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Trump no es un payaso

Estos medios nuestros, cada vez más alejados de lo que se cuece de verdad en la actualidad, han convertido a Donald Trump en un personaje cómico. Sobre todo las teles. Sin fallar uno solo, cada día sacan la última ocurrencia excéntrica del presidente norteamericano, y durante muchos minutos se carcajean de ella. Sin explicar nada, sin contextualizar ni profundizar en el asunto. Sólo les importa el chiste fácil. Pero lo que están haciendo es algo tan serio como desinformar, como construir una realidad falsa, la de que Trump es un payaso que no debe preocupar a nadie. Y lo cierto es todo lo contrario. Es decir, que el actual ocupante de la Casa Blanca tiene las ideas muy claras y que la que está montando puede terminar en un desastre que nos afecte, y mucho, a todos, incluidos los españoles.

También Hitler era un excéntrico. Pero no sólo porque le saliera de dentro, sino también porque sus maneras atrabiliarias eran útiles para sus fines. Como se supo después, su oratoria desaforada, sus gestos ridículos, hasta su bigotito, habían sido muy bien estudiados, por él y por sus asesores. Porque desde muy pronto comprendieron que servían para algo que para el líder era fundamental: llamar la atención, ser distinto, objetivos máximos, entonces y ahora, de cualquier campaña publicitaria. Y tuvo un éxito formidable. Que terminó en una escabechina mundial.

Con la prudencia que sugiere ese antecedente histórico, que no es el único, cualquier periodista mínimamente responsable tendría que tomarse muy en serio a Trump. Y tener en cuenta algunos datos básicos que dejan relegados a un lugar muy secundario su estilo, sus salidas de tono y sus tuit. El primero es que ha ganado las elecciones más difíciles del mundo, tras haberse impuesto en las primarias de su partido, objetivo no menos difícil que el anterior. El segundo es que es el presidente del país más poderoso del mundo y que ese cargo le da un poder ejecutivo del que carecen la mayor parte de los demás dirigentes mundiales.

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Son cada vez más los que quieren acabar con el euro

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Marine Le Pen, del Frente Nacional francés y Geert Wilders, del Partido para la Libertad de Holanda, también de extrema derecha

El rechazo al euro es una propuesta política que crece en algunos de los principales socios de la Unión. Lo defienden los principales partidos ultranacionalistas pero es también, o cuando menos lo era hasta hace muy poco, una reivindicación del Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo –que sigue a la cabeza de los sondeos electorales italianos–, del Frente de Izquierdas francés que lidera Jean-Luc Mélenchon y empieza a encontrar su espacio en el interior de unas cuantas formaciones de izquierdas, aparte de tener un cierto eco en ambientes centristas, de derechas e incluso del mundo de los negocios. Hace pocas semanas el embajador de Donald Trump ante la UE pronosticaba que a la moneda única le quedaba un año y medio de vida. Seguramente la cosa no es tan inminente, pero no hay que descartar que el debate sobre la supervivencia del euro se convierta en un asunto prioritario dentro de muy poco tiempo.

Grecia puede ser el escenario del primer capítulo de ese drama y hasta el desencadenante de una crisis de difícil solución al respecto. Porque el país está de nuevo al borde de la bancarrota y los países fuertes de Europa –con Alemania y Francia a la cabeza– exigen a Atenas nuevos sacrificios a cambio de prestarle el dinero necesario para salir del agujero: más impuestos, cuando buena parte de la clase media ya no puede pagar los actuales; más recortes de pensiones, que son ya de miseria, de hasta el 30% adicional; la liberalización de los despidos colectivos; el cese de 50.000 funcionarios, entre otros. De la condonación de una parte de la deuda del país ni se habla.

Tal y como está el panorama, en plena recesión, con desempleo masivo y salarios bajo mínimos, los griegos no pueden aceptar un paquete como ese. Lo dice todo el mundo, incluidos no pocos observadores extranjeros. Y también debe saberlo Alexis Tsipras, cada vez más abajo en los sondeos, aunque haga todo lo posible por no pronunciarse al respecto.

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La resistencia norteamericana

Pancarta de Greenpeace con la palabra "Resist" en una grúa cerca de la Casa Blanca en Washington DC, este 25 de enero de 2017.

Echarle de la Casa Blanca es muy difícil, seguramente imposible a menos que pierda la cabeza y haga alguna locura. Pero la extraordinaria movilización que se está produciendo en Estados Unidos en contra de Donald Trump puede condicionar muy seriamente los planes del presidente. Nacida de una manera casi espontánea, con la gran de manifestación de mujeres en Washington al día siguiente de la toma de posesión, el movimiento se está organizando y empieza contar con apoyos importantes. Y, sobre todo, no baja un ápice la intensidad de sus críticas.

