Opinión y blogs

eldiario.es

Juan de Herrera, el arquitecto que diseñó el Renacimiento español

Ilustración de Juan de Herrera. |

[La historia comienza con un niño que observa una casa. El niño se llama Juan de Herrera. La casa está en Movellán. La escena transcurre en un día inencontrable durante la primera mitad del siglo XVI. Si uno observa la casa, y uno puede hacerlo, porque la casa todavía existe, resulta difícil entender por qué el niño le presta tanta atención. Hay dos respuestas. La primera es obvia: porque vive en ella. La segunda es interesante: porque está aprendiendo.

Sabemos muy poco de la infancia de Juan de Herrera. Nació en Movellán en 1530, en una familia con raíces en la aristocracia local. Ninguna biografía nos habla de los primeros años de su vida, pero no hay infancia que no pueda rastrearse en el carácter y los trabajos del adulto que crece a partir del niño. Su carácter fue inquieto. Sus trabajos, sobrios y austeros.

[El niño mira el tejado a dos aguas y los dos pilares que sostienen la fachada. Intuye la viga sobre la puerta de entrada. Recorre la casa intentando distinguir los muros de carga de los simples tabiques que separan las habitaciones. Busca el hueco en la pared por donde asciende la garganta de la chimenea].

Seguir leyendo »

Consuelo Berges, la fuerza de las convicciones

Ilustración de Consuelo Berges. |

Son alrededor de 50 personas. Caminan arrastrando los pies, con la mirada clavada en el suelo que pisan, como si les diera vergüenza alzar los ojos al cielo, como si supieran, instintivamente, que los vencidos ya no tienen ese derecho. No hablan entre ellos. No tienen nada que decirse. Conocen el camino. Dejan atrás los últimos valles de Gerona y entran en Francia. En un par de horas llegarán a Portbou, donde serán detenidos por una patrulla francesa. No opondrán resistencia. No pueden. Es el mes de febrero de 1939. Son los republicanos españoles, que marchan al exilio.

Consuelo Berges se deja conducir, como el resto de sus compañeros, hasta un prado en las afueras de la ciudad. Ignora el destino que le aguarda, pero hace tiempo que el destino ha dejado de ser un problema. Tiene hambre y frío y su única preocupación es sobrevivir a la noche al raso que se le viene encima. Sabe de sobra que, para los desamparados, no hay futuro más allá de la última calada a un cigarro que pasa de mano en mano y que fuma únicamente para que la brasa le caliente un poco los dedos.

Al día siguiente las autoridades francesas trasladan en tren a los refugiados españoles hasta el departamento del Alto Loira. Durante una parada en Perpiñán, Consuelo Berges se escabulle junto a varios compañeros. ¿Pero adónde escapa un extranjero que no puede regresar a su país? Transcurren horas hasta que los gendarmes los encuentran. Dos días después llegan a Le Puy-en Velay, donde Berges y otros 600 españoles huidos del fascismo son encerrados en un campo de internamiento, a la espera de que Francia, que se asoma a la II Guerra Mundial, decida qué hacer con ellos.

Seguir leyendo »

Juan de la Cosa, de Santoña al Nuevo Mundo

Ilustración de Juan de la Cosa. |

Lisboa, 1488

El navegante Bartolomé Días regresa a Portugal después de haber alcanzado las Indias a través del Cabo de Buena Esperanza. Es el primer europeo que consigue semejante hazaña. Del Atlántico al Índico a través de tormentas y de aguas desconocidas, una nueva ruta entre occidente y oriente sin necesidad de atravesar el Mediterráneo y Oriente Medio, dominado por los turcos. Protegido por la multitud de curiosos que se reúnen en el puerto para ver de cerca el barco del héroe, hay un marino santoñés llamado Juan de la Cosa que estudia cada detalle con atención. Ha sido enviado a Lisboa por los Reyes Católicos con una misión que no admite errores: obtener toda la información posible del viaje portugués y regresar con ella a Castilla.

De la Cosa es un hombre experimentado en el mar. Ha navegado por el Mediterráneo y se ha adentrado en el océano Atlántico, el lugar más temido por los navegantes de la época, hasta las Islas Canarias y las costas del África Occidental. De su infancia y su juventud no sabemos prácticamente nada. Ni siquiera tenemos constancia exacta de la fecha de su nacimiento, en algún momento entre 1450 y 1460, en Santoña. Las primeras referencias históricas de su existencia son las que lo sitúan en Lisboa, en calidad de espía al servicio de la Corona, recorriendo los bares del puerto, en el estuario del Tajo, para conocer el trazado de un viaje que obsesiona a los Reyes Católicos.

Seguir leyendo »

Concha Espina, el refugio de la escritura

Ilustración de la escritora cántabra Concha Espina. |

Se llama María de la Concepción Jesusa Basilisa Rodríguez-Espina y García-Tagle, tiene ochenta y seis años y está a punto de adentrarse a ciegas en el misterio de la muerte. Hace más de quince años que perdió la vista, pero no ha dejado de escribir. Utiliza un cartón pautado sobre el que va dejando con cuidado su caligrafía invidente. Después alguien le lee en voz alta las notas, y sobre ellas corrige. Si considera que una palabra no es exacta detiene la lectura y escarba en su memoria en busca del adjetivo correcto o el verbo preciso. Si le preguntan, responde que esa exigencia es la que le ha permitido abrirse camino en una literatura de hombres.

