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Esponja Bob y la araña del Guggenheim

Un inglés vino a Bilbao ─fue en 2002, 2003 o por ahí─, pero no para ver la ría y el mar, como dice la canción popular, sino para comprar tabaco y alcohol, que aquí está bastante más barato que en la pérfida Albión. Y sí se quedó para los restos, acorde con la letra de la sencilla bilbainada, pero no por la salacidad de las bilbainitas, sino por la araña de acero de diez metros de alto que hay junto al museo Guggenheim. Mas no adelantemos acontecimientos.

El inglés de marras se llamaba Robert Anthony Dunghill, más conocido como The Sponge o directamente Esponja Bob. Natural y vecino de Liverpool; chatarrero de profesión y algo buhonero; de treinta años de edad física y quince en la mental; escuchimizado: un desperdicio de maternidad salvado in extremis del agujero del retrete porque no tiraron de la bomba; pelirrojo como una alucinación; feo desde que era feto, más feo que una vomitona de fish and chips with ketchup su alimento base; gran amante de la ginebra; ajeno a la palabra escrita más allá de lemas de camiseta; resto más que cociente intelectual; soltero sin compromiso posible ni imaginable y de inclinación sexual difusa expresada vía onanismo.

El caso es que el bueno de Bob, que se había visto con unas cuantas pounds extra en el bolsillo a cuenta de un oscuro business con una compraventa de hojalata robada y una partida de condones caducados, había decidido
fundírselas en un viajecito a Bilbao para comprar ginebra Beefeater y unos cartones de Marlboro. Y además vino en agosto, coincidiendo con la Aste Nagusia, la semana de fiestas de la Villa, de la que un compañero de libaciones del Green Sperm, el pub de su calle, le había hablado maravillas. Le contó que toda la ciudad se transformaba en un inmenso bar al aire libre con chiringuitos por doquier que los nativos llamaban txoznas; que se sentiría aún mejor que en casa porque podría mear en medio de la calle y llenar todo de mierda sin llevarse una hostia; y que no dejara de conocer la misteriosa bebida llamada kalimotxo, que a temperatura ambiente y trasegada por hectolitros, tenía curiosas propiedades alucinógenas. Pero lo que decidió finalmente a Bob a
visitar Bilbao fue la descripción de sus legendarios gin tonics, que servían con tres dedos de ginebra y en vasos como cubos. El guía turístico añadió que untaban el borde del vaso con corteza de limón verde y removían el combinado con una larga cuchara, pero que a pesar de estas repugnantes prácticas, los tragos valían la pena.

Así que Esponja Bob se embarcó en Portsmouth en el ferry Pride of Bilbao. No llevaba equipaje alguno; para dos días, con lo puesto. Vestía su camiseta favorita, la que resumía su filosofía de vida en la frase: Drink like a fish y en la que junto al lema imperativo se veía a un pez globo hipertrofiado con ojos como canicas y parecido a Peter Lorre. Completaban su atuendo unos informes pantalones hasta la rodilla con más de una docena de bolsillos, unas sandalias tipo franciscano con calcetines color pistacho y una gorra del revés con la Union Jack que por lo menos tapaba sus cerdas color zanahoria cortadas a cepillo.

Pasó la noche de viaje en el casino del ferry, dale que te pego con las máquinas tragaperras. Le salió más caro que si hubiera cogido camarote en primera. Para compensar el descalabro, decidió que prescindiría de buscar una pensión cutre en Bilbao. Como era verano, dormiría al raso donde se desmayara en el cénit del cebollón. La ausencia de una ducha le resultaba asunto baladí, era británico. Y tras dos días de jarana etílica, de vuelta a Liverpool en vuelos charter. Volar con resaca sería su única concesión a la aventura. Además, se compraría el alcohol y el tabaco en el aeropuerto de Bilbao, con lo cual se aseguraría regresar a casa con el botín intacto.

