eldiario.es

Menú

Juanín, el guerrillero antifranquista que resistió en el monte

27 Comentarios

Ilustración de Juan Fernández Ayala. | MIGUEL MENOCAL

Nació en Potes, en 1917, un niño como tantos, un niño de la pobreza, empezó a trabajar a los once años, la vida entonces era un lugar desapacible, se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas en 1934, que no fue un año cualquiera, y en julio de 1936, días después del alzamiento militar, se inscribió como voluntario en el ejército de la República. Lo enviaron al frente, formó parte del Batallón Ochandía, se le recuerda valeroso, insistente, hay muchas formas de pelear las guerras y él supo siempre cuál era la suya, y en agosto de 1937, cuando Santander fue vencida, también él cayó, lo apresaron los enemigos victoriosos, que lo sentaron frente a un tribunal militar y lo condenaron a muerte. Se salvó porque su hermano era un camisa vieja de la Falange con los contactos necesarios para conmutar sentencias. Le cambiaron la muerte por doce años de prisión, cumplió cuatro y quedó en libertad con la condición de presentarse todas las semanas en el cuartel de la Guardia Civil para que le dieran una paliza, escapó, se echó al monte, se convirtió en algo parecido a un ser mitológico, una de esas criaturas extrañas que acechan en los bosques, que sobreviven desollando conejos y cuidan de los niños perdidos. Bastaba su nombre, y a los vencidos les brillaban los ojos, como si su nombre fuera una puerta de acceso al pasado, donde se seguía librando la guerra, donde la República iba ganando. Se llamaba Juan Fernández Ayala, pero nadie le llamaba Juan. Era y fue siempre Juanín, el último guerrillero, abatido por la Guardia Civil un miércoles de abril de 1957. En una escaramuza quedó convertido en memoria.

En el país franquista que fue España después de la Guerra Civil había tres opciones para los derrotados: la cárcel, el exilio o el monte. Juanín no dudó. No lo había hecho en 1936, cuando se enroló en el ejército republicano, y no lo hizo cuando salió de la cárcel. A través de un hombre llamado Pepe el Falangista, bien colocado en el régimen y, por los extraños caminos de la vida, también su hermano, consiguió trabajo en el Patronato de Regiones Devastadas. Se instaló en Potes. La Guardia Civil sospechaba que estaba en contacto con miembros del Socorro Internacional y aprovechando que las condiciones de su puesta en libertad le obligaban a presentarse en el cuartel una vez a la semana, lo torturaban un día de cada siete para sacarle información. Pero aquel hombre testarudo no daba nombres y un día de julio de 1943 se perdió en el bosque y cruzó las montañas hacia Asturias para unirse a la Brigada Machado, que no se llamaba así en honor del poeta sino en recuerdo de su impulsor, Ceferino Roiz alias Machado. Eran un grupo de hombres que se resistía a perder la guerra. En Europa todavía se luchaba y estaban convencidos de que una victoria aliada provocaría un cambio político en España. Creían que la suerte de Franco estaba unida a la de Hitler y que una vez que las potencias del Eje fueran derrotadas las democracias europeas restaurarían la República. En aquellos montañeros feroces había estrategia: había que mantener encendida la llama que prendería el fuego llegado el momento.

