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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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¿Se puede tomar el cielo sin ganar los ayuntamientos?

Ángel Luis Hernández García / Ángel Luis Hernández

Archena —

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Mucho se está hablando estos días del cambio, de la toma del cielo, de llegar al poder para cambiar las cosas. Pero, ¿es posible el tan ansiado cambio sin contar con los ayuntamientos? ¿Se puede construir un cambio sin una base sólida que lo sustente? Después de más de cuatro años de recortes y de respuesta en la calle, conforme se acercan los comicios de mayo cada vez se focaliza más la atención en el ámbito electoral, y lo cierto es que no podemos eludir esta batalla.

Pero próximas elecciones no pueden abordarse desde el objetivo tradicional que buscaba sobre todo llevar a las instituciones la voz de los sectores más conscientes. En estos momentos deben servir para crear y organizar un contrapoder participativo de ciudadanos que den cuerpo a la hegemonía ideológica y política necesaria para transformar la sociedad en sentido igualitario y desde su misma raíz.

A las elecciones no creo que tengamos que ir con el objetivo idealista de que nos lo jugamos todo a ganar o perder, pero tampoco con la intención limitada de conseguir unos pocos más representantes populares en estas instituciones, lo que a la larga se traduciría en la reconducción e integración del malestar ciudadano hacia las instituciones. Por el contrario, estas elecciones, además de conseguir unas candidaturas rupturistas, unitarias e integradoras, deben servir para afianzar, impulsar y organizar el contrapoder y el protagonismo popular.

Tenemos ante nosotros el reto de estar a la altura de las circunstancias. Es decir, de recoger las aspiraciones avanzadas sentidas por nuestro pueblo y devolverlas en forma política e ideológica, para que finalmente podamos ganar la batalla de la lucha por los valores igualitarios. Ni podemos permitirnos un mensaje que complazca a todo el mundo por no decir nada, ni un mensaje que, por puro y necesario, no pueda entender la gente.

No se puede anclar el discurso en el ámbito de lo posible, que no es más que lo que ha podido ser hasta ahora, muchas veces plegándose a las tendencias que insisten en castrar el mensaje ideológico con la intención malévola de captar votos, obviando que en cualquier sociedad donde existe una clase dominante, ésta impone sus códigos y valores a las clases dominadas. ¿De qué nos valdría ganar unas elecciones, si quienes nos votan no quieren cambiar la sociedad?

Y de la misma forma tampoco se puede situar el mensaje simplemente en el ámbito de nuestros principios o deseos, convirtiéndonos en portadores de la verdad más revolucionaria independientemente de que lleguemos a la gente. ¿De qué nos valdría saber cual es el final del camino si no hay nadie que nos escuche?

 

¿Cuál es la respuesta a esto? Seguramente no existe una respuesta completamente válida y que todos compartamos, pero, en mi corto entender, este cambio, desde lo que puede aportar la batalla electoral, ahora tiene que darse desde lo más cercano, desde los municipios.

El reto es gigante, porque aquí es donde tenemos que traducir nuestro proyecto en una alternativa real al régimen. Aquí tenemos que desplazar a los caciques que durante años se han instalado impunemente en nuestras instituciones, para que sea la ciudadanía la que lleve la batuta; es aquí donde tenemos que pelear con esos que entendían la política como una carrera muy rentable, con esas malas costumbres políticas que han naturalizado una opaca e íntima relación entre los grandes empresarios de nuestras ciudades y los supuestos representantes, pero también lidiar con presupuestos limitados y seguramente, en lo inmediato, con un Gobierno central hostil que no cree que la prioridad es que la ciudadanía tenga una vida digna.

En nuestro municipio es donde vamos a tener que dejar claro que es la ciudadanía la que quiere recuperar el agua, la limpieza de la ciudad, la gestión de nuestros recursos. La ciudadanía que sufre, teme y se organiza, la que quiere que su ayuntamiento haga todo lo posible y pelee contra quien tenga que pelear para solucionar el problema de la vivienda, de la salud, de la educación y del trabajo.

En definitiva, en nuestro municipio hoy tenemos una responsabilidad grandísima. Quizá la mayor de todas. Porque lo que queremos es hacer realidad aquella identidad entre gobernantes y gobernados que formaba la definición original de la democracia.

Las preguntas son cruciales aquí, para tener respuestas útiles. ¿Puede probarse un proyecto municipalista que traduzca los contenidos y pensamientos de los vecinos en un movimiento por la conquista de los ayuntamientos? ¿Pueden ser los municipios la palanca de transformación institucional que apunta a la revolución democrática?

No son cuestiones solo teóricas, sino que la respuesta depende de nuestra voluntad. La historia nos está abriendo las puertas para ser valientes y somos nosotros los que tenemos que decidir si queremos conquistar nuestro futuro. Encima de la mesa está la voluntad de una parte de la población por ensayar un radical vuelco político. Esto ha abierto el horizonte a algo tan difícil, y a la vez tan simple, como «cambiar las reglas del juego» a fin de devolver protagonismo político a las personas. Establecer mecanismos de control de la representación e imponer un orden social y económico más justo.

El municipalismo se presenta como una importante contribución a este proyecto. Sin miedo a la exageración, puede ser comprendido como un proceso constituyente «desde abajo», que empieza por las instituciones en las que es posible reconocer mayores dosis de democracia.

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