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Militancia veraniega

A la espera de que nuestros queridos representantes públicos deshojen la margarita de los gobiernos locales y forales, dotemos hoy a esta columna de un aire más prosaico aunque no menos importante y hablemos de la idiosincrasia climatológica de Vitoria que, en esta epoca del año, es más puñetera que nunca.

Superado el mes de mayo y cumplido con el afamado refrán que nos recomienda que hasta el día 30 no nos quitemos el sayo, Vitoria y sus vitorianicos abordan el mes de junio con la esperanza de que, por fin, el calorcito se instale en sus vidas. Constancia de que Lorenzo visita Vitoria haberla, hayla. Sin embargo, el astro rey tiende a calentarnos el coco y confundirnos el termostato cuando menos lo esperamos. Por ejemplo, enero suele ser un mes que cuenta con unos cuantos dias torrantes en los que el abrigo sobra para, a veces incluso horas después, caerte un nevadón que colapsa la autopista y nuestras vidas.

Abril o mayo, que de por sí ya son meses más primaverales, se convierten en la época de mayor crueldad climatológica: la lluvia y el frío más otoñales no nos dejan soltar gabardinas y chambergos hasta que llega esa semana en la que al salir de casa hay 4 grados y cuando sales del trabajo hay 25. Es el momento más divertido para deleitarse con la moda vitoriana. El momento en que nos ilusionamos porque estamos convencidos de que, esta vez sí, la primavera se instalará de verdad para dar paso al verano. La semana en la que osamos guardar toda la ropa de invierno en el camarote -ritual vitoriano casi tan tradicional como la romería a Olarizu-, días en los que hay quienes se calzan sandalias y dejan valientes al aire sus dedos amoratados a causa frío, días en los que nos quejamos en la cola del pan de calorazo que hace como si estuviéramos viviendo en Sevilla para, de nuevo horas despues, tener que tragarnos nuestras palabras cuando el termómetro vuelve a desplomarse y nos pilla con el plumas recogido en el trastero.

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Y Maroto venció

Y no sólo venció. Sino que lo hizo con un aumento de votos. El único lugar en el que el PP ha aumentado su número de votos en todo el país ha sido en nuestra amada Vitoria-Gasteiz. Donde se hace la ley. Capital artificial de un país singular.

Queda constatado, por si alguien tenía alguna duda, que Vitoria es una ciudad conservadora que no quiere arriesgar ni un ápice lo que tiene, sea lo que sea y por el motivo que sea. Porque realmente piense que los moros son unos ladrones. Porque necesite los 50€ al mes prometidos para los pensionistas. Porque, siendo sinceros, tampoco había una Ada Colau o una Manuela Carmena en las que depositar nuestras esperanzas.

Los más optimistas dicen que la victoria de Maroto hay que cogerla con pinzas. En primer lugar, porque hubo una abstención en las urnas del 35% de los vitorianos, que ya son unos cuantos. Y, en segundo, porque nuestro amado alcalde se llevó un 30% de los votos depositados, es decir, que el 70% restante votó a otras formaciones. Y quizá tengan razón y el problema sea mío, que cuando se trata de la política tiendo a ver el vaso medio vacío. Pero es que a mí, que puedo entender que Maroto se lleve de calle a los votantes de los barrios donde la media de edad es mayor, no me cabe en la cabeza que también haya sido el PP el partido más votado en Ibaiondo, barrio dormitorio de gente mucho más joven. Y no precisamente por unos poquitos votos, sino por un buen puñado de ellos.

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Domingo y elecciones

Escribo estas líneas días antes del domingo y estas líneas se publicarán ese día, en que la ciudadanía elegirá el nuevo Ayuntamiento y la nueva Diputación. Seguirán los de siempre, vendrán otros nuevos, habrá pactos o no y la vida continuará. Es un día extraño para publicar una columna de opinión. Si hablo de unos u otros podría resultar interesada. Y, por otra parte,
no puedo evitar hablar de las votaciones, justo en este día… Qué dilema.

