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Si hoy es sábado, hay milagro

El pasado sábado, a las cinco de la mañana, un gran estruendo precedió al desprendimiento de la península santanderina. El satélite Aqua MODIS de la Nasa fue el primero en detectar la falla que recorría en sentido transversal la península desde el castillo de Corbanera hasta Peñacastillo. Rápidamente, otros satélites redirigieron sus objetivos a la zona solo para confirmar el sorprendente acontecimiento geológico. La misión Sentinel-1 de la ESA y su satélite Copernicus así lo hicieron minutos después; y la IceBrisge de la Nasa dejó de seguir la deriva del gran iceberg desprendido de la plataforma Larsen C de la Antártida a primeros de julio para poner su atención en el norte de la península ibérica. ¿Qué estaba ocurriendo?

Sorprendentemente había concomitancias entre ambos hechos. La superficie desprendida de sus respectivos continentes era similar (5.800 kilómetros cuadrados en el caso del iceberg y 5.000 kilómetros el del español), a lo que se sumaba la proximidad de los dos acontecimientos en el tiempo y el hecho de que se trataran de territorios marítimos. Hasta ahí las semejanzas.

Lo que les diferenciaba abría un abismo entre dos singularidades. Uno luce más pelado que el cubito de un vaso de whiski, el otro está poblado; uno se derrite paulatinamente a medida que deriva hacia el norte, el otro se mantiene inmutable, con sus vacas, sus carriles-bus y sus smartfarolas; uno es silencioso, en el otro no paran de cantar.

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Coz, Leño y Azabache

Rosendo, excantante y líder de Leño.

Una noche de viernes, en el verano de 1978, vio la culminación de los esfuerzos de unos amigos que años antes habíamos compartido pupitres en el instituto, entre los que recuerdo seguro a Gelín Aedo y Vicente Carballido. Los esfuerzos iban dirigidos a convertirnos en promotores musicales. Partíamos con ninguna experiencia empresarial, pero grandes conocimientos en el tema de la música: contratamos a los rockeros Coz, Leño y Azabache. Que éramos unos especialistas quedaba claro porque nadie más que nosotros había oído hablar de ellos (o casi).

Alquilamos el polideportivo de los escolapios, obtuvimos una licencia municipal, imprimimos unos carteles (creo recordar que en la imprenta América, de Gonzalo, en Daoíz y Velarde). Recibimos a los músicos, los paseamos por la ciudad, ayudamos en la descarga y montaje del equipo, los llevamos a cenar… resistimos el empeño de Rosendo Mercado en que le llamáramos Florfondo, nos reímos, bebimos…

Y puntualmente empezamos el concierto. Todo iba de maravilla. Habíamos atraído a unos cientos de personas, entre las que estaba mi mujer, que vivía enfrente: todas disfrutaban con el espectáculo, saltaban y jaleaban sabiendo que estaban viviendo lo más moderno que se hacía en el país.

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Por favor te lo pido

Marimar Blanco y Manuela Carmena en el homenaje a Miguel Ángel Blanco.

El aprendizaje de la estupidez es como el de una lengua. No me pregunten que me lleva a decir tal cosa o cómo lo he adivinado, simplemente se me ha venido a la cabeza al escuchar la forma en la que Marimar Blanco, la hermana de Miguel Ángel Blanco, se dirige a Manuela Carmena al terminar su fraternal discurso en la Plaza de la Villa.

"Te pido por todas las víctimas que coloques la imagen de mi hermano, que representa a todas las víctimas", se oye decir a la hermanísima. Pero no es el uso de esta palabra, "víctimas", sino el de "todas" ("todas las que yo diga") lo que chirría en sus labios y asigna a ese "todas" el valor de una singular amenaza al tiempo que despoja a la palabra de su verdadero significado porque, ¿qué quieren que les diga? "Esas no son formas", que respondería Carmena.

Dicen que la ambición es la fuerza impulsora de los hombres y las mujeres que se hacen a sí mismos y yo sin duda –en algún momento–  creí compartir plenamente esa idea. Con el tiempo he comprendido que el desarrollo del verdadero talento implica un elemento de habilidad, de hacer bien algo por el hecho mismo de hacerlo bien y que es esta habilidad –que a mi modo de ver Marimar Blanco no tiene– la que da a los seres humanos un sentido interior de respeto por sí mismos al tiempo que, con suerte, se consigue también el respeto de los demás.

