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Leonardo Torres Quevedo, el hombre que inventó el futuro

El ingeniero cántabro Leonardo Torres Quevedo.

Es el 8 de agosto de 1916. La guerra avanza en Europa, las potencias centrales todavía no han entrado en barrena y el resultado de la contienda es incierto. Faltan dos años para la abdicación del Káiser Guillermo y la firma de la Paz de Versalles, once para que Charles Lindbergh cruce el Atlántico en avioneta. En los periódicos las noticias desde el frente comparten espacio con las hazañas del mago Harry Houdini. En Inglaterra, sir Arthur Conan Doyle, padre de Sherlock Holmes, celebra sesiones de espiritismo. Y en las cataratas del Niágara, en la frontera entre Estados Unidos y Canadá, se inaugura el proyecto más ambicioso del ingeniero y matemático cántabro Leonardo Torres Quevedo.

Se trata de un transbordador aéreo que unirá las dos orillas del río Niágara para ofrecer a los visitantes una panorámica nunca antes vista de las cataratas. Para evitar problemas administrativos, el transbordador, al que ya se conoce como Spanish Aerocar, ha sido construido en territorio canadiense, aunque a lo largo de su recorrido se adentra varias veces en Estados Unidos. Los trabajos han sido supervisados por Gonzalo Torres Polanco, uno de los hijos de Torres Quevedo.

No es la primera vez que el ingeniero español, nacido en el pueblo cántabro de Santa Cruz de Iguña, realiza un proyecto semejante. Torres Quevedo conoce perfectamente el diseño de unos artefactos que él mismo se ha encargado de impulsar y perfeccionar a lo largo de los últimos treinta años.

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María Blanchard, el triunfo sobre el olvido

La pintora cántabra María Blanchard.

El año es 1909. La ciudad es París. María Blanchard avanza por una calle que no reconoce y, por primera vez en mucho tiempo, advierte que nadie se detiene a mirarla. París es el mundo. París es la vida. María ha venido a París a pintar. Todavía no sabe que acabará exponiendo en el Salón de los Independientes, que compartirá un piso en la rue de Départ con Angelina Beloff y Diego Rivera y que tendrá un papel destacado en dos movimientos incipientes, la bohemia y el cubismo. María avanza, todavía no ha doblado la esquina. Cuando lo haga, empezará a caminar hacia su futuro. 

El pasado no le interesa. El pasado es una casa de familia acomodada en Santander, un padre cántabro, una madre francesa, un abuelo que fundaba periódicos, una infancia al calor de la intelectualidad liberal de una pequeña capital de provincias. María crece encerrada en la doble prisión de la ciudad y de su cuerpo contrahecho a causa de una grave desviación de columna. Desde pequeña se ha acostumbrado a las miradas ajenas. Los niños la señalan y la llaman bruja.

Todavía no sabe que será una artista cotizada en una ciudad llena de artistas cotizados. Es una muchacha retraída que aprende rápido y que muestra cierta inclinación hacia la pintura. En 1903, animada por su padre, se traslada a Madrid para desarrollar su vocación artística. En algún momento de su vida asegurará: "No tengo talento, lo que hago lo hago solo con mucho trabajo". Los siguientes cinco años se encargarán de desmentir esa frase.

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