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Piensa en el elefante de Milanovic

Lakoff ha hecho mucho por recordarnos que las palabras ni son inocentes ni son neutrales. Con el ejemplo sobre el efecto al que induce la expresión "no pienses en el elefante" sobre quien la lee o escucha (¿en tu cabeza ahora hay una imagen de un elefante?), su relación con el lenguaje político y su análisis, busca encontrar salidas de marcos en los que las posiciones conservadoras neoliberales han encadenado sucesivas victorias desde la década de los 80. Cuando, utilizando como punto de inflexión la situación socioeconómica, política y cultural existente tras las crisis del petróleo de la década anterior, el paradigma neoliberal forjó una hegemonía duradera hasta la actualidad.

Sin embargo, quizás convenga pensar en un elefante, uno en particular. En el gráfico o curva del elefante de Milanovic, una de las representaciones gráficas más famosas de los últimos años en la economía. Los trabajos de Piketty, Stiglitz, Deaton, Galbraith o el propio Milanovic, junto a la reciente crisis económica y financiera y a las tensiones derivadas del impulso globalizador en las tres últimas décadas, han llevado a situar las cuestiones distributivas y redistributivas en el centro del debate académico y político. 

Milanovic en  Global Inequality: a new approach for the age of globalization, su último libro, analiza detalladamente la desigualdad global, entre países y dentro de los países. Sin duda acertó en la decisión de utilizar esta representación gráfica sobre el crecimiento de la renta (eje vertical) por niveles de renta (eje horizontal, cuanto más a la izquierda menos renta, cuanto más a la derecha más renta) durante las últimas décadas.

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Municipalismo o barbarie

Ayuntamiento de Santander.

Es tiempo de reflexiones. O al menos eso parece. Nos hemos despertado estos últimos meses con artículos de opinión, algunos acertados, otros no tanto, en los que se hace un pormenorizado análisis de los males que aquejan a esta izquierda herida y en horas bajas. No solo la nuestra, sino también la ajena. El resurgimiento de la ultraderecha en las últimas elecciones en países más o menos cercanos trae el monstruo a nuestras puertas. Y el auge de un ultranacionalismo patrio fanatizado, como respuesta al independentismo catalán, no despeja ningún horizonte para este país.

¿Pero cuál es realmente el diagnostico? Y, sobre todo, ¿cuál es la solución? De entrada la mayor parte de esos relatos obvian un aspecto fundamental: son absolutamente auto-referenciales, es decir, hablan de los problemas que tiene la izquierda a los mismos sujetos que los suscitan, en un círculo infernal de lamentos sobre lo que se hace mal sin ofrecer alternativas. Pero la cuestión es si hay alguien ahí fuera escuchando. Y si se sienten identificados con ese discurso. Y yo creo que no.

Tenemos una izquierda que se muestra como antagónica al adversario. Identificando al contrario como el mal, podemos asegurarnos esa superioridad moral de luchar siempre en el lado correcto de la batalla, aunque perdamos. Pero se nos olvida que la forma real de construir no se funda únicamente en el enfrentamiento continuo con el enemigo. En esa postura acabamos siendo nada más que el reverso, en una suerte de acción-reacción ante las políticas del otro. Y no quiero decir con esto que esa política del antagonismo, de mostrarnos como lo contrario al monstruo (llámese capitalismo feroz, machismo, racismo, desigualdad, antiecologismo…) sea completamente errónea. Al fin y al cabo también nos definimos por lo que no somos, además de por lo que somos. Pero falta construcción en positivo, no como contraposición sino como posición. Y eso solo se puede hacer escuchando y reflexionando.

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Judicialización contra la libertad de expresión

El rapero Valtonyc, condenado por injurias a la Corona. |

La semana que hemos vivido, con la ratificación de la condena al rapero Valtonyc, el secuestro judicial del Fariña de Nacho Carretero y la censura del trabajo de Santiago Sierra en ARCO rubrica la tendencia generalizada de los últimos tiempos a mermar hasta límites inadmisibles la libertad de expresión. Se está extendiendo un irrespirable ambiente de censura que, desgraciadamente, no se reduce a lo político y lo judicial, sino que coloniza toda la atmósfera social. Hasta las redes sociales, en particular Twitter, son cada día más ultras, más inquisitoriales, el terreno de una especie de guerra de los (micro)mundos. ¿Qué está pasando?