Un inglés vino a Bilbao ─fue en 2002, 2003 o por ahí─, pero no para ver la ría y el mar, como dice la canción popular, sino para comprar tabaco y alcohol, que aquí está bastante más barato que en la pérfida Albión. Y sí se quedó para los restos, acorde con la letra de la sencilla bilbainada, pero no por la salacidad de las bilbainitas, sino por la araña de acero de diez metros de alto que hay junto al museo Guggenheim.


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Sombrereros locos

Ella y su novio, ambos en la cincuentena, se pusieron de acuerdo en cometer el asesinato en un descanso de su cotidiano trote vespertino por el paseo de Abandoibarra. Lo hablaron haciendo estiramientos junto a las patas de la escultura de la inquietante araña de Louise Bourgeois, que compone con el arco rojo del puente de la Salve y el titanio del Guggenheim una estampa de película de serie B de ciencia ficción. Ella miró con anhelo la entrada del Nerua, el restaurante de lujo adosado al museo. Si el plan de matar a su tacaña madre salía bien, ella, como única heredera de la pingüe fortuna, escaparía por fin de una vida siempre escatimada y, antes de convertirse en una vieja, podría realizar el deseo de comer en ese y otros restaurantes exclusivos de Bilbao.

La hija vivía con su madre, una vivaz anciana de resistente mala salud, en un espacioso piso de la calle Buenos Aires. Todas las mañanas, la hija le compraba a la madre para el desayuno un bollo de mantequilla en la reputada pastelería y cafetería New York. Esa costumbre y un centenar de termómetros almacenados le dieron la idea de cómo ejecutar el parricidio.

La hija trabajaba por un bajo salario en una tienda de todo a un euro situada enfrente del reconstruido mercado de La Ribera. La venta de termómetros con barra de mercurio había sido prohibida, por la toxicidad del metal líquido, y una partida de termómetros de pared con barra roja ─el mercurio es incoloro y precisa un colorante para poder verlo─ permanecía olvidada en el almacén. La hija sabía que el mercurio es un veneno que mata poco a poco y apenas deja rastro. Así se lo contó a su novio, en voz baja, mientras tomaban unos vinos por el Casco Viejo.

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Campanas

El quijotesco y excéntrico capitán Blay es uno de los personajes que más me gusta de esa subyugante novela de Juan Marsé que se titula 'El embrujo de Shanghai'. El viejo ácrata, que va por la calle con gafas de soldador y pijama, expresa su mala leche y buen humor matinal asegurando que se va a comer un cura ─no dice a un cura, sino un cura, como si se tratara de un besugo o un cocido─ a modo de tapa de acompañamiento del vinazo infame que trasiega en la taberna habitual.

Como reflejo condicionado de perro de Pavlov, anhelo yo también comerme un cura ─sin mediación de cocina, devorarlo crudo─ cada vez que suena una campana de iglesia. Y no es solo por razón de que los reaccionarios curas ─valga el pleonasmo─ les dieran las campanas a los carlistas para que las fundieran y forjaran cañones. Explico el porqué último de esta relación tañido campanil con clerofobia caníbal.

Durante muchos años viví en un piso situado frente a la catedral de Bilbao y, todavía hoy, paso en él muchos fines de semana. Es estupendo tener como vista doméstica la fachada de una catedral gótica, pero como precio de este gozo visual hay que pagar el precio auditivo de aguantar el rotundo toque de las campanas del campanario. Están coordinadas con el reloj de la torre; desde las nueve  de la mañana a las diez de la noche tocan cada cuarto y las horas completas. Malditos curas ─en Nochevieja, sospechosamente, siempre se les para el reloj. Será para que la pequeña banda de desorientados beodos que se congrega en la plazuela de Santiago no brame ni celebre el laico fin de año con sus horas.

