Opinión y blogs

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Cuando ser montañés era motivo de orgullo

Ilustración de la portada ''Genios de la Cultura seducidos por Cantabria'.

Llevo unos días ramoneando por entre las hojas del último libro de Pedro Madrazo, que, muy descriptivamente, se titula 'Genios de la Cultura seducidos por Cantabria', supongo que para que nadie se lleve a engaños, ni se queje después en las librerías de que aquello no era lo que prometía la portada. Que luego nos pasa como cuando compramos algunos premios bien dotados económicamente, que esperamos leer literatura y nos encontramos con algo más cercano al márketing digital, la publicidad y el dónde está la bolita que a Thomas Mann. Ya saben.

Bueno, les decía que el libro de Pedro (que es mi amigo, y, por lo tanto, no esperen una crítica destructiva con bilis y ansias de venganza) se lee muy bien y con mucho agrado. Y es que no solo cuenta historias curiosas, algunas casi desconocidas, sino que, además, lo hace encuadrándolas en su momento histórico, que es algo que yo considero fundamental. Porque claro, si decimos que Lorca paseó su “Barraca” por el Santander de la República habrá que explicar un poco cómo lo hizo, por qué lo hizo, qué era exactamente esa compañía y las razones por las que surge cuando surge y de la forma que surge. Un paisaje, vamos, que no es tan difícil. Y sin embargo, miren, casi nadie lo hace. Ellos se lo pierden.

El libro es, sobre todo, un cajón de sastre lleno de cabos sueltos a partir de los cuales ir tirando. Es decir, tiene la virtud de no agotar sus historias más allá de lo necesario, dejando así al lector la posibilidad de, goloso, solazarse en seguir investigando aquí y allá sus preferidas. Que es uno de los placeres más grandes del mundo, oigan. Y así, lo que eran figuras en dos dimensiones, casi arquetípicas, empiezan a tomar vida, y el maleducado Cela insulta al presidente de Cantabria, y José Martí pasea por Santander, y la Casona de Tudanca (otro día le dedicamos el espacio que merece, a lo mejor a medida que se vaya acercando la importante efeméride de este próximo noviembre) se convierte en un foro cultural de primer orden, tan (me temo) olvidado como importante en tiempos. Pero esa es, sí, otra historia…

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Límites

'Ohhh...Alright...', de Roy Lichtenstei.

Los límites son esas líneas, reales o imaginarias, que delimitan un espacio (geográfico o no). Nuestras casas tienen paredes y puertas que delimitan un lugar para la intimidad y somos nosotros, como habitantes de ese hogar, los que damos permiso a otros para que se sienten a comer en nuestra mesa. Qué personas forman parte de nuestra vida es una de las decisiones más importantes que una persona puede tomar. Y tan importante es elegir a los que forman parte como a los que no. Puede ocurrir, claro está, que queramos que una persona sea nuestra amiga y esa persona no tenga ningún interés en invitarnos a su casa, puede que ni siquiera quiera hablar con nosotros. Los límites los ponemos pero también nos los ponen. Y tan necesario es saber ponerlos como aceptar y respetar esas líneas que otros nos piden que no traspasemos.

Entre las personas muy sociables uno de los peores defectos es querer caer bien a todo el mundo, querer ser apreciado o querido por todos. Los claramente antipáticos, en este sentido, llevan mucha ventaja porque no sienten la necesidad de caer bien. Por eso los simpáticos sufren mucho, porque están enganchados a querer gustar. A aceptar caer mal a la gente se aprende con el tiempo y más vale aprenderlo porque, además de ser algo liberador, es inevitable que  suceda. De la misma forma que hay personas a las que no soportamos hay personas que no nos soportan a nosotros, que no nos quieren en sus vidas. Es patético (muchos nos hemos podido ver en situaciones así) demandar atención de quien nos ignora e interesarnos, pese a que no haya respuesta al otro lado, por sus vidas. Y es muy incómodo que una persona a la que hemos puesto un límite claro no lo respete y siga preguntando por nosotros o buscando la menor oportunidad para intentar hacerse en hueco en nuestras vidas. Cuando una persona no acepta un límite que otra persona le ha puesto lo que suele subyacer es una dificultad para asumir el rechazo y tras esa dificultad casi siempre se esconde la soberbia: "¿Me ha dicho 'no' a mí?".

