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La noche que murió en Shanghái

Fotografías Helena Torre

Se busca. Ha vuelto el mundo del revés. No encuentra.

Hay muchas maneras de morir. No en todas dejas de respirar.

A veces flotas. Te dejas llevar. Y vas sintiendo como la vida va cortando los lazos que te unen a ella.

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Historias de Bosnia

Detrás de cada guerra hay millones de historias. Están protagonizadas por personas cuyas circunstancias cambian radicalmente de un día para otro, transformando y lastrando sus vidas quizás para siempre. Para los que viven el conflicto desde la seguridad de la distancia, esas historias pasan desapercibidas o, en el mejor de los casos, suenan ajenas y lejanas.

En Historias de Bosnia (Planeta Cómic, 2015), el periodista e historietista Joe Sacco narra cómo vivió el final de la brutal Guerra de Bosnia. En su camino, Sacco se cruza con personajes tan diversos como el conocido criminal de guerra Radovan Karadzic, el polifacético artista Soba o el carismático buscavidas Neven, protagonistas de historias que, pese a su dureza e interés, nunca llegan a los grandes medios de comunicación.

La Guerra de Bosnia (1992-1995) fue causada por una compleja combinación de factores políticos y religiosos, desembocando en la  más sangrienta de las guerras de desintegración de la antigua Yugoslavia: murieron alrededor de 100.000 personas y se cometieron los peores crímenes en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial.

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La inocencia perdida y el cine

La canción del camino (Satyajit Ray, 1955) - Government of West Bengal

La inocencia es una manera de mirar y de habitar el mundo. La infancia se deja atrás cuando se pierde la inocencia. El cine ha reflejado esa pérdida irreparable en numerosas ocasiones, pero la lista de películas memorables no es muy extensa. En ella estarían La canción del camino, Los olvidados, Juegos prohibidos, Matar a un ruiseñor y La noche del cazador, cinco clásicos del cine que muestran, con veracidad y emoción, cómo los niños descubren el mundo adulto; un descubrimiento que les obliga a modificar su forma de mirar y de habitar el mundo.

En esas cinco películas se refleja lo que dijo el cineasta y escritor Robert Benayoun: «Si se considera a la infancia como una broma pesada, una letanía de angustias, de complejos y de deseos insatisfechos, una búsqueda incesante de afecto y de seguridad, una lucha perpetua contra la autoridad rígida del adulto y la tiranía necia de la razón, […] uno se pregunta cómo este período de la existencia puede ser el más feliz, el más libre, el más puro de todos». Esa felicidad y esa libertad tienen que ver con la inocencia, que el escritor Michel Tournier definió como el «amor espontáneo al ser, un sí a la vida, la aceptación sonriente de los alimentos celestiales y terrestres, ignorancia de la alternativa infernal pureza-impureza».

La inocencia es la espontaneidad, el placer continuo del descubrimiento y la capacidad de maravillarse: G. K. Chesterton decía que «lo maravilloso de la niñez es que cualquier cosa en ella puede ser una maravilla». Y la inocencia es también la ignorancia festiva, pre-racional, de los conceptos que empleamos los adultos para clasificar, separar y dividir la realidad en compartimentos: el bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo útil y lo inútil, etcétera. La forma de mirar de los niños, la inocencia, es pre-racional porque está desprovista de teoría. El verbo griego theorein significaba mirar, observar, demorarse en el aspecto de lo que aparece. Pero casi desde su origen la palabra «teoría» se cargó con un sentido intelectual: la teoría está relacionada con «ver» algo a través de conceptos, con ver más allá de la experiencia sensible. Y, como señaló Ortega y Gasset, «todo concepto es por su naturaleza una exageración», porque «al hablar, al pensar, nos proponemos aclarar las cosas, y esto obliga a exacerbarlas, dislocarlas, esquematizarlas».

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Pavos volando hacia el sur

Flannery O'Connor en el camino de Andalusia (1962) - Joe McTyre; Atlanta Constitution.

«Se fue hacia el pueblo con el pavo al hombro. Quería hacer algo por Dios, pero no sabía qué. Si encontrara a alguien tocando el acordeón en la calle le iba a dar una moneda de diez centavos. Solo tenía diez centavos, pero se los daría.»

Suponemos, con poco riesgo de equivocarnos, que la fijación de la pequeña Flannery por las aves se remontaba a su niñez, cuando con pueril tenacidad y buenas dosis de empeño, enseñó a un pequeño pollo a caminar hacia atrás. Un precario equipo de filmación se acercó entonces a la granja O’Connor para dar cuenta de la efeméride e inmortalizar la nerviosa sonrisa de una niña que, bajo un pequeño sombrero calado, dejaba escapar uno de sus tirabuzones. Más allá de aquellos singulares adoctrinamientos, quizás en un pueblecito perdido al este del Mississippi, durante la Gran Depresión, una adolescente de familia acomodada no tenía más opciones que sentarse en la mecedora del porche, contemplar los destellos dorados de los campos de maíz y esperar que su padre le cazase un novio a la altura de su hacienda. Pese a todo, Flannery O’Connor jamás se casó ni tuvo hijos. Entre sus logros destacaron otras virtudes menos mundanas, tales como llegar a convertirse en una de las narradoras norteamericanas más relevantes y perturbadoras del siglo XX.

