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La ultraderecha es más que una amenaza

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Las elecciones regionales de Berlín han sido sólo el último capítulo de lo que parece un proceso imparable. Si la dinámica en curso se mantiene, Europa podría ser un territorio invivible dentro de muy pocos años. Porque, sin que hasta ahora haya saltado ninguna alarma de catástrofe, el peso electoral y político de los nacionalismos xenófobos está creciendo en todo el continente. Mientras la izquierda sigue atascada y sin ideas, la ultraderecha intolerante adquiere nueva carta de naturaleza y condiciona cada vez más la acción del centro-derecha. Es deprimente, pero la reacción más contundente contra los poderes que generaron la crisis económica y social que empezó en 2008 es la de quienes echan la culpa de todo a los emigrantes. Y nadie parece poder pararlos.

En Estados Unidos los plazos pueden ser aún más cortos. Porque Donald Trump, la versión norteamericana de esos mismos planteamientos, puede perfectamente ganar las elecciones presidenciales el próximo noviembre. Los sondeos le colocan ya empatado con Hillary Clinton y la prensa norteamericana más opuesta a él no sólo ha pasado de despreciarle a reconocer sus posibilidades, sino que empieza a entonar algo que suena a canto de derrota. El mismo país que hace ocho años dio un ejemplo al mundo eligiendo y reeligiendo a un presidente negro, eso sí por muy pocos millones de votos de diferencia, podría estar disponiéndose a propiciar una revancha sobre esa decisión, a borrar toda traza de la experiencia Obama y a lanzar al mundo un mensaje de intolerancia que seguramente merecerá no pocos aplausos en todo el planeta. Por algo Estados Unidos sigue siendo el país más poderoso.

Es cierto que Hillary Clinton puede aún ganar. No lo es menos que Angela Merkel puede reponerse de sus heridas y ella misma, o su sucesor, encabezar un nuevo gobierno de coalición con los socialdemócratas tras las elecciones generales de dentro de un año. Que en Francia el moderado Alain Juppé se imponga como candidato de la derecha a Nicolás Sarkozy, cada vez más próximo a la ultraderecha, y luego bata al xenófobo y antieuropeo Front National en las presidencia de 2017, mientras los socialistas se limiten a acompañar ese viaje. Y que el verde Van der Bellen arranque finalmente la presidencia austriaca al ultra Hofer.

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Europa camina hacia el fracaso

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Hasta el propio presidente de la Comisión Europea ha tenido que reconocerlo: "La UE sufre una crisis existencial", ha dicho Jean-Claude Juncker este miércoles en Bruselas. Pero, sin precisar cómo, ha venido a añadir que la superará. No es esa la opinión de cada vez más voces autorizadas de la escena política europea. Sir ir más lejos, su número dos, el socialdemócrata holandés Frans Timmermans, vicepresidente de la Comisión, ha escrito: "Es la primera vez que pienso que el proyecto puede fracasar". Enrico Letta, exprimer ministro italiano, no ha sido menos claro: "Mi gran temor es que sigamos en el statu quo y que al final nos hayamos quedado sin Europa". Unos cuantos opinadores ilustres más han coincidido en que la UE tiene que hacer frente a demasiadas crisis como para poder sobrevivir sin sufrir un terremoto en su actual configuración.

La victoria del 'no' en el referéndum británico, el Brexit, ha sido hasta el momento el aldabonazo más serio. Por sus consecuencias, que por mucho que se aplacen las decisiones al respecto, serán muy grandes, tanto en términos económicos como estratégicos. Por su impacto psicológico en la política internacional y en la percepción ciudadana de todo el continente y más allá del mismo. Y por su significado; porque, a la postre, lo que ha dicho la mayoría de un pueblo que es referencia de unas cuantas cosas es que no cree en la UE y que prefiere asumir los riesgos que implica estar fuera de ella. Ese mensaje es ya imborrable y lo único que puede ocurrir es que otras colectividades nacionales opten también por ese camino. Hay unos cuantos candidatos.