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Tontos y vino (2)

Cuatro amigos se habían citado para una de sus partidas de póquer, que solían prolongarse toda la noche.Tan aficionados al juego como a la gastronomía y al buen vino, solían hacer tres descansos repartidos durante la noche que sumados componían una cena de fino picoteo. Uno de los jugadores iba a llevar una botella de Vega Sicilia Único; la destinarían a regar el último paréntesis y a que acompañara un cuarto de kilo de jamón de Guijuelo cortado a cuchillo.

El que traía el Vega Sicilia llegó antes de la hora a la casa del anfitrión. Este le convenció para que gastaran una broma a uno de los ausentes, al que llamaremos Julián, que se las daba de sibarita y entendido. Se bebieron el Vega Sicilia y rellenaron la botella con un crianza muy vulgar al que enriquecieron con un chorrete de brandy Cardenal Mendoza y unas gotas de falso vinagre de Módena: puro caramelo. Encorcharon la botella y le volvieron a poner la caperuza de plomo. Para disimular, bastaría con que uno de ellos trajera la botella ya descorchada para decantar el vino, con el fin de que se oxigenara, en presencia de los demás.

El anfitrión aseguraba que Julián tragaría. En caso contrario, reconocerían la broma y ofrecerían la debida satisfacción con un Pingus que el anfitrión guardaba como oro en paño.

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Tontos y vino

El vino y sus alrededores resulta un territorio idóneo para que los tontos se luzcan. No es raro en algunos restaurantes de cierto pelo que a veces no se revela más que en las ínfulas y los precios que el sumiller de la casa, poseedor de un certero ojo clínico para distinguir de un vistazo quién de entre los comensales de una mesa es el más tonto y además va a pagar la factura, oficie ante este toda la parafernalia de descorche y servicio de la botella de vino escogida. Como la geisha que prodiga sutiles atenciones, el sumiller hará creer al futuro pagador que ese ritual en torno al vino le está dedicado en exclusiva por razón de su evidente sapiencia enológica. Entonces el tonto, dependiendo de su grado de pedantería y esnobismo, se sentirá más cosmopolita que nunca y se dirá mentalmente, sin falsas inmodestias, que es todo un 'connaisseur'; como tal lo ha distinguido ese impecable profesional solo con el par de comentarios precisos que ha deslizado con bien fingida campechanía y como tal le trata en consecuencia.

Como la geisha que prodiga sutiles atenciones, el sumiller hará creer al futuro pagador que ese ritual en torno al vino le está dedicado en exclusiva por razón de su evidente sapiencia enológica


En esos restaurantes de cierto pelo que no es más que un peluquín, un gato de cabello sintético, que son muy de diseño y de una cocina que confunde la creación gastronómica con la amalgama arbitraria, ese sumiller pícaro desde luego no representativo de la generalidad de su gremio, digno hijo de la corte de los milagros y del patio de Monipodio, lo que le habrá colocado al pedante es el vino o el champán que él ha querido, el que conviene sacar de la bodega porque está próximo a la agonía o la combustión espontánea. Después, tras el descorche efectuado con movimientos de prestidigitador, le tenderá al pardillo el corcho en una bandejita de plata para que lo escrute y ratifique el perfecto grado de humedad, esponjamiento y coloración, que constate que no huele más que a corcho e incluso le invitará a que valore la aparición de tartratos, los cristalitos que se han formado en el borde. En ese momento, el 'connaisseur' aprovechará el rollo del corcho para explicar a sus invitados lo que es el vino acorchado y que es un mal que no tiene nada que ver con el corcho. "Se trata en realidad de un pernicioso virus", dirá a la que esté más buena de la mesa. Y por último, probará el vino tras menear la copa produciendo un pequeño maremoto circular, pondrá los ojos en blanco, tragará, suspirará con ese aire levemente cansado de sufrir con paciencia las responsabilidades de pequeño amo del mundo y soltará un "excelente" o "perfecto", y antes de que el sumiller se escape para cazar a otro fantoche, apostillará con alguna docta valoración sobre el 'bouquet', las sensaciones en boca si habla de maderas y frutos silvestres habría que estudiar la recuperación de la pena de galeras, el cuerpo y el retrogusto, mientras alguno de los comensales piensa más que en el retrogusto en el retroceso que produciría un fusil de asalto al dispararle a quemarropa al tonto. Qué menos que pague la comida a cambio de tener que aguantarlo.