El tiempo pasó, pesado, caducifolio, terminó la Segunda Guerra Mundial y Franco seguía en El Pardo. En algún momento fantasearon con matarlo aprovechando las estancias del dictador en los Picos de Europa para pescar el campanu. Franco viajaba acompañado por las cámaras del No-Do mientras los hombres de la Machado trazaban posibles atentados. Pero la desgracia, cuando llega, llega para quedarse. Franco volvía ileso una y otra vez a Madrid y aquellos guerrilleros emboscados fueron cayendo uno a uno, en redadas, disparos por la espalda, algunos, con mejor estrella, consiguieron cruzar a Francia. Juanín regresó a Potes, a los bosques conocidos, el mundo empezaba a cambiar, la geopolítica se había vuelto pragmática, las democracias europeas, con un ojo en la Unión Soviética, no parecían incómodas con un dictador fascista en Madrid. Ya no había política, ni estrategia, solo quedaba la resistencia. Y eso hizo Juanín, resistir. Cambiaron los términos. Los guerrilleros se convirtieron en maquis. La palabra convocaba al silencio. Cortaba conversaciones, agitaba la respiración. Juanín fue en Potes mucho más que un nombre. La Guardia Civil, incapaz de capturarlo, recurría a la guerra sucia. Cualquier sospechoso de ayudar al maquis pasaba por los cuarteles. La habilidad para sobrevivir de Juanín se hizo legendaria. Catorce veces fue cercado y catorce veces escapó del cerco. Cuando bajaba al pueblo, de incógnito, dejaba pagado en el bar un café para la Guardia Civil con una nota: "Yo, Juanín, tengo el honor de invitar a café al capitán de la Guardia Civil de Potes, y que le aproveche, como a los pajaritos los perdigones".

Seguir leyendo »

María Sanz de Sautuola, la niña que descubrió Altamira

Ilustración de María Sanz de Sautuola | ANDREA FERNÁNDEZ DIEZ

Un día acompaña a Marcelino Sanz de Sautuola su hija María, chiquilla de nueve años. Mientras el padre examina unos utensilios que acaba de desenterrar, la niña corretea por la gruta. De pronto, levanta la mirada hacia lo alto de la cueva y grita:
"¡Papá, mira, toros pintados!"
(Kühn, H. 'El arte de la época glacial')

Seguir leyendo »

Eulalio Ferrer, vivir para recordarlo

Ilustración de Eulalio Ferrer. | INMA VÍÑEZ

1939. Eulalio Ferrer, a los 19 años, viste un uniforme de capitán del ejército de la República Española. Es el uniforme de un capitán derrotado. Un capitán imberbe y menudo. Su ciudad, Santander, ha sido tomada por las tropas franquistas. Madrid está a punto de caer. La República es un animal moribundo. Ferrer cruza la frontera. Atrás queda todo. Delante hay una carretera que se adentra en Francia. A través de ella marchan miles de republicanos españoles. La mayoría no volverá nunca.

1940. En México no hay guerra. En México no hay campos de prisioneros. En México los exiliados españoles recuperan el tiempo arrebatado, el pulso tranquilo de una tierra sin violencia. Eulalio Ferrer se instala en Oaxaca con sus padres y sus hermanas. Para ganarse la vida recita poemas de Machado y García Lorca. Le quedan los recuerdos de tres años de guerra, de un viaje en barco a través del océano intentando adivinar que hay detrás del futuro. En México no hay guerra, a partir de ahí se puede empezar a construir una vida.

1935. El periódico La Región publica el primer artículo de Eulalio Ferrer, un adolescente de 14 años. Su padre trabaja como tipógrafo y corrector, de ahí que el periodismo no le resulte ajeno. También el socialismo le viene de familia. Ferrer se compromete con la República y sella su destino. A los 16 años es nombrado secretario local de las Juventudes Socialistas de Santander, la sección del partido fundada por Bruno Alonso, diputado en Madrid. Sus últimos artículos en prensa publicados en España están escritos desde el frente de Burgos, a vista de trinchera de la derrota.

Seguir leyendo »

Vicente Trueba, la pulga contra la montaña

Ilustración del ciclista cántabro Vicente Trueba. | Stéfano Obregón

Cuando los hombres no cargan sobre sí el peso de las expectativas se permiten hacer cosas increíbles. El año que Vicente Trueba ganó el premio de la Montaña del Tour de Francia nadie esperaba gran cosa de aquel cántabro diminuto que iba a hacer historia por las carreteras sinuosas que suben a las cumbres de los Alpes y los Pirineos. El ciclismo era entonces un deporte artesanal que indagaba en los límites de la resistencia humana. El Tour detenía Francia durante tres semanas. El público quería hazañas. Gloria, sí, pero arrancada con sufrimiento. El año era 1933. Los buscadores de gestas que siguieron la carrera durante aquel verano nunca olvidarían el nombre de Vicente Trueba.

