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REGIÓN DE MURCIA

José Luis Fernández Arellano: "Escribir cuentos no tiene el menor sentido, pero yo no puedo dejar de hacerlo"

Hablamos con Fernández Arellano, escritor maldito, lobo estepario alejado de los juegos de relaciones que suelen determinar el destino de un artista

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El escritor José Luis Fernández Arellano

El escritor José Luis Fernández Arellano

En 1994, bajo el sencillo título de Diez cuentos, salió publicado un pequeño libro de relatos que pasó totalmente desapercibido más allá de una reseña en un diario de tirada nacional. Su autor, un perfecto desconocido: José Luis Fernández Arellano. Sin embargo, aquellas pocas páginas encerraban, con toda probabilidad, el más fundamental compendio de cuentos de fantasmas que se ha escrito en nuestro país. Un libro que merecería la categoría de clásico del género y que, sin embargo, permanece, veinte años después de su publicación, en el más absoluto olvido.

Hay en Fernández Arellano (Madrid, 1959) algo de escritor maldito. De inadaptado y de salvaje. Un lobo estepario alejado de los juegos de relaciones que suelen determinar el destino de un artista. En sus manifestaciones, la sutileza y la vasta erudición se mezclan con la brutalidad. Filólogo, poeta, ensayista y crítico, el mismísimo Rafael Llopis lo eligió como colaborador para actualizar su Historia natural de los cuentos de miedo, el único manual español sobre la materia. Fernández Arellano se ha prodigado profusamente también en otro medio: Wikipedia, a la que ha aportado más de 200 artículos. Pero si algo lo define, es su pasión absoluta y vital por la literatura, en especial la de terror: “De ser algo, soy un escritor de cuentos de miedo”, afirma.

Hoy el terror vive un momento de efervescencia en España: Hay infinidad de autores, editoriales, premios, aficionados, los medios le prestan atención. Pero en 1994, cuando publicó usted Diez cuentos, no existía nada de todo esto.

Nada. Me sentía completamente solo y aislado como escritor de terror, porque ¿quién había? Algunos autores de rango como José María Merino o Cristina Fernández Cubas. También Pilar Pedraza, Norberto Luis Romero y Ángel Olgoso. Pero más allá de ellos, apenas nadie. Tampoco existían internet ni las redes sociales, donde hoy se mueve todo y hay tantos autores que interactúan con aficionados y lectores. Mi libro no tuvo la más mínima promoción. Y encima eran cuentos, algo que las editoriales no quieren, porque nadie los lee. En España nunca hemos tenido tradición de cuentos.

Entonces, ¿qué sentido tiene escribirlos?

Ninguno. Pero yo no puedo dejar de hacerlos.

Diez cuentos es un libro insólito. Una rareza en la narrativa española de las últimas décadas que se adelantó al estallido terrorífico al que asistimos hoy. En él, el ghost story clásico se fusiona con Galdós, Delibes, Borges o Cortázar. ¿Cómo nació esta mezcla única?

Fue un proceso bastante largo, de doce años. Yo empecé a escribir cuentos fantásticos en la universidad. Al principio no me atrevía. Era tanta la admiración que sentía por Poe, por Lovecraft, por M.R. James… ¿Cómo iba a pretender yo hacer lo mismo que ellos? Pero poco a poco empezaron a salirme, de manera natural. Aquello fue por 1982. Después de unos años, tenía más de veinte relatos que pulí y rehice durante mucho tiempo, hasta que, finalmente, seleccioné los diez que consideré mejores, y esos son los que aparecieron en el libro, en el 94.

¿De dónde le vinieron esas historias de fantasmas tan alejadas de lo que se hacía en España en ese momento?

Una vez le preguntaron a Bob Dylan en qué se inspiraba para escribir sus canciones y él respondió: “Por la noche viene un fantasma, me deja la canción y luego se va”. Supongo que a mí me pasa algo parecido: No tengo ni idea. Sólo sé que lo que quiero es dar miedo y sorprender. Aterrorizar, pero por medios poco usuales. Lo que yo hago es literatura extraña. Porque la realidad me parece extraña.