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Multas

La Ley de Seguridad Ciudadana, popularizada como 'ley Fernández', se queda corta en su propuesta de multas por infracciones que alteran el orden público o socavan las instituciones y sus emblemas y representantes. Como lo que se pretende con esa ley es que los ciudadanos no puedan ni protestar por el pisoteo de sus derechos, el Gobierno debería osar ir más allá y multarlos sin complejos, según interpretaciones extensivas de los supuestos contemplados. Un poco de imaginación teñida de esa esencia tan liberal del PP.

Por ejemplo: grupo de tontos beodos y vociferantes que celebran una despedida de soltero por las calles; pueden dar mucho juego recaudatorio. Multa por botellón espontáneo y por beber de las botellas a morro ─doble
multa en la corte de los milagros por befa a la alcaldesa─; multa si corean algo, aunque sea de índole sexual imaginaria, por manifestación no comunicada previamente y más multa porque tienen toda la pinta de que irán de putas; multa si pasan por delante del Congreso, aunque sea en sábado por la noche; multa porque el novio va disfrazado de monja y se mete en una iglesia en plena misa para comprobar si lo toman por una monja de verdad y multa porque además lleva una careta de Fátima Báñez y espanta a la feligresía; multa por escrache porque la careta es muy buena y los maderos creen que los amigos del novio atormentan a la ministra; multa a todo el grupo porque los maderos se ven obligados a tundirlo a palos y esas imágenes, grabadas por la propia Fátima Báñez que pasaba casualmente por allí y duda si le están haciendo de verdad un escrache o si es un milagro de la Virgen, las cuelga la ministra en Internet y los maderos se sienten deshonrados; multa al novio por ir doblemente encapuchado en su alteración del orden público; multa por deslumbrar a los maderos al reflejarse la luz de las farolas en las botellas que aferran; multa por llamar a los maderos hijos de las mercenarias del amor y nueva multa por posible apología de la prostitución; multa por abandono de droga en la vía pública, ya que durante la trifulca a uno de ellos se le cayó una china de hachís y luego no la ha encontrado; multa porque otro se ha subido a un león del Congreso para huir de la tunda y se la ha pegado desde lo alto de la melena, dando con contumacia y en plan subversivo con el bolo contra la bola; otra multa por manifestación no autorizada porque gritan «¡alto!, ¡no más!», para ver si dejan de recibir porrazos y se interpreta como referente al lema 'stop' desahucios; multa por limpiarse la sangre de la paliza con pañuelos de papel, tirarlos al suelo e incurrir en práctica salvaje con basura y otrosí multa por peligrosidad sanitaria: sangre probablemente contaminada; multa por obstaculizar la calle al desplomarse desmayados y quedar en desordenado tropel… Rebaja de todas las multas por eximente parcial de mansedumbre ciudadana al ser tontos y estar aturdidos por el alcohol y los palos.

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Diamantes para la eternidad

'Diamantes para la eternidad' se tituló una de las películas de James Bond interpretadas por Sean Connery. Y Marilyn Monroe cantaba que los diamantes son los mejores amigos de una chica.

Conocí a una guapa viuda berlinesa que lucía el cadáver de su marido en el dedo anular de la mano derecha.

Hay una empresa de pompas fúnebres en Berlín, en el barrio de Spandau -donde estaba la cárcel en la que se pudrió solo Rudolf Hess-, que por unos siete mil euros aísla de las cenizas de un cadáver el veinte por ciento de carbono que contiene el cuerpo humano y, tras un complicado proceso de presiones y calentamientos, lo convierte en un diamante de 1,25 quilates que se talla y en el que se graba con láser el nombre del finado. Para poder verlo hará falta una buena lupa, imagino.

