Opinión y blogs

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La flaqueza del pesimismo

'Empañado', Marisali.

Yo cuando era (aun) más joven lo que quería ser es pesimista. Sí, pesimista, uno de esos que tiene siempre la boca curvada, los ojos un poco cerrados, que parece mirar al mundo como si el mundo fuera un lugar postapocalíptico que ya nada pudiera darle. De los que escuchaban grunge, y parecían moverse siempre un poquito despacio, y vestían a la última, y nunca, nunca se vendían. Porque ellos, ellos, sabían de qué iba el tema. Todos condenados, tío. Para qué vamos a hacer nada. Sienta aquí, conmigo, y dejemos pasar el tiempo hasta que el tiempo juegue a pasearse, muerto, por delante de nosotros. Quietecitos, que lo de hacer cosas cansa de cojones.

Evidentemente la estética tenía poco que ver con mis ambiciones. Mucho menos la metafísica, claro. No, yo quería ser pesimista porque los pesimistas se llevaban a un montón de chicas, incluso a algunas interesantes y poco sosas. Además cuando iban cumpliendo años los pesimistas que sabían leer (había algunos, no se crean) pasaban a ser existencialistas, que es parecido pero mucho más chic, y te citaban a Sartre, a veces hasta bien, y te decían no sé qué gaitas de Camus y Montparnasse. Y, de nuevo, desataban pasiones. Como si las pasiones, las de verdad, estuviesen alguna vez atadas.

Yo, como les digo, quería ser pesimista, pero es que no me daba, ya lo siento. La ropa negra sí, esa vale, pero más porque afina a ojos de los demás que por otra cosa, que a esas alturas ya se me iba poniendo cuerpo de escritor. Y luego Sartre, pues oigan, que muy bien, a veces tiene su punto, pero en muchas otras es un plomo de mucho cuidado. Y, además, menos gaitas, que bien que estuvo durante la ocupación nazi publicando sin mayores problemas. Ya me entienden, ni resistance, ni Marsellesa, ni nada. Así que por ahí no me iban a pillar.

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Hambre

Knut Hamsun, autor de 'Hambre'.

Pasan los años, pasan, pero algunos problemas no cambian demasiado. Acabo de leer 'Hambre', de Knut Hamsun, y parece que al leerlo me he asomado a la vida de un universitario español cualificado, con voluntad de trabajar en lo que sea pero que está en el paro y no tiene posibilidad de ganarse la vida. 'Hambre' se escribió en 1890, hace 126 años, y es la historia de un escritor que ejerce de periodista y vive en la precariedad. Hamsun recibió el Nobel en 1920 y fue repudiado años después por su simpatía con el régimen nazi. El autor acabó internado en un manicomio y su obra, con libros magníficos, quedó marginada.  

'Hambre' es considerada la novela inaugural del siglo XX, la primera con un personaje sin nombre enfrentado a las trampas de una ciudad burguesa. El personaje de 'Hambre' cobra de cuando en cuando si le aceptan en el periódico lo que escribe. Poco dinero, en cualquier caso. Insuficiente, si no existen apoyos de familia o amigos, para salir adelante. El protagonista vaga por la ciudad de Christiania (actual Oslo), en Noruega, y vaga por su mente haciéndose preguntas que se podrían hacer muchos jóvenes hoy:

¿Por qué no mejoraba mi situación? ¿No tenía yo el mismo derecho a vivir que cualquier otro? (…) ¿Y no había solicitado incluso un puesto de leñador en Møllergaten con el fin de ganarme el pan de cada día? ¿Era un vago? ¿Acaso no había solicitado empleos, escuchado conferencias, escrito artículos para los periódicos, y leído y trabajado día y noche como un loco? ¿Y acaso no había vivido como un miserable, comido pan y bebido leche cuando tenía mucho dinero, nada más que pan cuando tenía poco y pasado hambre cuando no tenía nada? ¿Acaso vivía en hoteles, en una suite de la planta principal? No, vivía en un edificio ruinoso (…) De modo que no entendía absolutamente nada.