Además del Brexit está la crisis de los refugiados. Que ha roto, seguramente para siempre, todos los principios, y las reglas, de solidaridad y de seguridad interior que la UE ha ido construyendo a lo largo de las décadas pasadas. Y que no tiene arreglo. Porque los motivos del éxodo hacia Europa no van a desaparecer, sino todo lo contrario. Y porque los distintos intereses nacionales que existen al respecto van a seguir chocando sin remedio, poniendo en cuestión la lógica misma de la construcción europea y, sobre todo, de su ampliación en la pasada década.

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Es falso que Grecia no pueda acabar con el euro

En Grecia está ocurriendo lo que era previsible. Que la bolsa se hunde (un 9% este miércoles, más del 20% las acciones de los bancos) y que la prima de riesgo se ha disparado a más de 1000 puntos. Son datos que confirman que los mercados no han recibido con agrado la victoria de Syriza. Pero que no cambian sustancialmente la dramática situación en que el país se encontraba el día antes de las elecciones. Lo preocupante sería que esa tendencia continuara. Porque si así fuera, Grecia terminaría fuera del euro. Algún listo de los que aparece en las televisiones españolas dice que eso hasta sería bueno. Los que mandan sobre la política europea parecen pensar lo mismo. Pero si no cambian de postura y ayudan a Alexis Tsipras a salir del agujero, pueden terminar siendo los aprendices de brujo que se cargaron la moneda única.

En la prensa europea más influyente, y no precisamente de izquierdas, crecen las voces que piden que la UE, el BCE y el FMI se dispongan a recortar sustancialmente la deuda griega. Anulando una parte de la misma –como se ha hecho unas cuantas veces en las últimas décadas con países en graves dificultades- recortando los intereses y alargando los plazos de vencimiento del resto. Quienes defienden esa idea lo hacen porque creen que una salida de Grecia del euro puede ser sólo el comienzo de un proceso que iría dejando a otros países fuera de la moneda única y que, de verificarse, llevaría inevitablemente a que ésta desapareciera del mapa.

Porque, además del desastre que eso supondría para la economía griega, está claro que si el país dejara el euro, también dejaría de pagar su deuda. Eso provocaría un cataclismo financiero en los mercados internacionales. Aunque seguramente se podría controlar, porque a la postre lo que dejaría de pagar Grecia no sería tanto dinero, unos 300.000 millones de euros, que no hundirían el sistema. Lo malo no sería eso, sino que los mercados se preguntarían quién iba a ser el siguiente, o por qué alguno de los países hiperendedudados que hay en Europa no iba a seguir el ejemplo griego en una situación financiera muy agravada por el "Grexit" mismo.

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Una victoria demasiado grande como para que termine mal

A falta de confirmar la mayoría absoluta de Syriza, que a tenor de cómo va avanzando el recuento es aún muy posible, está muy claro que el partido de Alexis Tsipras va a gobernar en solitario. Aunque le falten un par de escaños para llegar a los 151, los que ya tiene seguros le confieren una capacidad de maniobra que hace innecesaria cualquier otra fórmula. Lo cual no excluye que decida pactar con alguno de los partidos menores para hacer más segura su andadura política en una primera etapa. Pero puede perfectamente esperar al momento de presentar sus iniciativas legales para buscar ese tipo de entendimientos. Por el momento es el gran ganador. Su éxito electoral se ha logrado, además, contra los elementos, internos e internacionales. Y eso, en sí mismo, le añade una fuerza moral que puede ser un capital precioso en la fase inicial de su mandato.

La derecha política griega se ha llevado un batacazo formidable que va a dejarla fuera de juego durante un buen tiempo. Eso también contribuye a aumentar las dimensiones políticas de la victoria de Syriza. Porque supone que el nuevo Gobierno no va a tener delante un rival durante su primera etapa de gestión.

