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La insensibilidad española ante la creciente tensión internacional

La primera ministra británica, Theresa May.

Lo que ocurre fuera de nuestras fronteras no interesa a los actores de la política española. El Gobierno, la oposición y los medios no se ocupan, más que por compromiso, y eso casi nunca, de los acontecimientos que se producen en la escena internacional. Como si no fueran a tener incidencia alguna en lo que puede pasar aquí. Esa desatención es particularmente denunciable en estos momentos. Porque en los últimos meses, y más en las últimas semanas, la situación internacional se ha tensado hasta extremos que no se recordaban desde hace décadas. Las amenazas que Donald Trump ha lanzado a diestro y siniestro ha llevado a más de uno a predecir que se avecina una segunda guerra fría. Y la primera ministra británica acaba de confirmar que el Brexit será duro. Y es muy probable que la UE no sepa encajar ese envite.

Lo más inquietante en ese panorama es la confrontación, por ahora solo verbal pero creciente, entre Estados Unidos y China. Empezó por el anuncio de Trump de que el día que llegue a la Casa Blanca denunciará a Pekín por manipular su divisa para potenciar sus exportaciones –algo que ocurre desde hace tiempo pero que los norteamericanos han callado porque China es el mayor comprador mundial de la gigantesca deuda estadounidense– y que impondrá a las exportaciones chinas un arancel de nada menos que del 45%.

El nombramiento de dos personajes alineados con las posiciones más anti-chinas como responsables de la política comercial norteamericana han dado verosimilitud adicional a esa amenaza. Pekín, por su parte, ya ha respondido a la misma afirmando que los productos norteamericanos sufrirán represalias si eso ocurre.

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Hechos que van a decidir la suerte del mundo en 2017

Donald Trump, presidente electo de los EEUU.

En 2016 se han producido acontecimientos que han desmentido todas las previsiones. La victoria de Donald Trump en las presidenciales norteamericanas y el Brexit se llevan la palma. Pero tampoco estaba previsto que los precios del petróleo fueran a aumentar, que Rusia asumiera un nuevo protagonismo en la escena internacional o que la economía china superara sin mayores traumas sus dificultades económicas, que muchos creían que iban a sumir al país en una profunda crisis. Esas sorpresas, por no hablar del crack de Lehman Brothers y todo lo que vino después, hasta hoy mismo, confirman que el devenir del mundo es cada vez más impredecible. Sin embargo, en los últimos días han proliferado las predicciones para 2017. Sin dar pábulo a ninguna de ellas, éstos son algunos de los puntos en que se han centrado.

Las decisiones fiscales y monetarias de Donald Trump. Si las cámaras norteamericanas aprueban los planes del presidente, los impuestos que pagan las empresas bajarán del 35% al 15% y el tipo que grava los beneficios que las compañías obtienen en el extranjero lo harán desde el 40% al 10%. Eso, unido a un cuantioso plan de inversiones en infraestructura que ha anunciado Trump, aumentará la actividad económica y el empleo, pero también elevará el déficit público y alimentará la inflación, que Estados Unidos terminará exportando al resto del mundo.

La prevista subida de los tipos de interés norteamericanos contribuirá a esos efectos, pero debilitará al dólar. Los países más endeudados del planeta, entre ellos España, verán encarecerse el coste de sus deudas, aunque las exportaciones a Estados Unidos aumentarían.

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Italia, un nuevo fracaso de la casta

El presidente Sergio Mattarella (d) conversa en un acto con el primer ministro Matteo Renzi (i).

El resultado del referendo italiano puede ser el principio del fin del euro. Ese el fantasma que sobrevuela sobre todos los análisis fiables que se han hecho desde la noche del domingo. Porque, aunque nadie tiene muy claro cómo van a trascurrir los acontecimientos, antes o después en Italia habrá elecciones y de ellas surgirá un gobierno en el que mandarán los partidarios de que la tercera economía europea abandone la moneda única. Siendo ese el punto fuerte del asunto, la victoria del "no" suscita otra cuestión no menos importante: la de si el establishment político, financiero y mediático que controla el poder en los países occidentales no está perdiendo sin remedio la partida.

Desde hace unas semanas, y con más fuerza desde el domingo, en esos ambientes se ha instalado el consenso de que toda la culpa del desaguisado la tiene Matteo Renzi, su ambición desenfrenada de convertirse en un líder omnipotente y sus errores de cálculo. Acusaciones similares se hicieron a David Cameron cuando hace unos meses ganó el Brexit. Sin duda ambos han sido altamente responsables de lo ocurrido. Pero las dinámicas políticas y sociales que han determinado van mucho más allá de la capacidad de intervención de los dirigentes.

