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Las actividades y movimientos actuales más molones de San Sebastián

Una de las quejas más habituales en San Sebastián es que es una ciudad aburrida. Pero la verdad es que, como ya he comentado en alguna ocasión en esta columna (léase el texto que redacté para San Valentín el de conciertos o mercadillos) la verdad es que vivimos en un sitio donde hay una gran oferta de actividades varias. A continuación, expongo algunas que considero, están pisando fuerte en la agenda local.

El movimiento roller: Ajá. Aquí nunca hubo esas mujeres de muslos firmes paseando por el paseo de la playa con sus patines de botas blancas. Esas imágenes de los 70 sucedieron en otra parte del mundo. Pero el gusto por la música disco y la cultura skater ha traído a la ciudad movimientos relacionados con los patines, los patinetes y las bicis y van cogiendo fuerza. La tendencia, su moda, y su música han dado paso a fiestas roller party, y pinchadas de Disco Bambinos son ya un clásico de la noche donostiarra. Los 70 han vuelto sobre ruedas.

Los ciudadanos guías turísticos: el modelo de guía tradicional sabe rancio. La gente quiere enseñar sus barrios, mostrar la ciudad que ve con sus ojos, hacerlo a su manera, y no contar San Sebastián con el mismo discurso de las revistas de viaje. Yo es una labor que vengo realizando desde hace tiempo de manera particular, y varias entidades en la ciudad han empezado también a ofrecer estas visitas guiadas hechas por vecinos locales. Era un servicio que, tarde o temprano tenía que comercializarse. También, y en formato gratuito, como súper novedad, se acaba de crear la asociación de Greeters Donostia que, perteneciendo a la red internacional, da la bienvenida a los turistas que lo solicitan, realizando desde servicios de acogida a nivel informativo para la autogestión por la ciudad, como servicios de guía, o introducción a la vida local. Siendo esta una ciudad tan turística, ya era hora de que sus habitantes pudiesen ser embajadores de su propia ciudad.

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28 años para una victoria

Esta noche pasada imposible no estar ahí, despiertos. En San Sebastián picó el trasero a más de uno y fue la capital del estado con mayor incremento en participación electoral.

Parece que, cuando queremos, nos movemos. Bien, es un buen signo. Protestar por protestar no sirve de nada. Hay que manejar las situaciones haciendo uso de lo que se tiene en cada momento en la mano.

La iniciativa y el ímpetu han tenido un resultado. Las siglas PNV vuelven a gobernar en la alcaldía donostiarra. La última vez que lo hicieron fue hace 28 años. Casi nada. Tres generaciones durante las que ha pasado de todo en la ciudad.

En los folletos publicitarios de su lista de prioridades, el nuevo alcalde, Eneko Goia Laso, tiene en el puesto número 1 “Tomar las riendas de la capitalidad europea para garantizar su éxito”. Casualidad de casualidades, este proyecto, que celebra uno de sus mayores festivales este fin de semana, tiene tantas ediciones casi como años le ha costado al partido volver a la alcaldía: el evento nació en el 85, y ellos regresan por primera vez desde el 87. Cuanto menos, curioso. Ver las cosas desde la barrera siempre da una mejor perspectiva.

Sonaron en los ecos algarabías por la ruptura de un bipartidismo que en el País Vasco hace años que desapareció. San Sebastián, en su particularidad, da un giro de tuerca, a su manera. Consecuencias, pactos, y golpes de mesa, en menú desayuno el resto de semana.

Bildu, ahora desde la tercera grada del tendido, tendrá que ver la lidia, y en función de si les gusta la tanda, conceder la oreja o condenar la faena. Pero definitivamente, aquí van a ser ya otros los que pongan la estaca. Se avecinan cambios.

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Las bicis motorizadas no son para adolescentes

En Donostia, pese a su indigesta orografía, ir en bici es un placer. Haya o no cuestas, hay bidegorris por casi toda la ciudad. Allí donde faltan, se están haciendo, o están en vías. Andar en bici es una pasión de muchos, y ni los robos ni los peatones gruñones pueden con ella. Para solventar los problemas de los barrios altos llegaron las bicis motorizadas de DBizi. Se hicieron esperar, como el amanecer de la noche del Olentzero, pero tan sólo dos años después, parecen haber tocado fondo en la lista de los juguetes preferidos de algunos.