Hasta aquí los activos. Ahora, los problemas. Los primeros son de orden interno. Los observadores extranjeros han hablado poco de este aspecto durante las últimas semanas, pero recortar los privilegios y abusos de las clases dominantes griegas es para Alexis Tsipras tan importante como poner en cuestión la política europea hacia Grecia. El resultado electoral de este domingo le puede costar unos cuantos disgustos a lo que en lenguaje político del país heleno se denomina habitualmente "la oligarquía".

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Si gana Syriza, ganará también Europa

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Syriza quiere obtener la mayoría absoluta. Y la probabilidad de que lo logre crece a medida que se publican nuevos sondeos. El último, de comienzos de esta semana, le daba el 34% de los votos y los expertos dicen que le haría falta entre el 35% y 39% para obtener la mitad más uno de los escaños del Parlamento. Pero tan significativo como los pronósticos demoscópicos es el nuevo tono con que los grandes medios internacionales están valorando últimamente esa posibilidad. Empieza a asumirse que el partido de Alexis Tsipras va a ser el que gobierne, que el cambio va a producirse. Y tan nuevo como eso es que los apuntes que sugieren ese convencimiento lo hacen sin temor a que eso ocurra.

Uno de los comentarios más llamativos en ese sentido es el que acaba de hacer Handelsblatt, el mayor diario económico alemán: "Puede que una victoria del carismático Alexis Tsipras constituya una ocasión real para Grecia, al tiempo que va a acabar con los políticos de los partidos del establishment que son responsables de la enorme deuda pública, de los privilegios fiscales y de una administración financiera desfalleciente". Todo un desafío a la postura oficial del Gobierno alemán al respecto. Porque aunque lleve unos días callada, y eso ya puede ser un síntoma de que el panorama está cambiando, Angela Merkel prácticamente ha venido a decir que un Gobierno de Syriza sería poco menos que la peste.

Sobre que Mariano Rajoy está en esa misma línea caben pocas dudas. Su imprevisto viaje a Grecia para apoyar al líder de la derecha despeja cualquiera de ellas. Rajoy quiere que gane Samaras no solo porque teme que su derrota reforzaría a Podemos, sino también porque la política que aplicaría un Gobierno de Syriza, por mucho que moderara sus planteamientos iniciales, pondría en cuestión la política que él aplica en España.

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La desigualdad crece y es una bomba de relojería

Protestas este fin de semana contra la desigualdad y la pobreza, antes de la cumbre del G20 en Australia. / Efe

La desigualdad económica no solo crece en el mundo a medida que se avanza en la crisis, sino que se acelera en los países que inician su recuperación. Tres informes recientes confirman que el modelo económico vigente ha generado una dinámica imparable si no se produce una reacción política que la frene. Y que, según cada vez más expertos limita el crecimiento potencial de las economías y a medio plazo puede provocar graves tensiones sociales y la desestabilización del sistema.

"Las desigualdades deberían empujar a los dirigentes internacionales a hacer frente a los intereses particulares de los pesos pesados que obstaculizan un mundo más justo y más próspero", concluye el  informe que la ONG Oxfam ha presentado este lunes, dos días antes de la apertura del tantas veces contestado Foro Mundial de Davos, en cuyo programa de debates figura de forma destacada el asunto de la desigualdad.

La revelación más llamativa del mismo es que al final de 2016, la riqueza acumulada del 1% de los habitantes del planeta, los más ricos, superará la del 99% de los demás. Es decir, que equivaldrá a más del 50 % de la riqueza total. En 2014 ha alcanzado el 48%. Cinco años antes, en 2009, era del 44%. Pocos índices registran crecimientos espectaculares como éste. Además, y según los datos de 2014, la casi totalidad del patrimonio que no es de los más ricos, esto es, el 52%, está en manos del 20% que está por debajo del nivel más alto. Con lo que al 80 % de la población mundial le queda únicamente el 5,5% de la riqueza.

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¿Y si la hiperseguridad resulta tan mala como el terrorismo?