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Mujer con patatas fritas

Fragmento de 'Mujer rota' de Koto. | PAULA ARRANZ

En su momento leí 'El cuento de la criada' de Margaret Atwood y no me impresionó tanto como lo está haciendo la serie de televisión, supervisada por la propia autora, lo cual es una garantía, quizá porque en 1985 me faltaba perspectiva para valorar las consecuencias catastróficas de una involución en materia de derechos de la mujer. Lo que entonces era una lucha solitaria, 'la causa' de una parte de la sociedad, en tres décadas se ha convertido en una reivindicación colectiva e irrenunciable, algo en lo que todos como grupo nos jugamos el futuro. Ahora ya sabemos que nada será posible, no habrá porvenir si las mujeres y los hombres no vamos a la par, juntos, como iguales. Y ojalá esto sea una obviedad.

En 1989 se hizo una versión cinematográfica de la misma novela, dirigida por Volker Schlöndorff, con Natasha Richardson, y vista ahora resulta incomprensiblemente machista. No solo por la elección de una protagonista tan atractiva que utilizaba sus encantos para dominar la situación desde el principio, sino por una secundaria tan poderosa como Faye Dunaway, que en modo alguno podía hacer de mujer sumisa y consentida. El gran acierto de la serie de televisión ha sido Elisabeth Moss, cuyo aspecto de mujer normal que destaca por su inteligencia permite una correcta identificación del espectador, sin despistes maniqueos. Juega en su favor la duración, casi diez horas solo la primera temporada, pero sobre todo el aire de perplejidad mezclado con horror que no conseguía tener la película.

Perplejidad y horror son precisamente los sentimientos que manifestamos hoy en día ante el machismo, el tipo de terrorismo más extendido en el planeta, reservando el primero para occidente y el segundo para el resto del mundo. Tanto el discurso de Emma Watson en la ONU en 2014, como las recientes declaraciones de Emilia Clarke a raíz de la discriminación sexista en Hollywood, ponen de manifiesto su profunda extrañeza ante un problema que ellas pensaban superado. Ninguna de las dos 'se puede creer' que la situación continúe en un estado tan lamentable, tan patético. El lugar de privilegio que ambas ocupan nubla su percepción de la realidad, que ha evolucionado mucho menos de lo deseable. El creciente obituario femenino por causa de los malos tratos en un claro exponente. Y eso que hablamos del occidente presuntamente civilizado.

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Mosquitos

Normalmente echo un vistazo antes de acostarme. A veces mato uno o dos, los aplasto inmisiricorde con la zapatilla. Pero en ocasiones alguno sobrevive agazapado, quizás escondido entre las ropas colgadas del perchero. O debajo de la cama, como los monstruos de la infancia. El caso es que se esconden y salen a por mí cuando de la habitación se apodera la oscuridad. Lo frecuente es que esperen a que esté dormido. Es entonces cuando se dirigen zumbando directamente hasta mi oreja, como si vieran en ella una diana brillando en medio de la noche. Revolotean vertiginosos en mi oído como si fueran el torno de un dentista, a veces pienso que quieren llegar a mi cerebro y taladrar allí.

Medio inconsciente comienzo a dar entonces manotazos en el aire, golpes ciegos que hacen replegarse al enemigo. Lo que consigo es una tregua breve que me permite conciliar de nuevo el sueño. Es entonces cuando ellos vuelven a atacar. Y así una vez y otra y otra. Y la noche va pasando intermitente sin que yo me llegue a despertar ni a dormir del todo. A veces pienso que no quieren mi sangre y que su único objetivo es torturarme, dejarme suspendido en el limbo de la semi inconsciencia, parece que hubieran sido entrenados para eso porque molestan lo justo para que no descanse pero no lo suficiente como para que me anime a levantarme para acabar con ellos. Es la suya una técnica precisa, milenaria. Aquí tenéis mi cuerpo, me dan ganas de gritar, bebed de él y dejadme en paz. Pero el caso es que me despierto y no hallo rastro de sus perforaciones en mi piel. Así que creo que su único objetivo es hacerme la noche imposible.

Leí en alguna parte que en la edad adulta los monstruos de la niñez, sobre todo si no hay problemas reales a nuestro alrededor, se transforman a veces en seres casi invisibles que murmuran su zumbido de alfiler en nuestros oídos. No dañan ni matan pero hacen incómodo el vivir, lo enfangan sin motivo. Qué ansiedad de elefante, en tantas personas tantas veces, por problemas que tienen el tamaño de un mosquito. Cómo nublan la vida y taladran la noche. Qué desproporción.

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Matar al mensajero (al menos un poquito)

Almacén de Amazon.

Me he levantado con esta noticia:  " Amazon está poniendo en marcha un ejército de 10.000 mensajeros en Tokio".

