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La legalidad vigente

Concentración en la sede de la conselleria Economía por los registros de la Guardia Civil

Suelo echar a temblar cuando alguien pone la “legalidad vigente” por delante de la razón, de la política, del sentido común  y del diálogo. Era bajo la “legalidad vigente” que se realizaron consejos de guerra y juicios preñados de legalidad que condenaron a civiles inermes durante la larga dictadura de Francisco Franco y el puñado de canallas que lo acolitaban (y que siguen en las cúpulas). Era bajo la “legalidad vigente” que la dictadura de Pinochet, o la de Batista, o la de Videla, que se encarcelaba, se condenaba a la muerte civil o se ilegalizaba el disenso en sus países.

Fue bajo la “legalidad vigente” que en este Estado en el que resido –el español- se ilegalizaron hace unos años partidos políticos antes de plantearse hacer política y es bajo la actual “legalidad vigente” que se siguen violando los derechos humanos de los presos condenados por terrorismo que siguen tan alejados de sus casas como condenados a esperar la rendición humillada de una ETA de la que ya muchos jóvenes ni siquiera tienen memoria.

Es “legalidad vigente” la Ley Mordaza, y es “legalidad vigente” el techo de gasto. “Legalidad vigente” es la ley hipotecaria declarada ilegal por la Unión Europea. Bajo la “legalidad vigente” se tortura en algunas comisarías del país, como denuncia año tras año, Amnistía Internacional, y los Centros de Internamiento de Extranjeros (los tristemente famosos CIE) donde se vive en la tortura y bajo detención de hecho corresponde a esa “legalidad vigente”. “Legalidad vigente” es la pírrica fiscalidad a las que están sometidas las SICAV y “legalidad vigente” es que un partido político que ha financiado de manera ilegal sus campañas pueda gobernarnos desde la “legalidad vigente”.

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Autoservicios

Hola de cajero. | RPLl

Llegamos a un espacio tópico de De Chirico, pero con neones, una isla de cemento rodeada de tierra desarbolada. Echamos gasolina y compramos sándwiches, cervezas y planos sin ver a ninguna persona. Tengo la sensación de que el coche de vigilancia privada que ronda a lo lejos, entre la explanada apenas manchada de pájaros y el páramo, no lleva ocupantes. Venimos del agosto de la ciudad costera, donde, como decían los letristas, los situacionistas o los punk -no quiero acordarme-, cualquiera puede disfrutar de unas vacaciones en la miseria de los demás a cambio de masificar el gasto. Se cruzan en esta parada los vados entre la urbe y el tránsito y los de las estaciones del año comercial.

Alguien recuerda que las gasolineras con empleados han empezado una guerra desesperada contra las gasolineras sin empleados. Las luces del recinto, sin embargo, no muestran ninguna alarma. Predomina en el grupo de viajeros la opinión de que la victoria de los defensores de la presencia de asalariados a los mandos de las máquinas es poco probable, dada la desigualdad de fuerzas y lo falaz de un hipotético apoyo popular. La mayoría dice estar a favor del calor humano, pero todo parece indicar que en el fondo ya no nos importa servirnos nosotros mismos, solos o en compañía de autómatas. Los más extremos sostienen que preferimos fingir que nos autoengañamos a aceptar que nos timen otros tan tontos como nosotros. Pero el responsable real siempre está lejos, contando el dinero ahorrado en una mano de obra que se abarata al mismo ritmo que la tecnología. Y pulsamos sus botones contentos de saber hacerlo. Esa liturgia -afirmamos con caras inexpresivas- nos permite ocupar el lado bueno de la brecha tecnológica.