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Pedro, sé fuerte

Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados. |

Hay que reconocer que al Partido Popular le está saliendo bien la estrategia para conseguir revalidar el Gobierno de la nación. Tras el fracaso de la investidura de Mariano Rajoy, dicha estrategia es forzar la ruptura del principal aspirante a ocupar el trono, el Partido Socialista de Pedro Sánchez, para conseguir la abstención con que Mariano Rajoy seguirá al frente de la nación sin necesidad de reválida electoral. 

Esto, que no puede hacerse sin la colaboración necesaria y tartufa de quienes desde dentro del PSOE prefieren mirar a otro lado en aras a una supuesta estabilidad, ha llevado a esta formación a una de las crisis, no por larvada, más feroces de los últimos años.

Lo significativo del caso socialista, y no solo socialista por cuanto pueden aplicarse la misma lectura otros partidos, empezando por el PP, es que pone de relevancia dos cosas: primero, que el reforzamiento del liderazgo interno vía conquista del poder en esta coyuntura no se aplica, dado que el poder se aleja y no se acerca; y segundo, y más importante, pone de relieve la endeblez democrática interna de los partidos, sacando a relucir uno de los muchos cánceres que le aquejan: las 'baronías'.

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Alguna escritura vieja vivirá siempre

¿Por qué se sigue leyendo La Ilíada 2.700 años después de ser escrita? Marcos Pereda trae a este medio una cuestión que no es nueva, poniendo en boca de un escritor italiano una respuesta contundente: la leemos porque habla de la guerra y la guerra nos parece hermosa. Pese a toda la admiración que el autor del artículo declara por el escritor, no se corta en decir que esa respuesta le parece una chorrada: bien por Marcos. He leído su artículo más de una vez y estoy de acuerdo también con una afirmación clave que incluye: que no queramos ver la crudeza de la guerra no nos hace más humanos.

Sin compartirlo, no me atrevo a descartar absolutamente que la guerra sea lo que nos gusta de La Ilíada. Entiendo la tesis de De Quincey en Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes de que un incendio es una desgracia, pero que sin ignorar este aspecto podemos disfrutar de sus cualidades como espectáculo. Pero me cuesta aplicarlo a la guerra, no puedo imaginar ninguna belleza en ella. No me atrevo a descartar tajantemente la afirmación porque quizá haya una parte de nosotros que no conocemos, una parte de mí que ignoro, que disfrute con la guerra. Quizá el que no queramos ver su crudeza ayude a que sigamos sin conocer esa parte de nosotros que deseamos ignorar.

Pero estoy seguro de que se sigue leyendo La Ilíada por otras razones. Estoy seguro porque, para empezar, el tema del libro no es la guerra. Su acción ocurre en el último de los diez años que duró la guerra de Troya, cierto, pero no se dedica a contarla, sino que centra su atención en un episodio nada más: la cólera de Aquiles. Y no pierde el tiempo en declararlo: su primera línea es «La cólera canta, oh diosa, del Pelida Aquiles».

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Grúas como jirafas

Estaba haciendo el seguimiento de una noticia y sentí un agujero en el estómago. Trataba de los muertos de la Guerra Civil, los republicanos vilmente fusilados, pero lo hacía en un tono tan panfletario que me había puesto nervioso. Llevaba un rato largo buscando enlaces, había encontrado un artículo casi réplica del original y otro en inglés que a su vez copiaba a los anteriores. Lo raro es que la noticia matriz no ocultaba que los hechos habían sucedido hace seis años, en 2010, en La Pedraja (Burgos), aunque presentaba como actual algo que sonaba a refrito de hemeroteca. Sospechaba que el autor no jugaba limpio, las piezas encajaban tan bien que encajaban mal. No podía ser tan sencillo como sacarlo a colación solo para denunciar que Rajoy les había quitado a los familiares de las víctimas las subvenciones, las mismas que antes les había entregado generosamente Zapatero, obligándoles a pagar de su bolsillo la exhumación de los restos cadavéricos. Lo de siempre: el expresidente luminoso contra el oscuro presidente en funciones, la memoria debida frente a la desmemoria arrogante, los buenos y los malos sin matices, como en los tebeos. Era un artículo que diciendo la verdad parecía estar mintiendo. O metiéndola doblada.

