Opinión y blogs

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No hay nada inventado

Bruce Springsteen durante una actuación en directo. |

No me gustan los videos de internet. Estoy cansado de gatitos bebés, saltos, chistes, caídas, imitaciones… En cuanto veo asomar uno en mi WhatsApp me echo a temblar. Pero el otro día vi algo maravilloso. Les pongo en situación. Bruce Springsteen ofrece un concierto en directo en Leipzig (Alemania); todo va bien, más o menos dentro de lo esperado. De repente un tipo consigue hacer llegar al escenario una especie de cartel con algo escrito.

Bueno, no es un cartel, para que vean lo rudimentario que es el asunto, se trata en realidad de un parasol de esos que se ponen en los parabrisas de los coches cuando uno se va a la playa. Como digo, hay unas letras apresuradas y manuscritas con un rotulador negro. El Boss le echa un vistazo y sonríe.

Lo que el mensaje le propone es que cante 'You never can tell'. Se trata de un viejo éxito de Chuck Berry, compuesto mientras estaba entre rejas en una prisión federal por inmoralidad. A los norteamericanos les indigna mucho eso de la inmoralidad, sobre todo si se le atribuye a un negro. Pero la canción se hizo mucho más conocida a raíz del famoso baile de John Travolta y Uma Thurman en 'Pulp fiction', la magistral película de Tarantino.

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El fracking, la incoherencia del PP y el papel de Cantabria

Pintada contra el fracking en Cantabria.

Esta semana conocíamos el veto por parte del PP en el Senado a una propuesta realizada por Compromís para prohibir el fracking en España. La votación se llevó a cabo en la Comisión de Medio Ambiente, de la que es vocal el senador por Cantabria del PP Javier Fernández, exconsejero de Medio Ambiente durante el Gobierno de Ignacio Diego.

Durante los años que ocupó dicho puesto, Javier Fernández fue uno de los redactores de la Ley Antifracking de Cantabria, posteriormente tumbada por el Tribunal Constitucional por invasión de competencias estatales, a petición del propio PP. El exconsejero se ausentó de la votación, no siendo capaz de defender su postura contraria a esta práctica. Ya en 2013 los senadores cántabros del PP habían votado a favor de la realización del fracking en España, pese a mostrarse como férreos adversarios del mismo en Cantabria.

La mayor parte de reacciones que hasta ahora ha suscitado dicha votación se centran en la incoherencia de los senadores populares y en su falta de voluntad y compromiso con la defensa de los intereses de Cantabria en Madrid. Desde luego, no seré yo quien niegue este punto de vista, pues es evidente. Los dos grandes partidos estatales llevan décadas mostrando su falta de compromiso con esta tierra. Sin embargo, pienso que debemos dar un paso más en las conclusiones a extraer.

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En invierno hace frío, en verano hace calor

Un temporal de nieve ha azotado esta semana toda la Península. |

Suena el teléfono. Ringgg, rinnnng. Bueno, es una forma de hablar, porque ya ni el puto teléfono suena como si fuese un teléfono de verdad, sino que emite sonidos que te recuerdan a aquella vez que viste 2001, la de Kubrick, con un par de copas. Y a cámara rápida, por conseguir la experiencia completa. Pues eso, que suena el teléfono que no suena como un teléfono (a no ser que te compres el tono de un teléfono para ponerlo en tu teléfono, que como tautología tiene su punto, pero así en plan sociedad lógica pues qué quieren que les diga) y yo lo cojo. Al otro lado está la voz de un amigo, agitado. Nervioso. Rápido, pon la tele, dice. No te lo vas a creer. Notición. Una locura.

Y yo lo hago. Las agencias de información están colapsadas. Los reporteros recogen las mejores imágenes del magno acontecimiento. Minutos y minutos de los telediarios se llenan con comentarios, historias personales (el cine social tira mucho) y reflexiones sobre el inesperado acontecimiento. Me estremezco, claro. ¿Lo estás viendo? escucho gritar a mi amigo, a lo lejos. Sí, lo veo.

Hace frío. En invierno. No puede ser.

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Pasión vs Obligación

Un niño duerme en una hamaca de tela en Nueva Delhi. |

En una vida tan volcada en la utilidad, en lo productivo, a veces da vergüenza reconocer que se disfruta especialmente cuando no se hace nada útil o productivo. Los que tenemos vocación de vagos y de gandules gozamos, para nuestra desgracia, de un gran desprestigio. Así que para compensarlo acabamos trabajando casi tanto como los que son muy trabajadores, y a veces más. Pero lo hacemos con la lucidez, con la certeza, de que es ese un camino equivocado porque intuimos, sabemos, que para nosotros lo esencial de la vida no está en lo útil y lo productivo.

Útil o productivo desde un punto de vista económico o profesional, quiero decir.  Ese es un peaje que tenemos que pagar para adaptarnos a un contexto social y económico. Pero de buena gana, si pudiéramos, nos entregaríamos al placer de no hacer nada porque no hacer nada nos apasiona.