La pelea de las gasolineras quiere ser una de las primeras de un nuevo ciclo. Sin embargo, aunque consigan alguna compensación, parece encaminada a una evidente derrota. El individuo siempre pierde ante el enjambre de autómatas que no dan la cara, pero orientan al usuario con señales sonoras y visuales, desde una flecha o un pitido hasta una larga frase. La mítica forma androide del muñeco articulado que trabaja por nosotros va a quedar como un juguete de cuento, por lo menos hasta que se haga indiscernible del 'sapiens' estándar -y entonces el asunto adoptará otras dimensiones-. Para organizar el consumo (el nombre del mundo es consumo), los algoritmos tienen que dirigir, además de al dispositivo, a quien lo usa, hacerle a la vez pasivo y dispuesto a apretar los botones que se le indiquen. Y a pagar incluso por su propio trabajo, claro.

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Ni zorra idea

Rajoy y Puigdemont

Te metes una pastilla de jabón en la boca y te salen pompas, te metes el nacionalismo por el culo – en forma de supositorio por supuesto – y a cual más confusa y desvergonzada, te salen por la boca paridas a tutiplén. Como bien dice el maestro Vidal Beneyto solo existe el que gana. Se refiere claro a ese juego de perversión de los ideales y al casi siempre indecente emparejamiento de los más ricos con el que manda. Ahí los tenéis, en Madrid y en las Chimbambas apiñados en torno al señorito de turno elegido como antes los patricios entre las mejores familias para que juegue al marro con la plebe y el “ tú te pones aquí y tu más allá y no molestes”.

Miren, mírenlos bien, no falta nadie de los que cuentan en esta ceremonia del glamour y de las esencias patrias que a todos nos engorda, en esta celebración de microfascismos supervivientes que son la manipulación de las conciencias, la especulación y el beneficio. Pero de eso claro, nadie habla. Como no hablan tampoco del capital criminal que sirve del colchón a toda esa mierda (que se lo pregunten a Saviano).  Eso sí, un poco a trasmano, más allá, siguen vegetando las mismas desigualdades de siempre, las desigualdades que matan: la falta de trabajo, la miseria, pero sobre todo el miedo, una herramienta bien útil para apriscar a la gente.

¿Democracia? ¿Referendum? ¿la madre que les pario a los dos? Aquí lo que hay es un pensamiento único en el que todos estamos y en el que nadie se reconoce. Un producto blando, informe, absolutamente maleable que puede justificar cualquier cosa y borra las fronteras entre lo justo y lo conveniente, la ideología y los negocios. ¿Verdad señor Rajoy? ¿Verdad Sr. Puigdemont? Ninguno de los dos – ni de los que con ustedes van – son capaces de garantizar el mínimo repertorio de libertades esenciales: libertad  civil, personal, familiar, política, local, internacional etcétera , todas ellas reunidas, encastradas más bien, en torno a la libertad social que no es – como ustedes saben – la de un individuo frente a los demás sino la que se realiza con y a través de ellos. La libertad de uno es algo que solo se cumple con la de todos los otros y ustedes, señores míos, de esto no parecen tener ni zorra idea.

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La cueva

Manos en negativo, cueva de El Castillo, en Puente Viesgo.

A veces entro en cuevas para contemplar pinturas que tienen, me dicen, decenas de miles de años. Es barato, están cerca, en verano se está fresquito, no te mojas si llueve y no hace demasiado frío en invierno. Me parece, además, que es una buena manera de reencontrarme con mi insignificancia. De una cueva con pinturas milenarias salgo como si hubiese ido al masajista y me hubiese quitado un montón de contracturas de encima: duele un poco al principio pero qué alivio después. Contemplo las ciervas, las formas geométricas o los caballos y me asomo con ellos al abismo del tiempo de los hombres, al agujero tan negro de la historia. Veo las manos en negativo impresas sobre la piedra rugosa y me siento tentado de poner mi mano sobre esas huellas primitivas, como si a través de ese gesto pudiese saludar a quienes decidieron hace miles de años decir: “Estoy aquí”. Entregado a su contemplación la vida encuentra su verdadera dimensión y es más fácil asomarse con claridad a todo lo esencial.