Lo del diamante funerario fue una de las últimas voluntades del marido de la berlinesa y en su testamento destinó esa cantidad a tal efecto. Deduje que la guapa viuda consideraba que mucho mejor habrían estado esos siete mil euros en su cuenta y las cenizas de su marido en el frío Báltico, a tenor de cómo golpeaba con el solitario diamante, engarzado en un anillo de oro blanco, la copa vacía en demanda de que el camarero del bar en el que estábamos le
sirviera al punto más Riesling.

Otra peculiar voluntad testamentaria fue la de un rico empresario bilbaíno. La larga historia comenzó a principios de los años treinta del pasado siglo. El empresario, casado y padre de familia, tenía una joven amante de gran belleza con la que se acostaba en el Hotel Carlton, en la habitación que él pagaba y donde ella vivía mantenida a pensión completa. Durante el tiempo que duró la relación, el empresario colmó a su amante de atenciones y regalos, entre los que no faltaron numerosas joyas.

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Cuando te pierde el ingenio

Algunas personas se pierden por un golpe de ingenio. Es droga dura de la que no son capaces de abstenerse manteniendo la boca cerrada o el teclado quieto. Por soltar una ingeniosidad más o menos brillante, hacer un juego de palabras de sarcasmo cruel o apañar un chiste faltón, se meten en problemas por la ausencia de oportunidad de la gracia o su carga insultante en un ambiente de hostilidad manifiesta. Los ocurrentes a cualquier precio son como los pilotos de caza que atacan en condiciones suicidas. En medio de una tormenta pavorosa y rodeados de un enemigo muy superior en número lanzan el misil cueste lo que cueste. Por ejemplo a Quevedo le podía a veces el ingenio y se metía en serios líos por dar rienda suelta a su rapidez mental. Incluso su literatura se resiente un poco de un exceso de ingeniosidad, que nunca ahorra ni atempera.

Si se me ocurre la gracia, la suelto, porque si no reviento. Le pasó a un tuercebotas que conozco muy bien. Un día, en una tasca de adláteres de ETA ─corría 2002; tiempo de plomo con dianas muy diversas y multiplicables─, el tuercebotas, bien pedo, le dijo al dueño y a toda la agreste parroquia del bar, refiriéndose al cartel en la pared de fotografías de presos, separados los retratos por cuadrados de colores en un orden irregular, que a ver si podía rascar alguno de esos recuadros por si le salían tres presos en raya y tenía premio. El premio se lo fueron a dar en efectivo dos chavalotes del fondo de la barra que tenían a sus viejos en el maco royendo barrote. El dueño del tugurio evitó al tuercebotas, por ser cliente habitual, la mano de hostias, pero lo echó del local de por vida, sin posibilidad alguna de remisión de la pena de deportación hostelera.

En Twitter, que frecuento poco -resulta ya obsesivo oír a todas horas por la calle el silbidito ese odioso en los móviles indicando que se acaba de recibir un 'tuit'-, observo a veces estos desbarres del ingenio. El ingenioso de turno suelta el comentario o la apreciación graciosa y no parece importarle que esta pueda llegar a ojos de quien es objeto de su golpecito de ingenio.



En Twitter, que frecuento poco ─resulta ya obsesivo oír a todas horas por la calle el silbidito ese odioso en los móviles indicando que se acaba de recibir un 'tuit'─, observo a veces estos desbarres del ingenio. El ingenioso de turno suelta el comentario o la apreciación graciosa y no parece importarle que esta pueda llegar a ojos de quien es objeto de su golpecito de ingenio. Me refiero a los que escriben las gracias con su nombre. Los que se escudan en pseudónimos como Jack el Destripador o Mi Puta Calavera gozan de patente de corso para insultar con total impunidad. Este rollo de las redes sociales y sus servidumbres, tal y como está montado en la actualidad, comienza a cargarme más que un tonto con un megáfono.