Podría hablar del tiempo. Y así me olvidaría de que hoy me voy a comer los puños zapeando entre cadenas para seguir la noche electoral, con la esperanza de que otro mundo es posible pese a lo que dicen las encuestas. Podría hablar de este frío que ha venido de repente, muy típico de Vitoria en realidad, al que no me acostumbraré jamás porque he debido de tener antepasados que vivieron al sur del sur. Y así me olvidaría de todas las promesas que nos han hecho los y las candidatos y candidatas en campaña para quemar los últimos cartuchos y conseguir nuestro voto, a sabiendas de que después tendrán cuatro años para decir donde dije digo, digo Diego.

Podría hablar de lo bonico que es el nuevo cartel de las fiestas de La Blanca. Y así me olvidaría de lo cutres que pueden llegar a ser las formaciones políticas, que pagan a empresas para que les posicionen en Facebook, por ejemplo, sin saber (o eso dicen) que éstas utilizan a usuarios que no tienen ni idea de que están siendo utilizados para promocionar su publicidad electoral. ¿No han notado que en el trabajo le mirar raro? Pues tenga cuidado, no vaya a ser que se haya afiliado a algún partido sin tener ni idea, dándole al ‘me gusta’ a sus publicidades.

Podría hablar de lo remonísima que ha quedado mi querida fachada del Palacio Europa y así me olvidaría de la prisa que se dan los políticos en inaugurar cosas antes del día de las votaciones para aparentar que son buenos chicos y buenas chicas y que estamos en buenas manos.

Podría hablar del desencanto de muchos, de la ilusión de otros, de que unas elecciones no dejan de ser una oportunidad (la que esta democracia de postal nos da) para cambiar las cosas o seguir como siempre.

Podría hablar de las ganas que tengo de que lleguen las vacaciones y entonces me olvidaría un poco de esos reportajes y entrevistas que he leído estos días en los que los prohombres y mujeres de nuestro futuro político salen cocinando, hablando de sus canciones favoritas, de que su bien más preciado es una bici o de que han ganado un sueldazo que yo no veré nunca jamás y tiene tres pisos en propiedad o una carraca de coche con seguro a terceros. En serio, ¿ésa es la idea de transparencia que queremos alcanzar?

Podría hablar de lo que cené ayer (me encanta hablar de comida) y así me olvidaría de que esta semana he tenido el estómago encogido por el despido de un familiar y de varios amigos y conocidos, profesionales de empresas y medios de comunicación, que pasarán a engrosar una larguísima lista de parados que todos dicen ver pero nadie soluciona.

Podría hablar del desencanto de muchos, de la ilusión de otros, de que unas elecciones no dejan de ser una oportunidad (la que esta democracia de postal nos da) para cambiar las cosas o seguir como siempre. Para arriesgar o quedarnos en lo seguro, aunque personalmente odio el famoso refrán y opino que lo malo no vale, ya sea conocido o por conocer. Aunque tampoco juzgaría a quien no se arriesga con algo que no conoce en absoluto y que, visto lo visto, tampoco sabe muy bien si se va a convertir en lo mismo de siempre. Pero entonces muchos me dirían que ya estoy con el rollo de desencanto de siempre y que esta actitud nihilista para con la política no es nada proactiva.

Así que esta noche no me despegaré del televisor, con mi marido al lado y nuestra bandeja de la cena en las rodillas para saber, antes de meternos a la cama, cómo se deshojará la margarita electoral. Con la esperanza de que mañana, cuando muchos lean esta columna, el futuro más inmediato de nuestra ciudad y nuestro territorio pinte mejor, mucho mejor.

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La fachada de la muerte

La pobre cubierta vegetal de la fachada del Palacio Europa me da una pena que no lo puedo soportar. No hay ni un solo vitoriano que la defienda. Salvo a sus ideólogos, a nadie más le gusta. Es como el pobre niño con quien todo el mundo se mete en el cole. El saco de las collejas. La oveja negra.