Era hijo de labradores y había aprendido a montar en bicicleta con sus hermanos mayores. El ciclismo en su casa era natural, casi un paisaje: en Cantabria, a finales de los años veinte, no se disputaba una carrera sin un Trueba en el pelotón. La afición pasaba de un hermano al siguiente. Vicente nació en Sierrapando en 1905. Si una vida puede descomponerse en momentos también puede descomponerse en objetos: una bicicleta que costó quince duros, maciza, sin marca, que los hermanos utilizaban por turnos para ganar carreras y que pronto pasó a ser propiedad común del vecindario hasta que se fue desgastando y un día desapareció para siempre. Fue la primera bicicleta de muchas, el punto de partida de tanto.

Retrato: Vicente Trueba nació en Sierrapando en 1905. Se forjó como ciclista en las pruebas amateurs que se disputaban en Cantabria durante los años veinte. El Tour de Francia lo encumbró, en 1933, como uno de los mejores ciclistas de la historia de España.

Vicente Trueba nació en Sierrapando en 1905. Se forjó como ciclista en las pruebas amateurs que se disputaban en Cantabria durante los años veinte. El Tour de Francia lo encumbró, en 1933, como uno de los mejores ciclistas de la historia de España.

Seguir leyendo »

Marcelino Menéndez Pelayo, contra la heterodoxia

Ilustración de Marcelino Menéndez Pelayo. |

Poseía una capacidad de trabajo inverosímil y una memoria extraordinaria. Cuando era niño los adultos le leían en voz alta las novelas por entregas del periódico y él repetía la lectura sin tropezar en una palabra. Con el tiempo llegó a poseer una biblioteca con más de 40.000 libros. Prefería a los poetas clásicos de Grecia y Roma y sufría porque aquellos hombres de la antigüedad habían muerto sin poder convertirse al cristianismo. Su padre lo sorprendió en una ocasión rezando por las almas de Horacio y Virgilio. Leía a todas horas.

Marcelino Menéndez Pelayo nació en la calle Alta de Santander en 1856 y fue tantas cosas que resulta temerario reducir su actividad a un único oficio. Fue historiador, traductor, filólogo, poeta, crítico literario, profesor, bibliotecario y político. Sus obras completas, publicadas en 1940, suman 65 volúmenes. Fue un hombre conservador. Un solitario con cierta inclinación a la misantropía que ocupó un lugar central en el pensamiento de su época y ejerció una profunda influencia en las posteriores.

La imagen del ermitaño recluido en una biblioteca con la que se asocia comúnmente a Menéndez Pelayo corresponde a sus últimos años de vida. En su juventud fue un estudiante de currículum impecable que no dudó en abandonar la ciudad donde había crecido para completar su formación en Barcelona y Madrid. Frecuentó tertulias, hizo amistades. Era un muchacho de provincias de aspecto tímido y formación liberal. No tardaría en abandonar aquellas ideas para unirse al movimiento neocatólico, una corriente ideológica conservadora y tradicionalista.

Seguir leyendo »

Concepción Arenal, una revolucionaria feminista nacida en 1820

Ilustración de Concepción Arenal. |

Concepción Arenal tenía nueve años. Su padre acababa de morir en prisión. Cumplía condena por sus ideas liberales. Ángel del Arenal, miembro de una ilustre familia de Santander, fue un militar sobrevenido en la guerra contra los franceses. Como muchos de sus compañeros se opuso al absolutismo de Fernando VII y lo combatió con las armas. Fue derrotado. Sufrió la venganza del rey. Murió enfermo, solo, olvidado. Su familia abandonó Ferrol, donde Concepción había nacido en 1820, y se trasladó a Cantabria. María Concepción de Ponte era una viuda reciente, estricta, perteneciente a una influyente familia gallega. Se instaló con sus tres hijas en Armaño. Una aldea pequeña, en el valle de Liébana. Tierra de adolescencia para Concepción Arenal, que sufre otra pérdida: su hermana menor muere en 1830. Cinco años después la familia abandona la aldea y se traslada a Madrid.

