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El sótano

El sótano. | SARA FUENTES

La cama estaba en el centro y era confortable. Había también una silla de madera, una mesa robusta, un perchero, un retrete, un lavabo y una ducha. Pasaba la mayor parte del tiempo tumbado en la cama pero también paseaba por la estancia. Lo hacía con los ojos abiertos aunque era lo mismo que tenerlos cerrados porque la oscuridad era absoluta y no podía ver nada. Los tenía abiertos aunque fuese sólo para contemplar ese negro al que mis pupilas no eran capaces de acostumbrarse.

Normalmente daba un paseo por la estancia nada más despertarme, tendría unos cincuenta metros cuadros distribuidos de forma irregular. Ese paseo me solía llevar dos o tres horas porque era minucioso y palpaba de forma meticulosa las paredes. Siempre descubría cosas nuevas, rugosidades inesperadas, pequeñas grietas. Los olores también eran importantes así que muchas veces recorría el sótano con la nariz pegada al suelo, a los muebles o a las paredes, olisqueando todo igual que un animal. En otras ocasiones iba más lejos y con la ayuda de la silla o mesa palpaba pacientemente cada centímetro del techo.

Cada día hacía un hallazgo nuevo que registraba de forma concienzuda en un mapa del sótano que sólo existía dentro de mi mente. Cuando me acostaba me dedicaba a pensar en ese mapa, a dibujarlo con sus valles, sus colinas, sus diminutos accidentes. Era un ejercicio que me dejaba extenuado. Después intentaba no pensar en nada y concentrarme en un silencio que, en realidad, estaba poblado de ruidos casi imperceptibles que salían a mi paso como animales nocturnos sigilosos.

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La maleta de Shostakovich y el jefe de Policía

Héctor Moreno García, jefe de la Policía Nacional de Cantabria.

Dimitri Shostakovich, el gran compositor, pasó años con la maleta hecha junto a la puerta de la calle de su domicilio. Vivió una guerra, pero eso es poca cosa comparada con Stalin. Sobrevivir a Stalin era mucho más arduo. Noches de insomnio mientras los vehículos de la NKVD recorrían al caer el sol las calles de Moscú  y San Petersburgo y los vecinos y conocidos iban desapareciendo como por ensalmo un día sí y al otro también. Tenía tanto miedo Shostakovich que no dormía, cualquier crujido de madera lo ponía en pie y lo impelía a acercarse a la puerta, hasta que el ruido cesaba, los portazos y las botas remitían y el eco de los motores se perdía entre las calles. Hasta la siguiente noche. Así durante años. Lo asombroso es que pudiera componer.

De la misma manera que hay que ser padre para sentir el dolor de un padre, hay que ser víctima para sentir el dolor de las víctimas. Y por mucho que nos lo imaginemos no estaremos más que ante un mero diorama con lugares comunes y sentimientos impostados. Sencillamente, no se puede imaginar. No por eso hay que relativizar su sufrimiento ni su humillación. Algo que no ha habido que explicar cuando se trataba de víctimas del terrorismo pero que es todavía necesario explicar cuando se es víctima de la represión política y los abusos policiales.

El pasado lunes, el Parlamento de Cantabria rechazó una proposición no de ley de Podemos para pedir el cese del nuevo jefe superior del Cuerpo Nacional de Policía (CNP) en Cantabria, Héctor Moreno, quien había sido condenado por detención ilegal y torturas en los años 80 y cuya pena fue conmutada por el Gobierno de José María Aznar. Este Gobierno, examinado el expediente de indulto , trocó la inhabilitación especial impuesta por otra de suspensión por el plazo de seis meses y un día.

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Guerra y paz

Detalle de la ceremonia de la JKA Cantabria del sábado pasado.

Cambié de ciudad, nuevo taller, empecé a conocer compañeros de trabajo nuevos. Primero se te quedan los más llamativos: el que tiene el pelo naranja, el que mide dos metros y pico…; había uno realmente extraordinario: su aspecto era normal, pero cuando no tenía nada que decir se quedaba callado.

Acostumbro a pensar que la gente que no contribuye a aumentar el ruido ambiental es educada y culta. La mayoría de los que trabajábamos en el taller no teníamos más educación que la obligatoria general y, algunos, otra relacionada directamente con nuestra ocupación. Me acerqué al compañero silencioso y en cuanto pude le pregunté directamente por su formación, a ver en qué mejoraba la nuestra. La respuesta fue sencilla: practicaba karate desde niño.