En sus relatos lo sobrenatural irrumpe de manera inesperada y brutal, desconcertando al lector. ¿Cuál es la fuente de su horror?

Pues si viene de algún lugar, es de la represión, porque yo nací en una dictadura en la que había una represión no sólo política, sino espiritual. Así que a mí el miedo me lo metieron en el cuerpo los curas. El haber estado yendo a misa hasta los quince años oyendo cómo nos decían que si nos portábamos mal el Demonio vendría a por nosotros y nos llevaría al Infierno. Nos grabaron a fuego el sentimiento de culpa, de pecado. Alimentaron en nosotros la paranoia de que el ojo de Dios nos vigilaba. Todos esos terrores, a fuerza de repetirlos, se le quedan a uno en el alma. Y fructifican. De ahí viene mi miedo.

¿Considera usted que hoy, más de veinte años después de su publicación, Diez cuentos merece una reivindicación?

Considero que en ese libro hay cuentos que nunca superaré.

¿Es el terror un género difícil?

El más difícil.

¿Por qué lo eligió?

Empecé a leer a Poe con ocho años, porque en casa de mi abuela tenía sus libros un tío mío al que le gustaban mucho los cuentos de miedo y los cómics. Y yo, que impreso que veía me lo bebía, di con ellos. Y así empezó todo. Luego ya seguí con otros autores que me influyeron mucho a lo largo de distintas etapas: Ambrose Bierce, Lovecraft, Algernon Blackwood, Carver, con esos ramalazos de extrañeza que aparecen en algunos de sus relatos, Cortázar… y sobre todo Joyce, amo de todos los registros imaginables. Joyce fluidificó mi estilo. Me liberó como escritor.

Éramos idealistas. Y muy románticos. Para nosotros la literatura era algo sagrado

Usted fraguó su vocación de escritor terrorífico en los setenta. Háganos un retrato de usted como artista adolescente.

Bueno, yo llegué a Madrid con diecisiete años y me metí a estudiar Filosofía en la Complutense. Allí todos, con lo jóvenes que eran, habían leído de todo: Nietzsche, Hermann Hesse… Pero no sólo se leía literatura y filosofía. También psicología, sociología, historia… lo que fuera. En mi círculo se hablaba de Machado, de Poe, de Cervantes, de Juan Ramón Jiménez, de Oscar Wilde, de Thomas Mann, de Las 1001 noches. Luego hubo un chico de Ceuta que me descubrió a T.S. Eliot, a Kafka, a Schopenhauer y, sobre todo, a Joyce que, como digo, fue el gran deslumbramiento para mí.

Un buen caldo de cultivo para un joven escritor.

Éramos idealistas. Y muy románticos. Para nosotros la literatura era algo sagrado. Y los grandes escritores, prácticamente dioses. En esa época empecé a escribir mi diario. Era el año 1976 y desde entonces no he dejado de hacerlo.

¿Por qué llevar un registro de los acontecimientos cotidianos?

Por el verme de pronto solo en Madrid. Yo venía del medio rural y de repente me encontraba en esta ciudad que, cuando no conoces a nadie, puede ser muy inhóspita. Por eso empecé a escribir el diario: para hacerme compañía a mí mismo. Pero enseguida se convirtió en una especie de laboratorio. En sus páginas compuse mis primeros poemas. Y luego llegaron los cuentos.

¿Qué papel tuvo la poesía en su formación como escritor?

Fundamental. La poesía me enseñó a manejar el lenguaje, el ritmo, la puntuación. Me mostró la diferencia entre contar y expresar. A mí me cautivó la Generación de 27, sobre todo Cernuda. Y también me marcó mucho Octavio Paz. Pero la poesía es muy importante por otro motivo: En mi opinión, las personas no tenemos acceso al sentido profundo del mundo, y la poesía, en especial el surrealismo, que rompe el sentido, que rompe la palabra, que lo rompe todo, expresa esta verdad. Para mí, el maestro en esto, aunque desde el cine, es David Lynch.

