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Las sorpresas que puede deparar Francia

Aún no está claro que los votantes de izquierda y derecha vayan a apoyar a Macron en segunda vuelta para detener a Le Pen

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Militante de Femen con los pechos al aíre interrumpe un mitin de Le Pen

Militante de Femen interrumpe una rueda de prensa de Le Pen en febrero. EFE

Según un sondeo de IPSOS-SOPRA patrocinado y publicado por Le Monde, cuando faltan dos semanas para la primera la vuelta de los presidenciales solo dos tercios de los franceses están seguros de que irán a votar. Y las dudas son mayores entre los menores de 35 años: sólo el 54% de ellos dice que votará. Lo que está claro, y así lo ven unos cuantos analistas, es que si la abstención final estuviera cerca de esas cifras o rondara el 30%, en la primera, pero sobre todo en la segunda vuelta, cualquier resultado sería posible. Incluido obviamente el triunfo de la ultraderechista, antieuropea y xenófoba Marine Le Pen.

Aunque la citada encuesta, realizada con una muestra de 14.300 personas, no es un sondeo sobre intención de voto, sí proporciona una orientación sobre la situación de los distintos candidatos en estos momentos: Marine Le Pen y Emmanuel Macron, el candidato centrista y liberal, están empatados en cabeza con un 25%. François Fillon, líder del derechista partido republicano, sigue con un 17,5%. Y detrás viene Jean-Luc Melénchon, el candidato de la izquierda independiente Francia Insumisa que ha crecido notablemente en las últimas semanas, particularmente a costa del candidato socialista Benoit, que llega justo al 10%.

Salvo sorpresas de última hora, que tampoco se descartan del todo, Le Pen y Macron se disputarían la presidencia en la segunda vuelta. Fillon parece definitivamente estancado, si es que no cae aún más, y las posibilidades de que Melénchon suba nada menos que 10 puntos en dos semanas son prácticamente inexistentes.

Si esas impresiones se confirman el 23 abril, las presidenciales habrán producido un terremoto político aún antes de que el 7 de mayo se conozca el vencedor final de la contienda. Porque habrán confirmado que los dos mayores partidos franceses, el socialista y el republicano, que han gobernado Francia desde 1950, el segundo con distintas denominaciones, han quedado si no fuera del poder, sí alejados de sus instancias decisivas. Eso sí que es acabar con el bipartidismo.

Hay debate y ninguna conclusión definitiva sobre quien puede ganar el último asalto. Si la tradición se mantuviera, Macron lo tendría muy fácil. Porque en el pasado siempre ha funcionado con éxito la fórmula del “frente republicano”, es decir, el voto unido de la derecha y los socialistas para frenar a candidatos extraños al establishment político, particularmente los de extrema derecha.

Pero esta vez no está claro que eso vaya a ocurrir. Al menos con la intensidad necesaria para impedir el triunfo de Le Pen. Porque no se sabe si los votantes de Fillon van a seguir disciplinadamente esa consigna y votar a Macron. Antes de que los escándalos lo golpearan, Fillon había derechizado tanto su programa que lo había llevado a coincidir en no pocos aspectos con el del Front National, esperando justamente batir a Le Pen en su propio terreno. Y eso había satisfecho a muchos de los votantes. Deshacer ese camino no va a ser fácil.

Pero tampoco es seguro que Macron logre atraer en la segunda el voto de izquierda. El Partido Socialista está en trance de descomposición o de terminar como el Pasok griego. Tras el rotundo fracaso de François Hollande, su sucesor, Manuel Valls, fue batido en las primarias por un outsider, Benoît Hamon, que seguramente nunca había pensado que iba ser el candidato presidencial del PSF. Ahora Valls, junto con unos cuantos dirigentes más, se ha pasado a las filas de Macron en lo que, se mire como se mire, es una traición a su partido. Y Hamon cae sin remedio en los sondeos. ¿Cuál de esos nombres va a tener la fuerza necesaria para convencer a los votantes socialistas de que por encima de todo hay que impedir que gane Le Pen?

Si a esas incógnitas se añade el rechazo a los políticos de siempre -que no a la política, que sigue interesando a una abrumadora mayoría de franceses- se comprende la inquietud creciente que se registra en los ambientes económicos y financieros y en la mayoría de los gobiernos europeos. La abstención puede decidir el resultado y puede ser aún mayor en la segunda vuelta.

Si gana Macron, el proyecto europeo recibiría una inyección de oxígeno, porque el candidato centrista es un abierto partidario de la UE y Francia, pese a todos sus pesares, sigue siendo importante. Pero si gana Le Pen, cuando el Brexit amenaza en muchos frentes y con los Estados Unidos de Donald Trump tronando contra la Unión, la situación puede quedar fuera de control.

Con todo, el proceso no concluirá definitivamente el de 7 de mayo. Para eso habrá que esperar a que se celebren las elecciones legislativas, que tendrán lugar un mes después. Y aunque ningún sondeo sugiera aún qué pueden propiciar, y la crisis abierta tanto del Partido Socialista como del Republicano hacen muy difícil los pronósticos, parece bastante probable que aun cuando Marine Le Pen conquistara la presidencia, su Front National no obtendría la mayoría del Parlamento, la Asamblea Nacional.

En un sistema presidencialista como el francés, el jefe del Ejecutivo cuenta con prerrogativas extraordinarias, entre ellas la de poder convocar un referéndum sobre la permanencia de Francia en la UE, aunque consultando tal iniciativa con el Tribunal Constitucional. Pero esos poderes no son absolutos. Y el presidente tiene que tener en cuenta la opinión del Parlamento. Que puede hacerle la vida muy difícil.

De lo que se desprende que la crisis política francesa va a continuar, si es que no se intensifica de manera dramática en los próximos meses. Y también que la izquierda, en sus distintas formulaciones, no va a ser un actor principal de la misma. Ni mucho menos.

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