"Os estáis poniendo histéricos, Trump no es para tanto", decía esta semana un simpatizante británico del presidente en el debate del programa televisivo de Bill Maher. "Si los alemanes se hubieran puesto histéricos cuando Hitler llegó al poder, seguramente este no habría hecho muchas de las barbaridades que hizo", le contestó el presentador. Los programas televisivos y radiofónicos –no pocos de éstos favorables al presidente– arden día tras día. Los grandes medios, prácticamente todos ellos alineados en contra de Trump, no dejan de atacarle, en un tono más moderado. Y las manifestaciones se suceden cotidianamente en las principales ciudades del país.

En  una página web recientemente por lanzada por Michael Moore, el cineasta escribe: "Nuestro objetivo es echarle del cargo. Nosotros somos la mayoría", seguramente refiriéndose al hecho de que Hillary Clinton obtuvo tres millones de votos populares más que Trump en la elección de noviembre. La página recoge toda suerte de iniciativas y, sobre todo, la larga lista de actos contrarios al presidente que se convocan por todo el país.

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Momentos difíciles para la izquierda heterodoxa en Europa

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Pablo Iglesias junto a Alexis Tsipras en la Asamblea Ciudadana de Podemos / FOTO: Marta Jara

Los partidos o los dirigentes europeos que más o menos comparten la orientación política del Podemos español no se encuentran en una situación políticamente boyante. La Syriza de Alexis Tsipras, el Labour Party que lidera Jeremy Corbyn o el Partido Socialista francés que, casi por sorpresa, acaba de elegir al exponente de su izquierda Benoît Hamon como candidato a las presidenciales sufren, cada uno por motivos distintos, o serios problemas internos o fuertes caídas en los sondeos. La única excepción en este panorama es el gobierno de coalición portugués, encabezado por el socialista Antonio Costa y en el que participan el Partido Comunista y el Bloque, el hermano luso de Podemos y que, desmintiendo todos los augurios, lleva 16 meses en el poder y nada parece amenazar su futuro inmediato.

Empezando por Francia, Hamon lo tiene realmente difícil. Su reciente victoria en las primarias socialistas se debe más al fracaso del candidato oficial, el primer ministro Manuel Valls, que a la pujanza de los planteamientos anti-neoliberales en el seno del PSF. Valls ha sido incapaz de librarse del lastre que para él ha supuesto haber sido el ejecutor de la política del acabado François Hollande y el giro autoritario que como jefe del gobierno ha venido propiciando desde hace más de un año no le han servido para ello.

El éxito imprevisto de Hamon refleja sin duda el hartazgo de la izquierda socialista ante el espectáculo de ineptitud que sus dirigentes han protagonizado desde hace ya unos cuantos años. Hollande y el gobierno del PSF han sido incapaces de mejorar significativamente la dinámica económica del país y, lo que es peor, sus medidas de corte neoliberal no han hecho sino agravar las condiciones de los sectores menos favorecidos de la sociedad y aumentar la desigualdad social.

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La ultraderecha tiene la voz cantante

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Marine Le Pen, del Frente Nacional francés y Geert Wilders, del Partido para la Libertad de Holanda.

La xenofobia, disfrazada o no, y el nacionalismo extremo avanzan en los países más ricos del mundo. Esa deriva es en estos momentos la gran protagonista de la política internacional y todo indica que en el futuro previsible va a seguir creciendo. Todavía no se ha producido ninguna catástrofe, pero está ocurriendo algo casi tan malo como eso: que en el horizonte no se atisba la posibilidad de una reacción lo suficientemente fuerte como para obligar a dar marcha atrás a los Trump, Le Pen, Gert Wilders o a los instigadores más radicales del Brexit británico.

Tras las conmociones que ha provocado en sus primeros días de mandato, es muy posible que el nuevo presidente norteamericano redimensione algunas de sus iniciativas. Que rehaga su ley para prohibir la entrada en USA a las personas procedentes de siete países musulmanes, que negocie con México, que retoque alguno de los extremos de su abolición de la reforma sanitaria de Obama. Es más que probable que esas hipotéticas reconsideraciones estén previstas en sus planes. Así actúan los negociadores agresivos, y Trump tiene una larga experiencia de serlo: empiezan con aldabonazos que les colocan en una posición de ventaja para luego bajar el listón. Pero sin renunciar a sus objetivos prioritarios.