El sábado pasado 180 karatecas cántabros como los de la foto recibieron cinturones y diplomas acreditativos de su progreso en el arte marcial, en el Polideportivo de la Universidad de Cantabria. La organización, JKA (Japan Karate Association) Cantabria, tuvo la buena idea de invitar a los familiares de los practicantes a venir en chándal y unirse a ellos durante parte de la ceremonia. Los que aceptaron la propuesta pudieron vivir en primera persona el carácter de la actividad, acercarse a su complejidad, mientras los de la grada disfrutábamos de un detalle simpático adicional, viéndoles aplicarse a seguir las instrucciones de los maestros como mejor podían.

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Empachados de postverdad

Estuve recientemente en una conferencia ofrecida por la periodista y escritora Emma Lira, quien desgranó el concepto de postverdad y situó su nacimiento en el conflicto bélico sirio. Comprender lo que está ocurriendo en ese país no es cosa nada sencilla, sobre todo porque los periodistas occidentales ya no cubren la información sobre el terreno, después de que en 2014 pasaran a ser objetivo bélico con la entrada del ISIS en un avispero ya suficientemente enmerdado. En este país confluyen intereses estadounidenses, rusos, saudíes, iraníes, turcos y un larguísimo etcétera que ha transformado esta supuesta guerra civil en una especie de tercera guerra mundial latente.

El caso es que tras la marcha de los periodistas, la información que nos llega procede de los activistas y aquí, la razón queda a un lado para dejar paso a las emociones. Así nace la postverdad, ese juego de manos verbal a través del cual la realidad deja de tener importancia porque lo que cuenta es la actitud que tomamos ante ella.

Lira, que conoció Siria en los años previos al conflicto, gracias a un desquiciado viaje que partió de Córdoba en un Renault Clio y terminó en Damasco, puso el dedo en la llaga cuando indicó que el público termina tan saturado de emociones que pierde interés por las víctimas.

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Temporada de patos, temporada de conejos

La espera. | Paula Arranz

Cuando yo era niño tuve un amigo socialdemócrata. Después de la escuela, nos arrojaban a los dos a la calle con un trozo de pan y una onza de chocolate, no daba para más. Él llevaba el pan en una mano y la onza en la otra, yo enterraba la onza en el pan. Él dosificaba el chocolate y le daba pequeños mordiscos, yo comía el pan en seco y esperaba con emoción la llegada del mordisco que incluía chocolate. La diferencia entre nuestras caras es que la suya era serena, equilibrada, mientras que la mía ostentaba unos ojos deslumbrados, ansiosos, ilusionados.

Esto sucedía a mediados del siglo pasado, en plena dictadura, y éramos tan pequeños que no teníamos ni pensamiento propio. Cuando íbamos a jugar, a mi amigo su madre siempre le decía “no te hagas mucho daño” mientras que a mí me decían “diviértete, pásalo bien”. Vivíamos en un barrio obrero, soñábamos con neveras llenas de comida y con el futuro, aunque no sabíamos lo que eso significaba. Todo era presente inmediato y había que sacarle rendimiento a la infancia. Regresar a casa ilesos era un deshonor, en la mía no te daban de cenar si no estabas herido; en la suya sí.

Recuerdo en particular una tarde en que fuimos a unas casas abandonadas. Para entrar había que encaramarse a un muro muy alto y desde éste saltar al borde de otro muro. La distancia era considerable, la hostia segura. Éramos nueve chavales. Mi amigo dijo que no iba a saltar, que no quería hacerse sangre, y le mandamos a la mierda porque la gracia estaba precisamente en sangrar. Uno a uno volamos por el aire, lo logramos, pero con el resultado de un labio partido, dos codos desgarrados y en general las rodillas hechas polvo, las mías por ejemplo, con regueros de sangre hasta los tobillos. Cuando regresamos al barrio, machacados como héroes milenarios, mi amigo nos estaba esperando, impoluto y bien peinado. Los otros le despreciaron, pero yo le acompañé hasta su portal y, para mi sorpresa, antes de entrar se despeinó y se tiró al suelo rodando como una croqueta hasta quedar presentable. Entonces supe que era socialdemócrata, aunque todavía no conocía esa palabra.

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Tu basura no es mía. ¡Corre a por ella!

Vaya por delante que cada uno disfruta de su tiempo libre, sus aficiones o sus obligaciones como le viene en gana. Pero si en ese disfrute se deteriora también mi espacio, ahí ya tenemos un problema.

Desde hace muchos años por diversos motivos han sido innumerables las pruebas deportivas que han crecido como setas por nuestros espacios naturales. Ello puede ser debido a múltiples factores: una moda, un mayor tiempo libre, una mayor concienciación sobre el estado de salud personal, una mayor oferta deportiva... sea cual sea el origen, es evidente que estas pruebas están de moda y crecen exponencialmente tanto en número de certámenes, como en número de participantes.