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Un agente de policía armado vigila Downing Street en Londres (Reino Unido). / Efe

Era de prever algo así, pero la realidad puede superar cualquier hipótesis. Al calor de la conmoción popular que han provocado los atentados de París y aupados por el éxito de las manifestaciones francesas, varios Gobiernos europeos han tardado poco en anunciar, o empezar a poner en práctica, drásticas medidas destinadas en teoría a mejorar la eficacia de la lucha contra el terrorismo. Pero que en la práctica supondrán un formidable recorte de las libertades de los ciudadanos, sin que hayan sido consultados sobre si están dispuestos a ceder derechos a cambio de tener mayor seguridad… sobre el papel.

Una de las medidas anunciadas por el Gobierno francés es añadir 10.000 militares y 5.000 policías a los operativos actualmente desplegados para hacer frente a la amenaza terrorista. Que, por cierto, son formidables: basta llegar a un aeropuerto galo o darse una vuelta por el centro de París para comprobarlo. Y la iniciativa recuerda un debate que estuvo abierto en España durante los años más duros del activismo de ETA. En esa época, personajes destacados de la vida pública, y no todos de derechas, decían convencidos –por supuesto, casi siempre en privado– que el remedio frente a esas ofensivas era mandar los tanques a Euskadi. Como si a cañonazos o con un soldado en cada esquina, amedrentando a la gente corriente, se fueran a desactivar las redes clandestinas del terrorismo vasco.

El Gobierno belga también ha incluido la posibilidad de reforzar el despliegue de militares en la lista de acciones que está dispuesto a tomar. El alemán prevé la retirada del documento de identidad a los sospechosos de yihadismo para evitar que viajen a Oriente Próximo. ¿Será una norma aprobada por el Parlamento la que establecerá que alguien es sospechoso? No, será la policía. Que probablemente no dará muchas explicaciones si caen justos por pecadores.

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Tras la manifestación, Sarkozy y los fallos de seguridad ponen a Hollande en apuros

Ciudadanos alrededor del monumento de la Plaza de la Nación de París (Francia). / Efe

Está claro que las grandes manifestaciones de este lunes han reforzado algo la muy maltrecha imagen de François Hollande. No era ese sin duda el principal objetivo de las mismas, sino que el rechazo masivo del terrorismo yihadista perseguía, sobre todo, evitar que los atentados alentaran aún más la desconfianza hacia los musulmanes franceses. Y también solidarizarse con la comunidad judía, la más numerosa de Europa y que según sus exponentes vive hoy en una situación próxima al pánico. Pero mejorar la valoración popular del presidente podía ser un efecto secundario muy bien venido. Sin embargo, sólo 12 horas después de las marchas ese efecto empieza a estar seriamente en cuestión. Francia ha vuelto a la guerra política y no precisamente con las mejores maneras.

La ausencia del Front National de la manifestación de París era un signo indiscutible de que eso iba a ocurrir muy pronto. Pero no ha sido la líder ultraderechista Marine Le Pen quien ha dado el primer paso en la confrontación con Hollande, sino el expresidente Nicolas Sarkozy, que aspira a ser el candidato de la derecha en las elecciones presidenciales de 2017, y parece que con bastantes posibilidades de lograrlo. Sarkozy, que quiere disputar al Front National la bandera de la intransigencia frente a la inmigración, clave del formidable ascenso que el partido de Le Pen registra en los sondeos, no ha dudado en atacar al gobierno tras las manifestaciones y en insinuar que fallos de las fuerzas de seguridad han podido ser la causa de que los atentados pudieran producirse.

"La unidad no debe impedir la lucidez", ha declarado Sarkozy. "Hay preguntas que deben ser contestadas: ¿qué ha ocurrido exactamente? ¿Cómo pudo ser evitado? ¿Cómo podemos estar seguros de que las mismas causas no van a producir las mismas consecuencias?". Pero no se ha quedado ahí. Y, hablando en el mismo lenguaje que utiliza el Front National, ha añadido: "La inmigración no está unida al terrorismo. Pero complica las cosas. No podemos seguir así. La inmigración, que tenemos muchas dificultades en limitar, hace más difícil la integración".

