La guerra de Pakistán contra sí misma

por Iñigo Sáenz de Ugarte

El asesinato masivo de niños en un ataque talibán revela hasta qué punto el país es incapaz de afrontar un destino de caos y violencia.

Incluso para lo habitual en un país tan despiadado como Pakistán, las noticias de Peshawar han sido estremecedoras. 145 muertos, incluidos 132 niños y adolescentes, y 245 heridos en el ataque de los talibanes a una escuela militar. Una venganza directa contra el Ejército, ya que los alumnos eran casi todos de familias de militares, pero a través del asesinato de los más inocentes.




Las cifras son terribles. Sin embargo, el hecho de que fueran a por un colegio no puede sorprender. Los talibanes paquistaníes han atacado centenares de escuelas en los últimos años. Son uno de los símbolos del Estado que quieren borrar, porque puede representar, sea o no cierto, la capacidad de ese Estado para superar un código de costumbres que se remonta a siglos atrás. Y que evidentemente sirve para perpetuar todo tipo de injusticias y una visión medieval de la religión.

Si controlas la educación de los niños, controlas el futuro. El fracaso histórico del sistema educativo del país ha contribuido a que muchas familias prefieran confiar a sus hijos a las madrasas, donde el currículum es básicamente religioso, y a veces radical y xenófobo.

Una vez más, con este ataque se suceden las reclamaciones para que los dirigentes religiosos musulmanes condenen de forma tajante esta violencia indiscriminada contra civiles. Ya lo han hecho antes, en Pakistán y otros países, y no ha servido de nada. Es una violencia criminal en la que la religión es la excusa, no la razón. Hay más política que religión en todo esto. También desde el lado del Gobierno de Islamabad.

Las zonas tribales de Pakistán, donde se encuentra Peshawar, estuvieron siempre fuera del control directo del Estado. No había una autoridad común, sino una especie de consenso formado a través de negociaciones entre las grandes tribus pastunes. El Gobierno central renunciaba a imponer su autoridad y estaba obligado a llegar a acuerdos con los interlocutores tribales para que se aplicaran ciertas normas.



Todo eso empezó a cambiar con la extensión del poder talibán a ambos lados de la frontera. A partir de 2001, el Ejército aumentó su presencia en esas zonas, inicialmente para expulsar a grupos yihadistas extranjeros a los que no podía controlar. Los talibanes se ocuparon de eliminar a los dirigentes tribales que se oponían a sus ideas. Muchos años después, los militares decidieron que estos nuevos enemigos representaban una amenaza mucho mayor de la esperada.

Pero eso cuenta sólo una parte de la historia. La constelación de grupos yihadistas abarca grupos de ideología muy similar, aunque con objetivos concretos diferentes. Eso no les impide colaborar hasta el punto de que a veces es difícil distinguir entre unos y otros. Los talibanes paquistaníes están enfrentados directamente al Estado. Otros grupos yihadistas son financiados o armados por los servicios de inteligencia (ISI) para su empleo en la guerra contra las tropas indias en Cachemira y otras guerras sucias o no declaradas contra el viejo enemigo de Nueva Delhi.

Muchos periodistas y expertos paquistaníes coinciden en que ese demonio yihadista no hubiera alcanzado tal poder sin el apoyo del ISI y del Ejército. Lo mismo se podría decir de los talibanes afganos: se les ha financiado y protegido durante décadas porque Afganistán es lo que da profundidad estratégica a Pakistán en su duelo con India. A nosotros puede parecernos extraño que un Estado que tiene armas nucleares contemple estas posibilidades, pero el Ejército paquistaní considera que es imprescindible contar con apoyo en el lado afgano de su frontera en el caso de que una invasión india acabe con las defensas de Pakistán.



Por todas esas razones, desde los años 80 el ISI ha mantenidos vivos a un alto número de grupos yihadistas, afganos o de su propio país, como inversión de cara al futuro. En la última década, tanto el Ejército como el ISI resistieron la presión norteamericana para acabar con ellos, porque los veían como una carta estratégica que no convenía abandonar por completo. Washington tenía muchas formas de presionar a Pakistán (ha suministrado a su Ejército de armas y material desde los años 80) pero no podía llegar hasta el final. Necesitó a ese país para minar a los soviéticos durante la invasión de Afganistán en los 80, para luchar contra Al Qaeda tras el 11S y para las necesidades logísticas del Ejército norteamericano después.

En su momento, el Ejército se decidió a lanzar en 2009 una ofensiva sobre Waziristán del Sur, refugio de algunos de estos grupos, con la desproporción que podía esperarse. Los bombardeos masivos y el bloqueo de la zona provocaron el desplazamiento de centenares de miles de refugiados en una política de tierra quemada que sirvió tanto para neutralizar al enemigo como para hacer que este aumentara sus apoyos entre la población civil injustamente atacada.



Lo que quedó fuera de esa ofensiva fue Waziristán del Norte, y no fue un olvido casual. Allí estaban los principales cuarteles de los grupos yihadistas que el ISIS quería proteger, por lo que hacían en Afganistán o en Cachemira, los responsables por ejemplo del ataque sobre la ciudad india de Mumbai en 2008. Los norteamericanos insistieron para que el Ejército extendiera sus operaciones hasta allí, pero sin éxito.

En junio de este año, se produjo el cambio estratégico que casi nadie esperaba. El Ejército lanzó el ataque contra Waziristán del Norte, tantas veces postergado, no sin anunciarlo con dos semanas de antelación, quizá por consejo del Gobierno, para permitir que medio millón de civiles abandonara la provincia. Los que se quedaran podían suponer qué destino les esperaba.

