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El día en que me encontré a Willem Dafoe dentro de una escultura

El actor estadounidense Willem Dafoe. |

No soy nada fetichista. No colecciono nada, ni persigo a la gente para obtener un autógrafo ni guardo como una reliquia sagrada la servilleta con restos de carmín de una starlet. Nunca he sentido esa compulsión de los fans por asistir, rozar y poder decir luego 'yo estuve allí'. Bueno, haber estado en el Gólgota, Woodstock o la apertura real del Centro Botín me deja muy frío. 

Una vez le di la mano a Gina Lollogrigida. Son cosas que ocurren en los periódicos. Uno está enfrascado en plena tarea de contar el emocionante rescate de un gatito en un árbol cuando alguien te dice: 'Tienes que estar en el aeropuerto en media hora, que viene Gina'. Yo sabía quién era Gina, solo podía ser 'ella' porque en aquella época era bastante cinéfilo, pero conocer in situ a la maggiorata me dejaba tan frío como el cambio climático a Donald Trump.

Fui para allá equipado con una grabadora analógica y unas 60 palabras de inglés, de aquel inglés que se aprendía en los colegios de los años 70, en donde ya se practicaban modernas técnicas de enseñanza-aprendizaje ya que el cura que lo impartía lo aprendía al tiempo que se lo enseñaba a sus atribulados pupilos.

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Chorizos y literatura

El escritor ruso Serguéi Dovlátov.

Todos conocemos más nombres de presos que de guardianes, ¿verdad? Cervantes, Mandela, Al Capone, Mario Conde, Pantoja… Es comprensible: hay muchísimos más presos que guardias, y además los primeros con frecuencia llegan a serlo por hechos notables y variados, mientras que los segundos adquieren su categoría por una razón tan respetable como vulgar: ganarse la vida.

Pero a veces los guardianes son noticia, como el pasado martes: «Funcionarios de prisiones reparten chorizos en Santander para denunciar el “déficit” de personal».

Esta lectura hizo que me acordara de Serguéi Dovlátov, que fue guardián en campos correccionales soviéticos y escribió un libro sobre ello, La zona. La experiencia le dio cierta autoridad para contradecir a su paisano Aleksandr Solzhenitsyn, que decía que estar preso en el Gulag era el infierno: según Dovlátov, el infierno está dentro de nosotros; ser guardián o prisionero es accidental.

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Arena en los ojos

Reflejos. | Paula Arranz

Estoy tumbado en la playa leyendo las noticias en el móvil y unos chiquillos que pasan corriendo me tiran arena a la cara. Me entra en los ojos, dejo caer el móvil y mientras me incorporo siento la certeza de que siempre ha sido así. Siempre ha sido así, aunque no se sabía, o se sabía ocultar mejor, o no existía internet para difundirlo y también ocultarlo, o emborronarlo hasta sembrar la duda de si realmente ha ocurrido, pero no importa porque la información se devora y se deglute y sin tiempo para digerirla ya se desecha. Pero siempre ha sido así. Estoy seguro.

Quizá sea porque la noticia que estaba leyendo cuando me han tirado arena a la cara habla de la salida de la cárcel de Ángel María Villar, el siguiente de la lista, con sus 30 años de reinado a su aire en el mundo del fútbol, pero sospecho que los más listos, los que mejor robaron y mangonearon, esos no han sido descubiertos. Solo han pillado a los menos diligentes, a los chapuceros y los soberbios, pero no a los señores, a los que piden la tapita en el club marítimo e incluso son amables con el camarero, a los del traje impecable y prudencia a prueba de la menor indagación.

No consigo ver nada, intento pestañear pero la cosa empeora y una voz compasiva de mujer mayor me dice que incline la cabeza, que ella me irá echando chorritos de agua hasta que se me quite la arena. Pero no se me quita, es demasiada, y lo peor es que se acrecienta la sospecha de que da lo mismo un partido con el árbitro comprado que un partido político, el que sea, porque todos están en el ajo, siempre han estado en el ajo, todos lo sabían y por interés callaban y siguen callando. Puede que también hubiera amenazas, puede que algunos murieran por resbalón de cáscara de plátano, por oportuno infarto o recurrente vejez y pérdida de memoria, pero los demás estaban al tanto y no lo denunciaron. España es un país corrupto por naturaleza.