Circunscrita por la crítica al denominado gótico sureño, compartió con sus coetáneos, además de localización geográfica, el gusto por los personajes grotescos e inadaptados que transitaron por sus cuentos y novelas. Curiosamente, su arraigado catolicismo acabaría por marcar la diferencia (y cierta indiferencia) con sus compañeros de adscripción. Por otro lado, esta situación también le convertiría en una especie de ave singular en una tierra donde el fanatismo religioso de raíz protestante brota como la mala hierba. En el caso de O’Connor, sería inadecuado afirmar que utilizó la fe como herramienta evangelizadora dentro de su ficción. En cambio, sí que reflejó en ocasiones ese temor irracional a la ira de Dios que sobrevuela sobre algunos de sus personajes; las terrenales injusticias a las que estos se ven sometidos; la dicotomía de los polos opuestos; el bien, pero sobre todo el mal. Buena conocedora, igualmente, del poder que su propio entorno la ofrecía, ese sur rural, aislado y salvaje, mostró una absoluta habilidad a la hora de elaborar minuciosas radiografías del alma humana, característica que sin duda la situó en la órbita de sus admirados Joyce o Dostoievski.

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"Si algún día ya no podemos seguir tocando en público, en el salón de casa seremos felices con nuestras canciones"

Nahúm Cobo y Yenia Popova, integrantes de la banda cántabra Chebú. |

Chebú es una de esas bandas de difícil clasificación, pues su música transita con naturalidad por un generoso catálogo de estilos sin que haya uno definitivo al que adscribirla. ¿Cómo? Nahúm Cobo (Astillero, Cantabria, 1978) y Yenia Popova (Yaroslavl, Rusia, 1986) lo tienen claro: «hacemos música». La respuesta categórica no debe llevar a engaño, pues, como se comprobará enseguida, tanto el uno como la otra se detienen a explicar sus razones, al tiempo que reflexionan sobre su trayectoria, el lugar en que se encuentra la banda actualmente, así como sus expectativas, sobre todo las que se refieren a  Desorden en equilibro (OCA Records, 2017), su más reciente trabajo discográfico.

Desde que formaran la banda en 2010, Chebú se ha ido consolidando como una apuesta segura en la escena musical cántabra. En 2012 se estrenaron con  Confusión en tu casa..., un álbum que gozó de una buena acogida y que sirvió para sentar las bases de las que ya son algunas de las notas distintivas de su propuesta: el sincretismo sonoro, la exploración melódica o el recurso a varias lenguas para componer las letras de sus canciones.

Antes de empezar la entrevista, Yenia me advierte que Nahúm tiene mucha cuerda, que cuidado. Ella no le va a la zaga, aunque son estilos diferentes: él posee un verbo torrencial y gesto inquieto, mientras que ella es pausada e introspectiva, pero directa. Localizada en un entorno rural casi idílico (zona de Liérganes, Cantabria), nos reunimos en su casa para conversar sobre música y sobre su trayectoria, con especial interés en ese  Desorden en equilibrio. Tres años han pasado desde que se iniciara la grabación; la espera ha sido larga, pero, según nos cuentan, ha merecido la pena. Se trataba de cuidar al máximo cada detalle y de dejar tiempo para que la lista de colaboradores fuese engordando, hasta componer un cuadro lleno de colores. Asimismo, ese interludio les ha servido para crecer como músicos y como banda, para tener más claro quiénes son, además de para alimentar otros proyectos artísticos y culturales en los que se hallan embarcados. Ahora, ante ellos, un 2018 cargado de propósitos, especialmente el de viajar todo lo posible con el nuevo disco bajo el brazo y la ilusión de hacer llegar su música a todas partes. 

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Historias de Zimbabwe

Zimbabwe. | Fotos: HELENA TORRE

Umm… ¿Hablar de mí? No sé qué decir. Tengo las mejores telas de todo Avondale, ¿quieres un vestido? Uno rojo te sentaría bien. Vengo de Bulawayo, toda mi familia es Ndebele. Aquí en Zimbabwe hay blancos y negros, como habrás visto. La mayoría de negros son de la etnia shona, vienen del noreste a trabajar en la ciudad. Nosotros vivimos en el sur, somos menos. Mis padres son pastores, y en casa hablamos nguni, aunque no se me da tan bien como el inglés. 

Vine a la ciudad para buscar un futuro mejor para mi familia, como la gran mayoría. Se dice que los ndebeles éramos los mejores guerreros antes de los colonos. Soy una guerrera, ¡mírame! La vida es difícil, pero nos da más de lo que necesitamos. Eso es lo que decía siempre mi abuelo cuando hablaba de este país: «Zimbabwe tiene mucho que ofrecer para el que quiere recibir». ¿Sabes qué significa nuestra bandera? El verde representa la vegetación y los recursos naturales; el amarillo los minerales; el rojo, la sangre derramada por nuestra independencia; el negro, somos el pueblo negro; el triángulo blanco simboliza la paz; la estrella roja, las metas del país; y el pájaro, es el Gran Pájaro de Zimbabwe, el emblema nacional y nuestra historia.