La pobre empezó a darme pena desde que fue diseñada y plantada y se enfrentó a su primer caluroso verano. Afloraron nunca mejor dicho los primeros problemas originados por una falta de descoordinación entre departamentos. La patata caliente pasaba de uno a otro con el resultado de una falta de riego que dejó a las pobres plantas más secas que el ojo de la tía Mingala, como diría mi suegra.

Vaya por delante que reconozco que quizá el dinero que costó el proyecto podría haberse invertido en otros asuntos más necesarios en estos momentos de crisis. El diseño fue ambicioso y buscaba representar la variedad de la flora del municipio de Vitoria.  Pero teniendo en cuenta que desembolsamos dinero y más dinero sin rechistar para reflotar a nuestros grandes equipos deportivos, que nos gastamos la tela en tortillas de patata gigantes o que tenemos esculturas hasta en honor a Ken Follet, (de antepasados súper vitorianos, como todo el mundo sabe), pues no pensé yo que una idea como ésta nos fuera a escocer tanto. Y ya que nos hemos liado la manta a la cabeza y decididnos hacerla, digo yo que habrá que mantenerla...

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Estamos en campaña.....¡Sálvese quien pueda!

¡Socorroco! ¡Sálvese quien pueda! ¡Las mujeres y los niños primero! Cojan lo imprescindible y huyan a refugiarse a un lugar sin periódico, radio, televisión o internet.  Ya esta aquí… ¡Ya llegó! Intentará engatusarles con sus encantos. Tratará de embelesarles con sus cantos de sirena. Pero no se engañen… ¡Váyanse antes de que sea demasiado tarde y sus tentáculos les envuelvan sin piedad! La campaña electoral ha regresado, está ávida de ciudadanos frescos y su apetito voraz no tiene medida...

Vale, igual me he pasado un poco. Pero es mejor tomárselo con humor, ¿no creen? Hay que ver cómo pasa el tiempo. ¡Cuatro años nada menos! Parece que fue ayer cuando se nos petaba el buzón de coloridos folletos y los candidatos salían de sus guaridas para recitar mítines, besar niños y apretar manos con mirada penetrante y sonrisa profident. Cierto es que las cosas ya no son como antes y que no es tan impactante como lo era antaño esa carrera de 15 días hacia las urnas, en la que los elegidos se jugaban el puesto y lucían su mejor plumaje por el ansiado puñado de votos. Ahora casi siempre estamos en campaña encubierta por un motivo u otro. Mirándolo por el lado positivo, esta vez el pastel debe repartirse entre algún partido más de los habituales, así que prepárense para novedosos actos electorales que pueden hacer la cosa más entretenida, por qué no.

En mi última campaña como plumilla, hace ya algunos años, escribí uno de los reportajes que más me ha divertido en mi labor periodística y que versaba sobre la imagen de los candidatos. Es algo que siempre me ha fascinado. Detrás de un político que aspira a un sillón siempre hay una, dos o diez personas que estudian al milímetro sus citas electorales, su vestimenta, sus gestos, su rictus... Amén de, por supuesto, todo lo que diga en un debate o en un mitin.

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A esos bárbaros vascones que nos roban el trabajo y las mujeres

Andaba nuestro diputado general inquieto, revolviéndose por los rincones del palacio foral, incómodo, incompleto. Algo no andaba bien en su precampaña. No acaba de cuajar, le faltaba esa cosa, ese argumento que le lanzara al estrellato mediático. Su colega de partido y alcalde de la ciudad lo había conseguido y lanzaba metralla cada vez que tenía ocasión contra el colectivo de magrebíes, pakistaníes y subsaharianos, acusándoles de robar a los vitorianicos sus ayudas sociales con una suerte de argumento sacado de la chistera de sus estrategas de comunicación.