La condena de Valtonyc atenta contra un ámbito muy concreto, el de la libertad de expresión en el arte, en ese espacio de expresión de la creatividad que es emblema de la naturaleza humana. El terreno artístico debería gozar de autonomía para poder florecer, con toda su irreverencia, expresividad y capacidad de cuestionar. ¿Es un delito de odio decir en una canción "Queremos la muerte para estos cerdos", refiriéndose a políticos o es más bien una forma de terapia, de catarsis, y no sólo individual? ¿Se pueden tipificar como real amenaza los versos de un artista de 20 años —algunos escritos con 17— que trabaja en una frutería y desde ese lugar de enunciación afirma "No voy a callar más, voy a luchar aunque tenga que pillar una pipa como Froilán Marichalar"? ¿Se ha planteado el poder judicial qué pasaría si aplicara ese criterio a toda la historia del arte? ¿Qué quedaría después? ¿Hubieran existido Los Sade, los Bukowski, el punk o el mismo rap que en EEUU rima violencia en estado puro?

No parece descabellado pensar que el objetivo de esta y otras sentencias sea provocar lo que, ya en 1950, fue bautizado por Tribunal Supremo de los Estados Unidos como Chilling Effect, a saber, desalentar, amedrentar y provocar autocensura en la labor que desempeñan periodistas, intelectuales, activistas… en este caso, músicos, concretamente raperos. Delante de Valtonyc, estuvieron Strawberry o la Insurgencia, y detrás de él Pablo Hasel y otros más. Por fortuna, al Efecto Chilling le responde sabiamente el hoy llamado Efecto Streisand, la amplificación de algo con su censura, pero que el poder judicial sea tan refractario a la libertad expresión artística abre la puerta a muchos males por venir.

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1982

Álbum de cromos del Mundial de Fútbol de España de 1982.

En uno de los primeros recuerdos de mi infancia estoy en un supermercado y una cajera me guiña primero el ojo derecho y luego el izquierdo y me regala un sobre de cromos del Mundial de Fútbol. Yo miro a Naranjito, que confundo inicialmente con una mandarina, y pienso: "¡Estamos en 1982!". Con cinco años sentí que había alcanzado el futuro y me creí un privilegiado, como un escalador que llega a lo alto de una montaña. Fue la primera vez que tuve verdadera conciencia del tiempo.

En 1992 me pasó algo parecido. Y qué decir del cambio de milenio y el efecto 2.000 que iba a colapsar la civilización contemporánea. En aquella época trabajaba en una televisión local haciendo un programa patrocinado por el Gobierno regional de turno titulado pomposamente '2006, un horizonte empresarial'. Llegó 2006 y el horizonte, como la zanahoria que se pone delante del burro para que no se detenga, siguió estando exactamente a la misma distancia.

Ya estamos en 2018.  Lo noto, sobre todo, cuando tengo que cumplimentar un formulario electrónico y a la hora de indicar la fecha de mi nacimiento me veo obligado a deslizar una y otra vez el ratón, como el espeleólogo que se descuelga a una sima cada vez más profunda, para llegar a 1976. Cada vez tengo que soltar más cuerda para volver a mis orígenes. Tengo la buena suerte de tener mala memoria. Lo vivido es algo que se empasta dentro de mi cabeza. Olvido casi todo y eso, supongo, es una anestesia contra el dolor de tantas cosas que se quedan atrás.

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El Kraken

Íñigo de la Serna y Miguel Ángel Revilla.