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Reír y rebuznar: la fiesta del asno

Huida a Egipto (1423) - Gentile da Fabriano

¡Luz de este día, luz de alegría! Creo que los tristes

serán reconfortados por estas solemnidades.

¡Que desaparezcan la envidia y los cuidados!

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Polonia: un pequeño itinerario de la maldad

Campo de concentración de Auschwitz. |

El día 1 de septiembre de 1939 el ejército alemán, como primer paso en su intento por establecer un vasto imperio, invadió Polonia, comenzando oficialmente la II Guerra Mundial. No obstante, varios días antes de la fecha señalada había sido firmado por los ministros de Asuntos Exteriores de Alemania y la Unión Soviética un pacto de no agresión entre ambos países, en lo que se dio en llamar Pacto Ribbentrop-Molótov.

En ese tratado, que casi dos años más tarde sería violado por los nazis con su intento de conquista de los territorios soviéticos, contenía diversas formulaciones en las que ambos estados se comprometían a no participar en alianzas que fueran en contra o amenazaran los intereses del otro país, pero señalaba, además, en cláusula secreta, intereses territoriales tanto de nazis como de soviéticos en sus respectivas áreas de influencia. De este modo, Polonia pasaba a convertirse en la hamburguesa o el filete ruso (dependiendo de cual de los dos estados opinara) dentro del bocadillo que soviéticos y alemanes pretendían merendarse.

El espacio que en su día ocupó el gueto de Varsovia hoy está repleto de grandes rascacielos en los que se instalan muchas de las firmas líderes de la economía mundial. Sobre todos esos grandes edificios, no obstante, reina una mole oscura e inmensa que es llamada Palacio de la Cultura y de la Ciencia y que es, en realidad, un regalo envenenado que recuerda los muchos años de dominación de la Unión Soviética sobre Polonia. Del gueto en el que los nazis recluyeron a miles de judíos antes de su desaparición apenas quedan unos pocos vestigios.

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Safari: matar a un animal

Safari (Ulrich Seidl, 2016) - Ulrich Seidl Film Produktion GmbH

«Si un animal matara con premeditación, eso sería un reflejo humano». (Stanisław Jerzy Lec)

En el verano del año 55 a. n. e. se inauguró en Roma el impresionante teatro de Pompeyo, el cónsul de la República. Con ese motivo se celebraron unos Juegos en los que los romanos pudieron asistir, además de a representaciones teatrales o actuaciones musicales, a cinco jornadas de caza de animales salvajes en el circo. En la última de esas jornadas un grupo de hombres armados con lanzas se enfrentó a unos veinte elefantes. El filósofo y político Cicerón, que estaba entre los asistentes, relató en una carta a un amigo que en aquel espectáculo «la plebe alborotada mostró gran asombro, pero ningún placer». Asombro, por ejemplo, ante la precisión de uno de los hombres, cuya lanza atravesó el ojo y alcanzó los puntos vitales de uno de los elefantes, que se desplomó al instante. «¿Qué placer puede hallar un hombre de refinada cultura en que un débil ser humano sea despedazado por una fiera poderosa o en que un noble animal sea atravesado por una lanza?», se preguntó Cicerón.

El escritor y naturalista Plinio el Viejo también dio cuenta de ese día de caza en el libro VIII de su Historia Natural. Unas barreras de hierro impedían la huida de los elefantes; perdida ya la esperanza de conservar sus vidas, y «buscando la compasión del público, comenzaron a suplicar con una actitud indescriptible, llorando por ellos mismos entre lamentaciones, con tan gran dolor del pueblo que, olvidándose del general y de la munificencia desplegada en su honor, se levantaron todos llorando y abrumaron a Pompeyo con imprecaciones que él expió inmediatamente». En la carta a su amigo, Cicerón afirmó que era tan evidente la compasión del público «como la idea de que hay algún tipo de relación entre estos animales y el género humano».

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Philip K. Dick, un profeta para la modernidad

Philip K. Dick - El Corso

Philip K. Dick (1928-1982) es uno de los autores de ciencia ficción más carismáticos del siglo XX. Responsable de docenas de novelas y de más de un centenar de historias breves, algunas de sus obras más conocidas son El hombre en el castillo, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? -adaptada al cine como Blade Runner- o Ubik.

Su carrera como escritor se prolongó por tres décadas y pasó por distintas fases, cuyo colofón fue la denominada etapa mesiánica, que abarca tres títulos clave dentro de su producción: VALIS, La invasión divina y La transmigración de Timothy Archer.

El 20 de febrero de 1974, Philip K. Dick acudió a la consulta del dentista con el fin de que le extrajeran una de las muelas del juicio. Durante la intervención, le fue suministrada una cantidad considerable de pentotal sódico, un potente anestésico.

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