierto la boca sobre los que está ocurriendo en Francia. Tampoco los nacionalistas. Pero es impensable que no hablen de ello a puerta cerrada. Porque sus intereses y sus estrategias, por no hablar de sus relaciones internacionales, pueden verse modificados, si no muy perjudicados, por el resultado final de las elecciones francesas.

Cuando la política francesa discurría por las vías de lo convencional, cuando la puja por el poder la libraban el centro-derecha y el centro-izquierda y los partidos menores quedaban fuera del juego, no era difícil adivinar por dónde iban las simpatías de sus homólogos españoles. Pero esta vez la cosa es mucho más complicada. Porque en los últimos años el panorama político francés ha sufrido una conmoción en todos sus ámbitos y los cuatro candidatos que tienen posibilidades de ganar se encuentran por primera vez en sus vidas en esa condición potencial. Y no solo eso, sino que, además, sus proyectos políticos, salvo en el caso de la ultraderecha, han sido elaborados prácticamente en el último año.

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Las sorpresas que puede deparar Francia

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Militante de Femen interrumpe una rueda de prensa de Le Pen en febrero.

Según un sondeo de IPSOS-SOPRA patrocinado y publicado por Le Monde, cuando faltan dos semanas para la primera la vuelta de los presidenciales solo dos tercios de los franceses están seguros de que irán a votar. Y las dudas son mayores entre los menores de 35 años: sólo el 54% de ellos dice que votará. Lo que está claro, y así lo ven unos cuantos analistas, es que si la abstención final estuviera cerca de esas cifras o rondara el 30%, en la primera, pero sobre todo en la segunda vuelta, cualquier resultado sería posible. Incluido obviamente el triunfo de la ultraderechista, antieuropea y xenófoba Marine Le Pen.

Aunque la citada encuesta, realizada con una muestra de 14.300 personas, no es un sondeo sobre intención de voto, sí proporciona una orientación sobre la situación de los distintos candidatos en estos momentos: Marine Le Pen y Emmanuel Macron, el candidato centrista y liberal, están empatados en cabeza con un 25%. François Fillon, líder del derechista partido republicano, sigue con un 17,5%. Y detrás viene Jean-Luc Melénchon, el candidato de la izquierda independiente Francia Insumisa que ha crecido notablemente en las últimas semanas, particularmente a costa del candidato socialista Benoit, que llega justo al 10%.

Salvo sorpresas de última hora, que tampoco se descartan del todo, Le Pen y Macron se disputarían la presidencia en la segunda vuelta. Fillon parece definitivamente estancado, si es que no cae aún más, y las posibilidades de que Melénchon suba nada menos que 10 puntos en dos semanas son prácticamente inexistentes.

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La excepción española en medio del anti-europeísmo rampante

Las celebraciones del 60º aniversario del Tratado de Roma han tapado durante un par de días el anti-europeísmo rampante en buena parte de los países miembros de la Unión Europea y particularmente en los que son sus socios fundadores. Faltan pocas semanas para saber si Francia, con una victoria de Marine Le Pen, convierte en drama ese fenómeno, que es el más conspicuo entre los muchos y graves a los que tiene que hacer frente la UE. Ese riesgo agita hoy las cancillerías y los medios del continente. En España pasa casi desapercibido. Lo cierto es también nuestro país es, junto a Portugal, el único en el que el anti-europeísmo es prácticamente inexistente.

En Francia, en Italia, en Holanda e incluso en Alemania, por no hablar de Inglaterra, las denuncias sobre los males que provoca la Unión son moneda corriente en el debate político y ciudadano y generan adhesiones masivas en no pocos casos. Aquí ese argumento no se esgrime en ámbito alguno. No hay entusiasmo por Europa, en España no hay entusiasmo ni ilusión por nada, pero Bruselas tampoco provoca rechazo. Y en todo caso a ningún partido se le ha ocurrido hasta ahora atizar ese fuego, porque todos ellos creen no se entendería o que dejaría fríos a sus seguidores.

Las razones de esa excepción hay que buscarlas en la cultura política de la España democrática y también en las circunstancias que el país ha vivido en los últimos tiempos, particularmente desde que estalló la crisis. Empezando por la de que el reconocimiento por parte de Europa, la entrada en la UE, fue la bandera de la transición democrática, el objetivo que incluía todos los demás y con el que se identificaron no sólo casi todo el cuadro político sino también la mayoría de los ciudadanos.