¿Por qué entonces? Quizá por el ataque anterior de los talibanes contra el aeropuerto de Karachi, un desafío que incluso un Estado vulnerable y enfermo como Pakistán no podía dejar sin respuesta.



En una conferencia en 2001 escuché al periodista Anatol Lieven (autor de 'Pakistan: A Hard Country') hacer un relato deprimente del futuro del país. Y es significativo porque, a diferencia de los periodistas norteamericanos, Lieven no cree que Pakistán sea un país a punto de desmoronarse en un mar de caos ni piensa que se pueda convertir en un régimen fundamentalista con armas nucleares. "Como se ve en Los Soprano, Pakistán es un sistema regido por la violencia, pero que contiene dentro de sí los elementos necesarios para limitar o controlar esa violencia", dijo.

Ese equilibrio inestable se basa en que el Estado no es completamente soberano en muchos ámbitos de la vida pública. El que no tiene detrás una familia o un clan que lo proteja (también frente al Estado) no es alguien con poder, está al albur de otros que podrán aprovecharse de él. Un hombre que había ordenado el asesinato de cinco personas en 1988 en una venganza contra una tribu rival por un crimen anterior le dijo que en Pakistán estás muerto si muestras debilidad. No era un líder integrista quien le dijo eso, sino un diputado del PPP, el partido de los Bhutto, la formación política más cercana supuestamente a los valores occidentales.

Como anécdota, comentó que ante un tribunal de Pakistán es normal jurar sobre el Corán antes de prestar testimonio, pero no físicamente sobre el libro. Todos asumen que todo el mundo miente (para defender sus intereses o los de su clan), por lo que sería ofensivo tocar el libro sagrado antes de hacerlo.

La debilidad del Estado y de su capacidad de proteger a todos los ciudadanos hace que cada uno se busque la vida y, sobre todo, asuma que tiene que proteger a los suyos. Un cargo administrativo alimenta a sus familiares con los sobornos. Un cargo político se debe a toda una red clientelar de gente que depende de él. La corrupción está tan extendida que es indistinguible de la acción del Estado.

El prestigio de los partidos políticos es ínfimo. Existen para beneficiar a sus militantes y a los de los partidos con los que tienen que pactar. El del Ejército es mayor porque es considerada al menos una organización profesional y eficaz, pero ni de lejos está libre de corrupción. La suya está institucionalizada, forma parte del sistema. Ahmed Rashid me explicó que es exagerado decir que el Ejército sea el dueño del Estado, porque los civiles también tienen influencia en el poder: "El Ejército es el poder definitivo en política exterior, política nuclear y seguridad, además de tener grandes intereses económicos. Quizá controle el 30% de la economía del país".

El Ejército es otro poderoso clan que cuida de sus miembros. "Sólo hay que visitar una instalación militar para ver la importancia del dinero, comparado con la situación del resto del Estado", comentaba Lieven. "Pero ese dinero también se reparte a otros militares y llega a toda la estructura. No acaba sólo en los bolsillos de los generales. Un general no necesita coger sobornos constantemente porque tiene una red que le protege. Un jefe de policía no tiene esa opción".


La ONU condena el ataque de Pakistán y pide unión contra el extremismo / EFE

El porcentaje de ingresos fiscales del Estado sobre el PIB es mínimo, puede llegar a ser tan bajo como el 10%. El fraude está generalizado y lo único que existen son grandes proyectos de infraestructuras en los que es muy fácil que los líderes políticos y los caudillos regionales se lleven un porcentaje.

Por temible que parezca su presente, su futuro no parece mucho mejor. El 35% de la población (188 millones) tiene 15 años o menos. Karachi, una de las ciudades más peligrosas del planeta y escenario de constantes guerras entre milicias, clanes y grupos criminales, cuenta con 23 millones de habitantes. Un informe del Banco Mundial de 2004 llegó a la conclusión de que en unas pocas décadas Pakistán no tendrá agua suficiente para una población que podría llegar en 2050 a superar los 300 millones de personas.

Es posible que una tragedia como la de Peshawar provoque un impacto tal que haga que el Ejército y el ISI renuncien a su doble o triple juego que tanta violencia ha provocado en el país. Pero antes se dijo lo mismo, por ejemplo con el asesinato de Benazir Bhutto, y nada cambió. De momento, el Gobierno ha decidido levantar la moratoria de la pena de muerte en casos relacionados con el terrorismo. Muy poco tiempo después, el presidente ha rechazado peticiones de clemencia de ocho condenados a muerte, por lo que las ejecuciones en la horca comenzarán muy pronto.

Ya son 86 los muertos, la mayoría estudiantes, en el ataque a un colegio en Pakistán / EFE

Hay en Pakistán 8.000 presos en el corredor de la muerte. Los verdugos tendrán trabajo de sobra. Mucha gente tiene allí la discutible idea de que fanáticos dispuestos a asesinar a niños pueden verse disuadidos por la existencia del patíbulo.

Más ejecuciones y mejores medidas de seguridad en lugares sensibles (porque resulta inaudito que un colegio militar en una zona tan peligrosa como Peshawar tuviera tan poca protección) serán las probables recetas que maneje el Gobierno. Está por ver que vaya a servir de mucho si el Gobierno y el Ejército no cambian los principios estratégicos que sólo han arrojado décadas de violencia. Como dice el editorial del diario paquistaní Dawn, "las operaciones militares en las zonas tribales y las operaciones antiterroristas en las ciudades no son más que una forma de apagar fuegos a menos que se produzca un intento real de atacar las raíces ideológicas de los radicales y su propagación en la sociedad".

Pakistán necesita algo más que unos bomberos constantemente superados por el fuego.