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Jesús de Monasterio, maestro de violinistas

Ilustración de Jesús de Monasterio. | DANIEL PÉREZ

Estas últimas noches se ha improvisado en el teatro un concierto, con objeto de oír al virtuoso violinista Monasterio; el éxito fue brillante. He aquí como se expresa un periódico de esta capital: "El niño Jesús Monasterio es un prodigio de la naturaleza. Tocó las diferentes piezas anunciadas, con una soltura, una delicadeza, una maestría en fin, que sorprendió a todos los espectadores. Lo estábamos viendo y aún dudábamos si era posible en una criaturita de seis años, tanta perfección en un instrumento tan difícil [...]. En una nación más celosa que la nuestra ese niño tendría una plaza en la capilla real y un sueldo suficiente para que su padre no tuviera que dedicarlo a otra cosa que a llegar al punto último de la perfección en su arte".

La Iberia Literaria y Musical, 1843

En ocasiones es lícito empezar con una hipérbole: a los siete años, Jesús de Monasterio (Potes, 1836 - Casar de Periedo, 1903) era lo más parecido a Mozart que se había visto nunca en España. Por precocidad, por virtuosismo y por ciertos paralelismos biográficos, los periódicos de la época no tardaron en explotar la comparación. Monasterio, que a los ojos del público parecía incapaz de sostener un violín casi tan grande como él, realizaba giras por los principales teatros de España y los entendidos no daban crédito: el muchacho tocaba con una naturalidad impropia de su edad y una técnica que la mayoría de los profesionales tardaba años en dominar.

Su fama creció tanto y tan rápido que en 1843 fue requerido en Madrid para tocar ante Isabel II. En el recital estaba presente el general Espartero, regente del reino. Espartero quedó tan impresionado que le concedió una pensión para continuar sus estudios y ordenó que le compraran el mejor violín que pudiera encontrarse. La pensión era más bien modesta y el violín era de segunda mano: había pertenecido al padre del futuro marido de la reina, el duque de Cádiz.

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Ana María de Cagigal, una travesía hacia la igualdad

Ilustración de Ana María de Cagigal. | SARA FUENTES

En Santander, en los años veinte, hay una mujer que juega al hockey y pretende cruzar la bahía a nado. Un hombre que acaba de leer la noticia en el periódico sonríe con desdén. ¿La bahía, entera? Las fichas de dominó caen con un ruido seco sobre la mesa. Alguien pide más café. Alguien, desde el fondo del local, da inicio a la discusión. ¿Y no se ahogará?

En Santander, en los años veinte, hay territorios vedados a las mujeres. No se trata ni mucho menos de un problema local. Con honrosas excepciones la humanidad del siglo XX considera que el espacio escénico de la mujer es el segundo plano. La sombra, que equivale a la indiferencia. Pero en Santander, en los años veinte, y en muchas otras partes del mundo, las mujeres, cansadas de vivir y morir en la sombra y para los hombres, empiezan a exigir los derechos negados.

Ana María de Cagigal nació en Santander en 1900. Durante su juventud se convirtió en una de las más destacadas activistas locales en defensa de la lucha de la mujer.

Ana María de Cagigal nació en Santander en 1900. Durante su juventud se convirtió en una de las más destacadas activistas locales en defensa de la lucha de la mujer.

La corriente de opinión en la taberna se mece entre la incredulidad y el paternalismo. ¿Para qué necesita una mujer cruzar la bahía a nado? ¿Y cómo has dicho que se llama? Se llama Ana María de Cagigal, escribe en los periódicos locales y tiene motivos de sobra para lanzarse al agua.

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Luciano Malumbres, un periodista contra el poder

Ilustración de Luciano Malumbre. | Jorge Ortíz Gómez

Luciano Malumbres es un hombre de gafas redondas que ejerce su oficio las 24 horas del día. En Santander y en 1936 eso le coloca en una situación peligrosa. Malumbres dirige La Región, un periódico que él mismo define como una "barricada viva contra la reacción santanderina". A través de sus páginas ha conseguido dar voz al movimiento obrero cántabro, erosionando con firmeza la impunidad de las grandes fortunas, la burguesía y los terratenientes agrarios.