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Retrato de uno de los asesinos de París

El jueves pasado, pocas horas después del asalto a Charlie Hebdo, Amedy Coulibaly mataba a tiros a una policía municipal en la localidad de Montrouge. Se cree que, en una acción coordinada con la de los hermanos  Kouachi, autores de la carnicería del semanario satírico, se dirigía a una sinagoga judía de ese barrio suburbial parisino.  El viernes, Coulibaly se atrincheraba en un supermercado de comida judía en la puerta de Vincennes, tomando 15 rehenes, a cinco de los cuales mataría antes de ser abatido por la policía. Amedy, de 33 años, no sólo era una persona conocida por la policía, tanto en su faceta de delincuente común como en la de activista salafista desde 2010, sino que también había aparecido en los medios de comunicación, cuando en 2009 fue seleccionado para entrevistarse con el entonces presidente francés Nicolas Sarkozy. Le Monde ha publicado una reseña biográfica suya que da algunas pistas para entender a qué tipo de terrorismo se enfrentan Francia y otros países europeos.

Séptimo y único hijo varón entre diez hermanos, "Doly", como se le conocía familiarmente, creció en el municipio de Grigny, en el barrio de la Grande Borne, que desde hace ya mucho tiempo tiene una tasa de paro del 40 %, una situación de miseria social y humana muy importantes y muy altos niveles de delincuencia. Desde muy joven, Doly fue uno de los  que engrosaron ese porcentaje.

Detenido varias veces, en 2002  fue condenado a seis años de prisión por un atraco. Salió de la cárcel a mediados de 2008 y en noviembre de ese año consiguió un empleo discontinuo en la fábrica de Coca Cola de Grigny. Trabajó en ella hasta septiembre de 2009. Un poco antes del fin de su contrato, el diario Le Parisien habló con él porque era uno de los jóvenes de los conflictivos suburbios que había sido seleccionado para entrevistarse con el entonces presidente de la república, Nicolas Sarkozy.

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La deflación puede obligar a Alemania a ceder

Pantalla de información de la Bolsa de Fráncfort.

El atentado contra Charlie Hebdo ha tenido un eco tan impresionante que en la prensa occidental, casi tanto como el que produjo el de las Torres Gemelas, que ha hecho pasar desapercibida otra noticia internacional de enorme relieve que se produjo también el miércoles. La de que la deflación en la UE es ya un hecho, o cuando menos un dato oficial incontrovertible: los precios cayeron un 0,2% en el mes de diciembre. Y aunque por el momento en segundo plano, tal confirmación de un peligro que se temía desde hace meses, ya ha empezado a agitar seriamente el debate de lo que tendrían que hacer las autoridades europeas para hacer frente a una situación que de consolidarse en el tiempo podría agravar seriamente la crisis económica que padece Europa y, lo que es peor, hacer imposible su solución incluso a largo plazo.

La primera advertencia en el sentido de que algo, o mucho, tiene que cambiar en la política europea ha procedido del poderoso banco central norteamericano, la FED, que en su último informe, que los periódicos estadounidenses reseñaban este jueves, ha advertido de que los problemas europeos –unidos a los que sufren Japón y China, que crecen bastante menos de lo deseado- pueden poner en peligro la fuerte recuperación que está registrando la economía norteamericana.

Porque en ese análisis, y en otros que se han publicado hoy y en días anteriores en la prensa de nuestro continente, se concluye que ciertamente la deflación está causada por la súbita y drástica caída que han sufrido los precios del petróleo, pero que también se debe a la debilidad de la demanda que Europa registra ya desde hace bastante tiempo y que es una consecuencia directa de la política de austeridad impuesta por Bruselas, a instancias de Alemania.

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