Concepción Arenal no olvidará a su padre, no olvidará el valle de Liébana. Es una joven inquieta. La ciudad le asfixia. Vuelve la vista atrás. Quiere regresar. Pero ya ha aprendido que las pérdidas son permanentes. Tiene quince años. Una curiosidad interminable. Devoción por los libros. Aprende francés e italiano por su cuenta. Quiere estudiar. Su madre está de acuerdo. Pero sus ideas divergen. María Concepción de Ponte matricula a sus hijas como externas en el colegio de Tepa. El programa de estudios del centro es sencillo: consiste en enseñar a niñas de familias bien a comportarse en sociedad. Concepción Arenal, decepcionada, aprende filosofía y ciencias a solas en libros que rescata de bibliotecas familiares perdidas. La distancia que la separa de su madre es inmensa. No solo forman parte de generaciones distintas, están situadas en siglos opuestos.

En 1840 Concepción Arenal regresa a Liébana para cuidar a su abuela enferma, que agoniza. En Cantabria recupera el recuerdo del padre. La opresión materna se alivia. Toma una decisión. Preconfigura su legado: en adelante seguirá el camino que ha elegido, a pesar de todo y de todos. La fatalidad, o el destino, dan el visto bueno a su decisión. Su abuela muere dejándole en herencia todos los bienes de la familia. Un año después, de manera repentina, muere su madre. Concepción Arenal tiene 21 años, una resolución en mente, los medios necesarios, la voluntad.

Seguir leyendo »

José Hierro, poeta del Cantábrico

Ilustración de José Hierro. | JONATHAN PUENTE

Ramos frescos de espuma... Barcas

soñolientas y vagas... Niños

rebañando la miel poniente

Seguir leyendo »

Bruno Alonso, el sindicalista que proclamó la República

Ilustración de Bruno Alonso. |

En 1942 el vapor Nyassa zarpó desde Orán con destino a México cargado de republicanos españoles. Entre los miles de hombres y mujeres derrotados en la guerra viajaba Bruno Alonso, obrero y sindicalista, miembro de la UGT y del PSOE, fundador de las Juventudes Socialistas de Cantabria, el hombre que en abril de 1931, desde un balcón del edificio del Gobierno Civil, había proclamado en Santander la II República.

Como todos los exiliados, cargaba con un pasado desgarrador y afrontaba un futuro incierto. Tenía 55 años cuando se instaló en Ciudad de México, donde encontró empleo como lavaplatos. Cuando el patrón conoció su verdadera identidad le ofreció un trabajo menos penoso y un aumento de sueldo, pero Alonso se negó alegando que no podía aceptar ningún privilegio que no hubiera ganado con su propio esfuerzo.

Por este y otros motivos Bruno Alonso tuvo siempre, incluso entre sus enemigos, fama de hombre incorrompible. Se le consideraba un político honesto, con un profundo sentido de la ética que no perdió nunca. Había nacido en Siete Villas, Arnuero, en 1887. Su padre era un campesino que alternaba el campo con trabajos esporádicos como herrero. Cuando Alonso tenía dos años la familia se trasladó a Santander. Con 12 años entró como aprendiz en un taller metalúrgico. Ejercería el oficio durante 40  años en empresas como Corcho, Solvay y la Compañía de Ferrocarril del Norte.