Luego, al salir,  me entran unas ganas terribles de escribir mensajes y ocultarlos para que los encuentren los habitantes del futuro. No pienso en trascender sino en gastar bromas macabras. Como me gusta dar sustos (extraña reminiscencia de la niñez que aún conservo intacta) me imagino escribiendo mensajes inquietantes detrás de los armarios, debajo de las piedras, en el sótano de mi casa. No sé, pienso en un habitante del año 2150 retirando una estantería apolillada en el que hoy es mi hogar y descubriendo un mensaje escrito en la pared que diga: “Los fundadores de esta casa permanecemos a tu lado completamente muertos”. Otras veces me planteo indicarles que hay un muerto emparedado en el salón. Hace años escribí un poema hablando de cosas así. Se me ocurren muchos mensajes con los que inquietar a los habitantes del mañana: “Ten cuidado”, “no estás solo”, “mira en los armarios”, “cuando ocurra no grites” o, el sugerente, “sucederá en las escaleras”. Pienso también en escribir los mensajes en latín o del revés, es una tontería pero me parece que así les dará más miedo: “Odadiuc net”.

Me divierto pensando un rato en estas cosas disparatadas pero al final nunca escribo nada, quizá porque no estaré aquí para verlo y así la broma no tiene tanta gracia, quizá porque esos mensajes inquietantes escondidos detrás de los muebles o bajo las alfombras podrían acabar inquietándome a mí. Así que no hago nada, simplemente me siento y contemplo las paredes de mi casa que es de alguna manera mi refugio y mi cueva y pienso, con una extraña nostalgia, en quienes la habitarán cuando yo no esté.

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Tienes un problema y tenemos que arreglarlo

Rajoy y Puigdemont.

Entre un Gobierno a la defensiva y una izquierda acomplejada, el nacionalismo marca la agenda política del país. La iniciativa política lleva décadas en el campo de los que predican la insolidaridad y el agravio comparativo, de los que crean un problema donde no lo hay y emplazan a los demás a resolverlo. Da igual que haya leyes, se hacen unas nuevas a la medida; si la opinión de los demás es contraria, simplemente se obvia; elíjase la mentira más adecuada para cada día, porque el fondo de armario es amplio; las cosas han de salir adelante sí o sí, porque hay un 'problema', ese es el único mandamiento. 

Hacer del miedo y la violencia, siquiera verbal, una metodología de hacer gobierno siempre produce como resultado una sociedad rota, desquiciada, maleada como un niño caprichoso, sin posibilidad de entendimiento. "Crean desolación y lo llaman paz", escribía con amargura Tácito. Detrás de todo nacionalismo sólo hay tierra quemada, no hay más que hojear un manual de historia para comprobarlo.

La renuncia a llevar la iniciativa política conlleva ir siempre a rebufo del capricho de quien practica el matonismo. Convierte a quienes se sujetan a las leyes y se esfuerzan a diario por una sociedad más justa e igualitaria en el tendero que se siente indefenso ante el chantaje. Da igual que un día se embolsen tres mil millones de euros para aprobar los presupuestos del Estado, al día siguiente pondrán sobre la mesa una nueva reclamación. Da igual que las leyes de política lingüística, esa limpieza étnica cultural que hemos asumido, sean inconstitucionales hasta el tuétano, se promulgarán más leyes discriminatorias. Da igual que las haciendas forales sean tan claramente discriminatorias que produce vergüenza ajena defender el articulado constitucional, se cogerá un pedazo mayor de la cesta de tributos.

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Me sé un nial

Fragmento de Enciclopedia Estudio (1960).

Entonces estaban las cosas que sabías y las que te aprendían. Sabías, pinto el caso, dónde había un nial, y era un conocimiento tuyo, que lo habías descubierto explorando, y guardabas cuidadosamente, cuidando que no se filtrara, aunque no pudieras evitar fardar: «¡Me sé un nial…!» Pocas cosas podían demostrar que confiaras más en alguien que enseñarle el nial.

