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¿Quién quieren nuestros líderes que gane en Francia?

Los candidatos presidenciales de Francia, Francois Fillon, Emmanuel Macron, Jean-Luc Melenchon, Marine Le Pen y Benoit Hamon, posan antes de participar en un debate televisivo.

En Francia se está gestando la segunda fase de la crisis política en la que el país está sumido tras cinco años de desastrosa presidencia de François Hollande. La incertidumbre sobre los resultados de la primera vuelta de las elecciones de este domingo es absoluta, según todos los analistas. Y de eso también se deduce que ninguno de los candidatos tiene la fuerza, las ideas y el carisma necesarios para ser el líder nacional capaz de reconducir la citada crisis. Gane quien gane será un presidente débil. Y eso debería inquietar a nuestros dirigentes. Porque los males de nuestro gran vecino pueden afectarnos mucho. Pero aquí nadie dice nada al respecto.

Por respeto al principio de no injerencia –que, por cierto, se salta cada vez que hace falta–, por temor a decir inconveniencias o porque no tienen idea alguna sobre el particular, hasta ahora ninguno de los mayores partidos españoles ha abierto la boca sobre los que está ocurriendo en Francia. Tampoco los nacionalistas. Pero es impensable que no hablen de ello a puerta cerrada. Porque sus intereses y sus estrategias, por no hablar de sus relaciones internacionales, pueden verse modificados, si no muy perjudicados, por el resultado final de las elecciones francesas.

Cuando la política francesa discurría por las vías de lo convencional, cuando la puja por el poder la libraban el centro-derecha y el centro-izquierda y los partidos menores quedaban fuera del juego, no era difícil adivinar por dónde iban las simpatías de sus homólogos españoles. Pero esta vez la cosa es mucho más complicada. Porque en los últimos años el panorama político francés ha sufrido una conmoción en todos sus ámbitos y los cuatro candidatos que tienen posibilidades de ganar se encuentran por primera vez en sus vidas en esa condición potencial. Y no solo eso, sino que, además, sus proyectos políticos, salvo en el caso de la ultraderecha, han sido elaborados prácticamente en el último año.

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Las sorpresas que puede deparar Francia

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Militante de Femen interrumpe una rueda de prensa de Le Pen en febrero.

Según un sondeo de IPSOS-SOPRA patrocinado y publicado por Le Monde, cuando faltan dos semanas para la primera la vuelta de los presidenciales solo dos tercios de los franceses están seguros de que irán a votar. Y las dudas son mayores entre los menores de 35 años: sólo el 54% de ellos dice que votará. Lo que está claro, y así lo ven unos cuantos analistas, es que si la abstención final estuviera cerca de esas cifras o rondara el 30%, en la primera, pero sobre todo en la segunda vuelta, cualquier resultado sería posible. Incluido obviamente el triunfo de la ultraderechista, antieuropea y xenófoba Marine Le Pen.

Aunque la citada encuesta, realizada con una muestra de 14.300 personas, no es un sondeo sobre intención de voto, sí proporciona una orientación sobre la situación de los distintos candidatos en estos momentos: Marine Le Pen y Emmanuel Macron, el candidato centrista y liberal, están empatados en cabeza con un 25%. François Fillon, líder del derechista partido republicano, sigue con un 17,5%. Y detrás viene Jean-Luc Melénchon, el candidato de la izquierda independiente Francia Insumisa que ha crecido notablemente en las últimas semanas, particularmente a costa del candidato socialista Benoit, que llega justo al 10%.

Salvo sorpresas de última hora, que tampoco se descartan del todo, Le Pen y Macron se disputarían la presidencia en la segunda vuelta. Fillon parece definitivamente estancado, si es que no cae aún más, y las posibilidades de que Melénchon suba nada menos que 10 puntos en dos semanas son prácticamente inexistentes.

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La excepción española en medio del anti-europeísmo rampante

Las celebraciones del 60º aniversario del Tratado de Roma han tapado durante un par de días el anti-europeísmo rampante en buena parte de los países miembros de la Unión Europea y particularmente en los que son sus socios fundadores. Faltan pocas semanas para saber si Francia, con una victoria de Marine Le Pen, convierte en drama ese fenómeno, que es el más conspicuo entre los muchos y graves a los que tiene que hacer frente la UE. Ese riesgo agita hoy las cancillerías y los medios del continente. En España pasa casi desapercibido. Lo cierto es también nuestro país es, junto a Portugal, el único en el que el anti-europeísmo es prácticamente inexistente.