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Cuestión de perspectiva

Un niño besa la mano del Papa durante la visita al campo de detención de refugiados de Moria, en Lesbos (Grecia)

Al precio de un esfuerzo sobrehumano y de años de trabajar a la intemperie   pero sobre todo, al término de una humillación brutal para las víctimas, de un sufrimiento ilimitado   para los refugiados y otras personas obligadas a abandonar su tierra por culpa de la guerra, la hambruna y otras mil vicisitudes provocadas por el puritito interés de una estrategia global desmadrada, parece que la Santa Madre Iglesia   ha reconocido a regañadientes y con todas las reservas posibles que el Gobierno de España es un falso por no cumplir lo que prometió y le pide que no escurra el bulto. De paso, eso sí, proponen que sea la Iglesia a través de sus organizaciones las que se ocupen de la acogida, manutención e inserción escolar y laboral de los refugiados como sucede en Italia o Francia e incluso en el propio Vaticano que ha acogido a varias (algunas) familias sirias. Las buenas gentes, ni que decir tiene, celebran esta nueva política eclesial como una demostración de hermandad cristiana esperando ingenuamente que a partir de ahora se solucione el problema. Pero nada de eso sucederá por supuesto pues aún en el caso de que el Estado cumpliera e hiciera público un reconocimiento puramente platónico de su ignominia y complicidad con los verdugos, esta iniciativa no conllevaría en absoluto el reconocimiento de estas víctimas como víctimas.

De hecho, ni la gesticulación grotesca de los “buenos” por definición (esos que se saben a si mismos buenos) ni las lamentaciones indignadas de los caritativos clérigos podrán tener un efecto real ya que – hasta donde una alcanza -   no se ha dado ni se dará nunca el paso decisivo, el paso final en el verdadero análisis de la situación ya que lo cierto es que nadie se atreve ni quiere darlo. Un paso que pasaría valga la redundancia por reconocer que se recoge lo que se siembra pues ¿Acaso las armas caen del cielo? O por lo mismo ¿Son las guerras un mal sueño sin causa conocida?. Lamento decirlo pero de eso nada. Hasta yo misma soy capaz de ver que los mismos que ahora se preocupan por administrar las promesas de un Gobierno incumplidor y mentiroso son también cómplices y aliados objetivos en esa operación de limpieza emprendida por una Europa caduca y acabada que lo único que busca es que la libren de minorías incómodas y le garanticen un futuro Órden Mundial a su medida y libre de toda crítica a sus propios valores (dictadura democrática, libertad del mercado y otras cosas)

Oh, sí, creemos haberlo hecho todo al designar a algunos “dictadores” como los malos de la película… Como los malos sí, pero en   ningún momento como nuestros enemigos pues mira tú por donde hoy en el frente mundial, nosotros los occidentales combatimos exactamente contra los mismos demonios que combaten ellos a saber,   el Islam y todos los Musulmanes porque ¿para qué discriminar?.

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La bahía

La bahía de Santander desde el mirador del Río de la Pila.

Durante las primeras semanas me costaba ubicarme. En algún sitio estaba la playa, en algún sitio estaba la bahía, nada parecía demasiado lejos, pero no era capaz de conectar los dos pedazos de ciudad. Hasta que descubrí que solo había que subir por Reina Victoria... Cuando uno llega desde unas montañas al sur de casi todo el mar puede resultar una experiencia paralizante. Uno sabe, de manera instintiva, que si está frente al mar está muy lejos de casa. Quizás por eso siempre me gustó más la bahía. 

La bahía es el corazón secreto de la ciudad. Me gustaba sentarme en los bancos del Paseo de Pereda que dan a Pedreña para verla latir. La bahía mete los vientos en Santander, organiza las estaciones y le marca a la ciudad una respiración tranquila, que se contagia. Por entonces el Centro Botín era solo el esqueleto hueco de una caja de zapatos. El ferry que va a Plymouth, tan enorme, parecía pasar de puntillas sobre el agua, empequeñecido por el mar y las montañas.

La bahía es un mar de incógnito. Tan solo se despereza en las tardes de temporal, cuando se le adivina una sonrisa cínica de marinero viejo. El resto del tiempo permanece inmutable, a la espera de que todo se termine - en Numancia, los versos de José Hierro: la ciudad me decía que no quería morir sola / que no la abandonara - hundiendo en el desagüe del tiempo. El mar tiene una belleza maligna: nos recuerda que todos nos iremos, todo se irá, y él seguirá siempre en su puesto, como un vigilante maniaco.