Puede parecer una contradicción pero creo con bastante firmeza que saber no hacer nada puede llenar de sentido la existencia. Entregarse a no hacer nada no significa no hacer nada, claro está, pues sentarse a mirar como entra la luz por la ventana ya es hacer algo. Lo mismo que dar un paseo, leer un libro, cuidar una planta o mantener una conversación con un vecino. Para ser más preciso, no hacer nada significa, significa para mí (siendo más preciso aún), no hacer nada que se tenga la obligación de hacer. Esas acciones no obligadas, esas acciones emprendidas desde la libertad y la verdadera iniciativa, acaban desembocando casi siempre en la vida más rica.

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Del arduo camino para ser niño

Un niña consulta un stand en la Feria del Libro de Santander. |

Se desconoce su nombre como se desconoce la suerte de tantos otros millones como él, pero en el sur de Hispania, la España romana, hay una lápida con su perfil y sus útiles de trabajo. Está muy deteriorada por el paso del tiempo, pero es perfectamente apreciable su figura menuda, su flequillo y el cesto y el pico con los que desenvolvió en vida.

Tenía cuatro años cuando murió.

¿Quién le dedicaría una lápida a quien no tenía ni para comer? Es un misterio, tal vez sus compañeros de trabajo o su amos. Nunca se sabrá. Los paleógrafos no han descifrado nada porque nada había que descifrar, ni una miserable inscripción, pero sí que se sabe que en la Hispania preimperial, decenas de miles de esclavos trabajaban en las minas y en la incipiente industria de transformación (en el Norte, ese espacio montañoso que había que conquistar para nada en especial, nos dedicábamos a la rapacería y el mercenariado, lo cual no deja de tener su ironía en tierra de hidalgos.)

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Vivir, luchar, morir, luchar

Ya, ya sé que ninguno somos imprescindibles. Ya sé que la muerte deja huellas que una buena nevada puede soterrar. Ya sé que los seres humanos no somos arcángeles limpios de mácula, exentos de errores, de eso que, precisamente, nos hace seres humanos. Ya sé, también lo sé, que a veces nos demoramos demasiado tiempo en decir lo que pensamos de las personas, que lo verbalizamos cuando ya es para otros, para el viento, para el olvido quizá, para algunas almas capaces de entender, sin embargo, que somos el acumulado de los que han sido y que, por eso, es bueno, sedimentar a punta de relatos la memoria colectiva.

A Ricardo Míguez alguien lo encontró sin vida ayer, en su casa, en el mismo espacio donde tantas veces nos reunimos para soñar cambios, para planificar luchas, para estudiar, para aprender colectivamente y para disentir de la misma forma apasionada en la que coincidíamos.

La mayoría de los cántabros no saben quién era Ricardo. Eso pasa. Lo conocía bien el movimiento social, los partidos políticos de izquierda, los activistas de Torrelavega, los desprevenidos campistas del 15-M en el Besaya, los asistentes a la escuela de verano de los Anticapitalistas, allá donde fuera… También lo conocía la Policía Nacional, que le endilgó a un argentino torrelaveguense como este un apodo tan poco original como ‘El argentino’, y el delegado del Gobierno, tan poco amigo de los activistas de la PAH, que Ricardo ayudó a nacer en su ciudad, de los escraches ante las casas de políticos muertos en vida, y, en general, de cualquier persona que reclamara sus derechos, que protestara ante los excesos del capitalismo –que son sus normalidades, ante la injusticia social, ante la corrupción de esta casta política que no-nos-representa.

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Tomar decisiones bajo presión

George Orwell en la radio.

El elefante había roto sus cadenas en pleno ataque de furia, había escapado y estaba causando estragos entre los puestos del mercado. El policía inglés en ese momento responsable de la seguridad del poblado de India salió a buscarlo, y la gente lo siguió. Al rato, el policía  encontró al elefante, junto al cadáver de un hombre al que acababa de matar. A pesar de ello, en ese momento el elefante estaba tranquilo, sacudiendo manojos de hierba antes de comérselos, así que el policía pensó que no hacía falta matarlo. Pero llevaba un rifle y dos millares de nativos lo seguían, interesados por el espectáculo y deseosos de la carne del animal. El policía se sintió incómodo. Se sintió idiota, con el rifle al hombro y una multitud que no dejaba de crecer tras él. 

Un elefante vivo es una enorme y poderosa máquina de trabajar, muy valiosa. Muerto vale lo que sus colmillos. El policía sabía que no era necesario matarlo. Y además, no quería. Pero allí estaba la multitud. Así que cargó el arma y disparó. Y una segunda vez, y una tercera. Y más adelante los dos tiros que le quedaban, para acortar la agonía del animal.

Abandonó el lugar antes de que el elefante muriera, porque no podía soportarlo más. El episodio lo disgustó tanto que abandonó su trabajo (que de todas maneras odiaba previamente), abandonó India y abandonó hasta su nombre. Dejó de llamarse Eric Blair y se hizo escritor con el nombre con que lo recordamos, George Orwell. Una de las primeras cosas que escribió fue «Matar un elefante», donde cuenta todo esto y termina diciendo que se ha preguntado muchas veces si los que lo vieron aquella mañana se dieron cuenta de que lo había hecho nada más que por no parecer idiota.

