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1982

Álbum de cromos del Mundial de Fútbol de España de 1982.

En uno de los primeros recuerdos de mi infancia estoy en un supermercado y una cajera me guiña primero el ojo derecho y luego el izquierdo y me regala un sobre de cromos del Mundial de Fútbol. Yo miro a Naranjito, que confundo inicialmente con una mandarina, y pienso: "¡Estamos en 1982!". Con cinco años sentí que había alcanzado el futuro y me creí un privilegiado, como un escalador que llega a lo alto de una montaña. Fue la primera vez que tuve verdadera conciencia del tiempo.

En 1992 me pasó algo parecido. Y qué decir del cambio de milenio y el efecto 2.000 que iba a colapsar la civilización contemporánea. En aquella época trabajaba en una televisión local haciendo un programa patrocinado por el Gobierno regional de turno titulado pomposamente '2006, un horizonte empresarial'. Llegó 2006 y el horizonte, como la zanahoria que se pone delante del burro para que no se detenga, siguió estando exactamente a la misma distancia.

Ya estamos en 2018.  Lo noto, sobre todo, cuando tengo que cumplimentar un formulario electrónico y a la hora de indicar la fecha de mi nacimiento me veo obligado a deslizar una y otra vez el ratón, como el espeleólogo que se descuelga a una sima cada vez más profunda, para llegar a 1976. Cada vez tengo que soltar más cuerda para volver a mis orígenes. Tengo la buena suerte de tener mala memoria. Lo vivido es algo que se empasta dentro de mi cabeza. Olvido casi todo y eso, supongo, es una anestesia contra el dolor de tantas cosas que se quedan atrás.

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El Kraken

Íñigo de la Serna y Miguel Ángel Revilla.

El artículo 155 es como el Kraken de los escandinavos: un montón de rabas con una cabeza muy grande que emerge de los fondos marinos para devorar barcos y marineros. El Kraken constitucional español estaba recluido en su guarida. Estaba ahí pero nadie sabía cómo desarrollarlo, aunque siempre estaba la tentación de abrir la puerta para ver cómo evolucionaban los acontecimientos. Era como esos martillos que hay junto a los cristales de emergencia en trenes y autobuses (en aviones, no me consta) y que tienen un poder magnético sobre los pasajeros. Basta colocar un botón de emergencia para casos extremos para que haya una fila de tipos que quiera pulsarlo, basta que haya martillo para que alguien quiera aporrear el cristal. Demasiado tentador para evitarlo.

El 155 es la bomba de neutrones autonómica. Parece dejarlo todo como estaba porque pone en el congelador el proceso autonómico, lo que supone devolver a un territorio 40 años atrás. Hizo acto de aparición el Kraken a finales del pasado año en la Rambla barcelonesa y ya no hay manera de devolverlo a su guarida. Y no hay manera porque al respetable no solo no le atemoriza sino que hace subir las acciones y el coste de los fletes como sube o baja la estimación del voto de quienes amen u odien al Kraken.

Pero solo en apariencia es un congelador. Gracias a los impulsores del procés (es el gran legado que van a dejar), el artículo anda danzando por toda España como una espada de Damocles. Porque con el Kraken se hace política, nada de neutralidad. Sirve para hacer aquello que los que no creen en las autonomías siempre quisieron hacer y no se atrevieron. Primero, tímidamente; luego, ya no tanto.

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Oblación para una oblata

Iglesia de la desaparecida parroquia de san Pablo, antigua capilla de las Oblatas | RPLl

Volví a pasar hace poco por la calle del Monte y, una vez más, me paré ante la fachada de la iglesia de san Pablo, que fue capilla del convento de las oblatas hasta que lo derribaron para construir viviendas. El templo fue indultado y convertido en sede parroquial, pero quedó sin uso y sufrió oficial execración cuando la comunidad de vecinos, que había comprado a las monjas propietarias todo el terreno, denunció al obispado por intentar venderlo como si fuera suyo.

Para mí, ese edificio amostazado es la sombra de la sombra de un fantasma familiar protagonista de un episodio común y corriente en la historia de la dominación de género y, por ello, en peligro de unirse a los tópicos y caer en la inutilidad del olvido de tantas redenciones sin reparación que, sin embargo, nunca serán suficientemente narradas, porque cada una es diferente por mucho que se parezcan y cada diferencia vale el aliento de una persona.

En el convento de las Oblatas del Santísimo Redentor, reconocido como lugar de recogida de mujeres consideradas descarriadas, díscolas, rebeldes, delincuentes o prostitutas, estuvo encerrada, desde los diecisiete años hasta su fallecimiento, una pariente lejana obligada a renunciar a todo porque se había quedado embarazada de un minero no sé si seductor o violador: entonces esos términos no formaban parte de discusión alguna. 'Oblata' designa a la que renuncia o se entrega o se ofrece en sacrificio; pero la gramática del poder es muy flexible consigo misma; la voluntariedad es prescindible y la doctrina del prejuicio es de amplio espectro semántico.

