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¿Hacia dónde va Alemania?

Angela Merkel ha perdido 2,5 millones de votos. Y lo que es más grave para ella y para los suyos, ha iniciado su declive

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Merkel reivindica su legado de cara a las elecciones, pero pide no confiarse

Angela Merkel EFE

No es fácil decidir cuál es el dato decisivo del nuevo panorama político que han creado las elecciones alemanas del pasado domingo. Si la clamorosa entrada de la ultraderecha en el parlamento o la formidable caída del voto a Angela Merkel, o el desastre de la socialdemocracia. Todos ellos están relacionados. Y por encima de todo indican que se ha acabado la excepción germana y que Alemania ha entrado en una etapa de incertidumbre y de inestabilidad de la que no va a poder salir en bastante tiempo. Esa es una mala noticia para el proyecto europeo y también para las esperanzas de un giro de la política de austeridad.

Los sondeos, o cuando menos algunos de ellos, han acertado. Todos y cada uno de los citados resultados figuraban en las previsiones de las encuestas, al igual que el ascenso significativo que han registrado las tres formaciones que, todas ellas en el entorno del 9 %, han quedado en los siguientes lugares de la lista: los verdes, los liberales del FPD y la izquierda, Die Linke. Las dos primeras están llamadas a entrar en un gobierno de coalición con el CDU/CSU de Angela Merkel, aunque nadie es capaz de pronosticar qué clase de arreglo será posible entre programas que son muy opuestos en algunos puntos cruciales.

Los sondeos han acertado. Pero la mayoría de los analistas no previó el diseño político que se deducía de sus resultados más extremos. Obsesionados con la batalla entre el CDU/CSU y los socialdemócratas, subrayaron hasta el último minuto que éstos iban a perder y que Angela Merkel iba a salir triunfante una vez más. Enterraron al SPD, y algo muy parecido le ha ocurrido a este partido, sin dar mucha importancia al hecho de que muchas encuestas indicaban que la canciller no iba a obtener más del 33 % de los votos, más un 8 % menos que en 2013. Y eso es lo que ha pasado. Y puede condicionar mucho el futuro.

Angela Merkel ha perdido 2,5 millones de votos. Y lo que es más grave para ella y para los suyos, ha iniciado su declive. Que puede ser lento o más largo. Pero que parece inevitable. El futuro político de Alemania, en un horizonte a medio plazo, de dos o tres años, es imprevisible. Puede pasar cualquier cosa.

Para empezar, no se puede excluir la posibilidad de que haya que repetir las elecciones porque un acuerdo entre el CDU/CSU, los liberales del FPD y los Verdes termine demostrándose inviable. Es llamativo que varios de los analistas más prestigiosos citen esa hipótesis en sus artículos. Porque conciliar los programas electorales parece una tarea de titanes. La canciller tendría que hacer concesiones a los liberales en materia de política europea -en la que el FPD es algo más que euroescéptico-, y fiscal que ella misma difícilmente podría aceptar y que los verdes tampoco estarían dispuestos a asumir. Con sondeos en la mano, hay quien asegura que unas nuevas elecciones le costarían un 5 % de votos más al CDU/CSU y que esa perspectiva será un acicate adicional para que la señora Merkel extreme su probada capacidad negociadora.

Se verá. Lo que ya está claro, y lo sancionan con no poco dolor los diarios franceses, es que las promesas de dar un giro a la dinámica de la Unión Europea que la canciller había hecho en los últimos tiempos van a quedar aparcadas. Desde luego, en los próximos tres o cuatro meses, que es lo que se prevé que durarán las negociaciones para formar nuevo gobierno. Y seguramente aún más si éste entra en funciones y los liberales tienen posibilidades de aplicar algo de su programa.

El futuro de la UE es el gran perdedor de estas elecciones. Necesitada de reformas profundas para salir del marasmo actual, que la relativa buena marcha de la economía europea ha desdramatizado, pero no resuelto, la Unión puede entrar en un proceso de agravamiento de sus males. Desde luego, Alemania, la gran potencia del continente, de la que depende casi todo, va a estar en otras cosas. La política interior será sin duda la preocupación prioritaria de sus dirigentes.

Está claro que el presidente francés Emmanuel Macron se ha quedado compuesto y sin novia. Sus propuestas de reforma de la UE, una de las claves de su exitoso programa electoral, parece hoy más irrealizables que nunca. Y el hecho de que las reiterara y precisara 48 horas antes de que los alemanes votaran que les interesa poco esa música rayan casi el ridículo. Macron puede haber iniciado su declive justo cuando está empezando su mandato. Acaba de sufrir su primera derrota electoral, la del Senado, y empieza a estar cada vez menos claro que logre imponer su reforma laboral a los sindicatos. El eje franco-alemán es otra vez un sueño.

Y la realidad es que el 12,6 % de los alemanes ha votado a la AFD, un partido que no es orgánicamente fascista, pero en el que la ultraderecha xenófoba y antieuropea tiene mucho peso y, lo que es peor, algunas de cuyas propuestas electorales en esos capítulos comparten no pocos votantes de Angela Merkel. Se creía que en Alemania no iba a pasar como en Holanda, en Austria, en los países escandinavos… y en Francia, aunque al final la apuesta le saliera mal a Marine Le Pen. Que el rechazo a los inmigrantes, al distinto, secuela también de las duras consecuencias de la crisis económica en las clases medias bajas y los trabajadores, iban a convertirse en factor decisorio de la política. Pero ha pasado. Y la política de puertas abiertas de Angela Merkel ha salido mucho peor de lo que nadie podía pensar.

“Entramos en un periodo de incertidumbre política tóxica” ha dicho el presidente de los empresarios alemanes poco después de conocer los resultados del domingo. Y seguramente acierta.

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