La reforma constitucional propiciada por el Partito Democrático italiano (PD), el de Renzi, tenía obligatoriamente que ser sancionada en una consulta popular. Lo dicen taxativamente las leyes de ese país. El referendo no ha sido por tanto una iniciativa caprichosa del exlíder del centro-izquierda, sino un requisito inevitable para que su proyecto político pudiera avanzar. Y si el 60% de los italianos que han votado –y que han sido más del 70% del censo– han dicho "no" a su propuesta es porque estaban en desacuerdo con ella. O con el líder que la había formulado. O con el poder que éste representaba.

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En Italia, Austria y Francia se juega el futuro de Europa

Marine Le Pen, líder del Front National, en una imagen de archivo

Dentro de seis meses puede empezar a concretarse lo que hasta hace muy poco se consideraba imposible: que la Unión Europea inicie su desaparición. El Brexit ha sido un primer paso en ese camino. Por sus efectos reales, que empezarán a conocerse dentro de muy poco, y por su impacto psicológico en todo el continente. Este domingo pueden producirse dos nuevos episodios de ese proceso que algunas voces muy fiables consideran imparable. Si el "no" gana en el referendo sobre la reforma constitucional italiana, las elecciones que podrían seguir a ese resultado darían la victoria a partidos que están en contra de la UE y del euro. Y la salida de Austria de la Unión es uno de los puntos principales del programa de la ultraderecha que el día 4 puede ganar las elecciones para la presidencia del país.

En ese inquietante contexto también hay que colocar la elección del muy reaccionario y liberal François Fillon en las primarias de la derecha francesa. Que según autorizadas opiniones, no han reducido, sino todo lo contrario, las posibilidades de que el antieuropeo y anti-euro Front National de Marine Le Pen gane las presidenciales galas de esta primavera. Si esto ocurriera y se sumara a las hipótesis anteriores sobre Italia y Austria, la Unión Europea podría empezar a contar los días que le quedarían de vida y, de paso, el panorama geopolítico de Europa y del mundo que su existencia ha sostenido en el último medio siglo sufriría un cambio sustancial y lleno de graves incógnitas.

No hay duda de que ese escenario catastrófico podría perfectamente no producirse si los resultados electorales en Italia, Austria y Francia van en una dirección exactamente opuesta a los que se han apuntado. Pero los sondeos no permiten muchas alegrías al respecto.

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El problema no es Trump, es Europa

Juan-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea.

En privado más de uno de los asistentes a la reunión de ministros exteriores de la UE de este domingo ha dicho: "Estamos en una crisis existencial". Lo recogen algunos medios de nuestro continente. Por culpa de Donald Trump. Porque su proteccionismo amenaza con provocar un frenazo del comercio mundial, porque su buena disposición hacia Vladimir Putin puede dejar compuesta y sin novio a la política exterior europea hacia Rusia y porque una nueva política económica norteamericana puede obligar a Europa a cambiar de rumbo y alejarse de la austeridad. Todo eso, y más, es posible. Pero que unas elecciones en Estados Unidos puedan provocar a una crisis existencial indica que el proyecto europeo es ya demasiado débil como para resistir mucho tiempo más tal y como está. Con Trump o sin él.

Esta semana los mercados ya han empezado a apuntarse a los cambios que vienen. Los inversores se han lanzado a vender títulos de deuda pública porque creen que dentro de no mucho habrá un nuevo escenario financiero mundial generado por una política norteamericana más expansionista, marcada, entre otras cosas, por formidables gastos en infraestructura, reducciones de impuestos, subida de tipos de interés y menos controles a los movimientos de la banca. Rusia, por su parte, acaba de ordenar la reanudación de los bombardeos sobre territorio sirio, probablemente porque cree que eso no va a hacer mucho daño a la perspectiva de unas mejores relaciones con los Estados Unidos también en lo que a Oriente Medio se refiere.

Y Vitor Constancio, número dos del Banco Central Europeo, acaba de declarar: "Hay incertidumbres y riesgos importantes. Sin más crecimiento, Europa tendrá dificultades". Aparte de una posible caída del comercio mundial, un peligro se cierne sobre la política que el BCE ha mantenido en los últimos años: el de que no tenga más remedio que subir los tipos de interés del euro si los norteamericanos dan antes ese mismo paso.

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Trump, un ejemplo y un acicate para el fascismo mundial

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Donald Trump.