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Los insignificantes

Decalcomania. |

Hubo un tiempo en el que creí tener claras las cosas. Ahora sé que no, que no las tenía claras sino que fingía tenerlas claras. Lo fingía tan bien que hasta yo mismo creía que las tenía claras.

Creer que se tienen claras las cosas es una mala estrategia de supervivencia porque te convences de que las cosas están bien pero, en realidad, te pudres por dentro.  Un día toda esa vehemencia se vino abajo y apareció la vida. Porque la vida es eso que aparece cuando te reconcilias con tus dudas, con la permanente incertidumbre, con tu vulgaridad, con tu mediocridad, con tu insignificancia.

Mediocres, vulgares, insignificantes. Así somos. Al menos, así soy. Es muy liberador darse cuenta de esa gran verdad que nos abre las puertas a una existencia más liviana y más plena. No hay nada que demostrar. Tan solo está la vida para ser contemplada, ese gozo de observar cómo discurre la existencia, esa lucidez de asomarse al inevitable deterioro. Mediocres, vulgares, insignificantes. También frágiles. La conciencia se ensancha y la vida se revela con toda su potencia cuando se acepta todo eso.

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De la vida padre a la buena vida

El economista, escritor, divulgador y profesor Christian Felber. |

Nunca había ido a una conferencia donde el ponente se levantara e hiciera el pino. Tampoco donde el ponente acabara de darse un baño en El Sardinero en pleno temporal de nieve y apareciera como si viniera de tomar las aguas en Baden-Baden. Es lo bueno que tienen estos actos: con un poco de paciencia, tarde o temprano acaba apareciendo alguien que merece la pena conocer.

Christian Felber no solo hace el pino y se da un baño a temperaturas que rozan los cero grados; además tiene un discurso. Hay que dar gracias porque haya alguien que tenga más discurso que opiniones sobre todo. Por lo general suele ser al revés.
Felber es austríaco. Bailarín, escritor, divulgador y profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad de Viena. Es un economista en el sentido etimológico de la palabra. Economía viene del griego,  oikonomía (ο’ικονομία) y se compone de dos palabras: oikos (hogar) y nemein (gestión). Algo así como 'administración de la casa'. Hay otra palabra de origen griego: chrematistiké, que se puede traducir por 'el arte de adquirir'. La mayoría de los economistas son en realidad paladines del chrematistiké, es decir, del dinero como fin último, del dinero por encima de todo, del dinero a pesar de todo. El economista tiene una visión de campo más amplia y pone el dinero entre los medios, no los fines.

Felber, decía, se define como economista y es uno de los paladines de la Economía del Bien Común. Dice cosas como esta: "Soy anticapitalista porque soy economista". 
Este fundador del movimiento por el Bien Común es impulsor también de otros sobre justicia global, Attacen-Austria, y de la denominada Banca democrática. Parece cosa de ilusos, pero ya tiene 3.000 colaboradores activos y las empresas (pymes al principio) se están incorporando a algo que puede tener consecuencias prácticas en la vida cotidiana. Lo que hace unos años pudiera haberse tomado a broma, ahora es cosa seria si millones de consumidores se ponen de acuerdo y empiezan a apoyar ciertas prácticas.

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La libertad de expresión magreada

Esterior del edificio que alberga el Ateneo de Santander.

Vivimos tiempos paradójicos, en los que los lobos se visten de ovejas para presentarse como víctimas aunque sean los victimarios. Vivimos tiempos en los que las palabras han perdido valor y los conceptos fundacionales de las sociedades libres son magreados por aquellos que quieren que no lo seamos.

Y esto, esta perversión conceptual, ocurre a menudo con la "libertad de expresión", o expresado por los directivos del Ateneo de Santander: "la exposición libre de ideas". Este miércoles, el Ateneo, la vetusta y pétrea institución santanderina, ha debido recular una vez más con la programación de actos que rozan la apología del odio y del fascismo. Si ya lo tuvo que hacer con charlas de una de las asociaciones fascistas de la ciudad, ahora ha tocado el turno a la conferencia 'La dictadura de la ideología de género', que ya en su enunciado contenía el germen del desastre del que han alertado 37 organizaciones sociales, políticas y sindicales de Cantabria.

De no haber sido por la alerta emitida por estas organizaciones, y por la respuesta de algunas autoridades que han forzado la cancelación, el Ateneo hubiera seguido adelante con la supuesta conferencia. Cancelan el evento, no porque consideren que es nocivo para esta sociedad, sino por la presión y por "la ausencia de posicionamiento en contra de la petición [de las organizaciones que solicitaron la cancelación] por parte de ningún partido político o asociación".

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Lo que enseñan los cuentos

La gran Madame Petrova, estrella del Ballet Imperial Ruso, ofrece a Sherlock Holmes un Stradivarius auténtico en pago por sus servicios futuros y aún no pactados. El director del ballet actúa de intérprete entre ambos; explica que Madame lleva demasiado tiempo bailando, tiene 38 años…

—Debo decir que no los aparenta —interrumpe galante Holmes.

—Eso es porque tiene 49 —contesta el intérprete—. Así que a partir de ahora va a dedicarse a criar a su hijo.

