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REGIÓN DE MURCIA

La sonrisa cambia de bando

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Mi amiga Joséphine no tiene tele, Lucas tampoco tiene tele ni tarjeta de crédito y además hace buena música. ¿Casualidad? Estos gestos que podrían ser interpretados como fruto de alguna extraña excentricidad, como signo de inadaptación o peor aún, como signo de algún raro desequilibrio, se dan sin embargo porque estas personas y otras forman parte de una vanguardia cultural de Resistencia. Son gente de convicciones, con fortaleza moral y con una visión nítida del espíritu de nuestros días, que sienten la necesidad de reafirmar su individualidad y su ciudadanía.

En un excelente prólogo a un excelente ensayo, “El monstruo amable” de Raffaele Simone, Joaquín Estefanía nos explica con la mayor claridad cómo las formas más evolutivas de la Neoderecha, el archicapitalismo como manifestación política y económica de la misma, en un alarde imaginativo, acumula beneficios no solo de la explotación laboral de los trabajadores sino aún mejor, cautivando a su propia clientela con la publicidad, el márquetin, el crédito, la cultura de la evasión y cultivando esa vana confianza en conservar una juventud guapa y eterna. Toda esta cultura afable, intangible, envolvente, impregna toda la vida social y nos incita a vivir sin pensar demasiado, sin sufrir demasiado, sin vivir demasiado… Es ya nuestra forma de vivir. Y éste, nuestro tiempo, tiene muchas raíces en esa contemplación narcisista y pasiva.

Pero esa Neoderecha entronca y se acopla con concepciones más clásicas de la derecha, como toda la mitología tradicional-conservadora, su idea de superioridad sobre los otros, la reivindicación de la idea de libertad como no injerencia, la necesidad de seguridad, el “no te metas en mis cosas” y en determinados casos la defensa del privilegio.

Nuestro tiempo, tiene muchas raíces en esa contemplación narcisista y pasiva

Frente a esta Neoderecha envolvente, con ese abrazo de oso que parece amable, la izquierda se mostró, en los últimos decenios, en algunos casos como el ala social-liberal de toda esa cultura y en otros con un discurso si bien esforzado, demasiado clásico, sobre la igualdad, la redistribución y la libertad enmarcada en el interés general, por lo general con escaso poder incisivo.

Así las cosas estamos asistiendo a una recesión mundial que ha adquirido dimensiones casi catastróficas en nuestro país, en la que se está viendo que la banca siempre gana, en la que se ha impuesto un desmantelamiento de los servicios sociales, educativos y sanitarios junto al empobrecimiento de las clases medias y populares. Todo ello en un clima de deterioro democrático, de corrupción en letras mayúsculas y de sometimiento a directrices del Capital también con mayúsculas, que condujeron incluso a la modificación del artículo 135 de la Constitución en una acción conjunta e inédita, sin más consulta, del PSOE con el PP. Es precisamente en este ambiente en el que primero el 15-M, después las mareas y finalmente Podemos, fueron articulando alternativas fuertes, alegres y creíbles.

El desafío era enorme, la necesidad de secesión en la izquierda más evidente que nunca y la necesidad de reelaborar una cultura, un programa y una estrategia, imperiosa. En este proceso, se ha redescubierto la democracia como la esencia programática de la Izquierda. Una democracia amplia, extensa, profunda, participativa, deliberativa, inclusiva, una democracia del bien común. En este sentido se ha diseñado un programa que no quiere dejar a nadie atrás, con una decisión firme de acabar con la corrupción y por recuperar los servicios públicos. Podemos se ha echado a la arena, ha aglutinado el pensamiento crítico, la esperanza democrática y ha irrumpido con fuerza en la escena.

Ahora, Podemos deberá mostrar su sonrisa y que sabe estar en las instituciones, que tiene capacidad para gestionar las dificultades. El giro democrático ha comenzado, pero no habrá un verdadero cambio hasta que no cambien las conciencias. Mis amigos, obstinados, siguen resistentes al monstruo amable pero como dice Sánchez Ferlosio, hasta que los dioses no cambien nada habrá cambiado.

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