No me gusta que jueguen conmigo, me provoca ansiedad, el médico me la tiene prohibida, así que detuve las pesquisas antes de cabrearme demasiado. No razono bien cuando las tripas me recuerdan mi vacío interior, esa falsa metafísica que ya en El Quijote se asociaba con el hambre, así que fui a la cocina para comer cualquier cosa. En la nevera tenía varias opciones: chorizo, salchichón, paté… pero el titular de la noticia hablaba del hallazgo de un corazón preservado del olvido en una fosa común, y en el interior del artículo había 45 cerebros convertidos en jabón por un proceso llamado saponificación. Por asociación simple deseché las rodajas coloradas y el paté marrón, nada de fiambre, nada de carne. Busqué en el armario, pero sólo me quedaba una lata de sardinas, en tomate, que es como la sangre. Mis pensamientos me estaban acorralando. Necesitaba salir de casa para buscar comida, y airear la cabeza.

Pero ciertos temas son tan difíciles de olvidar como el hambre, que interfiere cualquier pensamiento con tal de conducirte a un plato de comida. Te enredas con la Guerra Civil y te ahorcas con tus propios argumentos. Es algo dañino, una herida purulenta, una fuente inagotable de odio, un virus contagioso que hace lo imposible por reproducirse, pasa de generación en generación, todavía sigue habiendo dos bandos que antes se lanzaban bombas y ahora se arrojan los cráneos de los muertos. La Guerra Civil es el buitre de nuestra bandera. Una lacra nacional que jamás será esclarecida por el mismo motivo que el himno no tiene letra, porque aquí es mejor callar. Hay leyes pactadas para mantener la boca cerrada. Una espada de Damocles que la Transición puso sobre la cabeza de la democracia, amenazando a ésta y por extensión a cualquiera que intente averiguar la verdad. Una barrera psicológica muy eficaz que dilata el tiempo hasta que sea imposible ponerse en el lugar de sus protagonistas y por tanto juzgarlos. Es una maniobra perfecta: convertirlo en mito antes de que sea historia. Que no haya hechos, sólo leyendas. Y cabezas calientes montando falacias beligerantes en la guerra fría de las columnas de opinión. Hasta el fin de los tiempos. Ochenta años con el dichoso tema, cuánta tinta derramada.

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Una ciudad en duelo

Recuerdo exactamente cada minuto de la mañana del pasado sábado cuando me enteré del terrible accidente de la carretera del Faro, como posiblemente les pase a muchos de ustedes porque ahora mismo la ciudad sigue de duelo, intentando recuperarse lentamente del shock emocional.

Sé que detrás del horror subyace una enorme polémica que puede mezclarse o enfangarse a gusto del consumidor, pero esta es una ciudad demasiado pequeña para que ustedes -igual que yo- no pudieran evitar pasar un mal rato pensando en la tragedia. Aquí todos tenemos un amigo que conoce a alguien que justamente conocía a uno o a otro.

No quiero discutir sobre las circunstancias del suceso, porque todos sabemos muy bien lo que ha ocurrido y quien más, quien menos, ha ido alguna vez en ese coche, aunque fuese de otra marca y de otro color. Y si no, miren hacia atrás y seguro que recuerdan -lo mismo que yo- aquel día en el que se sintieron inmortales. Además, a pesar de la desgarrada herida del momento, tampoco somos tan ingenuos como para no saber que esto no ha hecho más que empezar y que ahora, cuando termine el duelo, a los familiares les espera otro calvario, no peor, pero sí notablemente doloroso.

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PAC, fracking, caos eólico y otros abusos

Parque de energía eólica en la frontera entre Cantabria y Burgos.