Las protestas que sus primeras medidas han generado no van a disuadir a Trump de mantener los suyos. Primero, porque tiene en sus manos mucho poder. Su tarea ahora es articularlo. Cohonestando las atribuciones de la presidencia con las de los electos del partido republicano, extendiendo ese poder a las instituciones clave: dentro de algunas horas dará un paso decisivo en esa dirección nombrando a alguien que le convenga para el puesto vacante en el Tribunal Supremo, instancia decisiva en el sistema norteamericano.

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Trump le puede dar muchos disgustos a Rajoy

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Mariano Rajoy debería estar seriamente preocupado por las consecuencias que va a tener sobre España la política que anuncia Donald Trump y que ya está empezando a aplicar. La supresión temporal de la página de la Casa Blanca en español es un claro indicio de que los intereses españoles importan bien poco al nuevo presidente norteamericano. Dentro de unos días, cuando Trump concrete su plan para dejar muy tocado el tratado de libre comercio con México, la cosa se puede poner bastante peor. Porque ese país es la niña bonita de las inversiones privadas españolas en el exterior. Más adelante, si se confirman las amenazas proteccionistas contra las exportaciones europeas a Estados Unidos, también España tendrá que pagar su parte del pato. Pero los corifeos de La Moncloa siguen diciendo que no va a pasar nada.

"Hay que tomarse en serio el proteccionismo de Trump. El presidente no va de farol" decía este viernes el 'Financial Times' coincidiendo con la impresión que al respecto tienen bastantes analistas europeos. La durísima invectiva que el presidente norteamericano lanzó la pasada semana contra Alemania, la UE y la OTAN en su entrevista al 'Times' y al 'Bild' admite pocas dudas: en el ideario ultranacionalista norteamericano lo europeo nunca ha estado bien visto y Trump parece decidido a acabar con el entendimiento con Europa que ha marcado la política exterior norteamericana desde el final de la segunda guerra mundial.

El hecho de que el día mismo que tomó posesión anunciara que sus primeros encuentros internacionales serían con la primera ministra británica Theresa May, partidaria de un Brexit duro que puede hacer mucho daño a la UE, y con el líder israelí Benjamin Netanyahu, enfrentado desde hace años con la política europea hacia Oriente Medio, indica bien a las claras que Trump no se va a andar con chiquitas. El que en la citada entrevista dijera que "si BMW quiere construir una planta en México para vender coches en USA sin pagar una tasa del 35%, es mejor que se olvide de ello" confirma que su escasa simpatía hacia Europa va a tener un coste muy serio en términos comerciales.

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La insensibilidad española ante la creciente tensión internacional

La primera ministra británica, Theresa May.

Lo que ocurre fuera de nuestras fronteras no interesa a los actores de la política española. El Gobierno, la oposición y los medios no se ocupan, más que por compromiso, y eso casi nunca, de los acontecimientos que se producen en la escena internacional. Como si no fueran a tener incidencia alguna en lo que puede pasar aquí. Esa desatención es particularmente denunciable en estos momentos. Porque en los últimos meses, y más en las últimas semanas, la situación internacional se ha tensado hasta extremos que no se recordaban desde hace décadas. Las amenazas que Donald Trump ha lanzado a diestro y siniestro ha llevado a más de uno a predecir que se avecina una segunda guerra fría. Y la primera ministra británica acaba de confirmar que el Brexit será duro. Y es muy probable que la UE no sepa encajar ese envite.

Lo más inquietante en ese panorama es la confrontación, por ahora solo verbal pero creciente, entre Estados Unidos y China. Empezó por el anuncio de Trump de que el día que llegue a la Casa Blanca denunciará a Pekín por manipular su divisa para potenciar sus exportaciones –algo que ocurre desde hace tiempo pero que los norteamericanos han callado porque China es el mayor comprador mundial de la gigantesca deuda estadounidense– y que impondrá a las exportaciones chinas un arancel de nada menos que del 45%.

El nombramiento de dos personajes alineados con las posiciones más anti-chinas como responsables de la política comercial norteamericana han dado verosimilitud adicional a esa amenaza. Pekín, por su parte, ya ha respondido a la misma afirmando que los productos norteamericanos sufrirán represalias si eso ocurre.

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Hechos que van a decidir la suerte del mundo en 2017

Donald Trump, presidente electo de los EEUU.

En 2016 se han producido acontecimientos que han desmentido todas las previsiones. La victoria de Donald Trump en las presidenciales norteamericanas y el Brexit se llevan la palma. Pero tampoco estaba previsto que los precios del petróleo fueran a aumentar, que Rusia asumiera un nuevo protagonismo en la escena internacional o que la economía china superara sin mayores traumas sus dificultades económicas, que muchos creían que iban a sumir al país en una profunda crisis. Esas sorpresas, por no hablar del crack de Lehman Brothers y todo lo que vino después, hasta hoy mismo, confirman que el devenir del mundo es cada vez más impredecible. Sin embargo, en los últimos días han proliferado las predicciones para 2017. Sin dar pábulo a ninguna de ellas, éstos son algunos de los puntos en que se han centrado.

