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Quique González: "La música es mucho más que una terapia para mí"

El músico y compositor Quique González. | FOTOS: JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Terminó el primer año de presentación de su décimo disco, Me mata si me necesitas, feliz y satisfecho junto a Los Detectives, la banda con la que lleva tocando los últimos cinco años. Quique González (Madrid, 1973) pide un gintonic, se explaya hablando de series y de cine, una de sus grandes pasiones, y no esquiva ninguna pregunta. Con veinte años de carrera profesional a sus espaldas, charlamos sobre su trayectoria, sus influencias, el tratamiento que recibe la música y la profesión de músico en España, así como la especial relación que mantiene con Cantabria desde hace más de una década.

La entrevista se realiza en el mítico Rvbicón de Santander, un bar que le es muy familiar. No en vano, junto al piano que preside el local ha compuesto varios de sus temas y ha pasado noches inolvidables el que es uno de los compositores y músicos de rock más respetados y queridos del panorama nacional.

Tus primeros trabajos fueron en un McDonald's de Londres y como animador turístico en un hotel de Mallorca, ¿qué aprendiste de esas experiencias?

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Entre la razón y la fe: 'Bacantes', de Eurípides

Bacantes es el título de la obra maestra de Eurípides (484/480-406 a.C.), el último de los grandes trágicos griegos. El poeta compuso este drama tardío durante su retiro en la corte de Pella, Macedonia, a la que había sido invitado por el monarca Arquelao I. Allí conocería la muerte, de modo que Bacantes sería estrenada con carácter póstumo en Atenas un año más tarde. Su hijo, Eurípides el Joven, se encargaría de la puesta en escena.

Bacantes tiene su origen en uno de los muchos mitos asociados a la figura del último de los dioses olímpicos: Dioniso. El eje de esta tragedia, como ya observara el académico Carlos García Gual, consiste en una superposición de antagonismos, a saber, «lo griego y lo bárbaro, lo masculino y lo femenino, la ciudad y el monte, la serenidad cívica y el frenesí báquico, es decir, lo apolíneo y lo dionisíaco, en el sentido de estos términos en Nietzsche». Pero por encima de todas estas contradicciones, sobresale el choque entre lo humano y lo divino.

El prólogo de la obra -recurso frecuente en la producción de Eurípides-, protagonizado por el propio Dioniso, advierte ya de la inminencia de este enfrentamiento. Desde el theologeíon, el espacio más elevado de la escena, el dios del éxtasis, recién llegado a Tebas, se complace en anunciar su voluntad de instituir su culto en la ciudad. Tebas no es un enclave cualquiera para Dioniso, que fue concebido en ella como resultado del rayo con que Zeus fulminó a su madre, Sémele, hija del rey Cadmo, fundador de la ciudad. Cadmo ha entregado el poder a su nieto, Penteo, quien se niega a honrar a Dioniso en sus libaciones, circunstancia que el dios no puede tolerar.

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Crucifijos y navajas

La última cena de los mendigos. | Films 59 - UNINCI - Producciones Alatriste

«¿Qué se me reprocha? En ese film me he quedado siempre corto en todo lo que podía decir. Mi heroína se encuentra más virgen en el desenlace que al principio» .

Luis Buñuel

No sabría que decirle, Don Luis, pues la historia le viene de lejos. Tan lejos como 1929, cuando una cuerda arrastraba lentamente a un par de curas por el suelo. Añadan al anecdotario que uno de ellos estaba interpretado por un Salvador Dalí exento de su bigote. Hablamos, en este caso, de Un perro andaluz, de Luis Buñuel y de la censura francesa. Este forzoso «idilio»  entre los censores y el director aragonés (que tan precozmente daría comienzo) sería una constante a lo largo de toda su filmografía. Da igual que fuera Francia, México, Italia o España, en los cincuenta años que estuvo detrás de la cámara, su estrábica mirada fue tan temida como admirada. Curiosamente (y no sería el único), Buñuel sabría usar con suma habilidad esa tensión entre lo que quería contar y lo que le era permitido. Esa estrecha repisa por la que tenía que transitar, daría lugar a todo un imaginario de símbolos y pequeños juegos visuales que poseían una fuerza que quizás se hubiese visto minimizada usando un lenguaje, si cabe, más explícito. Un universo tan particular que ha llegado a introducirse en nuestro léxico con el adjetivo de buñueliano.

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Respirando Alepo

Café solo, 3.00 am. Cinco personas en la cafetería de la terminal doméstica del aeropuerto de Nairobi. Contra todo pronóstico, hace frío. 