Nuestros abuelos -como hoy nosotros- mantuvieron vivo y hermoso el territorio, las montañas del sur de Cantabria, el escenario del fin de las guerras cántabras, su arte, en especial el románico, la potencia para una futura, fortalecida y renovada actividad ganadera, agrícola, industrial, cultural, deportiva... Somos políticos en sentido digno, amantes de lo eco/lógico, del medio ambiente, familias condenadas a vivir la zozobra del ilegal e injusto abuso del capital que, con diversas excusas, ahora nos pretende robar.

En España no hay Gobierno ni oposición y en Cantabria… lo que vemos. Nos engañan, nos llevan a manifestarnos por problemas que dicen son los de los trabajadores, las pensiones, la sanidad, la educación, muy ajenos a los reales. Europa es un despropósito. La corrupción de los partidos, todos, nos asfixia. Anestesiada por los nuevos/viejos populismos, la sociedad está inerte y allá arriba, lejos, como siempre en la penumbra, unos pocos, menos cada día, más ricos, tejen con los corruptos sus sucios negocios y se carcajean del resto.

Hace tiempo intuimos el fraude de la PAC, políticos y algunos ganaderos racionando -muy mal- el dinero de todos, dañando el territorio y lo denunciamos, una denuncia latente que aún está por estallar en su justa dimensión, pero nos alumbró más daños, la destrucción maliciosa de los Concejos Abiertos, germen de la democracia, el abuso de algunos ayuntamientos, el caos del atropello eólico, la salvajada del fracking… y, otra vez al fondo, la turbia imagen del origen de todo, la cobardía, el silencio ante el abuso evidente, que aquí se identifica bien en la rendición apocada de una ciudad que se humilla ante el banco y una opaca fundación, a los que regala su mejor parcela y, además, los da las gracias por dos cajas, dos nosesabequé, arrumbados en el puerto junto a lo que, hace tiempo, fueron los jardines de Pereda.

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Guerras, reporteros y otras especies

El escritor italiano Alessandro Baricco en Barcelona. |

Alessandro Baricco es un escritor italiano, uno de los que tiene un estilo más original y depurado en la narrativa europea actual. A juicio de quien firma, ¿eh?, no empecemos… Pues eso, que Baricco escribe profundo, escribe bonito y escribe con ritmo. Y si es difícil hacer una de las tres cosas, imagínense todas ellas a la vez. Si no me creen corran a leer 'Océano mar' y dejen atrás esta burda acumulación de frases. Además, en las entrevistas parece un tío ingenioso, reflexivo y con sentido del humor. También profundamente culto. Por eso digo que tiene que ser un cabrón. Por ponerle pegas, claro. Por pura envidia.

Y tiene éxito. Merecido, que tampoco es habitual. Eso le permite arriesgar, innovar, hacer cosas nuevas sabiendo que podrá llevar el proyecto hasta el final. Hace unos años planteó uno de esos que parecían abocados al fracaso incluso para él. Baricco "actualizó" el texto de La Ilíada, suprimiendo las partes en las que intervenían los dioses, y haciendo una representación radiofónica dramatizada con el resultado.

No vamos a hablar hoy de ello, ni siquiera de si es "pertinente" acometer tal experimentación (yo considero que no pasa nada por juguetear con los libros, por volver a verlos como las herramientas de felicidad que siempre fueron). Eso otro día, porque es realmente curioso. No. Pero hace poco, releyendo la obra, me llamó la atención una frase del autor (Baricco, no Homero) en el prólogo. Se cuestionaba la razón por la cual hoy, más de dos milenios y medio después de ser creada, esa dura epopeya seguía siendo leído, paladeada, venerada. Es por la guerra, concluía. Es porque aun en la actualidad, con todos nuestros avances y posibilidades, el hombre todavía ha sido incapaz de crear algo tan épico, tan cargado de humanidad, tan deliciosamente metafórico, tan, sí, hermoso, como la guerra.

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Perdidos

Richard Estes (1968). 'Gordon's Gin. Oil on Board'.