El mundo es lo suficientemente amplio y la vida lo bastante corta como para perder el tiempo intentando saltarnos los límites que otros nos ponen, demasiado breve todo como para no aprender nosotros a poner límites claros a quienes queremos lejos. Qué alivio cuando nos olvidamos de querer quedar bien con todos y mandamos a alguien, educadamente, a paseo (la familia, lo sé, complica esta ecuación). No hay nada de malo en apartar a gente de nuestra vida, es una forma de ejercer nuestra libertad y de avanzar tomando decisiones. Porque quizá sea más importante dedicar el tiempo que nos queda no a quedar bien con quien no nos interesa sino a construir relaciones afectivas que nos generen bienestar, afectos que puedan enraizarse en nuestra biografía, vínculos que, en medio de una sociedad líquida,  nos ofrezcan un lugar sólido en el que poder vivir.

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Nunca más las obras por encima de las personas

Concentración en casa de Amparo Pérez

Hay historias que hacen ciudad, hay personas que traspasan los límites del tiempo y perduran en el imaginario de todos durante décadas. La historia de Amparo Pérez, que estos días se cumple el  segundo aniversario de su muerte, es una de ellas. El homenaje, allí donde estaba su hogar, el pasado 18 de febrero, plantando árboles, plantando vida; es la mejor manera de recordarla.

Amparo peleó hasta el final contra algo más que perder una casa que había llenado de recuerdos e historias, peleó hasta el final. Peleó por la dignidad ciudadana, combatió como pocos la defensa de sus derechos y dignificó a una sociedad, que a veces parece dormida, para levantar la voz contra una injusticia.

Una mujer que en 2015 se convirtió en el retrato de una crisis económica, social y política pero también moral que está asolando las estructuras y cimientos de una sociedad que llevamos construyendo desde hace más de 40 años. Una mujer que puso rostro y voz a una política urbanística depredadora.

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Ahora sí toca

Revilla y De la Serna, en un acto en el Casyc. | MIGUEL LÓPEZ

Nuestros líderes tienen una expresión-talismán cuando no quieren hablar de algo que han promovido y de lo que todo el mundo quiere saber: "Ahora no toca". Hay que estar muy seguro de sí mismo para decirle a los demás cuándo toca o no toca hablar de algo, como si se tratara de un profesor de Primaria y los demás el atribulado alumnado. Pero por lo general, cuando se dice "Ahora no toca" es que está tocando y de qué forma. De la misma manera que cuando un político dice que no tiene aspiraciones es que está como loco por tocar poltrona.

Mediada la legislatura es el momento de recolocar peones y cambiar el decorado. Las elecciones ya no están tan cerca y sí a tanta distancia como las siguientes, y la proximidad de la primavera solivianta la savia que corre por el vergel parlamentario. 

¿Qué es lo que no toca ahora? No parece tocar ahora hablar de la crisis interna en el Partido Popular cántabro por más que la escandalera vaya a despertar a todo el vecindario. Parece que no toca hablar de Podemos, que acaba de perder la virginidad parlamentaria, su capacidad de influir en el Gobierno Revilla, y tiene una dirección nacional que ha dado la espalda al errejonismo, la única oportunidad de expansión futura y en serio que tenía. Parece que no toca hablar de Ciudadanos, flamante partenaire del Ejecutivo, que igual vale para un roto que para un descosido, abonado a esa promiscuidad que ahora se llama nueva política. Y parece que no toca hablar de los socios de Gobierno que son como esos que cohabitan pero no se ayuntan, porque en el fondo no se soportan, y marcan líneas rojas con titanlux sobre la alfombra del saloncito oval: a un lado los regionalistas, los más, pero con menos gobierno; al otro los socialistas, los menos, pero con más tajada; los unos con un líder que es como un verso suelto (como dicen los cursis) y los otros con una gestora que transita de lo temporal a lo perenne, aterrada porque cada noche se le aparece el ectoplasma de Pedro Sánchez que acaba de descubrir que el secreto del PSOE es ser de izquierdas (cosas que ocurren cuando se cometen crímenes palaciegos en Elsinor).

