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Los neocon quieren que Obama desembarque en Siria

La retórica belicista ha vuelto a las páginas de buena parte de la prensa conservadora norteamericana y a las emisiones de la cadena televisiva Fox. Y con los mismos argumentos de siempre.

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Los conservadores estadounidenses presionan a Obama para intervenir en Siria


La batalla en torno a la posibilidad de que Estados Unidos intervenga directamente en el conflicto sirio se combate en suelo norteamericano. La derecha estadounidense ha reverdecido sus ardores guerreros de la época de Irak y, con los mismos neo-con de siempre a su cabeza, exige a Barack Obama que mande tropas para acabar con la guerra civil siria. Porque, de lo contrario, dicen, el país puede romperse en varias partes y más de una de ellas caer en manos de Al Qaeda y alguna otra en las de Hezbolláh y, por tanto de Irán. Con el consiguiente peligro para la seguridad de Israel.

La retórica belicista ha vuelto a las páginas de buena parte de la prensa conservadora norteamericana y a las emisiones de la cadena televisiva Fox. Y con los mismos argumentos de siempre. Incluido el de las armas de destrucción masiva, que los más aguerridos columnistas neocon no tienen duda alguna de que ya han sido utilizadas por parte del gobierno de Assad contra los opositores sirios, mientras el gobierno de Obama sigue asegurando que no existen pruebas contundentes de ello. Un editorial del Wall Street Journal añadía hoy mismo que existe el riesgo de que esas armas caigan en poder de Al Qaeda y que en el futuro puedan ser empleadas contra Israel.

Sin necesidad de replantear todas las reflexiones y las evidencias que desde hace más de una década se han esgrimido para descalificar, si no ridiculizar, la ideología y los intereses que hay detrás de la ideología neo-con, cabe preguntarse cómo es posible que en Estados Unidos siga habiendo gente que esté convencida de que esos argumentos puedan tener éxito después de los desastres que tal demagogia ha causado al mundo y los norteamericanos. Pues la hay, y los personajes que suscriben esas tesis son de primera fila.

La presión que está sufriendo Obama, en los medios de comunicación y también en las cámaras legislativas, es de tal intensidad, que el presidente se ha visto obligado a mandar a su ministro de exteriores John Kerry a Moscú para tratar de obtener justamente del principal aliado extranjero del régimen sirio algo de aire, y de tiempo. Desde que hace dos años empezó el levantamiento contra Assad, que luego devino en guerra civil, Rusia, junto con China, se han opuesto a toda forma de intervención extranjera en el conflicto sirio. Pero al inicio de esta semana, Kerry y el ministro de exteriores ruso Sergei Lavrov anunciaban que ambos países iban a emprender un esfuerzo conjunto para tratar de frenar la escalada de la violencia en Siria.

A la hora de las concreciones, esas buenas palabras quedaban en poco: a lo único que se han comprometido en firme Moscú y Washington es a organizar una cumbre internacional que debería tener lugar antes de que termine este mes y en la que se trataría de dar nueva vida al plan de paz que hace un año se aprobó en Ginebra y que ha fracasado totalmente. La perspectiva no es precisamente esperanzadora, pero el entendimiento entre rusos y norteamericanos, por formal y superficial que parezca, representa un giro no desdeñable de la situación.

Que seguramente obedece, sobre todo, a que en el conflicto sirio ha hecho acto de presencia un nuevo actor y no precisamente secundario. Se trata de Israel, que la pasada semana bombardeó desde el aire lo que se cree que eran unas bases de misiles de Hezbolláh y unas instalaciones militares sirias situadas en el sur del país, cerca de la frontera con el Estado judío. Aunque fuentes de índole muy distinta han concluido más o menos lo mismo, los editorialistas neocon dan por buena esa versión y añaden que Israel está dispuesta a hacer lo que sea para alejar “el peligro terrorista” de sus fronteras. Y esa coincidencia entre el gobierno judío y la ultraderecha norteamericana, que tantos efectos funestos ha producido en el pasado, posiblemente ha sido un acicate muy fuerte para la propuesta conjunta de Kerry y Lavrov.

Lo cierto es que no o hay información oficial alguna al respecto. Ni Israel ha reconocido el ataque, ni el gobierno norteamericano ha dicho nada sobre el mismo. Con lo cual este capítulo se une a la larga lista de los asuntos misteriosos que salpican la terrible guerra civil siria. Lo único que se sabe con cierta seguridad, pero con cifras un tanto atrasadas, es que ésta se ha cobrado ya 70.000 vidas y ha obligado a 1,3 millones de sirios –de una población total de 20- a refugiarse en los países vecinos.

Sobre casi todo lo demás, los datos son dispersos y no pocos de los análisis o responden a versiones interesadas o se hacen sobre la base de supuestos no plenamente confirmados: la gran prensa internacional se mantiene alejada de Siria, como casi de todos los lugares calientes del mundo, y se nutre de lo que le dicen, casi siempre los gobiernos occidentales, y no lo que ella debería escuchar in situ, como antaño.

También por eso se sabe tan poco sobre las dinámicas políticas que están en curso dentro del régimen sirio, sobre cuánto tiempo más puede aguantar Assad en el poder, sobre la composición real del movimiento opositor, y particularmente del peso que tienen en el mismo los movimientos jihadistas, Al Qaeda y Hebolláh. O sobre el papel que está desempeñando efectivamente Irán, que tiene en Assad a su principal aliado en Oriente Medio. O Turquía. O las monarquías petroleras del Golfo, que sostienen abiertamente a las facciones suníes de la rebelión.

En Siria se puede estar gestando la explosión final, y dramática, de la primavera árabe, de la que levantamiento popular con Assad también formó parte, y cuyo desarrollo sigue abierto, con incógnitas de todo tipo, en Túnez, en Egipto, en Libia, en Yemen y en todos los demás países que hizo acto de presencia. O puede que la diplomacia internacional –de la que Europa está prácticamente ausente- tenga aún medios para impedirlo o, al menos, para retrasarlo. Más allá de denunciar los gravísimos peligros –cuyas repercusiones podrían alcanzar a todo el mundo, y también a Occidente-, ningún experto se ha atrevido hasta el momento a hacer pronósticos firmes. Pero la irrupción de los neocon en el debate no pronostica nada bueno.

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