En Francia, en Italia, en Holanda e incluso en Alemania, por no hablar de Inglaterra, las denuncias sobre los males que provoca la Unión son moneda corriente en el debate político y ciudadano y generan adhesiones masivas en no pocos casos. Aquí ese argumento no se esgrime en ámbito alguno. No hay entusiasmo por Europa, en España no hay entusiasmo ni ilusión por nada, pero Bruselas tampoco provoca rechazo. Y en todo caso a ningún partido se le ha ocurrido hasta ahora atizar ese fuego, porque todos ellos creen no se entendería o que dejaría fríos a sus seguidores.

Las razones de esa excepción hay que buscarlas en la cultura política de la España democrática y también en las circunstancias que el país ha vivido en los últimos tiempos, particularmente desde que estalló la crisis. Empezando por la de que el reconocimiento por parte de Europa, la entrada en la UE, fue la bandera de la transición democrática, el objetivo que incluía todos los demás y con el que se identificaron no sólo casi todo el cuadro político sino también la mayoría de los ciudadanos.

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Trump no es un payaso

Estos medios nuestros, cada vez más alejados de lo que se cuece de verdad en la actualidad, han convertido a Donald Trump en un personaje cómico. Sobre todo las teles. Sin fallar uno solo, cada día sacan la última ocurrencia excéntrica del presidente norteamericano, y durante muchos minutos se carcajean de ella. Sin explicar nada, sin contextualizar ni profundizar en el asunto. Sólo les importa el chiste fácil. Pero lo que están haciendo es algo tan serio como desinformar, como construir una realidad falsa, la de que Trump es un payaso que no debe preocupar a nadie. Y lo cierto es todo lo contrario. Es decir, que el actual ocupante de la Casa Blanca tiene las ideas muy claras y que la que está montando puede terminar en un desastre que nos afecte, y mucho, a todos, incluidos los españoles.

También Hitler era un excéntrico. Pero no sólo porque le saliera de dentro, sino también porque sus maneras atrabiliarias eran útiles para sus fines. Como se supo después, su oratoria desaforada, sus gestos ridículos, hasta su bigotito, habían sido muy bien estudiados, por él y por sus asesores. Porque desde muy pronto comprendieron que servían para algo que para el líder era fundamental: llamar la atención, ser distinto, objetivos máximos, entonces y ahora, de cualquier campaña publicitaria. Y tuvo un éxito formidable. Que terminó en una escabechina mundial.

Con la prudencia que sugiere ese antecedente histórico, que no es el único, cualquier periodista mínimamente responsable tendría que tomarse muy en serio a Trump. Y tener en cuenta algunos datos básicos que dejan relegados a un lugar muy secundario su estilo, sus salidas de tono y sus tuit. El primero es que ha ganado las elecciones más difíciles del mundo, tras haberse impuesto en las primarias de su partido, objetivo no menos difícil que el anterior. El segundo es que es el presidente del país más poderoso del mundo y que ese cargo le da un poder ejecutivo del que carecen la mayor parte de los demás dirigentes mundiales.

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Son cada vez más los que quieren acabar con el euro

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Marine Le Pen, del Frente Nacional francés y Geert Wilders, del Partido para la Libertad de Holanda, también de extrema derecha

El rechazo al euro es una propuesta política que crece en algunos de los principales socios de la Unión. Lo defienden los principales partidos ultranacionalistas pero es también, o cuando menos lo era hasta hace muy poco, una reivindicación del Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo –que sigue a la cabeza de los sondeos electorales italianos–, del Frente de Izquierdas francés que lidera Jean-Luc Mélenchon y empieza a encontrar su espacio en el interior de unas cuantas formaciones de izquierdas, aparte de tener un cierto eco en ambientes centristas, de derechas e incluso del mundo de los negocios. Hace pocas semanas el embajador de Donald Trump ante la UE pronosticaba que a la moneda única le quedaba un año y medio de vida. Seguramente la cosa no es tan inminente, pero no hay que descartar que el debate sobre la supervivencia del euro se convierta en un asunto prioritario dentro de muy poco tiempo.

Grecia puede ser el escenario del primer capítulo de ese drama y hasta el desencadenante de una crisis de difícil solución al respecto. Porque el país está de nuevo al borde de la bancarrota y los países fuertes de Europa –con Alemania y Francia a la cabeza– exigen a Atenas nuevos sacrificios a cambio de prestarle el dinero necesario para salir del agujero: más impuestos, cuando buena parte de la clase media ya no puede pagar los actuales; más recortes de pensiones, que son ya de miseria, de hasta el 30% adicional; la liberalización de los despidos colectivos; el cese de 50.000 funcionarios, entre otros. De la condonación de una parte de la deuda del país ni se habla.

Tal y como está el panorama, en plena recesión, con desempleo masivo y salarios bajo mínimos, los griegos no pueden aceptar un paquete como ese. Lo dice todo el mundo, incluidos no pocos observadores extranjeros. Y también debe saberlo Alexis Tsipras, cada vez más abajo en los sondeos, aunque haga todo lo posible por no pronunciarse al respecto.