Su última obra es una novela de amor titulada sencillamente así, Una novela de amor. Como en el resto de su producción gira en torno a un conflicto amoroso que coloca a los protagonistas de frente a un cruce de caminos que marcará sus vidas. En el centro de las tramas que vertebran las novelas de Concha Espina siempre hay una elección dolorosa entre el deber y el deseo. En La Esfinge Maragata, por la que recibió el Premio Fastenrath de la Real Academia Española, una joven debe decidir entre un matrimonio de conveniencia y el amor de un poeta de quien está enamorada. En Altar Mayor, por la que ganó el Premio Nacional de Literatura, el protagonista, Javier, se debate entre el amor por su prima Teresina y la obediencia a una madre que pretende casarlo con una joven de una posición social más elevada.

Las revoluciones estéticas han pasado de largo por la obra de Concha Espina, que en su juventud abrazó el realismo decimonónico y permaneció siempre fiel a una forma de entender la literatura esposada a la tradición. Ni el modernismo ni las vanguardias ni la experimentación consiguen descabalgarla de los principios que dominan su obra desde que en 1888 publicó con seudónimo sus primeros versos en El Atlántico de Santander.

Seguir leyendo »

Pero Niño, el corsario de Buelna

Ilustración de Pero Niño, el Conde de Buelna. |

A finales del siglo XIV el Reino de Castilla se extiende de norte a sur y de este a oeste a lo largo de la Península Ibérica. Comparte fronteras y tensiones con otros cuatro reinos, Navarra, Aragón, Portugal y Granada. Y mira al mar desde el Cantábrico, el Mediterráneo y el océano Atlántico. La corona castellana es el resultado de siete siglos de terreno ganado a los musulmanes, de luchas dinásticas, guerras civiles, alianzas y sangre. No es un lugar apacible, pero es el lugar adecuado para un hombre ambicioso, capaz de aprovechar las convulsiones políticas a su alrededor para hacerse un hueco en la historia. 

Pero Niño nació en algún lugar cerca de Valladolid en 1378. Solo nueve años antes, en 1369, Enrique II de Trastámara había derrotado en la batalla de Montiel a su hermanastro Pedro I el Cruel, último rey de la casa de Borgoña. La guerra civil, una más, terminó con la cabeza de Pedro I ensartada en una pica que fue llevada en procesión por las principales ciudades del reino.

El ascenso al trono de la casa de Trastámara resultará trascendental para la familia de Pero Niño. Sus padres, Juan Niño e Inés Lasso de la Vega, pertenecían a linajes nobles con más pasado que presente y futuro, pero su suerte cambió cuando Juan I decide nombrar a Inés Lasso nodriza del príncipe heredero, el futuro Enrique III el Doliente. De esta manera, Pero Niño recibirá una educación cortesana junto al joven que, en unos años, se convertirá en el hombre más poderoso del reino.

Seguir leyendo »

Pedro Velarde, el héroe en su pedestal

Ilustración de Pedro Velarde realizada por Daniel Pérez, alumno de la Escuela de Arte de Puente San Miguel.

Madrid es el escenario de una batalla que se libra calle por calle. A primera hora de la mañana decenas de ciudadanos anónimos se han levantado en armas contra los ocupantes franceses al advertir que estos pretendían sacar del país al infante Francisco de Paula. Sucede espontáneamente. Alguien grita: ¡Que nos lo llevan! Y después: ¡Muerte a los franceses! Y antes de que los franceses se den cuenta ya hay patrullas organizadas por los barrios del centro, hombres y mujeres armados con piedras, navajas y tijeras, desde la Puerta del Sol a la calle de San Bernardo, que buscan soldados enemigos sobre los que descargar su frustración y su furia. Durante todo el día la sangre correrá por la ciudad. Es el 2 de mayo de 1808.

La noticia de la sublevación ciudadana se extiende por todo Madrid. Lo que comienza siendo una algarada en la Puerta del Sol se convierte rápidamente en una emboscada que amenaza con encerrar en territorio hostil al ejército más poderoso del mundo. Madrid grita y se retuerce. Un grupo de presos de la Cárcel Real pide bajo juramento que les dejen salir para combatir al enemigo. El alcaide, que ve venir un motín, acepta y 94 presos se dirigen a la Plaza Mayor, donde se hacen con un cañón y defienden su posición. Se combate cuerpo a cuerpo contra soldados franceses que mueren apuñalados, mordidos y pisoteados, que caen sobre las piedras de la calle con los ojos abiertos de par en par y el uniforme cubierto de escupitajos.