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Tierra baldía

Seguramente, mientras leía el otro día 'La tierra baldía' se me contagió la angustia del viejo poema de T.S. Elliot, pero ese estrés quedó severamente agravado tras hojear una estadística del INE que habla de una notable pérdida de población en Santander.

Realmente no hace falta mirar con demasiado detenimiento las cifras del Instituto Nacional de Estadística para conocer que hemos perdido cerca de diez mil habitantes en los últimos cinco años. Basta con dar un corto paseo por nuestra ciudad para percatarte de que algo estamos haciendo mal.

Me hace daño a la vista, por ejemplo, mirar los bajos del Gran Casino, antaño tan rebosantes de movimiento que se hacía imposible pensar en verlos ahora tan cerrados y solitarios. Junto al vacío ausente de las terrazas apenas queda la sombra de los recuerdos juveniles en el Lisboa, donde no era difícil tomarte un par de cervezas con los jugadores del Racing por compañía. No me invento nada, en aquellos días pagabas una ronda a Quinito y Jiménez y ellos correspondían de inmediato, mientras te comentaban el último partido. Me puede la nostalgia de una época en la que el fútbol era fútbol, el Racing era el Racing, la cerveza era cerveza y El Sardinero era El Sardinero.

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Amparo Pérez: la reapropiación del interés general por la mayoría social

Amparo Pérez frente a las obras que provocaron la expropiación de su casa. |

El pasado miércoles se cumplieron dos años de la muerte de Amparo Pérez, la anciana que se convirtió en el rostro del Santander popular que resiste a las cacicadas de quienes de "populares" solo tienen el nombre.

Desde que su caso se conoció públicamente, hasta que sucedió el fatal desenlace, muchas personas, provenientes de ámbitos ideológicos muy diversos, compartimos espacio en las movilizaciones de distinto tipo que se produjeron en contra de la expropiación forzosa de su vivienda por parte del hoy premiado ministro Íñigo de la Serna.

Eran tiempos en los que la palabra "expropiación" estaba adquiriendo protagonismo en el espacio público. Ante el debate sobre qué hacer con los sectores estratégicos en España, las élites no tardaron en sacar fantasmas transoceánicos a pasear para demonizar a quienes planteaban medidas que hicieran efectivo el artículo 128 de la Constitución Española. Les refresco la memoria: "Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general".

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Nombrar

Nota de Gonzalo a Felisa.

Cuando ponemos nombre a algo definimos ese algo y lo colocamos en un lugar concreto en el mundo. Las palabras nos ayudan a ordenar, a clasificar, lo que hay dentro y fuera de nosotros.  España, Europa, el pueblo de mis padres, el colegio, los amigos, mis apellidos, mis emociones. Los nombres hacen visibles a las personas y a las cosas. Guapo, feo, listo, tonto, rico, pobre, extranjero, inmigrante, universitario. Al mismo tiempo, cada cosa nombrada, al ser nombrada, es metida dentro de una jaula, la del lenguaje y el significado, que encasilla todo lo nombrado. Un lío.

Necesitamos el lenguaje y, al mismo tiempo, el lenguaje nos limita. Por eso es tan importante intentar ser precisos a la hora de elegir las palabras, por eso hay que ser cuidadosos cuando ponemos a alguien una etiqueta verbal, por eso hay que ver, en ocasiones, las cosas desprovistas de sus significados para luego, desde esa extrañeza que causa lo que no tiene nombre, buscar las palabras que definan esas cosas con más precisión. Es una reacción natural: cuando vemos algo que no tiene nombre buscamos en seguida una palabra con la que poder atrapar, dominar, lo que estamos viendo.

El lenguaje da un orden al mundo y nos coloca a nosotros dentro de ese mundo. Sería difícil de entender una vida en la que no existiesen las palabras. Pero las palabras también son un límite para la percepción. Ponen orden, sí, pero también comprimen lo que vemos. Es difícil ver en una mesa algo más que una mesa. Y lo mismo nos ocurre con la planta, con el perro, con la puerta. También con la madre, el padre, los hijos, los amantes, los vecinos. Cuando conseguimos ver un objeto familiar o un paisaje cotidiano o a un amigo despojados de sus nombres lo que nos invade es la extrañeza y la sorpresa. La eterna novedad del mundo de la que hablaba Pessoa, la mirada del niño que estrena con sus ojos lo que ve. El mundo sin palabras se ensancha y se pone en modo alta definición, el mundo con palabras comprime toda esa información, la ordena y la llena de sentido.