Terminaré el artículo refiriendo un alarde de ingenio de los buenos, de los de la ironía inteligente. Quizá alguno de mis improbables lectores ─como dice Manuel Rodríguez Rivero─ no lo conozca. Una dama laborista le dijo a Churchill: "Sir Winston, si usted fuera mi marido le echaría cianuro en el té". A lo que Churchill respondió con brillantez y presteza: "Señora, si usted fuera mi esposa, probablemente me lo tomaría".

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Vanidad y sexo

En 'Mi último suspiro', la estupenda autobiografía de Luis Buñuel escrita más o menos al dictado por su guionista habitual de la última época, Jean-Claude Carrière, se refiere una divertida anécdota que demuestra que uno de los grandes acicates del sexo -o de todo en realidad- es la vanidad. Buñuel cenaba con su amigo Luis Alcoriza ─el estimable director de 'Tiburoneros' o la negra comedia 'Mecánica nacional'─, que se las daba de gran seductor.

Durante la cena, que era en el restaurante del hotel, Buñuel le hizo observar a Alcoriza que una bella y solitaria dama no le quitaba ojo. Animó a su amigo a pasar al ataque, incluso le retó con una apuesta. Alcoriza no se hizo de rogar y fue a la mesa de la dama. Al poco rato de conversación, se levantaron y se fueron juntos. Al pasar junto a Buñuel, Alcoriza le guiñó un ojo con suficiencia. Ya en la habitación, y al desnudar a la dama, Alcoriza se percató de que tenía algo escrito en el vientre. El texto era el siguiente: "Cortesía de tu amigo Luis Buñuel. Feliz cumpleaños".

Buñuel siempre se quejó de que la sed de sexo era algo que podía resultar agobiante, un yugo y un tirano por el que se cometían muchos errores. En el mismo libro, cuenta Carrière que una mañana le llamó don Luis muy alegre para decirle que por fin se había librado del yugo, ya no sentía apetencia, el sexo le resultaba indiferente. Pocos meses antes había cumplido ochenta y un años. Precisamente en 'Tristana', la adaptación que hizo Buñuel de la novela de Galdós, el viejo hidalgo venido a menos, interpretado por Fernando Rey, pasea por las calles de Toledo y se cruza con una moza garrida. Fernando Rey le lanza un piropo y la moza le llama viejo. A lo que el hidalgo, mientras se atusa el bigote soberbio con gesto ampuloso y algo ridículo, le opone: "No tan viejo que el diablo esté ya muerto".

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Alucinógenos

Hace unas noches presencié un curioso espectáculo en un bar de copas del Casco Viejo de Bilbao. El barrio estaba desierto, el bar de marras era de lo poco que estaba todavía abierto y entré a tomar un trago con unos amigos. El camarero y los escasos parroquianos, siete u ocho, tenían todos los ojos como si estuvieran iluminados por la luz del fin del mundo; drogados hasta las patas con algo alucinógeno; muy pasados de rosca: enloquecidos, pesados y en el caso de un par de ellos, agresivos. El camarero mantenía el tipo y nos puso, aunque con cierto esfuerzo agónico, unos 'gin tonics' legales, pero los demás parecían, como digo, de la cuadrilla de la niña de 'El exorcista'. No me extraña que en el Medievo consideraran a las aldeanas vascas y navarras que se colocaban con belladona brujas poseídas por el Diablo.