Hay gritos, carreras, disparos, polvo. Entre la humareda de los cañones surgen hombres que se lanzan navaja en mano contra jinetes que reparten sablazos. Goya lo pintó en 'La carga de los mamelucos', Galdós lo describió en los 'Episodios Nacionales'. Se avanza, se retrocede, se lucha y se muere en cada esquina. El ejército español, mientras tanto, permanece al margen. Son las órdenes de la Junta Central, controlada por la Corona, que Napoleón maneja a su vez desde Bayona. En las afueras de Madrid, el mariscal Murat se propone sofocar la rebelión con 30.000 soldados que no tardarán en unirse a los 10.000 militares franceses que ya pelean contra los madrileños.

Seguir leyendo »

Matilde de la Torre, el compromiso de una mujer pionera

Ilustración realizada por Marina Manole, alumna de la Escuela de Arte de Puente San Miguel.

El 19 de noviembre de 1933 no es un día cualquiera en la vida de Matilde de la Torre. A punto de cumplir cincuenta años, se presenta por primera vez a las elecciones generales bajo las siglas del Partido Socialista Obrero Español. Espera noticias. Sabe que tardarán en llegar. Se impacienta. Podemos imaginarla nerviosa, intentando mantener la calma, ilusionada ante la perspectiva de convertirse en una de las pocas mujeres en el Congreso de la joven II República española.

Los pronósticos no son buenos. El PSOE de Julián Besteiro ganó las elecciones de 1931 con 115 diputados, pero la situación ha dado un vuelco en los dos últimos años. Aquel primer Congreso, que acogió a Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken, las primeras diputadas de la historia de España, fue el encargado de redactar una Constitución que debía sentar las bases de una república democrática y duradera.

El Gobierno de Azaña, sostenido por los socialistas y los radical-socialistas de Marcelino Domingo, ha intentado llevar a cabo ambiciosas reformas sociales, pero dos años después, y tras un tremendo desgaste provocado por las infinitas tensiones del Ejecutivo con la Iglesia, el Ejército y los grandes propietarios, la izquierda parece abocada al fracaso en los nuevos comicios.

Seguir leyendo »

Leonardo Torres Quevedo, el hombre que inventó el futuro

El ingeniero cántabro Leonardo Torres Quevedo.

Es el 8 de agosto de 1916. La guerra avanza en Europa, las potencias centrales todavía no han entrado en barrena y el resultado de la contienda es incierto. Faltan dos años para la abdicación del Káiser Guillermo y la firma de la Paz de Versalles, once para que Charles Lindbergh cruce el Atlántico en avioneta. En los periódicos las noticias desde el frente comparten espacio con las hazañas del mago Harry Houdini. En Inglaterra, sir Arthur Conan Doyle, padre de Sherlock Holmes, celebra sesiones de espiritismo. Y en las cataratas del Niágara, en la frontera entre Estados Unidos y Canadá, se inaugura el proyecto más ambicioso del ingeniero y matemático cántabro Leonardo Torres Quevedo.

Se trata de un transbordador aéreo que unirá las dos orillas del río Niágara para ofrecer a los visitantes una panorámica nunca antes vista de las cataratas. Para evitar problemas administrativos, el transbordador, al que ya se conoce como Spanish Aerocar, ha sido construido en territorio canadiense, aunque a lo largo de su recorrido se adentra varias veces en Estados Unidos. Los trabajos han sido supervisados por Gonzalo Torres Polanco, uno de los hijos de Torres Quevedo.

No es la primera vez que el ingeniero español, nacido en el pueblo cántabro de Santa Cruz de Iguña, realiza un proyecto semejante. Torres Quevedo conoce perfectamente el diseño de unos artefactos que él mismo se ha encargado de impulsar y perfeccionar a lo largo de los últimos treinta años.

Seguir leyendo »

María Blanchard, el triunfo sobre el olvido

La pintora cántabra María Blanchard.

El año es 1909. La ciudad es París. María Blanchard avanza por una calle que no reconoce y, por primera vez en mucho tiempo, advierte que nadie se detiene a mirarla. París es el mundo. París es la vida. María ha venido a París a pintar. Todavía no sabe que acabará exponiendo en el Salón de los Independientes, que compartirá un piso en la rue de Départ con Angelina Beloff y Diego Rivera y que tendrá un papel destacado en dos movimientos incipientes, la bohemia y el cubismo. María avanza, todavía no ha doblado la esquina. Cuando lo haga, empezará a caminar hacia su futuro. 

El pasado no le interesa. El pasado es una casa de familia acomodada en Santander, un padre cántabro, una madre francesa, un abuelo que fundaba periódicos, una infancia al calor de la intelectualidad liberal de una pequeña capital de provincias. María crece encerrada en la doble prisión de la ciudad y de su cuerpo contrahecho a causa de una grave desviación de columna. Desde pequeña se ha acostumbrado a las miradas ajenas. Los niños la señalan y la llaman bruja.

Todavía no sabe que será una artista cotizada en una ciudad llena de artistas cotizados. Es una muchacha retraída que aprende rápido y que muestra cierta inclinación hacia la pintura. En 1903, animada por su padre, se traslada a Madrid para desarrollar su vocación artística. En algún momento de su vida asegurará: "No tengo talento, lo que hago lo hago solo con mucho trabajo". Los siguientes cinco años se encargarán de desmentir esa frase.

Seguir leyendo »