Era el antiguo interés por los pájaros y otros bichos; el antiguo interés de los cazadores-recolectores que la Humanidad ha sido colegiadamente hasta hace 10.000 años, y cada uno de nosotros por nuestra cuenta hasta que nos ponían el pantalón largo. Ese interés nos enseñó a controlar el tiempo, el paso de las estaciones: «Marzo, nialazo; abril, hueveril; mayo, pajarayo; y por san Juan, cógelos por el rabo, que ya se van». En la escuela en cambio nos enseñaban el paso de las estaciones de modo abstracto, sin demasiada relación con lo cotidiano. Eso y muchas cosas más, claro, cada día algo nuevo, había muchísimo que aprender.

—¿Qué te han aprendido hoy? —preguntaban al volver a casa, con más proximidad a la realidad que a la gramática. Te rascabas la cabeza, método probado para estimular el recuerdo, y algo aparecía.

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Discursos paralelos

Incertidumbre. | Paula Arranz

Quedo para cenar con un viejo revolucionario cargado de anécdotas y entre otras me cuenta su panfletada más gloriosa. Sucedió un día en que sus colegas de partido lo dejaron solo con una mochila llena de octavillas que había que aventar con urgencia. El método clásico consistía en arrojarlas al aire en diferentes lugares de la ciudad, cuantos más mejor. Lo normal era coger un autobús de línea, bajarse en una plaza pública, esperar la llegada de otro autobús que fuera en la dirección contraria y cuando llegaba, justo antes de subirse, lanzar los panfletos y desaparecer de escena. No había móviles, pero cualquier pasajero o el mismo conductor podían avisar por señas a la policía si se cruzaban con ellos, luego era necesario bajar en la siguiente parada, desplazarse a pie hasta otra ruta y vuelta a empezar. Funcionaba bien si lo hacía un grupo numeroso de militantes, en un espacio de breve de tiempo, pero un hombre solo se arriesgaba demasiado y probablemente sería detenido y encarcelado. Era un tema serio.

Con la ayuda de un miembro del partido que trabajaba en la estación central de los autobuses, el hombre se coló de madrugada en las cocheras y colocó sobre el techo de toda la flota pequeños paquetes de octavillas previamente humedecidas. A la mañana siguiente, según circulaban los autobuses, los panfletos de se iban secando al viento y en cosa de horas toda la ciudad estaba sembrada de consignas revolucionarias. “Casi cinco mil octavillas”, me dice con orgullo, “cuando cinco mil era un número importante”. Inevitablemente, hablamos del poder de la información, de la capacidad de difusión actual de las ideas gracias a Internet. Supongo que le alegra su existencia pero me dice, con el cinismo propio de Oscar Wilde: “Cuando los dioses quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias.” Y añade que nunca se había inventado nada tan contra-revolucionario como Internet.

Según su teoría, Internet se parece a una asamblea general multitudinaria que, precisamente por su tamaño, resulta ineficaz. Demasiada gente hablando a la vez y cada cual empeñado en defender solo su punto de vista. No hay verdadero diálogo por culpa de la inmediatez de respuesta. Hasta el discurso mejor elaborado y certero se ve expuesto a la demolición por parte de un conjunto excesivo de personas que lo utilizan como disculpa para elaborar un discurso paralelo, el suyo, de manera que el mensaje original queda anulado en cuestión de minutos:

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¿Está consensuado el futuro del tren en Cantabria?

Miguel Ángel Revilla e Íñigo de la Serna durante la reunión mantenida en julio de 2015.

Al finalizar el verano es habitual enfrentar el “nuevo curso” con buenos propósitos y compromisos que cumplir en los próximos meses. En Cantabria hemos conocido ya desde el 1 de Agosto cuáles son las nuevas propuestas del Ministro de Fomento para nuestra Comunidad, siempre maltratada e ignorada por gobiernos de uno y otro signo que han menospreciado nuestra tierra, condenando a la ciudadanía cántabra a no recibir las inversiones que merece.