El artículo 155 es como el Kraken de los escandinavos: un montón de rabas con una cabeza muy grande que emerge de los fondos marinos para devorar barcos y marineros. El Kraken constitucional español estaba recluido en su guarida. Estaba ahí pero nadie sabía cómo desarrollarlo, aunque siempre estaba la tentación de abrir la puerta para ver cómo evolucionaban los acontecimientos. Era como esos martillos que hay junto a los cristales de emergencia en trenes y autobuses (en aviones, no me consta) y que tienen un poder magnético sobre los pasajeros. Basta colocar un botón de emergencia para casos extremos para que haya una fila de tipos que quiera pulsarlo, basta que haya martillo para que alguien quiera aporrear el cristal. Demasiado tentador para evitarlo.

El 155 es la bomba de neutrones autonómica. Parece dejarlo todo como estaba porque pone en el congelador el proceso autonómico, lo que supone devolver a un territorio 40 años atrás. Hizo acto de aparición el Kraken a finales del pasado año en la Rambla barcelonesa y ya no hay manera de devolverlo a su guarida. Y no hay manera porque al respetable no solo no le atemoriza sino que hace subir las acciones y el coste de los fletes como sube o baja la estimación del voto de quienes amen u odien al Kraken.

Pero solo en apariencia es un congelador. Gracias a los impulsores del procés (es el gran legado que van a dejar), el artículo anda danzando por toda España como una espada de Damocles. Porque con el Kraken se hace política, nada de neutralidad. Sirve para hacer aquello que los que no creen en las autonomías siempre quisieron hacer y no se atrevieron. Primero, tímidamente; luego, ya no tanto.

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Oblación para una oblata

Iglesia de la desaparecida parroquia de san Pablo, antigua capilla de las Oblatas | RPLl

Volví a pasar hace poco por la calle del Monte y, una vez más, me paré ante la fachada de la iglesia de san Pablo, que fue capilla del convento de las oblatas hasta que lo derribaron para construir viviendas. El templo fue indultado y convertido en sede parroquial, pero quedó sin uso y sufrió oficial execración cuando la comunidad de vecinos, que había comprado a las monjas propietarias todo el terreno, denunció al obispado por intentar venderlo como si fuera suyo.

Para mí, ese edificio amostazado es la sombra de la sombra de un fantasma familiar protagonista de un episodio común y corriente en la historia de la dominación de género y, por ello, en peligro de unirse a los tópicos y caer en la inutilidad del olvido de tantas redenciones sin reparación que, sin embargo, nunca serán suficientemente narradas, porque cada una es diferente por mucho que se parezcan y cada diferencia vale el aliento de una persona.

En el convento de las Oblatas del Santísimo Redentor, reconocido como lugar de recogida de mujeres consideradas descarriadas, díscolas, rebeldes, delincuentes o prostitutas, estuvo encerrada, desde los diecisiete años hasta su fallecimiento, una pariente lejana obligada a renunciar a todo porque se había quedado embarazada de un minero no sé si seductor o violador: entonces esos términos no formaban parte de discusión alguna. 'Oblata' designa a la que renuncia o se entrega o se ofrece en sacrificio; pero la gramática del poder es muy flexible consigo misma; la voluntariedad es prescindible y la doctrina del prejuicio es de amplio espectro semántico.

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Los insignificantes

Decalcomania. |

Hubo un tiempo en el que creí tener claras las cosas. Ahora sé que no, que no las tenía claras sino que fingía tenerlas claras. Lo fingía tan bien que hasta yo mismo creía que las tenía claras.

Creer que se tienen claras las cosas es una mala estrategia de supervivencia porque te convences de que las cosas están bien pero, en realidad, te pudres por dentro.  Un día toda esa vehemencia se vino abajo y apareció la vida. Porque la vida es eso que aparece cuando te reconcilias con tus dudas, con la permanente incertidumbre, con tu vulgaridad, con tu mediocridad, con tu insignificancia.

Mediocres, vulgares, insignificantes. Así somos. Al menos, así soy. Es muy liberador darse cuenta de esa gran verdad que nos abre las puertas a una existencia más liviana y más plena. No hay nada que demostrar. Tan solo está la vida para ser contemplada, ese gozo de observar cómo discurre la existencia, esa lucidez de asomarse al inevitable deterioro. Mediocres, vulgares, insignificantes. También frágiles. La conciencia se ensancha y la vida se revela con toda su potencia cuando se acepta todo eso.