Las decisiones fiscales y monetarias de Donald Trump. Si las cámaras norteamericanas aprueban los planes del presidente, los impuestos que pagan las empresas bajarán del 35% al 15% y el tipo que grava los beneficios que las compañías obtienen en el extranjero lo harán desde el 40% al 10%. Eso, unido a un cuantioso plan de inversiones en infraestructura que ha anunciado Trump, aumentará la actividad económica y el empleo, pero también elevará el déficit público y alimentará la inflación, que Estados Unidos terminará exportando al resto del mundo.

La prevista subida de los tipos de interés norteamericanos contribuirá a esos efectos, pero debilitará al dólar. Los países más endeudados del planeta, entre ellos España, verán encarecerse el coste de sus deudas, aunque las exportaciones a Estados Unidos aumentarían.

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Italia, un nuevo fracaso de la casta

El presidente Sergio Mattarella (d) conversa en un acto con el primer ministro Matteo Renzi (i).

El resultado del referendo italiano puede ser el principio del fin del euro. Ese el fantasma que sobrevuela sobre todos los análisis fiables que se han hecho desde la noche del domingo. Porque, aunque nadie tiene muy claro cómo van a trascurrir los acontecimientos, antes o después en Italia habrá elecciones y de ellas surgirá un gobierno en el que mandarán los partidarios de que la tercera economía europea abandone la moneda única. Siendo ese el punto fuerte del asunto, la victoria del "no" suscita otra cuestión no menos importante: la de si el establishment político, financiero y mediático que controla el poder en los países occidentales no está perdiendo sin remedio la partida.

Desde hace unas semanas, y con más fuerza desde el domingo, en esos ambientes se ha instalado el consenso de que toda la culpa del desaguisado la tiene Matteo Renzi, su ambición desenfrenada de convertirse en un líder omnipotente y sus errores de cálculo. Acusaciones similares se hicieron a David Cameron cuando hace unos meses ganó el Brexit. Sin duda ambos han sido altamente responsables de lo ocurrido. Pero las dinámicas políticas y sociales que han determinado van mucho más allá de la capacidad de intervención de los dirigentes.

La reforma constitucional propiciada por el Partito Democrático italiano (PD), el de Renzi, tenía obligatoriamente que ser sancionada en una consulta popular. Lo dicen taxativamente las leyes de ese país. El referendo no ha sido por tanto una iniciativa caprichosa del exlíder del centro-izquierda, sino un requisito inevitable para que su proyecto político pudiera avanzar. Y si el 60% de los italianos que han votado –y que han sido más del 70% del censo– han dicho "no" a su propuesta es porque estaban en desacuerdo con ella. O con el líder que la había formulado. O con el poder que éste representaba.

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En Italia, Austria y Francia se juega el futuro de Europa

Marine Le Pen, líder del Front National, en una imagen de archivo

Dentro de seis meses puede empezar a concretarse lo que hasta hace muy poco se consideraba imposible: que la Unión Europea inicie su desaparición. El Brexit ha sido un primer paso en ese camino. Por sus efectos reales, que empezarán a conocerse dentro de muy poco, y por su impacto psicológico en todo el continente. Este domingo pueden producirse dos nuevos episodios de ese proceso que algunas voces muy fiables consideran imparable. Si el "no" gana en el referendo sobre la reforma constitucional italiana, las elecciones que podrían seguir a ese resultado darían la victoria a partidos que están en contra de la UE y del euro. Y la salida de Austria de la Unión es uno de los puntos principales del programa de la ultraderecha que el día 4 puede ganar las elecciones para la presidencia del país.

En ese inquietante contexto también hay que colocar la elección del muy reaccionario y liberal François Fillon en las primarias de la derecha francesa. Que según autorizadas opiniones, no han reducido, sino todo lo contrario, las posibilidades de que el antieuropeo y anti-euro Front National de Marine Le Pen gane las presidenciales galas de esta primavera. Si esto ocurriera y se sumara a las hipótesis anteriores sobre Italia y Austria, la Unión Europea podría empezar a contar los días que le quedarían de vida y, de paso, el panorama geopolítico de Europa y del mundo que su existencia ha sostenido en el último medio siglo sufriría un cambio sustancial y lleno de graves incógnitas.

No hay duda de que ese escenario catastrófico podría perfectamente no producirse si los resultados electorales en Italia, Austria y Francia van en una dirección exactamente opuesta a los que se han apuntado. Pero los sondeos no permiten muchas alegrías al respecto.

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