Contando las bicis que quedan en la estación del Paseo de Francia “one, two, three…” No vas más allá la cosa. Sólo hay esas. 3. Y doce huecos ¿Estarán en uso o faltarán del servicio? Según declaraciones de DBizi, la empresa gestora, faltan 25 de las 190. Han desaparecido. Y más de 85 sufren desperfectos y daños varios ¿Los autores? Entre los muchos posibles, en su mayor parte, adolescentes. Sí. Los tienen detectados. Y cuando hay vacaciones escolares, las incidencias se vuelven “un boom”, según comentan. Preocupante.

Que los adolescentes buscan problemas no es nuevo. Siempre ha sido así. Antes tiraban piedras, rajaban ruedas de coches, o torturaban animalillos. Ahora, además de grabar los linchamientos por móvil y pasarlos por whatsapp, en Donostia han cogido por divertimento reventar el servicio de bicis públicas. Las arrancan de las bases, las rompen, incluso las dejan tiradas por el monte. El índice de vandalismo en estas bicis crece en la ciudad hasta el punto de superar el número de incidentes del propio Madrid. Ya superamos a la capital española en algo más que en ventas de Iditex. Debemos de estar muy contentos con nuestros hijos.

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El ecopastoreo y la discordia

El ganado ovino se viene usando como sutil jardinero en los montes y bosques ibéricos desde hace siglos. Las cabras, de hecho, arrasan con hierbas, arbustos y lo que se les ponga por delante, así que de siempre han sido usadas como hábiles cortafuegos. En las ciudades europeas también llevan lo suyo, sobre todo en sitios como Francia, Bégica y Reino Unido. En España, desde principios de los 90, un tal Emilio Pereira, vecino de A Coruña, ya presentaba ovejas "desbrozadoras" y trabajaba en su cría, destinándolas, específicamente, para el mantenimiento de huertas, jardines y fincas particulares. En 2009 Google anunciaba que iba a poner a 200 cabras en sus jardines de California para la misma misión. En 2013 París apostaba por 140 de estos hervíboros para rasurar jardines.

A nadie le ha interesado hablar del ecopastoreo hasta que el olor ha llegado a nuestra puerta (a la del parque de Ametzagaña, para ser exactos). Que si las ovejas dan mala imagen, que si la ciudad se convierte en un baserri... ¡Menudas críticas más voraces!

Tras las lecturas he necesitado un momento de reflexión. En primer lugar, yo soy la primera a la que no le gustaría que la ciudad se llenase de bichos. La naturaleza finjida en un parque de mala muerte no es sitio para tenerlos, amén del estrés al que se les sometería con el trasiego de coches y gente, y por no hablar de que las ovejas, en concreto, son propensas a las pulgas y a las garrapatas (facilitando posibles problemas de salud pública en la urbe). Cualquier persona que quiera y entienda a los animales (como yo) sabe que la ciudad no es sitio para ellos. Otra cosa es llevarlos a este parque, que está en realidad incluso fuera de Intxaurrondo, separado por una carretera de 4 carriles, y donde la maleza es realmente espesa, y el terreno amplio. Habría que ver qué programa de migración tienen previsto para las ovejas (porque no se pueden tener mucho tiempo en el mismo espacio porque acaban arrasando la tierra), el mantenimiento, etc.

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El cierre de los cines Ocine

Hay muertes anunciadas que por más que ya las sepas, no terminas de asumirlo. Estoy en fase de negación. No me puedo creer que este jueves 30 de abril cierren las salas de cine del edificio de Pescadería de La Bretxa. Dejan al centro de la ciudad sin cine comercial.

Espero que incluso los más cinéfilos compartan conmigo la importancia de que en plena ciudad haya salas de cine. La dinámica genera vida urbana y evita la fuga de gasto, retiene el consumo económico en el área, y dota de usuarios al transporte público. Facilita el consumo de cine, y lo hace cercano y accesible. En este caso, los cines Ocine de La Bretxa, en la Parte Vieja, es un destino ideal para llevar a los críos, y los domingos por la tarde-noche es lo único abierto en el barrio además de los bares. Cuando se cierren ¿dónde vamos a ir al cine?

Evaluemos la situación. San Sebastián, con sus escasos doscientos mil habitantes, ha alimentado a los Trueba, los Príncipe, los Ocine de La Bretxa y a las salas del Antiguo. Con sus más y sus menos, las butacas se han llenado durante años. Seguramente alguien ya estará pensando que, a falta de salas, tenemos festivales que proyectan cine fuera del circuito habitual, y que por cerrar unas, no pasa nada. Pero opino que, por muchos y muy buenos que los tengamos, si bien los festivales son un expositor, un canal, y un promotor de la industria (además de un revulsivo económico para diversos sectores de la ciudad) la industria, en esencia, necesita las salas comerciales y al consumidor. El cine puede vivir sin festivales, pero los festivales no pueden vivir sin cine. Y antes de bajar la persiana a los Ocine en pleno centro ¿se habrá planteado alguien qué puede significar este cierre en la ciudad?