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Síndrome de resignación

Niña refugiada en Idomeni. | EDUARDO RIVAS

No parece exagerado, viendo el panorama, afirmar que en España hay unos cuantos —muchos— millones de personas mansas, resignadas, y que esa rendición, escondida tras encendidas discusiones individuales y cada vez menos acciones colectivas, no deja de crecer.

No sólo es que varios millones claudiquen ante la corrupción flagrante e indecente que asola al partido en el Gobierno, sino que la mayoría, por acción u omisión, tragamos con que personas a todas luces incompetentes conduzcan el destino de todo un país, con una política que pone los intereses de la banca y las grandes empresas por delante de las personas y tiene en la mentira su instrumento, con medios de comunicación con mucho opinódromo, demasiado todólogo y casi ninguna legitimidad, con un poder judicial poco o nada independiente y escorado a la derecha, con una ciudadanía crispada que le empieza a coger gusto al tic ultra… Soportamos estoicamente un panorama que, sin exagerar, puede calificarse de desastroso.

Resignarse es tirar la toalla, abandonarse, renunciar al futuro y al cambio, caer preso de la negatividad. Lo que ocurre a mucha gente deprimida, vaya: no en vano, el Reino de España ocupa el cuarto lugar en el ranking de países depresivos según la Organización Mundial de la Salud, con 2,4 millones de casos según datos de 2015. Y pasa que, en vez de promover un profundo cambio, como el que se propuso en 2011 en las plazas, y que sería el correlato social de hacer frente al problema, nos hemos resignado y dejado comer por la depresión —y la corrupción, la precariedad, la explotación…—. Esto ha provocado que la utilización de medicamentos antidepresivos se haya triplicado en los últimos años, según datos de la Agencia Española de Medicamentos. Una mala estrategia, creo, pues tendríamos opciones para llevarlo de otra manera.

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El aparcar se va a acabar

SpaceX ha puesto en el espacio un descapotable Tesla camino de Marte. Me puedo imaginar la cara de los marcianos cuando sus platillos volantes se crucen con el maniquí vestido de astronauta que va al volante y también compadezco a este cuando le salga al paso una suerte de Benemérita Sideral y le pida los papeles y las luces de recambio.

El Falcon Heavy es todo un símbolo de lo que somos aquí en la Tierra. Es el cohete más potente, lo que ya simboliza un derroche de testosterona importante, y ha sustituido el disco dorado y naif de Carl Sagan y sus mensajes de amistad interplanetaria por los grandes éxitos de Enrique Iglesias, lo que puede ser entendido como una declaración de intenciones nada pacífica. Cuando llegue a su destino será como la Guerra de los Mundos. La Tierra ha tenido la descortesía de devolver la visita mandando su tótem por antonomasia: el coche.

¿Qué haríamos nosotros sin coche? Posiblemente, vivir mejor, pero no es una elección nuestra. Nuestra elección va poco más allá de la tapicería y los tapacubos pero que se necesita el semoviente es indiscutible.

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Frío

No sé si algún columnista no disfruta con una ola de frío y sueño. Por motivos poco lúdicos, el domingo por la mañana, muy temprano, deambulé por la ciudad. Fui el único cliente de una cafetería, el único viajero del primer trayecto de un autobús. No sé en qué momento la noche se hizo un día igual de oscuro y glacial.

El fin de semana pasado, durante las noches y madrugadas, 83 personas fueron denunciadas por beber en la calle. En esos períodos, la temperatura no superó los cinco grados. Si la moral no miente, para emborracharse a la intemperie a menos de cinco grados hay que ser muy pobre o muy canalla. Pero yo me he acordado de la novela 'Sábado por la noche, domingo por la mañana' que Alan Sillitoe publicó en 1958 quizá para huir de la realidad contándola. Entonces había muchos más lectores interesados en las vidas de obreros que se emborrachaban todos los fines de semana en esforzadas competiciones, pero (y porque) tenían una vida envuelta en muros que agobiaban todas las perspectivas. Por lo menos podían pagar los precios de los pubs proletarios, rodar por las escaleras de las viviendas modestas y darse palizas en los callejones. Por lo menos estaban claras las fronteras. La clase obrera y sus barrios existían como realidades e ideas con una cierta coherencia. Hoy podemos ver los espacios gentrificados a alto precio y lo que fue colectividad dispersa en la precariedad a bajo coste. Sillitoe fue uno de los llamados 'jóvenes airados' británicos, uno de esos movimientos artísticos (a su pesar) que todavía se colaban por las grietas de habitaciones desconchadas carentes del atrezo de las estudiadas reivindicaciones de las galas actuales.

Y ese tipo de ciudad que Santander apenas fue por obligación y sin querer, y lo que tuvo de ella lo tapó o expulsó en cuanto pudo, me lleva por pura contradicción al símil de la lista ( smart) ciudad-fachada, sus calles y sus borrachos fantasmales, en una pirueta digna de un ministro que antes fue alcalde y sigue usando el anglicismo para adjetivarlo todo: Smart Train, por ejemplo.

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