Los medios de comunicación vinculados al establishment, en Europa y en todas partes, llevan meses en campaña contra Donald Trump. La prensa francesa cercana a la oligarquía y a la derecha, y la alemana y británica, se emplean con mucho más ardor contra el candidato norteamericano del nuevo fascismo que contra sus correligionarios locales, la señora Le Pen, los instigadores xenófobos del Bréxit o la Allianz fur Deutschland. Más allá de algún papanatismo, tanta pasión por algo que pasa en un país que no es el suyo, sólo indica una cosa: que Estados Unidos sigue siendo el centro del mundo, que lo que allí ocurre determina, como ha venido haciéndolo desde hace décadas, el devenir del resto del planeta.

Se habla, sobre todo lo dice Trump, de la decadencia de Norteamérica en el mundo. No es un puro invento para movilizar a las decenas de millones de estadounidenses descontentos con su suerte, una nueva versión de los mensajes de Hitler y de todos los fascismos que en el mundo han sido, incluidos los de nuestros días. Estados Unidos ha perdido parte de su capacidad de decisión en los asuntos mundiales, en buena medida por los errores que han cometido sus dirigentes. Su economía tiene que hacer frente, no siempre con éxito, a poderosos rivales comerciales. El mensaje imperial de la época de Bush ha sido arrumbado porque ya no tiene eco.

Pero en un mundo que está cambiando a marchas forzadas y cuyas dinámicas y posiciones de fuerza tienen cada vez menos que ver con las que había hace un cuarto de siglo, el poder de Estados Unidos sigue mandando en las cuestiones más decisivas e influyendo como nunca en la formación del pensamiento colectivo, de los hábitos y tendencias de todo el resto del planeta.

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Los antisistema pueden ganar las elecciones

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Birgitta Jónsdóttir, líder del Partido Pirata de Islandia.

Si las encuestas no se equivocan, un partido en el que militan anarquistas, hackers, frikis de la web y antisistema de la más diversa especie, aunque muy pacíficos todos ellos, ganará las elecciones islandesas de este sábado y se hará con las riendas del Gobierno, sólo o formando algún tipo de coalición. El programa del partido Pirata, nacido hace cuatro años, no es muy concreto. Sus propuestas prioritarias son la libertad de información y expresión, la defensa de la privacidad en Internet, la democracia directa y la transparencia. También se propone ofrecer la residencia en Islandia a Edgar Snowden, el héroe norteamericano de Wikileaks.

La líder del partido, la poetisa anarquista Birgitta Jonsdottir, de 49 años también trabajó para Wikileaks. Desde hace cuatro años ocupa un escaño en el Parlamento de Reikiavik en el que el partido Pirata desembarcó tras haber obtenido el 5,9% de votos y tres representantes: sólo unos cuantos meses después de haber nacido. Hoy los sondeos le atribuyen casi un 30% de la intención de voto, diez puntos más que el partido que le sigue.

La lista de resultados electorales contrarios a la lógica y a los enfoques tradicionales de la política empieza a ser larga en Occidente. El triunfo del Bréxit en Gran Bretaña y la victoria de Donald Trump en las primarias republicanas norteamericanas son dos de sus hitos. Pero que un partido como el Pirata, clara y tajantemente anti-establishment y cuya líder cree que está encabezando una "revolución", supondría un salto cualitativo que no dejará de tener resonancia internacional por muy pequeña que sea Islandia (323.000 habitantes) y por muy lejos que aparezca de los centros del poder político europeo.

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El ultranacionalismo es el que de verdad está haciendo daño al sistema

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La presidenta del partido de ultraderecha Frente Nacional (FN), Marie Le Pen, en una imagen de archivo.

En los comienzos de la crisis financiera el establishment mundial temió seriamente que el sistema podía colapsar. Fue cuando el entonces presidente francés Nicolas Sarkozy dijo que había que refundar el capitalismo antes de que se viniera abajo. Se temían desastres de distinto tipo, pero lo que más inquietaba era la posibilidad de un levantamiento popular en los países occidentales. Se creyó que algo parecido a las revoluciones que estallaron tras la I Guerra Mundial podía repetirse. No ha sido así. Durante los nueve años de crisis, la izquierda política y social no ha superado el nivel de una protesta que el sistema, hasta ahora, ha sabido digerir. Lo que no se esperaba era la potente revuelta del otro lado del espectro político, del ultranacionalismo. Hoy por hoy el sistema no sabe cómo combatir a ese enemigo. Y este le está haciendo daño de verdad.