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Obama paga el solomillo

Barack Obama durante su despedida como presidente de Estados Unidos. |

Si ha habido un personaje decepcionante en el mundo de la política, para mí ese es Barack Obama. De otros no esperaba gran cosa, así que poco podría haberles exigido después, pero la irrupción de Obama fue una corriente eléctrica que recorrió buena parte del mundo, una chispa de luz en un momento de oscuridad generalizada.

Es cierto que tiene mucha pinta de que vaya a cumplirse aquello de "otros vendrán que bueno te harán", porque la primera rueda de prensa de Trump ha sido una de las mayores mamarrachadas que se han visto en una comparecencia ante los medios. Y vaya si estamos curados de espanto a estas alturas.

Pero volvamos a Obama. Recuerdo que incluso vi con expectación la retransmisión de su discurso de toma de posesión; aquel Washington helador y sus palabras mezcladas con un mágico halo de vaho, desafiando a la crisis. No era solo la economía, era la recuperación moral, el regreso a los valores, la fuerza interior, mirar hacia el mañana con los ojos limpios. Era tan contagioso que a 10.000 kilómetros de la capital estadounidense el mensaje caló con el mismo impacto y, por primera vez en mucho tiempo, la gente creyó.

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Instrucciones para náufragos

Mar. |

Pocas experiencias hay tan duras como un naufragio. El mar es enorme, inabarcable y hostil para el ser humano, las posibilidades de sobrevivir son escasas, el tiempo se dilata, se hace insufrible, es normal volverse loco y, aun siendo rescatado, las secuelas durarán toda la vida. Los que lo han vivido lo comparan con navegar hacia la muerte en tu propio ataúd.

Recuerdo que un amigo tenía en su casa un cuadro pintado por un náufrago solitario. De lejos era una mancha azul grisácea con multitud de rayitas que representaban las olas, pero si te acercabas mucho veías en el centro un bote minúsculo con un hombre tirado dentro. Era desolador, lo tituló 'Insignificancia'. El autor había pasado varios días a la deriva, no perdido, llevaba radiobaliza, pero fue tiempo suficiente para que su fortaleza se rompiera en pedazos. Nunca volvió a ser el mismo, era un hombre demolido.

Teniendo en cuenta que navegamos desde el principio de los tiempos, sorprende saber que nunca nos ocupamos de los náufragos, como dándolos de antemano por perdidos. Si tu barco se iba a pique quedabas a merced de los elementos y en manos de Dios. Tuvo que hundirse el Titanic en 1912 para que alguien se planteara la necesidad de prevenir riesgos. Allí murieron 1.317 personas porque no había suficientes botes salvavidas ni una legislación que les impidiera salir de puerto en aquellas condiciones. Hoy no podrían hacerlo porque existe SOLAS (Safety of Life at Sea), el reglamento internacional de seguridad marítima que comenzó a redactarse precisamente a raíz de aquella desgracia.

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Ladrones de la ética

Refugiados hacen cola para la distribución de raciones de comida y mantas en Belgrado.

La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) ha confirmado que hay inmigrantes muriendo de frío en Europa... Por previsible, no es menos insoportable. Cada mañana me levanto más triste, cada día un poco menos de fe en la humanidad, a ratos, incluso, siento que no puedo más... pero tengo, tenemos que poder, porque la desesperación no lleva a nada bueno, la tristeza desbocada alimenta la impotencia, y, ante todo, esta injusticia e inhumanidad no se pueden tolerar ni por acción ni por omisión.

¿Recordáis a Aylan? Aquel niño muerto en las arenas de una playa puso el foco en un drama que, desde el segundo uno, se ha ido apagando, al que nos hemos ido acostumbrando -unas más, otra menos-, y que, inacción institucional mediante, va perdiendo rotundidad. Y eso es inadmisible, porque la tragedia avanza, y tiene ya proporciones monumentales. No sólo sigue habiendo Aylanes -el tratado UE-Turquía ha derivado la ruta migratoria a Italia, con un recorrido mucho más peligroso que no deja de cobrarse vidas-, y ahora, además, sufren sin tregua en las fronteras de esta vergüenza llamada Europa, a temperaturas bajo cero, mientras sus pies se gangrenan de congelación. Algunos, tal vez muchos, morirán de frío sin que sus padres puedan hacer mucho por remediarlo, esos padres que cruzaron un mar de su mano, nada menos que arriesgando las vidas de sus hijos para salvarlas.

Pronto sabremos del primer muerto de frío (in)refugiado, alguna imagen cruel se viralizará en las redes, y tal vez haya una ráfaga de gestos grandilocuentes de los responsables de su muerte: responsables institucionales de la UE y de sus Estados que, de facto, están siendo asesinos. Alguno hará como que llora, otra dirá que también tiene hijos... y, después, inacción y más inacción. ¡No podemos consentirlo! Y no sólo ya por las personas refugiadas, sino también por nosotras y nosotros: no podemos tolerar que los gobiernos nos nieguen el derecho a ser éticos, a ser humanos, no pueden obligarnos a ser cómplices de esta debacle moral.  

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