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La resistencia norteamericana

Pancarta de Greenpeace con la palabra "Resist" en una grúa cerca de la Casa Blanca en Washington DC, este 25 de enero de 2017.

Echarle de la Casa Blanca es muy difícil, seguramente imposible a menos que pierda la cabeza y haga alguna locura. Pero la extraordinaria movilización que se está produciendo en Estados Unidos en contra de Donald Trump puede condicionar muy seriamente los planes del presidente. Nacida de una manera casi espontánea, con la gran de manifestación de mujeres en Washington al día siguiente de la toma de posesión, el movimiento se está organizando y empieza contar con apoyos importantes. Y, sobre todo, no baja un ápice la intensidad de sus críticas.

"Os estáis poniendo histéricos, Trump no es para tanto", decía esta semana un simpatizante británico del presidente en el debate del programa televisivo de Bill Maher. "Si los alemanes se hubieran puesto histéricos cuando Hitler llegó al poder, seguramente este no habría hecho muchas de las barbaridades que hizo", le contestó el presentador. Los programas televisivos y radiofónicos –no pocos de éstos favorables al presidente– arden día tras día. Los grandes medios, prácticamente todos ellos alineados en contra de Trump, no dejan de atacarle, en un tono más moderado. Y las manifestaciones se suceden cotidianamente en las principales ciudades del país.

En  una página web recientemente por lanzada por Michael Moore, el cineasta escribe: "Nuestro objetivo es echarle del cargo. Nosotros somos la mayoría", seguramente refiriéndose al hecho de que Hillary Clinton obtuvo tres millones de votos populares más que Trump en la elección de noviembre. La página recoge toda suerte de iniciativas y, sobre todo, la larga lista de actos contrarios al presidente que se convocan por todo el país.

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Momentos difíciles para la izquierda heterodoxa en Europa

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Pablo Iglesias junto a Alexis Tsipras en la Asamblea Ciudadana de Podemos / FOTO: Marta Jara

Los partidos o los dirigentes europeos que más o menos comparten la orientación política del Podemos español no se encuentran en una situación políticamente boyante. La Syriza de Alexis Tsipras, el Labour Party que lidera Jeremy Corbyn o el Partido Socialista francés que, casi por sorpresa, acaba de elegir al exponente de su izquierda Benoît Hamon como candidato a las presidenciales sufren, cada uno por motivos distintos, o serios problemas internos o fuertes caídas en los sondeos. La única excepción en este panorama es el gobierno de coalición portugués, encabezado por el socialista Antonio Costa y en el que participan el Partido Comunista y el Bloque, el hermano luso de Podemos y que, desmintiendo todos los augurios, lleva 16 meses en el poder y nada parece amenazar su futuro inmediato.

Empezando por Francia, Hamon lo tiene realmente difícil. Su reciente victoria en las primarias socialistas se debe más al fracaso del candidato oficial, el primer ministro Manuel Valls, que a la pujanza de los planteamientos anti-neoliberales en el seno del PSF. Valls ha sido incapaz de librarse del lastre que para él ha supuesto haber sido el ejecutor de la política del acabado François Hollande y el giro autoritario que como jefe del gobierno ha venido propiciando desde hace más de un año no le han servido para ello.

El éxito imprevisto de Hamon refleja sin duda el hartazgo de la izquierda socialista ante el espectáculo de ineptitud que sus dirigentes han protagonizado desde hace ya unos cuantos años. Hollande y el gobierno del PSF han sido incapaces de mejorar significativamente la dinámica económica del país y, lo que es peor, sus medidas de corte neoliberal no han hecho sino agravar las condiciones de los sectores menos favorecidos de la sociedad y aumentar la desigualdad social.

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La ultraderecha tiene la voz cantante

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Marine Le Pen, del Frente Nacional francés y Geert Wilders, del Partido para la Libertad de Holanda.

La xenofobia, disfrazada o no, y el nacionalismo extremo avanzan en los países más ricos del mundo. Esa deriva es en estos momentos la gran protagonista de la política internacional y todo indica que en el futuro previsible va a seguir creciendo. Todavía no se ha producido ninguna catástrofe, pero está ocurriendo algo casi tan malo como eso: que en el horizonte no se atisba la posibilidad de una reacción lo suficientemente fuerte como para obligar a dar marcha atrás a los Trump, Le Pen, Gert Wilders o a los instigadores más radicales del Brexit británico.