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Trump no es un payaso

Estos medios nuestros, cada vez más alejados de lo que se cuece de verdad en la actualidad, han convertido a Donald Trump en un personaje cómico. Sobre todo las teles. Sin fallar uno solo, cada día sacan la última ocurrencia excéntrica del presidente norteamericano, y durante muchos minutos se carcajean de ella. Sin explicar nada, sin contextualizar ni profundizar en el asunto. Sólo les importa el chiste fácil. Pero lo que están haciendo es algo tan serio como desinformar, como construir una realidad falsa, la de que Trump es un payaso que no debe preocupar a nadie. Y lo cierto es todo lo contrario. Es decir, que el actual ocupante de la Casa Blanca tiene las ideas muy claras y que la que está montando puede terminar en un desastre que nos afecte, y mucho, a todos, incluidos los españoles.

También Hitler era un excéntrico. Pero no sólo porque le saliera de dentro, sino también porque sus maneras atrabiliarias eran útiles para sus fines. Como se supo después, su oratoria desaforada, sus gestos ridículos, hasta su bigotito, habían sido muy bien estudiados, por él y por sus asesores. Porque desde muy pronto comprendieron que servían para algo que para el líder era fundamental: llamar la atención, ser distinto, objetivos máximos, entonces y ahora, de cualquier campaña publicitaria. Y tuvo un éxito formidable. Que terminó en una escabechina mundial.

Con la prudencia que sugiere ese antecedente histórico, que no es el único, cualquier periodista mínimamente responsable tendría que tomarse muy en serio a Trump. Y tener en cuenta algunos datos básicos que dejan relegados a un lugar muy secundario su estilo, sus salidas de tono y sus tuit. El primero es que ha ganado las elecciones más difíciles del mundo, tras haberse impuesto en las primarias de su partido, objetivo no menos difícil que el anterior. El segundo es que es el presidente del país más poderoso del mundo y que ese cargo le da un poder ejecutivo del que carecen la mayor parte de los demás dirigentes mundiales.

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Son cada vez más los que quieren acabar con el euro

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Marine Le Pen, del Frente Nacional francés y Geert Wilders, del Partido para la Libertad de Holanda, también de extrema derecha

El rechazo al euro es una propuesta política que crece en algunos de los principales socios de la Unión. Lo defienden los principales partidos ultranacionalistas pero es también, o cuando menos lo era hasta hace muy poco, una reivindicación del Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo –que sigue a la cabeza de los sondeos electorales italianos–, del Frente de Izquierdas francés que lidera Jean-Luc Mélenchon y empieza a encontrar su espacio en el interior de unas cuantas formaciones de izquierdas, aparte de tener un cierto eco en ambientes centristas, de derechas e incluso del mundo de los negocios. Hace pocas semanas el embajador de Donald Trump ante la UE pronosticaba que a la moneda única le quedaba un año y medio de vida. Seguramente la cosa no es tan inminente, pero no hay que descartar que el debate sobre la supervivencia del euro se convierta en un asunto prioritario dentro de muy poco tiempo.

Grecia puede ser el escenario del primer capítulo de ese drama y hasta el desencadenante de una crisis de difícil solución al respecto. Porque el país está de nuevo al borde de la bancarrota y los países fuertes de Europa –con Alemania y Francia a la cabeza– exigen a Atenas nuevos sacrificios a cambio de prestarle el dinero necesario para salir del agujero: más impuestos, cuando buena parte de la clase media ya no puede pagar los actuales; más recortes de pensiones, que son ya de miseria, de hasta el 30% adicional; la liberalización de los despidos colectivos; el cese de 50.000 funcionarios, entre otros. De la condonación de una parte de la deuda del país ni se habla.

Tal y como está el panorama, en plena recesión, con desempleo masivo y salarios bajo mínimos, los griegos no pueden aceptar un paquete como ese. Lo dice todo el mundo, incluidos no pocos observadores extranjeros. Y también debe saberlo Alexis Tsipras, cada vez más abajo en los sondeos, aunque haga todo lo posible por no pronunciarse al respecto.

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