El alcalde tenía madera de político, envidiaba De Andrés. Aunque él tampoco podía quejarse. De ser jefe de comunicación hacía años había logrado que el partido le aupara hasta convertirlo en gobernante de todos los alaveses, de un territorio tan diverso y tan diferente de norte a sur. Que no es moco de pavo. Sin embargo, los días se le echaban encima y la campaña y las urnas le esperaban a la vuelta de la esquina. Por si fuera poco, la fatalidad empañaba la imagen del PP en otros lugares del país en forma de corrupción y abusos, noticias que no le iban a ayudar mucho en mantenerse en el sillón foral.

Necesitaba algo impactante, que tocara el corazón del alavesismo más aldeano, ése que brilla por su ausencia en la mayoría del electorado del territorio pero que bien podía asegurarle un puñado de votos. Al fin y al cabo, Maroto había triunfado con su recogida de 32.000 firmas contra los moros a través de esa oficina que no tenía ni permisos y que tuvo que conseguir aprisa y corriendo, algo fácil para quien surfea en el poder. Pero él, pobre De Andrés, no tenía nada. Hasta que, por fin, las noches de insomnio en busca de una solución tuvieron su resultado.

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El que no piense como yo es un etarra

Dice Maroto que la fiesta en favor de la pluralidad y contra el racismo que la plataforma Gora Gasteiz celebró en Vitoria hace un par de semanas fue un lugar de encuentro de los batasunis del País vasco, que el evento en su conjunto estuvo manejado por los hilos de EH Bildu y que lo único que se escuchó desde esa multitud fueron gritos de ensalzamiento de los presos vascos.

Supongo que el alcalde se refiere a las decenas de inmigrantes de distintos países que participaron y que, según los cuerpos de seguridad del Estado, han engrosado las listas de los terroristas más buscados. También, seguramente, se referirá a las decenas de familias que se unieron a la kalejira y a las distintas actividades programadas, destinadas a entrenar a los pequeños en las habilidades con las armas, en la elaboración de cócteles molotov y en el diseño y consecución de una barricada con contenedores. Me imagino que también se refiere a los participantes de avanzada edad, veteranos en la lucha armada, que compartieron con los allí presentes sus conocimientos sobre secuestros.

Desde un punto de vista de estrategia política hay que reconocer que nuestro alcalde es admirable. Él o quien maneja los hilos de su táctica de comunicación. Porque esa persona o personas saben que el tiempo apremia y que es necesario quemar todos los cartuchos, sea al precio que sea. Sin embargo, a veces quemar ciertos cartuchos es de muy mal gusto, sobre todo cuando alrededor se está intentando, con mayor o menor éxito, llevar a cabo un proceso de normalización para cerrar heridas que nos costará lo nuestro superar.

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Salburua: Sodoma y Gomorra

El barrio de Salburua amenaza con convertirse en Sodoma y Gomorra. La posible apertura de un negocio de intercambio de parejas ha alterado el ramalazo puritano de más de 1.200 personas que a través de Change.org han expresado su tajante negativa a que semejante antro ensucie las inmaculadas miradas de los más pequeños. Porque, según quienes han fomentado esta iniciativa, ése es el problema: el local se abrirá frente a un parque infantil y ejercerá su actividad a plena luz del día, con lo que los niños pueden llegar a ser testigos de actos súper impuros.

Vitoria me enternece cuando, como toda ciudad pequeña, se escandaliza ante la llegada de algo nuevo. Es nuestro gen pueblerino (dicho con todo el cariño) el que se eriza ante lo desconocido e intenta protegernos. Me vienen a la memoria la planta de recogida neumática de Coronación (menudo pitote se armó y hoy ni siquiera nos damos cuenta de que está ahí), la mezquita de Zaramaga (polémica alimentada además por nuestro actual y querido alcalde) o aquel albergue de jóvenes problemáticos que alguien intentó abrir en Lakua. Y cuando el asunto del que se trata, además, viene adobado de cierta componente sexual del tipo que sea, ese gen pueblerino se convierte además en beato inquisidor.