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Ya es primavera en San Sebastián

Las últimas tres semanas, con un irremediable y delicioso sol, nos han dado suficientes esperanzas como para pensar que, definitivamente, ya es primavera en San Sebastián. No nos ha costado mucho replantearnos la situación. Ha sido una decisión unánime. Estamos oficialmente en modo 'primavera'.

¿Por qué lo sé? Porque se nota en la ciudad. Nos gusta el sol, aunque vaya y venga. Y todo está aconteciendo como si el cambio definitivo se hubiese dado ¿Cómo hacer que llegue la primavera cuando estamos a 9º? Todo está en la actitud. Hay que ser positivos. Pero positivos, positivos, positivos. Y actuar como si el sol brillase todos los días. ¿Que bajamos a 8º? No hace frío, hace fresco. ¿Que se pone gris pero tenemos 17º? "Está bueno", gris, pero bueno. No hace falta ya el abrigo de invierno. Ahora con un chubasquero o una chaqueta de temporada ya es suficiente. Y los más atrevidos ya llevan sandalias. Se han puesto de moda, muy inteligentemente, unas con forma de zapato (nada de chanclas). Por si llueve, poder seguir tranquilamente, como si nada. Así que sí. Estamos en primavera.

¿Por qué lo sé? Porque se nota en la ciudad. Nos gusta el sol, aunque vaya y venga. Y todo está aconteciendo como si el cambio definitivo se hubiese dado

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La brecha entre los pintxos y el ciudadano

Tras la Semana Santa, los lectores de la revista Conde Nast Traveler elegían San Sebastián como mejor destino gastronómico del mundo por la presencia de bares de pintxos y de restaurantes como el Arzak y/o Subijana. La nueva designación se suma ya a lo que empieza a ser un listado de innumerables reconocimientos. La mención, claro está, ha caído de pié, y ha sido acogida con los brazos abiertos.

Sin embargo, aunque el sector culinario es ya, definitivamente, el mayor atractivo de la capital, también a nivel particular, y sobre todo en el ámbito más local, la hostelería donostiarra suma críticas, pese a quien pese. Sus precios, el oportunismo de algunos establecimientos para vender producto de baja calidad a alto coste, y la dejadez de otros, hacen que las quejas llenen tantas bocas como los propios pintxos de tortilla. ¡Auch! Bromitas, vídeos, y hashtags llenan las redes sociales para enfrentarse con humor a las clavadas soberanas y desencantos que soporta la ciudadanía. Aunque son palabros, opiniones y experiencias grupusculares y absolutamente particulares, la sensación de alejamiento del sector, con respecto el ciudadano medio, empieza a ser cada vez más palpable.

Cuando antes la gente comía tres pintxos, ahora se comen uno. Y no es que la gente no tenga hambre, o que hayan superado su gula. El pintxo-pote arrasa en casi todos los barrios de la ciudad, por muy malo que sea el vino del tándem. Se toman uno, y otro, y otro. Será que a 1,50€ el vino y el pintxo (aunque sea sólo la capucha del champiñón sobre un trozo de pan) con 7€ hacen la tarde. En una consumición normal de los barrios del Centro, Parte Vieja o Gros, un pintxo y una caña pueden llegar a los 4€ (eso, si no los sobrepasan). A mí, particularmente, no me parecen adecuados ni una cosa ni la otra. Ni se debería servir un producto mediocre, ni se deberían pagar precios tan altos. Ambos afectan negativamente tanto a la tradición como al consumo en los bares.

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Los nuevos mercadillos

Los mercadillos han vuelto definitivamente a Donostia, y parece que lo han hecho para quedarse. Además del tradicional de los domingos de Amara, hay unos nuevos que son claramente su versión más moderna y producto del boom textil de las pasadas décadas. Hablo de los mercadillos vintage, de segunda mano, y de “Sunday markets” (mercados de los domingos) que se están sucediendo todas estas semanas. ¿En qué se diferencian los nuevos de los anteriores?