Tras las conmociones que ha provocado en sus primeros días de mandato, es muy posible que el nuevo presidente norteamericano redimensione algunas de sus iniciativas. Que rehaga su ley para prohibir la entrada en USA a las personas procedentes de siete países musulmanes, que negocie con México, que retoque alguno de los extremos de su abolición de la reforma sanitaria de Obama. Es más que probable que esas hipotéticas reconsideraciones estén previstas en sus planes. Así actúan los negociadores agresivos, y Trump tiene una larga experiencia de serlo: empiezan con aldabonazos que les colocan en una posición de ventaja para luego bajar el listón. Pero sin renunciar a sus objetivos prioritarios.

Las protestas que sus primeras medidas han generado no van a disuadir a Trump de mantener los suyos. Primero, porque tiene en sus manos mucho poder. Su tarea ahora es articularlo. Cohonestando las atribuciones de la presidencia con las de los electos del partido republicano, extendiendo ese poder a las instituciones clave: dentro de algunas horas dará un paso decisivo en esa dirección nombrando a alguien que le convenga para el puesto vacante en el Tribunal Supremo, instancia decisiva en el sistema norteamericano.

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Trump le puede dar muchos disgustos a Rajoy

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Mariano Rajoy debería estar seriamente preocupado por las consecuencias que va a tener sobre España la política que anuncia Donald Trump y que ya está empezando a aplicar. La supresión temporal de la página de la Casa Blanca en español es un claro indicio de que los intereses españoles importan bien poco al nuevo presidente norteamericano. Dentro de unos días, cuando Trump concrete su plan para dejar muy tocado el tratado de libre comercio con México, la cosa se puede poner bastante peor. Porque ese país es la niña bonita de las inversiones privadas españolas en el exterior. Más adelante, si se confirman las amenazas proteccionistas contra las exportaciones europeas a Estados Unidos, también España tendrá que pagar su parte del pato. Pero los corifeos de La Moncloa siguen diciendo que no va a pasar nada.

"Hay que tomarse en serio el proteccionismo de Trump. El presidente no va de farol" decía este viernes el 'Financial Times' coincidiendo con la impresión que al respecto tienen bastantes analistas europeos. La durísima invectiva que el presidente norteamericano lanzó la pasada semana contra Alemania, la UE y la OTAN en su entrevista al 'Times' y al 'Bild' admite pocas dudas: en el ideario ultranacionalista norteamericano lo europeo nunca ha estado bien visto y Trump parece decidido a acabar con el entendimiento con Europa que ha marcado la política exterior norteamericana desde el final de la segunda guerra mundial.

El hecho de que el día mismo que tomó posesión anunciara que sus primeros encuentros internacionales serían con la primera ministra británica Theresa May, partidaria de un Brexit duro que puede hacer mucho daño a la UE, y con el líder israelí Benjamin Netanyahu, enfrentado desde hace años con la política europea hacia Oriente Medio, indica bien a las claras que Trump no se va a andar con chiquitas. El que en la citada entrevista dijera que "si BMW quiere construir una planta en México para vender coches en USA sin pagar una tasa del 35%, es mejor que se olvide de ello" confirma que su escasa simpatía hacia Europa va a tener un coste muy serio en términos comerciales.

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La insensibilidad española ante la creciente tensión internacional

La primera ministra británica, Theresa May.

Lo que ocurre fuera de nuestras fronteras no interesa a los actores de la política española. El Gobierno, la oposición y los medios no se ocupan, más que por compromiso, y eso casi nunca, de los acontecimientos que se producen en la escena internacional. Como si no fueran a tener incidencia alguna en lo que puede pasar aquí. Esa desatención es particularmente denunciable en estos momentos. Porque en los últimos meses, y más en las últimas semanas, la situación internacional se ha tensado hasta extremos que no se recordaban desde hace décadas. Las amenazas que Donald Trump ha lanzado a diestro y siniestro ha llevado a más de uno a predecir que se avecina una segunda guerra fría. Y la primera ministra británica acaba de confirmar que el Brexit será duro. Y es muy probable que la UE no sepa encajar ese envite.

Lo más inquietante en ese panorama es la confrontación, por ahora solo verbal pero creciente, entre Estados Unidos y China. Empezó por el anuncio de Trump de que el día que llegue a la Casa Blanca denunciará a Pekín por manipular su divisa para potenciar sus exportaciones –algo que ocurre desde hace tiempo pero que los norteamericanos han callado porque China es el mayor comprador mundial de la gigantesca deuda estadounidense– y que impondrá a las exportaciones chinas un arancel de nada menos que del 45%.

El nombramiento de dos personajes alineados con las posiciones más anti-chinas como responsables de la política comercial norteamericana han dado verosimilitud adicional a esa amenaza. Pekín, por su parte, ya ha respondido a la misma afirmando que los productos norteamericanos sufrirán represalias si eso ocurre.

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