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La libertad de expresión magreada

Esterior del edificio que alberga el Ateneo de Santander.

Vivimos tiempos paradójicos, en los que los lobos se visten de ovejas para presentarse como víctimas aunque sean los victimarios. Vivimos tiempos en los que las palabras han perdido valor y los conceptos fundacionales de las sociedades libres son magreados por aquellos que quieren que no lo seamos.

Y esto, esta perversión conceptual, ocurre a menudo con la "libertad de expresión", o expresado por los directivos del Ateneo de Santander: "la exposición libre de ideas". Este miércoles, el Ateneo, la vetusta y pétrea institución santanderina, ha debido recular una vez más con la programación de actos que rozan la apología del odio y del fascismo. Si ya lo tuvo que hacer con charlas de una de las asociaciones fascistas de la ciudad, ahora ha tocado el turno a la conferencia 'La dictadura de la ideología de género', que ya en su enunciado contenía el germen del desastre del que han alertado 37 organizaciones sociales, políticas y sindicales de Cantabria.

De no haber sido por la alerta emitida por estas organizaciones, y por la respuesta de algunas autoridades que han forzado la cancelación, el Ateneo hubiera seguido adelante con la supuesta conferencia. Cancelan el evento, no porque consideren que es nocivo para esta sociedad, sino por la presión y por "la ausencia de posicionamiento en contra de la petición [de las organizaciones que solicitaron la cancelación] por parte de ningún partido político o asociación".

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De la vida padre a la buena vida

El economista, escritor, divulgador y profesor Christian Felber. |

Nunca había ido a una conferencia donde el ponente se levantara e hiciera el pino. Tampoco donde el ponente acabara de darse un baño en El Sardinero en pleno temporal de nieve y apareciera como si viniera de tomar las aguas en Baden-Baden. Es lo bueno que tienen estos actos: con un poco de paciencia, tarde o temprano acaba apareciendo alguien que merece la pena conocer.

Christian Felber no solo hace el pino y se da un baño a temperaturas que rozan los cero grados; además tiene un discurso. Hay que dar gracias porque haya alguien que tenga más discurso que opiniones sobre todo. Por lo general suele ser al revés.
Felber es austríaco. Bailarín, escritor, divulgador y profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad de Viena. Es un economista en el sentido etimológico de la palabra. Economía viene del griego,  oikonomía (ο’ικονομία) y se compone de dos palabras: oikos (hogar) y nemein (gestión). Algo así como 'administración de la casa'. Hay otra palabra de origen griego: chrematistiké, que se puede traducir por 'el arte de adquirir'. La mayoría de los economistas son en realidad paladines del chrematistiké, es decir, del dinero como fin último, del dinero por encima de todo, del dinero a pesar de todo. El economista tiene una visión de campo más amplia y pone el dinero entre los medios, no los fines.

Felber, decía, se define como economista y es uno de los paladines de la Economía del Bien Común. Dice cosas como esta: "Soy anticapitalista porque soy economista". 
Este fundador del movimiento por el Bien Común es impulsor también de otros sobre justicia global, Attacen-Austria, y de la denominada Banca democrática. Parece cosa de ilusos, pero ya tiene 3.000 colaboradores activos y las empresas (pymes al principio) se están incorporando a algo que puede tener consecuencias prácticas en la vida cotidiana. Lo que hace unos años pudiera haberse tomado a broma, ahora es cosa seria si millones de consumidores se ponen de acuerdo y empiezan a apoyar ciertas prácticas.

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Lo que enseñan los cuentos

La gran Madame Petrova, estrella del Ballet Imperial Ruso, ofrece a Sherlock Holmes un Stradivarius auténtico en pago por sus servicios futuros y aún no pactados. El director del ballet actúa de intérprete entre ambos; explica que Madame lleva demasiado tiempo bailando, tiene 38 años…

—Debo decir que no los aparenta —interrumpe galante Holmes.

—Eso es porque tiene 49 —contesta el intérprete—. Así que a partir de ahora va a dedicarse a criar a su hijo.

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