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Vanidad y sexo


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En 'Mi último suspiro', la estupenda autobiografía de Luis Buñuel escrita más o menos al dictado por su guionista habitual de la última época, Jean-Claude Carrière, se refiere una divertida anécdota que demuestra que uno de los grandes acicates del sexo -o de todo en realidad- es la vanidad. Buñuel cenaba con su amigo Luis Alcoriza ─el estimable director de 'Tiburoneros' o la negra comedia 'Mecánica nacional'─, que se las daba de gran seductor.

Durante la cena, que era en el restaurante del hotel, Buñuel le hizo observar a Alcoriza que una bella y solitaria dama no le quitaba ojo. Animó a su amigo a pasar al ataque, incluso le retó con una apuesta. Alcoriza no se hizo de rogar y fue a la mesa de la dama. Al poco rato de conversación, se levantaron y se fueron juntos. Al pasar junto a Buñuel, Alcoriza le guiñó un ojo con suficiencia. Ya en la habitación, y al desnudar a la dama, Alcoriza se percató de que tenía algo escrito en el vientre. El texto era el siguiente: "Cortesía de tu amigo Luis Buñuel. Feliz cumpleaños".

Buñuel siempre se quejó de que la sed de sexo era algo que podía resultar agobiante, un yugo y un tirano por el que se cometían muchos errores. En el mismo libro, cuenta Carrière que una mañana le llamó don Luis muy alegre para decirle que por fin se había librado del yugo, ya no sentía apetencia, el sexo le resultaba indiferente. Pocos meses antes había cumplido ochenta y un años. Precisamente en 'Tristana', la adaptación que hizo Buñuel de la novela de Galdós, el viejo hidalgo venido a menos, interpretado por Fernando Rey, pasea por las calles de Toledo y se cruza con una moza garrida. Fernando Rey le lanza un piropo y la moza le llama viejo. A lo que el hidalgo, mientras se atusa el bigote soberbio con gesto ampuloso y algo ridículo, le opone: "No tan viejo que el diablo esté ya muerto".

Buñuel siempre se quejó de que la sed de sexo era algo que podía resultar agobiante, un yugo y un tirano por el que se cometían muchos errores. En el mismo libro, cuenta Carrière que una mañana le llamó don Luis muy alegre para decirle que por fin se había librado del yugo, ya no sentía apetencia, el sexo le resultaba indiferente. Pocos meses antes había cumplido ochenta y un años.


Un conocido, uno de esos tipos a los que les gusta contar que frecuenta a las putas, decía que él desde luego ya sabía que fingen que se excitan con los clientes e incluso que llegan a correrse -Charles Simic contaba de una mujer que fingía el orgasmo incluso cuando se masturbaba a solas-, con una excepción, una prostituta con la que solía follar y que se ponía tan cachonda con él que no podía evitar el orgasmo. Él lo notaba: era evidente. Añadió que es que modestia aparte él lo hacía muy bien, de libro ─¿de reclamaciones?─. Le pregunté si alguna vez la chica, agradecida por el gran placer recibido, no le había cobrado. Cambió de tema al punto. La vanidad y la estupidez con frecuencia van de la mano y se besan en público escandalosamente.

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