Los trabajadores reconocen a Malumbres como uno de los suyos. Practica un periodismo combativo, que señala y denuncia, sin escondites retóricos ni eufemismos. Su trabajo resulta cada vez más incómodo para unos poderes fácticos que no están acostumbrados a dar explicaciones. Hace tiempo que recibe amenazas de muerte.

Luciano Malumbres llegó tarde al periodismo. Había nacido en Palencia en 1890 y su biografía apenas deja rastros hasta 1916, cuando se traslada a Santander. Poco tiempo después fue enviado a Marruecos como suboficial en el Regimiento Valencia. Allí, en 1921, empezó a redactar crónicas de guera que enviaba a El Cantábrico. Tenía 31 años y acababa de encontrar el oficio al que iba a dedicar el resto de su vida.

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Matilde Zapata, una voz por encima del silencio

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Ilustración de Matilde Zapata. | SARA FUENTES

Matilde Zapata nació en Sevilla, en 1906, y era una niña cuando su familia se instaló en Santander. Su padre encontró un trabajo como conserje en la Escuela Náutica y empaquetó vida y obligaciones en un tren camino del norte. Santander, a comienzos del siglo XX, era la ciudad del sanatorio del doctor Madrazo, de la Escuela Normal de Maestras donde se graduó Consuelo Berges; la playa de provincias que María Blanchard cambió por París, la ciudad aristocrática de Concha Espina, la ciudad obrera que esperaba a Luciano Malumbres, el paisaje urbano que miraba, desde Cueto, Matilde Camus cuando abría el cuaderno de sus primeros poemas.

En el centro de la vida de Matilde Zapata siempre hubo política. Cuando todavía era una niña se afilió al PSOE y llegó a ser presidenta del Grupo Infantil de la organización en Santander. De ahí pasó a las Juventudes Socialistas. A juzgar por todo lo que ocurrió después, nunca ignoró que tomar partido en un país que se encaminaba a la guerra tenía consecuencias. Por eso el destino siempre la encontró de pie.

La proclamación de la II República en abril de 1931 cambió el escenario y la vida de Matilde Zapata, que como tantos otros empezó a pensar que había otro futuro posible. Después de una década de dictadura, la izquierda se ponía al frente del país para abordar reformas que habían sido postergadas durante demasiado tiempo. Matilde Zapata, desde su lugar en la historia, se dedicó al trabajo de hacer realidad lo que hasta entonces solo había sido utopía.

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La ciencia libre de Augusto González de Linares

Ilustración de Augusto González Linares. | SARA DOMÍNGUEZ

En 1872 Augusto González de Linares ganó la cátedra de Historia Natural en la Universidad de Compostela. En sus clases defendía la validez de una teoría entonces reciente, propuesta por el naturalista inglés Charles Darwin, según la cual todos los seres vivos proceden de un ancestro común y la selección natural actúa como motor de la evolución. González de Linares no tardó en recibir el siguiente anónimo, conservado en el Fondo Giner de la Real Academia de Historia:

Muy señor nuestro. El cuerpo escolar está escandalizado de tus esplicaciones (sic) heréticas, de tus quijotadas y de tus pedantescas elucubraciones. Galicia cuna de tantos sabios, tierra clásica de hidalguía, no necesita que un pasiego, un montañés salido de la nada venga a echárselas de Padre grave y de un Sócrates (...) Odiamos las doctrinas y las ideas de V. que son heréticas y condenadas por la doctrina de Jesucristo.

Es cierto que González de Linares era un montañés salido de la nada. Había nacido en Valle de Cabuérniga en 1845, se había educado en la escuela municipal de su pueblo, en los Escolapios de Villacarriedo y en el Instituto de Santander. Sus resultados académicos le permitieron matricularse en las universidades de Valladolid y Madrid, donde estudió Ciencias Naturales y Derecho. Tuvo su primer empleo en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, como ayudante de mineralogía.