Para empezar, los nuevos mercadillos suelen ser eventos puntuales. Lejos de mantener una continuidad religiosa en el calendario, se organizan y desorganizan sin demasiadas explicaciones. Muchos sí que tienen momentos concretos en el año en el que se estima su celebración, pero no existe esa fijación exacta de “todos los domingos”, o “el tercero de cada mes”. Y si la ha habido, desde luego, no se cumple. Esto, lejos de parecer desorganizado, genera más expectación sobre ellos.

En segundo lugar, como diferencia podría decir que eligen lugares nuevos o más interesantes. Nada de estar en la calle bajo las inclemencias de la climatología. Ahora se eligen sitios molones: bares de moda, locales o bajos vacíos, hoteles… La única condición es que sea un lugar distinto al comercio tradicional y que no esté a la intemperie. Se trata de ocupar con la venta lugares que no estaban pensados para ello. De hecho, ya sólo la mera curiosidad de ver el lugar lleno de puestos incita a la visita. Es una gran táctica de atracción, y cuanto más interesante el lugar, más atracción genera. En Donostia los lugares más habituales están siendo el bar Dabadabass, el Hotel Londres y de Inglaterra, el local de The Gallery en Igara, los locales de la asociación Undermount en Igeldo, o incluso el propio Kursaal. A cada cual más distinto (en espacio y contenidos).

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Inmersión musical

Siempre me ha gustado la lírica sobre la escena teatral. Tengo el perdonable defecto de no poner ahínco en todas las aficiones que me gustan, así que la he seguido en la distancia, desde la admiración, guardando alguna que otra entrada de cuando voy al teatro, y he sentido siempre una dulce aunque acomplejada soledad, en mi devoción por el género, sobre todo en los años más jóvenes de mi vida.

Pero decidida a poner fin a esta distancia fingida, localicé el programa de ópera de los cines Trueba, donde se proyectan grandes obras. No quería esperar demasiado para la inmersión, y habiendo dejado pasar ya las dos primeras piezas del 2015, me dirigí decidida a comprar entradas para Werther (mazo) y La Bohéme (abril). Cuál fue mi sorpresa que la sesión de marzo se vendió al completo el primer día de venta de entradas, hacía casi un mes, y de la de abril quedaban 6 asientos en primera fila ¿Cómo? Pues va a ser que esto no es tan minoritario como yo pensaba. Qué curioso ¿Pero a cuántas personas en una ciudad de 185.000 habitantes les puede gustar la ópera? Pues más de las que caben en una sala de cine, está clarísimo. ¡Y se mueven de forma organizada! “Sold out”, “Entradas agotadas”. Pero no estaba dispuesta a bajarme tan pronto del burro.

Así pues, de una manera particular, la música fue la estrella que se manifestó como eje temático en esta tercera semana de marzo. Orquídea negra, rara y exótica, su caza y captura fue la aventura del Santo Grial para mí, y está claro, para muchos en la ciudad. Después de lo de la ópera, le tocaba el turno al blues. El Mojo Workin’, festival de R&B durante el fin de semana, se veía pintón y vibrante, de los que te hacen sacudir el polvo. Para cuando me quise dar cuenta, habían vendido sus cuatrocientos cincuenta abonos y todas las entradas para la sesión del sábado noche. ¿Perdona? ¿Pero a cuántos dices que les gusta el soul? Nuevamente esa horda de caníbales de do-re-mis se me había adelantado ¡Ni los vi venir! Si me quiero unir a ellos debo espabilar: montar guardia, atender horarios de ventanilla, visitar redes sociales, y cuando cuadren cartera y calendario ¡atacar!

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Realidades paralelas

Cuando llegan elecciones, la política lo copa todo, y muchos ámbitos se vuelven escenarios de batalla, incluidas la sanidad y la cultura. En los medios de comunicación hay todo tipo de informaciones interesantes: disputas por colgarse medallas, huelgas, encierros sindicales, manifestaciones, incluso insultos gratuitos. Hechos significativos, llamativos y altamente tóxicos, que bien pueden servir de entretenimiento en reuniones sociales y ser base de conversaciones sin fin.

Al margen de estos cuadriláteros dialécticos, sin embargo, la calle tiene una vibración y situación propias. La incoherencia y el paralelismo entre ambos universos son absolutamente palpables en la vivencia de las diversas situaciones cotidianas.

Por ejemplo, las discusiones sobre la gestión de los espacios de tráfico rodado se viven a pié de calle como retenciones puntuales de vehículos en las vías de un sólo carril cuando los camiones de reparto se agolpan y las zonas de carga y descarga están llenas, o pasa el camión de la basura a las 8:17 de la mañana, interrumpiendo todo el tráfico matutino.

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