Me he enterado después que vuelve a estar de moda comer hongos alucinógenos, entre ellos los 'monguis' que en mi época de dar tumbos entre la Barcelona de 'El Víbora' y el Madrid de la movida, dejaron colgado a perpetuidad a más de uno, al igual que pasó con los ácidos que tenían carga de LSD, de ácido lisérgico de verdad. En esa época de los ochenta, como la mayoría de los que estábamos en el rollo, en algún rollo, coqueteé con diversas drogas y me fumé media tonelada de hachís, pero nunca me atreví con un ácido. Consideré, con temor y creo que con acierto, que ya tenía por mí mismo una mente lo suficientemente calenturienta y alucinógena como para correr el riesgo de un mal viaje con LSD. La posibilidad de sufrir alucinaciones de terror, me disuadió.

Recuerdo que a un amigo que tenía un 'pub' en la calle Aribau de Barcelona, su socio, un cretino, le echó a escondidas un ácido en la cerveza. Mi amigo, que se llamaba Joaquín, me contó que de repente creyó que se estaba volviendo loco, que no sabía lo que le pasaba, pero desde luego nada bueno: un ramalazo de pura demencia incontrolable, el sonido que le venía como a densas vaharadas y una alteración de la visión, del espacio que le rodeaba. Saltó la barra, salió corriendo calle abajo y no supo lo que hizo.

Ya que esto es Internet y no hay problema de espacio, permítanme que concluya este artículo con un fragmento de mi libro 'Tratado sobre la resaca', en el que conté el ataque de psicosis que sufrí el 31 de enero de 1984 en el expreso Barcelona-Bilbao. Menos mal que nunca me comí un ácido. Aun así…

"Vivía por aquel entonces en Barcelona, tenía veinticuatro años y llevaba una temporada de desmadre absoluto. Comía poco, dormía menos, mantenía bastantes relaciones sexuales 'dentro de mis modestas posibilidades', consumía toda la cocaína que podía, fumaba mucho hachís y bebía riadas de 'gin tonics'. Completé el cuadro tomando Katovit, un complejo de vitamina B con un componente de anfetamina que me dio la puntilla.

Consideré que tenía que parar un poco aquella escalada de desenfreno y decidí ir a Bilbao a pasar unos días en casa. Le invité a venir conmigo a Toni Mena, mi amigo y dibujante, que aceptó, en mala hora para él. Entre otras cosas, en 1984 era guionista de cómics en la revista 'El Víbora' y Toni dibujaba mis guiones.

Así que montamos en el expreso que tarda toda la noche en hacer el recorrido de Barcelona a Bilbao. Era día de labor y el vagón de literas del tren, en el que viajábamos, iba casi vacío. Tras fumar los últimos canutos nos tumbamos en nuestras sendas literas, las superiores, para intentar dormir. Llevaba cuarenta y ocho horas sin poder hacerlo y estaba ya bastante acojonado. Pero tampoco conseguí pegar ojo. Avanzaba la noche y mi estado de excitación no cesaba. Supongo que tras unas cuantas horas sin beber alcohol comencé a padecer la resaca, pero mi organismo estaba todavía tan dopado que no lo notaba. Empecé a sentir angustia y tuve la mala idea de intentar entretenerme con los haces de luz blanca que penetraban fugazmente por el resquicio de ventanilla que no tapaba la persiana bajada y trazaban efímeros dibujos en el techo del compartimiento en penumbra. Y entonces comenzó a suceder. No imaginé, sino que vi fantasmas en el techo. No recuerdo bien cómo eran; unas figuras estilizadas que me sonreían con unas bocas como de dibujos animados crueles. Siempre he sido un peliculero y las alucinaciones que sufrí aquella noche se correspondieron con mi imaginario cinéfilo; también con el lastre de la educación religiosa.

En medio de lo posible intenté conservar la calma y decirme que yo mismo me forzaba a ver aquello y me producía aquellas alucinaciones. Pero no debí de ser convincente porque el desfile de grotescos fantasmas persistió. Cerré los ojos para privar a las alucinaciones del canal de acceso por la vista y entonces el horror subió de grado y cambió de sentido por el que asaltarme.