En lo que respecta a infraestructuras no es una excepción, máxime en estos momentos cuando el señor Íñigo de la Serna afirma apostar por avanzar en la respuesta a las necesidades en materia de carreteras y ferroviarias para los vecinos de Cantabria. Lo que no está nada claro es si el Ministro de Fomento conoce realmente o tiene interés en conocer cuáles son esas necesidades reales que acucian a nuestra ciudadanía.

Las dudas, más que razonables, surgen cuando centra sus actuaciones en llevar el AVE hasta Aguilar de Campoo o Reinosa, anunciando a bombo y platillo cada mínimo avance en su gestión.

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Sintonizar

Que dos personas hablen el mismo idioma no garantiza que lleguen a entenderse. Se entienden porque comprenden los significados de las palabras que vocalizan pero no se entienden porque son incapaces de descifrar aquello que el otro quiere decir cuando dice las cosas que dice. Salen las vocales y las consonantes en su debido orden de la boca del que habla y llegan a la velocidad del sonido al oído del que escucha, pero parece que la radio no está bien sintonizada y los mensajes vienen contaminados con ruidos, con interferencias, con oscuras nieblas.

Cuántos esfuerzos, tantas veces, hay que hacer y cuánta fatiga se acumula para intentar entender y para que nos comprendan. Qué páramo dialogar con quienes compartimos una misma lengua pero distinta onda, qué soledad si eso ocurre con los padres, con los hijos, con la pareja, con los amigos, qué vértigo y qué desconcierto si no nos entendemos a nosotros mismos.

Otras veces, misteriosamente, uno empieza a hablar con otra persona y siente que lo que el otro dice llega limpio, nítido, a los oídos propios, como si lo dicho se decodificase en alta definición dentro de nuestra cabeza. Qué pequeño milagro si, además, las palabras que uno lanza al vacío le llegan claras al que nos escucha. La conversación fluye entonces igual que el agua en los altos manantiales: fresca, alegre, transparente. Y uno se asoma a través de la conversación al fondo de todas las cosas con confianza y alegría, lo mismo que el ciclista que se entrega con naturalidad y dicha al pedaleo sin pensar en guardar el equilibrio.

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Redes, piras y pasta de dientes

Hoy ya no arden hogueras para la quema de herejes como en otros siglos, hoy lo que arden son las redes sociales, ese empoderamiento del ciudadano común que le da ocasión no solo de opinar, sino de hacerlo público y de hacerlo con contundencia. Esto es bueno de por sí, es un logro para aquellos cuya opinión nunca ha contado públicamente, pero, aunque no arda nadie físicamente ya, el fanatismo y la intolerancia siguen gozando, con otros ropajes, de buena salud en los nuevos medios tecnológicos de relación social.

Uno puede tener una opinión, pero no puede tener una opinión sobre todo y en todo momento. Y lo que no puede pretender es que su opinión sea aceptada por los demás como una creencia incuestionable. No puede ser y además es imposible, como diría aquél. Pero basta abrir un perfil en Twitter o un muro en Facebook para asistir en directo al espectáculo de centenares de miles de personas que expresan opiniones radicales sobre la más peregrina cuestión con una determinación y virulencia que espeluznan. Estos ciudadanos que exigen rigor, respeto y consideración para sí se comportan como modernos inquisidores de la sangre y el fuego; y no falta quien lamenta que Twitter se haya convertido en una cacería para acto seguido integrarse en la jauría del día.

Un hombre está agonizando en su cama. Es un agente de seguros que ha dedicado toda su vida a trabajar y no está dispuesto a dar su brazo a torcer: ha sido ateo toda su vida y será coherente hasta el final. Pero su familia no piensa igual y llama sin su consentimiento a un sacerdote. Ya saben, por si acaso, nunca se sabe... Cuando el sacerdote llega, se le hace pasar junto al moribundo y, sorprendentemente, transcurre una hora en la que no se oye un juramento ni un ruido. Cuando el sacerdote sale de la habitación, la familia expectante le pregunta si ha conseguido que el cuasifinado se arrepienta de sus pecados. El sacerdote, tras un largo silencio, dice:

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