Seguir leyendo »

Ataúlfo Argenta, una historia sobre el talento

Ilustración de Ataúlfo Argenta. |

Ataúlfo Argenta (Castro Urdiales, 1913 - Los Molinos, 1958) era uno de los directores de orquesta más respetados de Europa en 1958. Dirigía la Orquesta Nacional de España y estaba a punto de trasladarse a Suiza para dirigir la Orquesta Suisse Romande, cuyo director, Ernest Ansermet, había propuesto personalmente a Argenta como su sustituto. Argenta estaba dispuesto a aceptar, cansado del aire triste de España, donde su figura resultaba incómoda. Se le acusaba de socialista y no se le perdonaban unas declaraciones en las que había afirmado que después de Falla ningún músico español había compuesto nada de interés. El 21 de enero Argenta planeó una cita con una de sus alumnas, la pianista Sylvie Mercier, en su casa de Los Molinos, en la sierra de Madrid. Argenta estaba casado, tenía cinco hijos y vocación de mujeriego. El invierno, en la montaña, es frío. Argenta y Mercer encendieron la estufa de la casa y se refugiaron en el garaje, dentro de un Austin A90 propiedad del músico, a la espera de que el fuego caldeara la casa. Dejaron el motor del coche en marcha y no tardaron en quedarse dormidos.

Argenta nació en Castro Urdiales en 1913. Su padre era el jefe de la estación de tren del pueblo. Una familia humilde, unos tiempos convulsos. En el Círculo Católico de Castro Urdiales entendieron rápidamente que el niño Argenta tenía una facilidad especial para la música. Fue un alumno precoz y brillante. Recibió clases de solfeo, de violín y piano, y ofreció sus primeros conciertos en salones repletos de pescadores, para los que siguió tocando y dirigiendo durante toda su vida, cuando regresaba al pueblo de su infancia.

En 1925 la familia se trasladó a Madrid. Argenta se matriculó en el Real Conservatorio, donde estudió bajo la supervisión del compositor Manuel Fernández Alberdi. El talento de Argenta se hizo visible en Madrid y no tardó en convertirse en el pianista más prometedor del conservatorio. La carrera del hijo del ferroviario marchaba en línea recta, sin desvíos a la vista. Entonces el ferroviario murió. Argenta era hijo único, tenía 17 años y se convirtió en la cabeza de una familia cuyo único miembro era una madre viuda. 

Seguir leyendo »

Salvador Hedilla, una aventura en el cielo

Ilustración de Salvador Hedilla. | SARA FUENTES

En 1903 todavía no había añadido la hache a su apellido. Las fotografías de la época muestran a un hombre de ojos pequeños y bigote retorcido en las puntas que conduce coches que parecen animales prehistóricos. Se llamaba Salvador Edilla, vivía en Buenos Aires, trabajaba como mecánico en una compañía de ferrocarriles y acababa de abrir por su cuenta y riesgo uno de los primeros talleres de automóviles de Argentina.

En aquellos vehículos primitivos los neumáticos estallaban, los ejes crujían, los motores se detenían de repente y se negaban a arrancar de nuevo. Quienes se arriesgaban a subir a un coche a principios del siglo XX necesitaban paciencia, habilidad y muchas horas de mecánica. Salvador Edilla reunía todos los requisitos. En 1910, al volante de un Thames de seis cilindros y motor de ochenta caballos, recorrió en diez horas los 850 kilómetros que separan Buenos Aires de Mar del Plata. Las crónicas de la época aseguran que llegó a alcanzar los 150 kilómetros por hora.

Edilla había nacido en Arnuero en 1882, solo dos años antes de que Karl Benz construyera en Mannheim el Benz Patent-Motorwagen. Había trabajado durante su juventud en una fábrica de salazones de Santander, había cruzado el océano en 1901 y parecía destinado a pasar el resto de su vida entre coches de carreras. Pero entonces aparecieron los aviones. Y con los aviones, la promesa del cielo.

Seguir leyendo »