Cansada, dejo a un lado el libro que estaba leyendo y miro a mi alrededor. Todos dormitan o manejan el móvil. Excepto un hombre. Me mira, le miro y sonríe. 

Se levanta y en un impecable inglés me pide permiso para sentarse en mi mesa. Curiosa, veo cómo se acomoda y da un sorbo a su café. «Parece cansada», me dice. Le cuento que llevo un día muy largo a mis espaldas, y que aún me quedan unas cuantas horas para llegar a casa. «Ah… Casa. Una hermosa palabra, ¿no le parece?». Dudo. «Tan solo decirla en voz alta emociona. Casa». Noto como la saborea, y algo similar a la añoranza asoma en su mirada. Le pregunto de dónde es. Sus ojos brillan a la vez que pronuncia las palabras «De Siria, joven. Mi hogar es una ciudad llamada Alepo». Asiento a la vez que mil imágenes vienen a mi mente. 

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Concha Crespo Reguero: la literatura como sacrificio

Portada de 'Mis andanza por tierras de España: La Montaña', por Concha Crespo Reguero.

La vida y la obra de Concepción Crespo Reguero de Pérez están rodeadas de un halo de misterio que en buena parte se puede atribuir a la imprecisión originada por el escaso o nulo afecto que, por desconocimiento o desidia, ha recibido su figura hasta la fecha. Así es la historia de la literatura, antojadiza, jalonada de nombres, de esfuerzos y de sacrificios, de hombres y mujeres que, contra viento y marea, bregaron por desarrollar una actividad intelectual en la que proyectar un interior curioso, ávido de respuestas. 

Nacida en Cádiz el 1 de enero de 1914, en una familia de escasos recursos formada por varios retoños, Conchita se dedicó a la literatura desde antes incluso de su adolescencia. Movida por una gran afición al estudio, a los siete años compuso sus primeros versos, participando en varios concursos infantiles que celebró con éxito. Autodidacta, pues sus padres no pudieron costearle los estudios para impulsar una carrera que se descubría ya entonces brillante, empezó a escribir en varios periódicos santanderinos y asturianos en homenaje a la tierra donde pasaría buena parte de su niñez.

Ayudar a su padre y a su madre le llevaba la mayor parte del día y, para el ejercicio de la literatura, aprovechaba todos los ratos libres, incluso los robados al sueño. Sus maestros fueron grandes literatos contemporáneos, como Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), Enrique Pérez Escrich (1829-1897), Luis de Val (1867-1930), Serafín y Joaquín Álvarez Quintero (1871-1938, 1873-1944), Eduardo Marquina (1879-1946), Jacinto Benavente (1866-1954) y Antonio Machado (1875-1939). Gracias a ellos aprendió a pensar, a sentir y a vivir, abstrayéndose de la áspera realidad de la vida cotidiana.

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González y sus historias

El periodista Enric González. |

El periodista Enric González (Barcelona, 1959) ejerció como corresponsal del diario El País en Londres, París, Nueva York, Washington, Roma y Jerusalén. Autor de algunas de las crónicas más brillantes del periodismo contemporáneo español, de sus aventuras profesionales y personales en estas estancias surgieron tres libros - Historias de Londres, Historias de Nueva York e Historias de Roma-, publicados por separado y reunidos posteriormente en un mismo tomo, Todas las historias y un epílogo (RBA, 2011), que nos acercan una mirada íntima y diferente para conocer tres de las ciudades más importantes del mundo. 

González ocupó la corresponsalía de Londres a principios de la década de 1990, y organiza sus memorias según las zonas geográficas de la ciudad: el Oeste, el Centro y el Este, que contienen "todos los Londres, todos los mundos posibles". 

Fiel al estilo irónico y conciso de sus columnas, nos acerca a la idiosincrasia de la capital británica, utilizando múltiples referencias históricas, políticas, sociales, culturales… mezcladas con su propia experiencia. Sin reservas. Desde anécdotas divertidas como sus problemas con la pronunciación en inglés hasta momentos de angustia como los problemas de corazón de su mujer, Lola, ingresada durante varias semanas en los hospitales de Westminster primero y Saint George más tarde, "la larga caída a los abismos del sistema hospitalario británico".

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Marina Abramović: yo soy el objeto

Reproducción de la mesa que Marina Abramović empleó en 'Rhythm 0' expuesta en el Museo Tate Modern.

Durante sus años universitarios, la artista serbia Marina Abramović hubo de conjurar un perenne sentimiento de frustración. Sus repetidos esfuerzos para hacer de la pintura un cauce idóneo para sus emociones e ideas encontraron antes un obstáculo en aquélla que una aliada al servicio de la creación. Espoleada por una pulsión rupturista, Abramović renunciaría a la pintura y transformaría su cuerpo en el nuevo eje de su arte.