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Matilde Camus, una voz en el tiempo

Ilustración de Matilde Camus. |

Los primeros cincuenta años se escriben de manera lineal. A partir de entonces, el tiempo empieza a girar sobre sí mismo y se ensancha. Matilde Camus supo de su vocación poética cuando era una adolescente de camino a las clases de Gerardo Diego en el instituto Santa Clara de Santander, pero sus versos, multiplicados una y otra vez en la oscuridad durante medio siglo, no vieron la luz hasta 1969. Para titular aquel primer libro le bastó un sustantivo en plural, 'Voces'. Fue el inicio de una bibliografía extensa que cruzó los restos del siglo XX durante cuatro décadas de vida literaria. Casi un libro por año. Todos concebidos en las habitaciones de una vida familiar tranquila en una casa de Cueto.

Aurora Matilde Gómez Camus nació en Santander en 1919. Huérfana desde los 28 días de vida por las complicaciones de un parto que arrastró lejos del mundo a su madre. Criada en un hogar donde el sol brilló siempre velado por una nube de tristeza. Rodeada por unas montañas de laderas verdes que quiso atrapar una y otra vez en sus poemas. Porque ningún territorio pide más poesía que la infancia. A Matilde Camus la educó su ama de llaves mientras su padre hacía guardias nocturnas en una farmacia de la cuesta de la Atalaya.

Santander es una pequeña capital de provincias con salida a un mar que le ensancha el horizonte. A Matilde Camus la ciudad de su niñez le bastó para vivir una vida que se fue más allá de los noventa años. En Cueto, donde hoy hay un museo que lleva su nombre, la niña que sería poeta esperaba al padre que volvía a casa con ojeras y un olor a fórmulas magistrales impregnado en la ropa.

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El doctor Madrazo, un visionario inconformista

Ilustración del doctor Enrique Diego-Madrazo. | GERMÁN ALONSO

Hay personas que pasan por el mundo para contradecir a su época. Llegan antes de tiempo y, en consecuencia, la época no sabe dónde ubicarlas. Desafían a sus contemporáneos, se rebelan contra la lentitud del presente, luchan contra la tozudez que les niega la razón. Pierden, por supuesto. Pero a través de su derrota abren nuevos caminos e iluminan zonas de sombra que hasta su llegada se habían mantenido en penumbra. El futuro, que es el lugar al que pertenecen, se encarga de rescatar su memoria del olvido y los declara imprescindibles.

Enrique Diego-Madrazo fue uno de esos hombres imprescindibles que nacen en la época equivocada. Al doctor Madrazo, como fue conocido y como le recuerda la historia, casi nunca le dieron la razón, pero eso no le impidió seguir argumentando en el desierto contra una sociedad que era incapaz de advertir la llegada de un tiempo nuevo que empezaba a dejarla atrás.

Madrazo fue cirujano, profesor, pedagogo, sociólogo y dramaturgo. Fue también una de las pocas personas que en la España de finales del siglo XIX se sumó contra la opinión general a las nuevas corrientes científicas que estaban a punto de cambiarle la cara al mundo.

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Alonso de Alvarado, mariscal y capitán del Perú

Ilustración de Alonso de Alvarado. |

En 1554 Alonso de Alvarado es un capitán vencido que huye a lomos de un caballo. Hace solo unas horas que ha perdido la batalla de Chuquinga ante las tropas sublevadas de Hernández Girón. Lleva una herida de arcabuz en el cuello, pero se mantiene erguido sobre la grupa del animal. En Nazca lo ven pasar, escoltado por treinta caballeros, camino de Lima, en silencio y con el rostro alucinado de alguien que acaba de asistir a la escena final de su vida. Cuando consiga llegar a Lima se encerrará en su casa y se negará a pronunciar palabra. En lo que a él respecta, y a efectos prácticos, ha muerto durante la batalla. Los médicos que lo atienden diagnostican que Alonso Alvarado, corregidor de Cuzco, mariscal del Perú, explorador y fundador de ciudades, está enfermo de melancolía.