Los locales destinados al intercambio de parejas existen en muchas otras ciudades como Madrid o Barcelona y otras más parecidas a Vitoria por tamaño como Logroño y Valladolid, no se vayan ustedes a pensar que por ser la localidad más pequeña sus habitantes carecen de imaginación. Desde el desconocimiento y hasta donde parece, suponen una alternativa a quien quiere darle otro aire a su relación y distan bastante de ser prostíbulos ni lugares donde la gente se arranca la ropa en la puerta a plena luz del día para dar rienda suelta a sus más bajas pasiones. Más bien, procuran ser espacios discretos a donde el y la que lo desee acudan libremente a materializar sus fantasías lejos de las miradas del vecindario, habitualmente cotilla. El local de futura apertura detalla en su web sus servicios y su decálogo de comportamiento pero el que se cumpla o no dependerá de sus clientes. Y de su gestor, claro está. Si es una persona seria que cumple un objetivo lúdico, seguro que no habrá ningún problema. Si es un impresentable o la cosa se le va de las manos, obviamente los habrá y será necesario solucionarlos.

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La irresponsabilidad

La calma vacacional de nuestra pequeña Vitoria se vio truncada a cuchilladas hace unos días con un nuevo caso de terrorismo de género, como creo que bien define el colectivo feminista. Un individuo primero se cargó a su esposa y después se entregó. Porque en asesinato o el maltrato de mujeres a manos de sus parejas, la confesión o el suicidio parece que conforman una sucesión de actos indivisibles que nunca jamás entenderé.

La violencia de género me aterra. Me aterra cualquier tipo de violencia en cuyo germen radica el odio al que es diferente. Sin embargo, en este caso, me horroriza más porque la victima duerme o solía dormir con su ejecutor. Tu compañero, el que supuestamente debería caminar contigo, acompañarte, disfrutar y sufrir la vida contigo, un buen día te quita de en medio por el motivo más peregrino.

Y la gestión que se hace de la violencia de género también me resulta un tanto espeluznante. No sé cómo podría hacerse, no soy una experta, pero tener que desaparecer del mapa como si fueras terrorista sólo por ser una mujer es simplemente espantoso. Tener que huir de tu casa, refugiarte en un piso de cuya existencia sólo saben unos pocos, porque un día tu marido, tu novio, podría venir con un cuchillo a rajarte, podría rociarte con gasolina y quemarte, es terrible.

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La campaña subliminal

El primer recuerdo que tengo de una campaña electoral se remonta a cuando tenía unos ocho años o así. Por aquel entonces, los partidos políticos llevaban pocos años estrenados en el juego democrático y los anuncios de campaña se circunscribían a esos 15 días previos al día de las votaciones. La Junta Electoral solía ser muy estricta en estos temas y supongo que lo seguirá siendo siempre que haya denuncias de por medio. Pero lo cierto es que la cosa ha cambiado y mucho.

Que levante la mano quien esté leyendo esto y sienta que ya estamos en campaña electoral, pese a que todavía quedan un par de meses. Fotos de candidatos, eslóganes, encuentros que parecen mítines, inauguraciones que pudieran ser puros actos electorales pueblan los informativos y las hojas de la prensa diaria. La cosa está que arde, además, desde que han irrumpido nuevas fuerzas políticas que pueden llevarse buena parte del pastel y que, pese a ir de alternativas, hacen lo mismito que el resto. Las nuevas piezas del juego político y, cómo no, las más tradicionales despliegan sus plumas de pavo real para intentar convencernos de que nada será como antes sino mucho, muchísimo mejor, siempre y cuando les demos nuestro voto, claro.

Tenemos, por ejemplo, a nuestro querido Partido Socialista que, después del requiebro de Maite Berrocal e incluso antes, ha poblado las marquesinas del tranvía de la ciudad con primeros planos de sus candidatos sonrientes, pidiendo a los viajeros que pensemos en el futuro mientras esperamos al transporte que nos llevará a nuestra realidad cotidiana. Realidad que una ya no sabe si cambiará mucho o poco con ese voto.

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