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REGIÓN DE MURCIA

Chaves Nogales o la tercera España

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Dice Arturo Pérez-Reverte que el prólogo de ‘A sangre y fuego’, de Manuel Chaves Nogales, debería ser de obligada lectura en los colegios. En Sevilla, la ciudad natal del periodista, se le ha rendido homenaje días atrás con unas jornadas en torno ‘al hombre que estuvo allí’. Chaves Nogales ejemplifica como pocos eso que se da en llamar la tercera España y el texto mencionado es toda una declaración de intenciones en plena eclosión de la Guerra Civil.

Fue nuestro hombre ante todo un crítico observador de los desmanes que se producían en uno y otro bando, lo que le llevó a estar considerado como enemigo en ambas trincheras. Por eso escribe en el mentado prólogo frases de una honestidad moral incuestionable: “De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros.

Me consta por confidencias fidedignas que, aun antes de que comenzase la guerra civil, un grupo fascista de Madrid había tomado el acuerdo, perfectamente reglamentario, de proceder a mi asesinato como una de las medidas preventivas que había que adoptar contra el posible triunfo de la revolución social, sin perjuicio de que los revolucionarios, anarquistas y comunistas, considerasen por su parte que yo era perfectamente fusilable”.

Chaves Nogales, precursor de ese Nuevo Periodismo que luego explorarían gigantes como Tom Wolfe, Truman Capote y otros, se mantuvo fiel a los ideales democráticos y republicanos a lo largo de su vida. Viajó, lo vio y lo contó. Sentía una admiración inusitada por los aviones. Estuvo en la Alemania nazi, en la Rusia comunista, en la Italia fascista… Y atisbó el desastre que esa guerra incivil supondría para sus compatriotas, cuando en un hotelito a la orilla del Sena escribiera páginas tan reflexivas como brillantes y lúcidas.

Achacó, precisamente, a los laboratorios de Berlín, Moscú y Roma el virus que infectó a aquella enfebrecida sociedad española. Dirigió el diario ‘Ahora’, que competía en los quioscos con el conservador ‘ABC’, e incorporó como articulistas a eminencias contemporáneas como Miguel de Unamuno y Pío Baroja. Se mantuvo muy cercano siempre a la intelectualidad que encarnaba Manuel Azaña y abandonó Madrid cuando entendió que ya todo estaba perdido. Murió en Londres a los 46 años de una peritonitis. Era 1944 y los diarios españoles no dieron ni una sola línea de su fallecimiento por orden gubernativa.

Sí lo hicieron ‘The Times’ y otras publicaciones relevantes. Es más: su hermano pretendió infructuosamente que apareciera una modesta esquela en el ‘ABC’ de Sevilla. Ni eso. Fue enterrado en la capital británica, en una tumba del cementerio de Fulham que, por carecer, hasta carece de lápida que lo identificara. Quizá por algo dejó escrito que soportaba mejor la servidumbre en tierra ajena que en su propia casa.

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