Opinión y blogs

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Respirando Alepo

Café solo, 3.00 am. Cinco personas en la cafetería de la terminal doméstica del aeropuerto de Nairobi. Contra todo pronóstico, hace frío. 

Cansada, dejo a un lado el libro que estaba leyendo y miro a mi alrededor. Todos dormitan o manejan el móvil. Excepto un hombre. Me mira, le miro y sonríe. 

Se levanta y en un impecable inglés me pide permiso para sentarse en mi mesa. Curiosa, veo cómo se acomoda y da un sorbo a su café. «Parece cansada», me dice. Le cuento que llevo un día muy largo a mis espaldas, y que aún me quedan unas cuantas horas para llegar a casa. «Ah… Casa. Una hermosa palabra, ¿no le parece?». Dudo. «Tan solo decirla en voz alta emociona. Casa». Noto como la saborea, y algo similar a la añoranza asoma en su mirada. Le pregunto de dónde es. Sus ojos brillan a la vez que pronuncia las palabras «De Siria, joven. Mi hogar es una ciudad llamada Alepo». Asiento a la vez que mil imágenes vienen a mi mente. 

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Concha Crespo Reguero: la literatura como sacrificio

Portada de 'Mis andanza por tierras de España: La Montaña', por Concha Crespo Reguero.

La vida y la obra de Concepción Crespo Reguero de Pérez están rodeadas de un halo de misterio que en buena parte se puede atribuir a la imprecisión originada por el escaso o nulo afecto que, por desconocimiento o desidia, ha recibido su figura hasta la fecha. Así es la historia de la literatura, antojadiza, jalonada de nombres, de esfuerzos y de sacrificios, de hombres y mujeres que, contra viento y marea, bregaron por desarrollar una actividad intelectual en la que proyectar un interior curioso, ávido de respuestas. 

Nacida en Cádiz el 1 de enero de 1914, en una familia de escasos recursos formada por varios retoños, Conchita se dedicó a la literatura desde antes incluso de su adolescencia. Movida por una gran afición al estudio, a los siete años compuso sus primeros versos, participando en varios concursos infantiles que celebró con éxito. Autodidacta, pues sus padres no pudieron costearle los estudios para impulsar una carrera que se descubría ya entonces brillante, empezó a escribir en varios periódicos santanderinos y asturianos en homenaje a la tierra donde pasaría buena parte de su niñez.

Ayudar a su padre y a su madre le llevaba la mayor parte del día y, para el ejercicio de la literatura, aprovechaba todos los ratos libres, incluso los robados al sueño. Sus maestros fueron grandes literatos contemporáneos, como Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), Enrique Pérez Escrich (1829-1897), Luis de Val (1867-1930), Serafín y Joaquín Álvarez Quintero (1871-1938, 1873-1944), Eduardo Marquina (1879-1946), Jacinto Benavente (1866-1954) y Antonio Machado (1875-1939). Gracias a ellos aprendió a pensar, a sentir y a vivir, abstrayéndose de la áspera realidad de la vida cotidiana.

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González y sus historias

El periodista Enric González. |

El periodista Enric González (Barcelona, 1959) ejerció como corresponsal del diario El País en Londres, París, Nueva York, Washington, Roma y Jerusalén. Autor de algunas de las crónicas más brillantes del periodismo contemporáneo español, de sus aventuras profesionales y personales en estas estancias surgieron tres libros - Historias de Londres, Historias de Nueva York e Historias de Roma-, publicados por separado y reunidos posteriormente en un mismo tomo, Todas las historias y un epílogo (RBA, 2011), que nos acercan una mirada íntima y diferente para conocer tres de las ciudades más importantes del mundo. 

González ocupó la corresponsalía de Londres a principios de la década de 1990, y organiza sus memorias según las zonas geográficas de la ciudad: el Oeste, el Centro y el Este, que contienen "todos los Londres, todos los mundos posibles". 