Noté por toda la cara el contacto de algo así como unas manitas frías, húmedas y diminutas, como de niños pequeños que acabaran de lavárselas. El pánico me ganó. Abrí los ojos, me incorporé, encendí las luces y desperté a gritos al pobre Toni, que dormía plácidamente. Le conté a trompicones lo que me sucedía y que necesitaba que pararan el tren; quería salir de allí. Intentó calmarme y como no lo conseguía se vistió para salir a buscar al interventor y pedir ayuda.

Me he enterado después que vuelve a estar de moda comer hongos alucinógenos, entre ellos los 'monguis' que en mi época de dar tumbos entre la Barcelona de 'El Víbora' y el Madrid de la movida, dejaron colgado a perpetuidad a más de uno, al igual que pasó con los ácidos que tenían carga de LSD, de ácido lisérgico de verdad.


Y allí me quedé, solo. En camiseta y calzoncillos, sentado en la alta litera, envuelto en una manta áspera, bañado por la fantasmal luz fluorescente, bamboleado por el rítmico traqueteo del tren y aturdido por el ruido constante y monótono de la marcha. Cerré los ojos de nuevo y los aterradores contactos en el rostro se repitieron. Los abrí y cesaron, pero una voz profunda comenzó a hablarme en el interior de la cabeza con un demencial mensaje mesiánico, algo así como que era el elegido para organizar a la humanidad en una nueva sociedad basada en la mutua confianza. Y yo respondía mentalmente, como un mesías de pacotilla y de natural vago, que eso era una pesada carga y que no quería apurar ese cáliz.

La voz desapareció al cabo de un rato, pero sólo para dar el relevo a una nueva angustia. Pasaba el tiempo y Toni no volvía. Me sentía incapaz de moverme de la litera, de salir del compartimiento. De repente comprendí. No es que lo pensara, sino que tuve la aterradora certeza. Lo que sucedía era que me había vuelto loco, loco de remate. Estaba seguro de que en ese momento había en el compartimiento personas que me hablaban y me tocaban y no lo percibía porque la demencia me había aislado sensorialmente. No, no era eso. Era algo peor. Me puse a gemir y a llorar. No me había vuelto loco, sino que había muerto. Y la muerte era así: quedarte solo para siempre en el lugar en el que has estirado la pata. Grité desesperado por el terror.

Toni apareció por fin y por lo menos ese espanto se disipó. Me dijo que no encontraba al interventor y que no había nadie más en todo el vagón. Iba a ir a buscarlo por el resto del tren. Y cuando le rogaba que no me dejara solo, mi amigo, mi único vínculo con la realidad y la cordura, que me sostenía la cara con las manos y tenía su rostro cerca del mío, con los ojos enrojecidos por haberle arrancado del sueño, me traicionó. Vi cómo sus ojos se transformaban en los amarillentos y fijos de un reptil, en los de una gran serpiente. Cerré los ojos, sollocé y se lo conté. Salió corriendo a conseguir ayuda como fuera.

No recuerdo si tuve más alucinaciones visuales, táctiles o mentales durante su nueva ausencia. Toni volvió con el interventor, al que intenté agredir. Después amenacé con demandar a Renfe y hacerme rico a costa de la indemnización que les iba a sacar.

El tren llegó a Tudela, Navarra, donde tenía parada. Consiguieron que me vistiera y bajamos del convoy. En la estación desierta y helada había un teléfono público y Toni podía llamar a lo que hubiera de instalación hospitalaria en Tudela. Allí nos dejaron solos y el tren partió. Creo recordar que mientras Toni pedía una ambulancia me escapé a una cercana gasolinera y que quise pegarme con los empleados. Y que fueron buena gente y no correspondieron a la fama de brutos, más brutos y de Tudela y no me hincharon a hostias. Y sí recuerdo con nitidez que antes de subir a la ambulancia miré los rotos del asfalto y éstos se transformaron en pequeñas culebras que serpenteaban enloquecidas.

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