Me imagino el ejército japonés de la compañía paquetera de distribución global, disciplinado, hiperefectivo, ubicuo. Ahora Amazon será el nuevo emperador del Sol Naciente. Ya dispone de barcos y aviones y, paso a paso, va construyendo su flota logística en cada país, donde no faltan los soldados de a pie (a poder ser autónomos). Esto para los clientes es algo asombroso, una buena noticia para el que quiera comprar un colchón o un disco, que tanto da uno como otro, sin complicarse la vida y sin pararse a pensar qué hay detrás de ello. Actualmente Amazon distribuye en el mismo día en que recibe el pedido en las principales ciudades españolas. Una conquista logística. La accesibilidad y comodidad del consumidor queda fuera de toda duda. Pero el consumidor es también trabajador o simplemente ciudadano, y las perspectivas que se abren no son halagüeñas. No es una buena noticia.

Vivimos en manos de proveedores de servicios. Nunca como hasta ahora el mediador se ha convertido en el actor principal y el continente ha condicionado tanto el contenido. La cultura de la innovación, el emprendimiento y los servicios lo están impregnando todo como esas malsanas hierbas rojas de 'La guerra de los mundos' que se extendían por la campiña inglesa al paso de las hordas marcianas. Basta mirar el panorama de las universidades, donde los programas de transferencia de conocimiento y contratos con empresas condicionan los programas académicos y las líneas de investigación, promoviendo un dumping social en el mercado con especialistas salidos de sus departamentos y sostenidos en parte con dinero público. La universidad cada vez es menos universidad y es más proveedor de servicios con alto valor añadido.

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Bochorno

Calor en la bahía | RPLl

Santander en verano es maravillosa. Se detiene, se embotella y no colapsa. Parece soñada por un viajero extravagante, por ejemplo Raymond Roussel, que se desplazaba a lugares remotos para no salir de la intimidad universal del camarote, la habitación de hotel o la caravana que él mismo diseñó sin ventanas. No me hagan caso. Son lecturas de verano, párrafos disfrazados para fingir que todo trasciende.

Dicen que la ciudad fue construida en la ladera sur del cerro para dominar la bahía y protegerla de los vientos del norte y del noroeste. Pero en realidad fue para exponerla a los excesos del sur con algún resquicio para el nordestuco cabrón esquinado. El bochorno, que para los romanos venía (‘vulturnus’) del oriente, tiene la complicidad del sol, que delinea con su maquinaria analemática las fachadas de la ribera dejando en penumbra las trastiendas y, si además está nublado y la multitud no va a la playa, hace aflorar el poder de la masa, y entonces la urbe de 172 656 habitantes parece millonaria y concentrada en un lugar con una sola salida y una sola entrada. Aunque hay cientos de recovecos y escaleras y casas con balcones torcidos y patios trasteros traseros (no todo iban a ser miradores o mansardas) dispuestos como jardines colgantes venidos a menos, la mayor parte de las desviaciones parecen abruptas e inconfesables. El resto es paisaje nublado y espejo empañado.

(Bocinazos, imprecaciones. Aúlla un perro. El camarero no ha conseguido esquivar al tercer patinador y se ha caído encima de un quizá spaniel. El encargado de la cafetería acude iracundo al ruido de vajilla, pero hay demasiadas evidencias: la larga correa de lo que alguien del público no duda en definir como puto perro de los cojones sólo para que la dueña pida tolerancia; el obtuso tripulante de la plataforma patinadora como se llame o los niños jodiendo con la pelota como en aquella vieja canción. Hace un rato, para una señora literalmente estirada, no era más que el camarero imbécil que se cree simpático y confunde las comandas. Ahora es una víctima, y eso que todavía intenta sonreír como si le gustara trabajar doce horas diarias por el sueldo de ocho. Y se ha levantado y recoge la bandeja. Y pide disculpas no se sabe a quién. El encargado está mirándole y él se mira en la bandeja caída como Narciso en el pozo y repite lo siento, lo siento, y rueda un botellín de cerveza: ya sabíamos todos que el ayuntamiento no se ocupa de que las aceras estén bien niveladas; rueda y cae por el precipicio del bordillo, cruza la calle sin incidentes y se detiene ante los adoquines del otro lado, cerca del martillo neumático gigante que el operario ha dejado clavado en el cemento como una polla de acero; díganme que el símil es excesivo si se atreven.)

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El festín

A ver cómo lo explico. A lo largo del día hay muchos momentos en los que siento una enorme alegría. Es una alegría íntima, sin carcajadas, una especie de plenitud. Ejemplos: esta semana, por ejemplo, me sentí así al abrir la ventana de la cocina al amanecer y ver la niebla y los árboles y el sol intentando abrirse paso al otro lado de la montaña; o al caminar por la Alameda con los colores de los árboles a punto de explotar, como si gritasen (y eso que soy daltónico, qué espectáculo para los que ven bien); o al contemplar a un milano haciendo equilibrios en el aire. 