Fiel al estilo irónico y conciso de sus columnas, nos acerca a la idiosincrasia de la capital británica, utilizando múltiples referencias históricas, políticas, sociales, culturales… mezcladas con su propia experiencia. Sin reservas. Desde anécdotas divertidas como sus problemas con la pronunciación en inglés hasta momentos de angustia como los problemas de corazón de su mujer, Lola, ingresada durante varias semanas en los hospitales de Westminster primero y Saint George más tarde, "la larga caída a los abismos del sistema hospitalario británico".

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Marina Abramović: yo soy el objeto

Reproducción de la mesa que Marina Abramović empleó en 'Rhythm 0' expuesta en el Museo Tate Modern.

Durante sus años universitarios, la artista serbia Marina Abramović hubo de conjurar un perenne sentimiento de frustración. Sus repetidos esfuerzos para hacer de la pintura un cauce idóneo para sus emociones e ideas encontraron antes un obstáculo en aquélla que una aliada al servicio de la creación. Espoleada por una pulsión rupturista, Abramović renunciaría a la pintura y transformaría su cuerpo en el nuevo eje de su arte.

Rhythm es el título de una serie de acciones artísticas ejecutadas por Marina Abramović entre los años 1973 y 1974. Sonido y tiempo, consciencia e inconsciencia, son los dos binomios en que se enmarcan las performance que la configuran. En Rhythm 10, la artista es filmada mientras apuñala la superficie que media entre los dedos de su mano. Cada vez que yerra y se inflige un corte, cambia de cuchillo, así hasta lastimarse una veintena de veces. Es entonces cuando reproduce la grabación y procede a repetir tanto aciertos como errores. En Rhythm 5, Abramović se sitúa en el interior de una estrella de cinco puntas a la que acto seguido prende fuego. Allí mismo recorta su cabello y uñas y los arroja al fuego para, a continuación, tumbarse entre las llamas hasta perder la consciencia a causa de la falta de oxígeno. En Rhythm 2, consume dos psicofármacos prescritos para el tratamiento de la catatonia y la esquizofrenia.

Rhythm 0 es la última de las piezas de la serie Rhythm. Era el año 1974. El Studio Morra de Nápoles (Italia) facilitaría el espacio para su escenificación. El texto plasmado en una de las paredes de la sala explicitaba: "En la mesa hay setenta y dos utensilios que pueden usarse sobre mí como se quiera. Yo soy el objeto".

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"El mito de la Escuela nos domestica y prepara para ser consumidores pasivos y trabajadores flexibles"

Vicente Gutiérrez presentando el libro junto a José Manuel Rojo (izquierda) y Julio Monteverde (derecha). | Fotos: Lurdes Martínez

Vicente Gutiérrez (Santander, 1977) es el autor de 'La tiza envenenada. Co-educar en tiempos de colapso' (Textos (in) surgentes, 2016), libro recientemente publicado. Vicente Gutiérrez es, además, un agitador cultural santanderino con una dilatada y premiada obra poética. Es, asimismo, militante del Grupo Surrealista de Madrid con quien lleva colaborando años.

De formación matemático, de profesión, docente y de pasión, poeta, Gutiérrez se muestra en esta obra como un ensayista lúcido y perspicaz. En estas líneas nos habla, por supuesto, de su último libro, pero también de su experiencia educativa, de antipedagogía y de sus tesis contra la escolarización.

¿Por qué hay que leer La tiza envenenada? ¿Quiénes deberían leerla?

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Siete mares y una bahía: Jesús Pardo

El periodista, traductor y escritor cántabro Jesús Pardo.

«Tengo 89 años. Y nunca nadie me ha dado un premio así. Tampoco nunca me he presentado a ninguno. Es algo que considero que, si viene, ha de venir por sí sólo»

Con esta frase rompía el silencio un agradecido Jesús Pardo el pasado diciembre al recoger el Premio Honorífico de las Letras de Santander 2016, en la II Gala de las Letras de esta misma ciudad, celebrada en el Teatro CASYC.