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Centro descentrado

La inauguración del Centro Botín estaba prevista para el verano de 2014.

Puede que cuando lea este texto el Centro Botín, en Santander, haya sido inaugurado. Y puede que no. Puede que cuando lea esto sepa cuáles serán sus contenidos en los próximos años. Y puede que no. También puede ocurrir que se entere de qué mecanismos de participación va a dotarse o cuánto empleo indirecto va a generar (el directo va a ser que no). Y puede que siga como hoy, sin saberse gran cosa, más bien nada.

El Centro Botín, cuyas obras terminarán el día en que la última esquina se cubra con piezas de cerámica, lleva años ocupando el salón de nuestra casa, que es el espacio central de la machina. Yo lo veo como un enorme mecano de Hobby Models, artesanía high tec que alguien paga pero que por ahora solo despierta la curiosidad de esos jubilados que necesitan pegar la nariz a la reja de una obra como los demás necesitan cuatro horas de soma televisivo cada día. Excentricidades de millonario que el populacho acaba integrando en el paisaje y mirando con indiferencia. Ingratos.

Hay algo en el Centro Botín que a mí me recuerda lo que pasó bastantes años más atrás con el Palacio de Festivales, ese mockup cultural revestido en mármol: la atención se centra en el proceso de construcción (decir que fue problemático es quedarse corto y pecar de pacato) y llega un momento en que se acaba y nadie ha pensado en el ahora qué. Y si lo ha pensado, no lo dice, cosa que es peor.

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No hay que temer al cambio (climático)

Qué fácil es propagar mentiras y que la gente se las crea. En el fondo de todo está el negocio inmobiliario, ¡si lo sabré yo!, pero son capaces de contar cualquier cosa para ocultarlo.

Por ejemplo, las ballenas. Todos hemos visto ballenas, ¿verdad? esos animalitos, bueno, animalazos, que tienen forma de pez, aletas de pez, cola de pez, viven en el agua como los peces… oiga, igual es que son peces. ¡Pues no, señor! Vienen los científicos y dicen que son mamíferos, como los monos. A ver, ¿a qué se parece más una ballena, a una merluza o a un mono? Está claro, ¿no? Pues nada que hacer: mamíferos, dicen los tíos.

De puro ignorantes. Porque además de mirar podrían leer. El escritor más grande de América es Mark Twain, que escribió la novela más grande de América. Mark Twain era piloto, subía y bajaba por el río Misisipi con su barco. Un día llegó a la desembocadura, Nantucket, cargó vinagre hasta los topes y salió a la mar a pescar ballenas. Estuvo cuatro o cinco años seguidos pescando ballenas y poniéndolas en vinagre para que se conservaran, como los boquerones, y cuando volvió escribió un libro contándolo todo, que es la mejor novela de América, Moby Diz. Pues bien, en ese libro dedica un montón de páginas a explicar la vida y milagros de los peces que pescaba, es decir, de las ballenas. Y siempre, siempre, se refiere a ellas como a peces. ¿Los científicos no han leído la mejor novela de América?

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Eurofollón

Manel Navarro representará a España en Eurovisión con 'Do it for your lover'. |

Creí que el núcleo informativo del fin de semana se estructuraría en torno al congreso de Podemos en Vistalegre, con Iglesias y Errejón disputándose el poder; o si no entre los populares, que tenían un interesantísimo debate abierto en torno a si su logotipo es una gaviota o un charrán.

Pero temas tan fascinantes se vieron ensombrecidos porque lo verdaderamente interesante pasó en la designación de nuestro representante para el festival de Eurovisión que, este año, tendrá lugar en Ucrania.

Me parece que así, casi sin quererlo, me estoy convirtiendo en un eurofan, porque ésta es la segunda vez que escribo sobre el festival, pero es que cada vez que leo o escucho algo en torno a este asunto, la columna me la dejan a huevo.

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