De repente, en nuestro país se publica terror a espuertas. En su opinión de veterano lobo estepario del género, ¿qué explica este fenómeno?

Tiene que ver mucho con el cine. Ha sido un “boom”. A quien le dijeses hace veinte años que iba a haber gente como Amenábar o Fresnadillo no se lo hubiera creído. Pero tiene que ver, sobre todo, con que la cultura en este país ha evolucionado mucho. España se ha modernizado en ese sentido. En las últimas décadas hemos tenido acceso a toda la gran literatura de terror gracias a editoriales como Valdemar o Martínez Roca. Y, en un país tradicionalmente realista como este, toda esa labor, poco a poco, ha ido calando hasta fructificar. Luego además han salido escritores jóvenes como Ismael Martínez Biurrun o Santiago Eximeno. Gente muy competente y muy seria. Ten en cuenta que, cuando yo llegué a Madrid en el 76, era impensable que un español escribiese novelas a lo Stephen King. Pero ya en esa época el trabajo de Rafael Llopis y Torres Oliver, como crítico y traductor respectivamente, empezaba a surtir efecto. Con ellos empezó todo. Eso era modernidad. Igual que era modernidad, desde otro ámbito, que Jiménez del Oso hablase de fantasmas o de lo paranormal en televisión.

Así lo recoge en los epílogos que, en calidad de crítico, aporta usted a la reedición de Historia natural de los cuentos de miedo, para la que Rafael Llopis lo eligió como colaborador. Usted se ocupó de actualizar el gran manual del terror en español, incorporando la evolución del género desde los años setenta hasta la actualidad. ¿Cómo acometió la tarea?

Bueno, a los fundamentales como Stephen King, Barker o Ramsey Campbell los conocía de sobra. También a los españoles como Pilar Pedraza o Norberto Luis Romero. A los jóvenes, en cuyo trabajo de gran calidad sentí ver fructificar la labor de la generación anterior, los seguía a través de las antologías. Fue un proceso de documentación de cuatro meses con el que disfruté muchísimo. Utilicé mi propia biblioteca, que es bastante nutrida, aunque también recabé información en la hemeroteca, en la Complutense, en la UNED y, bueno, claro, en internet. Mi objetivo era abarcar el mayor número de autores y tendencias posible.

Hay otro medio donde usted se ha prodigado profusamente como crítico y traductor: Wikipedia. ¿Cuántos artículos ha redactado?

Unos doscientos, desde 2006. Entre ellos el de Poe, el de Joyce, Finnegan’s Wake, el cuento de terror, el cuento de fantasmas… Luego tengo otros sobre cosmología, filosofía del espacio y del tiempo… He ido infinitas veces a la Biblioteca Nacional a documentar estas investigaciones. Pero la recompensa es grande: Mi artículo de Poe, por ejemplo, puede recibir 10.000 visitas diarias.

Ahora, dos décadas después de Diez cuentos, vuelve usted a la palestra de la ficción terrorífica con El espectro visible y otros cuentos, una recopilación de relatos que, aunque ahonda de nuevo en lo numinoso, es sensiblemente distinta de su primer libro.

Es cierto: Son piezas más complejas. Más elaboradas. Pero así es como tenían que ser. Igual que el primer libro fue como tenía que ser. Empecé a trabajar en estos nuevos relatos en 1994 y los he seguido corrigiendo hasta el final. Prácticamente veinte años. Muchos se han quedado en el camino.

¿Cuántos cuentos tiene inéditos?

Unos ciento treinta.

¿Considera que la literatura ha sido generosa con usted?

Sí, mucho: Me ha ayudado a fundamentar mi personalidad. He madurado con ella. Le ha dado un sentido a mi vida. Entonces, sí: La literatura ha sido muy generosa conmigo.

Antes decía usted que los jóvenes escritores de su generación eran románticos e idealistas. Hoy, cuarenta años después, ¿sigue creyendo que la literatura tiene un papel en el mundo?

Por supuesto. Siempre lo tendrá.

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