Los asistentes, ensimismados, le escuchaban. «Esto es muy bonito», añadió, admirando la elegante estatuilla compuesta por letras que se le entregaba. «Prometo no usarlo como pisapapeles», bromeó divertido.

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Cuando los hechos cambian

El historiador británico Tony Judt. |

Cuando en 2008 fue diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica (ELA), también conocida como la enfermedad de Lou Gehrig, el prestigioso historiador británico Tony Judt (1948-2010) se refugió en su propia memoria: sus recuerdos, experiencias, ideas, fantasías…

A diferencia de otras enfermedades de carácter degenerativo, la ELA afecta fundamentalmente al sistema motor mientras que otras funciones superiores como la sensibilidad o la inteligencia se mantienen incluso en las fases más avanzadas del trastorno, añadiendo aún más dramatismo a una situación tan incómoda desde el punto de vista físico como insoportable en lo psicológico.

En estas condiciones, Judt recordaba hechos, personas o historias que debían ser lo suficientemente interesantes como para desviar la atención de su sufrimiento durante el día y lo suficientemente aburridas para ayudarle a conciliar el sueño por la noche: "La mejor forma de sobrevivir a la noche sería tratarla como al día". Sin embargo, "una pérdida es una pérdida y no se gana nada con un nombre más bonito. Mis noches son interesantes; pero podría vivir muy bien sin ellas", aseguraba en la primera de una serie de reflexiones publicadas por The New York Review of Books en 2010, meses antes de su muerte.

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William Morris o el odio a la civilización moderna

William Morris| Wikimedia Commons.

«Además de producir cosas hermosas, la pasión rectora de mi vida ha sido y sigue siendo el odio a la civilización moderna»

Cómo me hice socialista, William Morris (1894)

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La mujer y el voto en España

Mujer votando por primera vez en 1933.

«Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes». Artículo 36, Constitución de la II República Española, 1931.

Con este artículo de la Constitución de la Segunda República (capítulo III, «Derechos y Deberes de los españoles»), promulgada a finales de 1931, España se convertía en la primera nación latina que otorgaba iguales derechos electorales a hombres y mujeres. La concesión se enmarca en el cuadro de la ampliación de los derechos ciudadanos llevada a cabo y recogidas en el texto legislativo republicano.

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¡Cállese ya, Sra. Jenkins!

Florence Foster Jenkins.

Aparece en escena el pianista. Está nervioso, le tiemblan las manos. Es su primera vez en el Carnegie Hall, y teme que también sea la última. Entonces irrumpe ella que, ataviada de manera extravagante, oculta su rostro con un pañuelo de seda. Cuando cae el pañuelo, el piano comienza a sonar. La soprano entona sus primeras notas y el público se revuelve en sus asientos, tratando de contener la risa, hasta que no lo soporta más y estalla en una estruendosa y unánime carcajada. Un joven desde la tercera fila grita: «¡Cállese ya, señora Jenkins!». Es uno de los cientos de marines americanos invitados al evento. La diva continúa impasible su función. Florence Foster Jenkins tenía entonces setenta y cinco años, era millonaria y nunca había sabido cantar.

La última cinta del cineasta británico Stephen Frears, estrenada hace apenas unos meses, recrea los últimos meses de vida de la soprano. En el papel de la Sra. Jenkins, la laureada Meryl Streep, quien da vida magistralmente a la peor cantante de la historia. Le acompaña Hugh Grant, quien aún repitiendo su personaje de siempre, resulta bastante creíble como el marido inglés e interesado de la desentonada diva. El tercero en discordia es el pianista (Cosme McMoon), encarnado por Simon Helberg, actor conocido por interpretar al científico judío con pinta de mod de Big Bang Theory. Pero ¿de dónde demonios había salido aquella estrambótica dama que logró abarrotar el mítico auditorio neoyorquino aquel 25 de Octubre de 1944?

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