Carreras de montaña, trails, kilómetros verticales, pruebas válidas para el circuito autonómico, pruebas amateurs, pruebas del calendario nacional, pruebas interplanetarias... lo que está claro es que los amantes de este tipo de pruebas viven su época dorada, como lo fue el '94 para la Suecia de Brolin y Dahlin.

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Lo de las bicis

Ellas eran dos, muy jovencitas, veinte años, primavera arriba o abajo. Una llevaba la voz cantante, era la que más hablaba, la que lo hacía en un tono más desagradablemente alto, como si quisiera que toda la cafetería se enterase de lo que salía por aquella boquita. Que ya eran ganas, oigan, con las barbaridades que brotaban. Tenía un mirar bovino, de apacible estolidez. Y luego movía la mandíbula también con ritmo de vaca pastando, así, haciendo mucho ruido, dejando ver en cada mordisco hasta la epiglotis, e impregnando todo el local con el olor dulzón, nauseabundo, de su muy repugnante chicle. Una joya, vamos. Y lo peor estaba por llegar.

Sucedió hará unas semanas. Yo estaba tranquilamente tomando un café a media tarde, ellas estaban tranquilamente jodiéndome el día. La televisión atronaba noticias de ciclistas atropellados, que es la moda. Y entonces el infraser habló, con tono aguardentoso y acento de gran ciudad. Y lo dijo textualmente, juro que no me lo invento. Que era culpa de las bicis, que si existían velódromos y parques a santo de qué tenían que salir a las carreteras. Que, ojo, ella tenía muy claro lo que escogería entre dar un golpe a su coche y atropellar a un ciclista. Pero que muy claro.

Yo soy de natural pacífico (ya me desahogo por aquí, como pueden apreciar) así que vencí mis deseos naturales para con aquel esperpento (jaleado por unos cuantos parroquianos, por cierto, que cuñadeaban con ligereza sobre el asunto) y me fui del lugar. Para no volver, claro. Pero se me quedó dentro, ya ven. Y venía a contarlo.

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¡SORPRESA!

'¡SORPRESA!'. Ilustración de Sara Fuentes.

No teníamos mucho dinero para viajar y en la agencia anunciaron una promoción. Pagando una cantidad de dinero no muy alta te daban un viaje sorpresa: una modesta escapada en tienda de campaña, un par de noches en una pensión en tu propia ciudad o un crucero por los fiordos noruegos. Todo podía suceder. El caso es que a mí me pareció una idea horripilante pero Emma, en cambio, pensaba que era una aventura estupenda. “Adiós a la monotonía por unos días”, era el lema de la promoción. Emma dijo que sí. Yo dije que no. Al final dije que por qué no. Así que pagamos la pequeña cantidad de dinero y recibimos las instrucciones. En quince días teníamos que estar a las ocho de la mañana en el lugar indicado.

Los días previos al viaje estábamos un poco inquietos. Emma porque pensaba que íbamos a conocer el Polo Norte. Yo porque imaginaba que íbamos a tener chinches en la cama. Y luego estaba lo del equipaje. Llamamos en varias ocasiones para que nos orientaran un poco. ¿Hará frío o calor? ¿Llevamos traje baño? ¿Habrá que facturar? En la agencia se tomaban su promoción al pie de la letra y respondían gritando: ¡SORPRESA!

Con los nervios y la incertidumbre del viaje acabamos discutiendo un poco más de la cuenta. Yo le reprochaba a Emma que hubiésemos gastado nuestro poco dinero en esa promoción. Emma me reprochaba a mí que fuese tan aburrido y me recordaba que había sido una decisión de los dos. El día del viaje ya no nos dirigíamos la palabra. Camino del punto de encuentro Emma se hablaba a sí misma en voz alta y en tercera persona para que yo me enterase de lo que pensaba: "Mira que has tenido mala suerte en la vida, anda que casarte con este idiota que nunca que te hará feliz". "Si la idiota soy yo por seguir aquí con él", se respondía ella a sí misma. Yo me limitaba a hacer como que iba solo en el coche porque sabía que ese silencio a ella le sacaba de sus casillas más que a mí sus palabras. Al final, con tanta discusión, no nos habíamos puesto de acuerdo para el equipaje. Emma llevaba una maleta muy grande con cosas para los dos porque, aún estando enfadada, no dejaba de preocuparse por mí. Yo llevaba una mochila en la que no tenía ni siquiera lo imprescindible.