El ejemplo más claro de ello es el Brexit, la victoria del 'no' a la Unión Europea en el referéndum británico del pasado mes de junio. Saliendo de las cavernas, en las que hasta hace no muchos años parecía que estaba recluido para siempre, el nacionalismo inglés y antieuropeo ha sido capaz de aunar el mensaje de que fuera de la UE Gran Bretaña estará mejor con el profundo malestar de grandes sectores sociales golpeados por la crisis y el rechazo de los abusos y de la corrupción de la clase dirigente. Y ha ganado. Nadie sabe ahora cómo manejar esa victoria. Pero sea como sea el caos ya está sembrado. En Gran Bretaña, que hasta podría sufrir la secesión escocesa como consecuencia del mismo, y en toda Europa.

Aunque en España estemos a otras cosas, no hay día que el Brexit, por uno u otro motivo, no esté en todas las primeras páginas de los principales diarios el mundo, entre ellos los norteamericanos de referencia. Porque hasta los más optimistas tiñen de oscuros colores el futuro de Europa sin Gran Bretaña. Porque el capitalismo financiero tiene pavor a que la City de Londres pierda su status de centro decisorio de las finanzas mundiales si se queda fuera de la Unión Europea. Porque una tupida red de equilibrios internacionales que involucra a los principales países de todos los continentes puede venirse abajo. Y últimamente también porque si la premier conservadora Theresa May se sale con la suya, Gran Bretaña puede convertirse en la adelantada de Occidente en la restricción de la emigración, debilitando a quienes en el resto de Europa no quieren transitar por ese camino.

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El frente exterior amenaza al nuevo Gobierno

De Guindos y el comisario europeo de Economía, Pierre Moscovici.

Los dirigentes políticos españoles, los de todos los partidos, llevan mucho tiempo haciendo como que ignoran, o ignorando de hecho, las circunstancias y las dinámicas internacionales que afectan directamente a nuestro país. El nuevo gobierno, que a todas luces será del PP, se chocará de frente con ellas desde el día mismo de su nombramiento y su capacidad para maniobrar en ese terreno será muy reducida, en el supuesto de que tenga alguna.

Vienen malos tiempos y cabe sospechar que Rajoy hará todo lo posible para que sean los españoles menos pudientes y más desprotegidos los que sufran buena parte de las consecuencias del golpe con la realidad exterior. Aunque la amenaza más acuciante –la crisis catalana– la tenemos muy dentro, repasemos las principales amenazas que vienen de fuera.

El gobierno del PP lleva tres años seguidos incumpliendo los compromisos de reducción del déficit público acordados con la UE. Las rebajas de impuestos decididas con fines exclusivamente electoralistas es un motivo destacado de ese incumplimiento. Tras un intenso debate interno y con la fuerte oposición del sector más crítico con el comportamiento español, que sigue viva, Bruselas aceptó en junio no exigir el pago de la multa de 2.000 millones de euros que sancionaba el incumplimiento.

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¿Hay que salvar a los partidos socialistas?

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Mediapart es un exitoso diario digital francés que se financia únicamente mediante las aportaciones de sus casi 125.000 suscriptores. Aunque alejado del sector oficial del Partido Socialista, no se adscribe a ninguna de la larga serie de tendencias, facciones, partidos y personajes que componen el espectro de la como nunca dividida izquierda gala. Su gran debate de esta semana se ha dedicado justamente al PSF, en el que no pocos de los miembros de los citados grupos o grupúsculos militaron en algún momento de sus vidas. Y el titular de ese encuentro ha sido: "¿Hay que salvar al Partido Socialista?".

Esa pregunta, u otra con intención parecida, se podría formular en España. Y también en buena parte de Europa. Lo cierto es que las respuestas a la cuestión planteada por Mediapart se referían a Francia. No han sido unánimes, pero la impresión que han transmitido muchos de los que han opinado en el debate es que el PSF tiene muy mal futuro, si es que tiene alguno. Se ha sugerido incluso que la debacle final podría llegar muy pronto si, como todo indica, la segunda vuelta de las cruciales elecciones francesas de la primavera de 2017 tiene como contendientes al candidato de la derecha –Alain Juppé o Nicolás Sarkozy– y a la de la ultraderecha, Marine Le Pen.

El actual líder del PSF y presidente de la nación, François Hollande, parece totalmente descartado, aún es posible que pierda las primarias para ser nombrado candidato oficial, y si así no ocurre tendría que disputar la primacía del voto de izquierda en la primera vuelta de las presidenciales a por lo menos otros seis candidatos. Y a Emmanuel Macron, ministro de economía de Hollande hasta hace dos meses, que acaba de abandonar el PSF y que encabezando un proyecto estrictamente de centro no deja de subir en las encuestas.

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