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Contra ese periodismo deportivo

No sé exactamente en qué momento se produjo el chispazo que me fue alejando del fútbol pero ocurrió más o menos cuando el desenfadado periodismo deportivo se salió de madre

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Cuando, en Mendizorroza, López Rekarte se preparaba para tirar a puerta le gritábamos “¡Bomba! ¡Bomba!”, el apodo que había recibido de su padre, aunque siempre pensé que era por los trallazos que lanzaba a la portería. Solo tenía seis o siete años y, cuando iba al Alavés, veía el partido en el fondo, a través de la red de la portería, y ondeaba una bandera del equipo que me había cosido mi madre. Todavía puedo oler con nostalgia de exfumador la humareda de los puros de la grada de Cervantes. Luego, como todo el mundo en Vitoria, sufrí con los descensos al infierno y me emocioné con la final de la UEFA. Aunque siempre preferí el baloncesto, seguía la trayectoria del Alavés, y también veía los partidos de la selección española, los mundiales y los europeos, la Real (mi segundo equipo favorito) y a cualquiera que se enfrentara al Real Madrid (pecado de heredar el antimadridismo de mi padre, que he ido curando desde que Pablo Laso entrena a la sección de basket). Solía echar un vistazo a los periódicos deportivos y a medianoche encendía la radio. En definitiva, vivía el fútbol porque me gustaba. Nada especial.

Hace años que no veo un partido de fútbol entero.

No sé exactamente en qué momento se produjo el chispazo que me fue alejando del fútbol pero ocurrió más o menos cuando el desenfadado periodismo deportivo se salió de madre y se convirtió en la algarabía de insultos que es ahora. Como si fuera un parásito, la vergüenza ajena de los vocingleros fue absorbiendo mi diversión ingenua por disfrutar con el fútbol. El fútbol, que no se entiende sin polémicas, fue infectado por polémicas cada vez más payasas y forzadas. A los periodistas les pagaban por simular el baile de San Vito en los platós de televisión. Toda esa plasta pegajosa de periodismo apestoso se me fue pegando en el ánimo, hasta que un día me di cuenta de que no sabía quién era líder de la Primera División.

A los periodistas les pagaban por simular el baile de San Vito en los platós de televisión

Este periodismo chillón se sumó a otro periodismo, menos faltón pero igualmente complaciente, que anidaba en el deporte desde tiempo inmemorial: el periodismo forofo que perdona los pecados de los suyos y arrastra al cadalso al contrario. Un periodismo indulgente con los dirigentes del deporte corruptos y con los políticos corruptos que les libran de las molestias de Hacienda y les regalan lo que haga falta para no perder votos. Un periodismo de periodistas del régimen de cada club, previsibles y serviciales. Un periodismo para hacer la pelota a las estrellas que nos roban y no pagan impuestos. Para dar la razón a los que solo quieren que les den la razón.

Periodistas o comentaristas deportivos independientes, con criterio propio, que no se amilanaban ante los jefes de prensa, eran desplazados a las esquinas de la profesión. En ocasiones, los propios clubes pedían poner orden y algunos medios accedían. Salirse del coro de aprobación al club de la ciudad de turno siempre fue un delito de alta traición.

Por supuesto, no todo el periodismo deportivo ha sido devorado por el alien y los bullangueros son una minoría, pero su voz suena tan nítida y tan fuerte que da la impresión de que han tomado el timón. No pretendo generalizar, pero me temo que el debate futbolístico está arruinado por el ruido.

El otro día, después de mucho tiempo, bajé al bar a ver un partido, sin portadas cínicas ni periodistas bufones, simplemente fútbol con unas cañas y ciscándonos en el arbitro, como se ha hecho toda la vida. Moló.

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