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Los que no tienen razón a veces están en lo cierto

María José Sáenz de Buruaga e Ignacio Diego tras el Congreso Regional del PP de Cantabria.

Nos hemos pasado media vida oyendo que el debate es elogiable, que la disensión es necesaria, que el intercambio de pareceres es enriquecedor, pero a la hora de la verdad vemos cómo el debate no es aceptado a no ser que sea confirmatorio, la opinión contraria mejor es dejarla quieta y el intercambio de pareceres queda recluido en el coleto. Predicar y dar trigo parece cosa de misioneros y almas de cántaro, lo que de verdad se exige en la praxis diaria es la unanimidad fanática, la lealtad ciega y el consenso por decreto. A la hora de la verdad lo que importa es un sí o sí sin fisuras, de grado o por la fuerza, voluntario o forzoso, como en la mili.

Después de tanta historia con el debate interno, en el momento en que hay que ponerlo en práctica los partidos implosionan. Este es el caso de las primarias, un carro al que los partidos con décadas a sus espaldas suben sin ningún convencimiento obligados por los que vienen por detrás empujando y que aún se pueden permitir ese lujo cuando sus estructuras de poder están en fase de consolidación. Pero aquellos que llevan años con estructuras de poder institucionalizadas, que están acostumbrados a predicar el diálogo y repartir la sucesión controlada, no saben donde se meten. O sí. 

Debate sí, pero poquito, que es como cuando se decía libertad sí, pero no libertinaje.

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WannaCry Blues

Parece que todo cambió cuando William Gibson describió el firmamento de un día muy concreto en el Ensanche. "El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto". Y además explicó esa cosa del ciberespacio: "Una alucinación consensual experimentada diariamente por billones de legítimos operadores, en todas las naciones, por niños a quienes se enseña altos conceptos matemáticos... Una representación gráfica de la información abstraída de los bancos de todos los ordenadores del sistema humano. Una complejidad inimaginable. Líneas de luz clasificadas en el no-espacio de la mente, conglomerados y constelaciones de información. Como las luces de una ciudad que se aleja...".

Dentro de cien años, todos neuromantes o rastafaris.

Pero no nos quedemos en el lirismo de 1984, curiosa fecha en que se publicó el libro de Gibson. En 1993, Bruce Sterling, otro maestro ciberpunk, indicó en 'La Caza de Hackers, Ley y Desorden en la Frontera Electrónica" que el ciberespacio es un lugar real y más antiguo de lo que pensamos. Empezó con el teléfono. La virtualidad que se le atribuye al sitio de los sitios es una manera de que no cunda el pánico, pero la interacción es tan fuerte que afecta lo visible e invisible mediante la proyección, el holograma más influyente: el dinero.

El dinero también es una realidad virtual, por lo menos desde que dejó de representar una equivalencia en metales preciosos. ¿Cómo no iba a encontrarse a gusto en el ciberespacio? Al fin y al cabo, desde los primeros pagarés, su esencia son los códigos de una programación de relaciones entre individuos, ciudades, mercancías, esclavos, trabajadores... Y, en cualquiera de sus formas, billete, cheque, tarjeta de crédito o aplicación de móvil, es una cartilla de racionamiento basada en la desigualdad de las matrices sociales.

En cuanto se abrieron los puertos, la pasta pasó de la mímesis a la poesía y se invirtió en una geografía de lugares que sólo existen como situaciones volátiles y sin sujetos tangibles. En los tinglados financieros, el mercado hace, la economía dice, los consumidores demandan. La red superpone estratos donde alojar las ausencias, hasta llegar a las capas oscuras y profundas, donde sólo se aventuran los pilotos que conocen los ruteros de la cebolla (como TOR, The Onion Router) que, por cierto, son de dominio público y están al alcance de cualquiera que sepa dónde buscar.

El libro de Sterling cuenta, a partir de la caída de AT&T el día de Martin Luther King de 1990, que dejó sin comunicaciones a millones de norteamericanos, cómo nacieron los ciberdelitos y se decretó la vigilancia del ciberespacio. Eso no impide que una mayoría de la población (una gran fisura tecnológica divide el mundo) siga pensando que las únicas fronteras que hay que controlar son las de los mapas. Sin embargo, en esta ya vieja realidad, todo es frontera. Pero, puesto que todas sus resoluciones y conflictos están en relación con el viejo espacio biológico de los territorios instituidos, la cibervigilancia guarda las formas y contenidos y estimula el pánico cuando se producen ataques como el que recientemente ha puesto de moda otra palabra que tampoco es nueva: 'ransomware', o sea, secuestro informático.

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