Una vez me perdí en un centro comercial. Bueno, en un centro comercial me he perdido muchas veces porque son como laberintos a los que uno entra (no queda muy claro si para buscar alimento o para que nos devoren) y luego no sabe cómo salir y acaba dando vueltas en un lugar en el que parece que no existen ni la noche ni el día. A veces me pierdo yo, a veces pierdo el tiempo y a veces pierdo cosas. Hace unos meses perdí el carro de la compra cuando ya tenía la compra hecha y tras buscarlo desesperado tuve que hacer la compra otra vez. Y cuando ya la tenía hecha encontré el primer carro y me quedé allí de pie, como un gilipollas, mirando el champú y las cervezas y la comida del perro por duplicado mientras me entraban ganas de llorar.

No es la primera vez que lloro (o casi lloro) en una gran superficie. Cuando era pequeño perdí el rastro de mi madre en Pérez del Molino, que era la única tienda de Santander que tenía escaleras mecánicas e íbamos allí a subir y a bajar como si fuera un parque de atracciones en el que no había que pagar entrada. Cuando yo era pequeño se podía estar esperando con ilusión toda una semana para subir por unas escaleras mecánicas y aquello era como una gran aventura, el Dragon Khan de los ochenta. Todo muy divertido hasta que te perdías y comenzabas a llorar desesperado mirando las piernas de la gente. A mí me agarró un señor y me dio igual eso de no-te-vayas-nunca-con-un-desconocido y fui donde el señor me dijo que tenía que ir. Por suerte, era una buena persona y supongo que mi nombre se oyó por la megafonía y apareció mi madre y ya no me quise separar de ella y nos fuimos de la tienda como siempre, sin comprar nada, porque a Pérez del Molino íbamos sólo a subir y bajar por las escaleras. 

Mareados por una avalancha de precios, estímulos, productos y colores podemos acabar desorientados, lo mismo que si estuviésemos andando a tientas. Con la gran compra del mes se revientan carteras, maleteros, sistemas nerviosos y matrimonios.  Cuántos divorcios se han gestado escogiendo un detergente. Los supermercados y los grandes almacenes parece que están diseñados para que demos vueltas aturdidos entre la fruta, los productos de limpieza, el mobiliario de jardín, la ropa y televisiones HD. Y sin embargo, inexplicablemente, se regresa una y otra vez a ese terror edulcorado, carnavalesco. Yo ya he renunciado hace tiempo a las grandes superficies. No vean en esta decisión una actitud rebelde frente al capitalismo (y si lo fuera haría aguas por otros tantos sitios que hasta me daría vergüenza explicarlo aquí). Se trata de pura comodidad. De ahorro tiempo. Y de gastar menos.

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Jugar con dos barajas

El ministro del Interior en funciones, Jorge Fernández Díaz, impulsó la Ley Mordaza.

Tres son los anhelos del poder que aspira a la totalidad y aquí se me vienen a las mientes tres palabras. Omnipotente. Omnisciente. Omnímodo. Del primero baste decir que no basta querer, sino que se requiere saber y poder. Afortunadamente, por estos dos atributos últimos no ha conseguido lo que pretende. Del omnisciente, callado está dicho y mejor correr un tupido velo por caridad cristiana. Queda el carácter omnímodo y glotón, plenamente conseguido hace tiempo.

Om es la palabra que representa el sonido del universo. Es un mantra, una palabra que engloba todas las palabras y contiene una vocal que, al pronunciarse, engloba todas las vocales. Om es la Totalidad.

Todo poder aspira al om, pero a un om no metafísico, sino tenebroso: ocupar todos los espacios: el suyo y el de los demás. El poder político hace tiempo que canibalizó a Montesquieu. El poder judicial es un reflejo distorsionado, por no hablar del legislativo que repta por los pasillos ministeriales. Esta ansia por ocuparlo todo y dirigirlo todo es una de las más graves enfermedades que aquejan a nuestra sociedad: no poder confiar en la justicia y sufrir el desprecio al Parlamento, que somos todos, como muy bien ha evidenciado el ministro Guindos, a quien el Parlamento llama y él, con toda la chulería vaticana de la que es capaz, no va.

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