Rhythm es el título de una serie de acciones artísticas ejecutadas por Marina Abramović entre los años 1973 y 1974. Sonido y tiempo, consciencia e inconsciencia, son los dos binomios en que se enmarcan las performance que la configuran. En Rhythm 10, la artista es filmada mientras apuñala la superficie que media entre los dedos de su mano. Cada vez que yerra y se inflige un corte, cambia de cuchillo, así hasta lastimarse una veintena de veces. Es entonces cuando reproduce la grabación y procede a repetir tanto aciertos como errores. En Rhythm 5, Abramović se sitúa en el interior de una estrella de cinco puntas a la que acto seguido prende fuego. Allí mismo recorta su cabello y uñas y los arroja al fuego para, a continuación, tumbarse entre las llamas hasta perder la consciencia a causa de la falta de oxígeno. En Rhythm 2, consume dos psicofármacos prescritos para el tratamiento de la catatonia y la esquizofrenia.

Rhythm 0 es la última de las piezas de la serie Rhythm. Era el año 1974. El Studio Morra de Nápoles (Italia) facilitaría el espacio para su escenificación. El texto plasmado en una de las paredes de la sala explicitaba: "En la mesa hay setenta y dos utensilios que pueden usarse sobre mí como se quiera. Yo soy el objeto".

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"El mito de la Escuela nos domestica y prepara para ser consumidores pasivos y trabajadores flexibles"

Vicente Gutiérrez presentando el libro junto a José Manuel Rojo (izquierda) y Julio Monteverde (derecha). | Fotos: Lurdes Martínez

Vicente Gutiérrez (Santander, 1977) es el autor de 'La tiza envenenada. Co-educar en tiempos de colapso' (Textos (in) surgentes, 2016), libro recientemente publicado. Vicente Gutiérrez es, además, un agitador cultural santanderino con una dilatada y premiada obra poética. Es, asimismo, militante del Grupo Surrealista de Madrid con quien lleva colaborando años.

De formación matemático, de profesión, docente y de pasión, poeta, Gutiérrez se muestra en esta obra como un ensayista lúcido y perspicaz. En estas líneas nos habla, por supuesto, de su último libro, pero también de su experiencia educativa, de antipedagogía y de sus tesis contra la escolarización.

¿Por qué hay que leer La tiza envenenada? ¿Quiénes deberían leerla?

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Siete mares y una bahía: Jesús Pardo

El periodista, traductor y escritor cántabro Jesús Pardo.

«Tengo 89 años. Y nunca nadie me ha dado un premio así. Tampoco nunca me he presentado a ninguno. Es algo que considero que, si viene, ha de venir por sí sólo»

Con esta frase rompía el silencio un agradecido Jesús Pardo el pasado diciembre al recoger el Premio Honorífico de las Letras de Santander 2016, en la II Gala de las Letras de esta misma ciudad, celebrada en el Teatro CASYC.

Los asistentes, ensimismados, le escuchaban. «Esto es muy bonito», añadió, admirando la elegante estatuilla compuesta por letras que se le entregaba. «Prometo no usarlo como pisapapeles», bromeó divertido.

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Cuando los hechos cambian

El historiador británico Tony Judt. |

Cuando en 2008 fue diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica (ELA), también conocida como la enfermedad de Lou Gehrig, el prestigioso historiador británico Tony Judt (1948-2010) se refugió en su propia memoria: sus recuerdos, experiencias, ideas, fantasías…

A diferencia de otras enfermedades de carácter degenerativo, la ELA afecta fundamentalmente al sistema motor mientras que otras funciones superiores como la sensibilidad o la inteligencia se mantienen incluso en las fases más avanzadas del trastorno, añadiendo aún más dramatismo a una situación tan incómoda desde el punto de vista físico como insoportable en lo psicológico.

En estas condiciones, Judt recordaba hechos, personas o historias que debían ser lo suficientemente interesantes como para desviar la atención de su sufrimiento durante el día y lo suficientemente aburridas para ayudarle a conciliar el sueño por la noche: "La mejor forma de sobrevivir a la noche sería tratarla como al día". Sin embargo, "una pérdida es una pérdida y no se gana nada con un nombre más bonito. Mis noches son interesantes; pero podría vivir muy bien sin ellas", aseguraba en la primera de una serie de reflexiones publicadas por The New York Review of Books en 2010, meses antes de su muerte.

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