La lista es innumerable y está repleta de cosas minúsculas que veo, oigo, huelo, toco o siento. Qué placer el ruido de la cafetera nada más despertar, qué milagro el agua del mar en el que me sumerjo; qué maravilla el cielo encapotado y el azul; qué gozo escuchar el canto de los pájaros; qué raro y  qué bello es conversar con otro ser; qué sofisticado el lenguaje; qué hermoso es abrazar; qué fantasía el sueño; qué energía zambullirse en la idea de otro en un papel; qué vibración la del cuadro o la canción. Alegrías inmensas que no niegan lo frágil, el dolor, la muerte inevitable y misteriosa.

La vida es un festín al que sólo se puede acceder a través de la extrañeza. El que deja de asombrarse deja de ver. No ve quien ve normal el hecho sorprendente y raro de estar vivo, quien no se queda pasmado al observar que las cosas nacen y se mueven, quien no admira que un orden azaroso haga girar el mundo. Nos asombran las últimas tecnologías, el novedoso hallazgo, y vemos con normalidad la playa y sus mareas, las abejas, la tormenta, las plantas, los ojos que nos permiten ver, que el cerebro ordene y el cuerpo (si las cosas están bien) nos obedezca. Qué trampa la de dar todo por sentado, qué funeral.

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Viento divino

El presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

La política en Cantabria va dando pasos hacia el pasado. Entre nueva y vieja política, cuatro de los cinco partidos con representación están en crisis y el quinto, el PRC, solo tiene que abrir el cesto para recoger las manzanas que caigan de un árbol agitado por un 'viento divino'. 

Esta expresión es el significado de 'kamikaze' en japonés y fue Japón quien la hizo famosa por más que suicidas iluminados con una causa perdida los haya habido antes y los haya ahora. Los políticos cántabros pueden ser fanáticos pero no precisamente idealistas y los motivos por los que se convierten en kamikazes son de otro pelaje: pueden inmolarse porque están hartos, porque lo lleven en la sangre o porque se adelantan a que les den puerta. Y así, entre 'razones personales', expedientes e imputaciones judiciales unos se van a casa y otros se convierten en tránsfugas, que es la manera de irse sin irse para quedarse con las espaldas cubiertas del escaño y el sueldo público.

Ciudadanos ha implosionado con una tercera dirección impuesta por Albert Rivera y un rosario de dimisiones de los relegados, que, como es tradición, se van pero no entregan el escaño. Podemos está dirigido ahora mismo por un órgano colectivo tras el abandono de parte de la dirección, con su coordinador Julio Revuelta a la cabeza. Podemos vuelve a sus raíces, al 'stand by' del asamblearismo paralizante. El Partido Popular, demediado, sigue girando en el agua de un barril hasta que la dirección nacional o un juez lo rompa. El PSOE se encamina hacia un pequeño Armagedón donde el relevo en la cúpula regional puede desencadenar una crisis de gobierno con cuatro consejeros sin el respaldo de la dirección de su partido. Solo el PRC puede presumir de seguir creciendo. Sin destacar por gestión hace política jugando al hueco. El PRC ha pasado de hacer fútbol inglés a jugar como Brasil, pero sin ser Brasil ni tener rival.

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Un lagarto resucita en Papúa

El mercante Rey Jorge IV se hundió frente al cabo de Buena Esperanza en junio de 1824, a causa de un temporal. Los náufragos llegaron a una playa en bote, salvando la vida aunque ninguna de sus pertenencias. La mercancía perdida era principalmente azúcar, algodón y clavo, pero el barco también transportaba algunos especímenes para su estudio científico, entre ellos un varanus douarrha, un tipo de lagarto cuyo pariente más conocido es el dragón de Komodo. Un naturalista había descrito la especie poco antes, pero la comunidad científica nunca había tenido un ejemplar que observar. Y había habido sugerencias de que en realidad se trataba de varanus indicus o varanus finschi: es decir, el estatus del varanus douarrha como especie independiente de otras próximas era bastante dudoso.

Algunos años después, en 1852, el barco en que Alfred Russel Wallace regresaba a Inglaterra se incendió y hundió, arrastrando con él 20 cajas de especímenes. Y no ha habido más ejemplares de varanus douarrha que observar.

Así que la opinión dominante es que esta especie se extinguió o no existió nunca. Hasta hace unos meses, cuando el Australian Journal of Zoology informa de que un zoólogo finlandés ha descubierto ejemplares de varanus douarrha, claramente una especie por derecho propio, en Nueva Irlanda, una isla que forma parte de Papúa Nueva Guinea. Curiosamente, el barco en que exploraba el zoólogo también sufrió la hostilidad de los elementos y hubo de ser rescatado: como si la naturaleza tuviera un interés especial en ocultar a este tipo de lagarto, reaparecido tras doscientos años de ser dado por muerto. La escritora científica que lo cuenta, Marguerite Holloway, explica también que el término que la Taxonomía emplea para un hecho como este es resurrección.

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