En 1535 Alonso de Alvarado es el primer español que se adentra en la selva amazónica del Perú. Lo hace al mando de veinte hombres, siguiendo las directrices de Francisco Pizarro. La expedición remonta los Andes y llega al territorio de los Chachapoyas. Los indígenas, que sufren desde antiguo la dominación del imperio Inca, reciben de buen grado a los españoles. Creen que son enviados de los dioses que han venido para liberarlos. Les entregan oro y plata. Alvarado regresa a Lima, recluta más hombres y vuelve a la selva para establecer una alianza con los nativos y fundar la ciudad de San Juan de la Frontera de Chachapoyas.

La vida de Alvarado, nacido en Secadura, en la comarca de Trasmiera, en el año 1500, no puede trazarse fuera del contexto de la conquista española del Perú. Como todos los hombres que participaron en ella, Alvarado cometió atrocidades. Espoleado por la ambición exploró, luchó contra una tierra extraña en la que engendró hijos mestizos, venció, fue vencido, conquistó y fue conquistado. Quizás en los últimos años de su vida, nublados por la locura, alcanzó a comprender que no moría en una tierra extraña.

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Juan de Herrera, el arquitecto que diseñó el Renacimiento español

Ilustración de Juan de Herrera. |

[La historia comienza con un niño que observa una casa. El niño se llama Juan de Herrera. La casa está en Movellán. La escena transcurre en un día inencontrable durante la primera mitad del siglo XVI. Si uno observa la casa, y uno puede hacerlo, porque la casa todavía existe, resulta difícil entender por qué el niño le presta tanta atención. Hay dos respuestas. La primera es obvia: porque vive en ella. La segunda es interesante: porque está aprendiendo.

Sabemos muy poco de la infancia de Juan de Herrera. Nació en Movellán en 1530, en una familia con raíces en la aristocracia local. Ninguna biografía nos habla de los primeros años de su vida, pero no hay infancia que no pueda rastrearse en el carácter y los trabajos del adulto que crece a partir del niño. Su carácter fue inquieto. Sus trabajos, sobrios y austeros.

[El niño mira el tejado a dos aguas y los dos pilares que sostienen la fachada. Intuye la viga sobre la puerta de entrada. Recorre la casa intentando distinguir los muros de carga de los simples tabiques que separan las habitaciones. Busca el hueco en la pared por donde asciende la garganta de la chimenea].

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Consuelo Berges, la fuerza de las convicciones

Ilustración de Consuelo Berges. |

Son alrededor de 50 personas. Caminan arrastrando los pies, con la mirada clavada en el suelo que pisan, como si les diera vergüenza alzar los ojos al cielo, como si supieran, instintivamente, que los vencidos ya no tienen ese derecho. No hablan entre ellos. No tienen nada que decirse. Conocen el camino. Dejan atrás los últimos valles de Gerona y entran en Francia. En un par de horas llegarán a Portbou, donde serán detenidos por una patrulla francesa. No opondrán resistencia. No pueden. Es el mes de febrero de 1939. Son los republicanos españoles, que marchan al exilio.

Consuelo Berges se deja conducir, como el resto de sus compañeros, hasta un prado en las afueras de la ciudad. Ignora el destino que le aguarda, pero hace tiempo que el destino ha dejado de ser un problema. Tiene hambre y frío y su única preocupación es sobrevivir a la noche al raso que se le viene encima. Sabe de sobra que, para los desamparados, no hay futuro más allá de la última calada a un cigarro que pasa de mano en mano y que fuma únicamente para que la brasa le caliente un poco los dedos.

Al día siguiente las autoridades francesas trasladan en tren a los refugiados españoles hasta el departamento del Alto Loira. Durante una parada en Perpiñán, Consuelo Berges se escabulle junto a varios compañeros. ¿Pero adónde escapa un extranjero que no puede regresar a su país? Transcurren horas hasta que los gendarmes los encuentran. Dos días después llegan a Le Puy-en Velay, donde Berges y otros 600 españoles huidos del fascismo son encerrados en un campo de internamiento, a la espera de que Francia, que se asoma a la II Guerra Mundial, decida qué hacer con ellos.

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