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Sobre la actualidad

 La actualidad, con sus urgencias, oculta otros asuntos que también ocurren ahora pero que parecen invisibles ante semejante avalancha.  La actualidad es como estar en un andén por el que pasan sin parar trenes a velocidades vertiginosas, a veces alcanzamos a distinguir algo a través de las ventanillas pero, normalmente, nos quedamos sólo con un conjunto de formas imprecisas desdibujadas por su velocidad. La actualidad obliga a su consumo inmediato, las noticias pasan veloces, caducan en días o en horas o en segundos y son rápidamente engullidas por el negrísimo  agujero de la historia. Los trenes, cuando pasan a grandes velocidades, generan un efecto de succión que parece atraer hacia ellos a las personas que están cerca. Con la actualidad ocurre algo parecido, succiona la atención y el interés, aturde y oculta lo demás. Y como los trenes no dejan de pasar pues es fácil quedarse atrapado en ese lugar desde el que vemos desfilar sin interrupción las cosas que son actuales.

La actualidad no está sólo en los medios de comunicación. También nuestra vida cotidiana está repleta de hechos informativos relevantes, de noticias que compartimos a través de nuestros canales de comunicación personales con la familia y los amigos. La actualidad es eso que parece que es importante justo ahora, eso a lo que hay que prestar atención hoy, eso que debe preocuparnos o alegrarnos en este preciso momento, eso que no puede esperar.  La actualidad suele estar estrechamente vinculada con lo novedoso y con lo efímero. La actualidad es actualidad precisamente porque introduce algo nuevo (y que, previsiblemente, tendrá consecuencias significativas) y porque tiende a la volatilidad.

Así, las cosas que pensamos que podremos disfrutar mañana porque todo apunta a que mañana volverán a suceder, las que ya conocemos porque sucedieron ayer y no parecen encerrar nada nuevo, acaban quedando en un segundo plano. Por eso la actualidad, tantas veces, desplaza sin descanso asuntos esenciales a los que, precisamente porque pensamos que los conocemos, porque son previsibles y porque estamos convencidos de que se van a repetir, no prestamos tanta atención. Ya les prestaremos atención mañana, pensamos. Pero el problema es que la actualidad no se detiene nunca y mañana y pasado mañana seguirá ocurriendo lo mismo.

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En 'modo turista'

Cantabria se fija como reto incrementar en 2017 un 15% sus turistas.

El número de refugiados en el mundo creció un 7% en 2016. En total había campando por el orbe, sin abrigo y perseguidas por el miedo y la violencia, 65 millones de personas. Pese a tal multitud es difícil de creer que alguno de ellos se topara en su ruta con algún integrante de otra multitud igualmente 'in itinere': la de los 77 millones de turistas que visitaron España el pasado año.

Se calcula que el mundo albergaba en la Nochevieja pasada 7.400 millones de seres humanos. Tres Nocheviejas antes ya se conmemoró el turista número 1.000 millones, una muchedumbre itinerante equivalente a la población mundial en 1800. Si uno de cada siete habitantes del planeta realiza un viaje al año, eso quiere decir que todos tarde o temprano acabaremos siendo turistas, querámoslo o no.

Con los turistas pasa como con los peatones. Basta que uno se monte en un coche, en una bici o en un patinete para que deje de serlo y se convierta en otra cosa. Si este verano no salgo de casa soy vecino; si cojo el tren y me voy a la ciudad de al lado soy turista. Aunque hace falta algo más: falta el 'modo turista', una forma de pensar que uno se calza como se calza una camiseta en verano.

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Turismo de masas

Variación de una estampa de Belcebú del 'Diccionario infernal' de Jacques Collin de Plancy | RPLl.

Belcebú es el demonio que atrae a las moscas. Los niños náufragos de la isla de Golding lo adoraban bajo la forma de una cabeza de jabalí podrida. En mi infancia, las tiras adhesivas que se cuelgan de los techos para atrapar a los insectos me provocaban pesadillas. Proliferaban en verano como los ventiladores de aspas. Parecían cartuchos de escopeta en los anaqueles de  las  tiendas de ultramarinos. Ahora se usan poco. La gente prefiere, con razón, las jaulas de luz azul que liquidan  las presas mediante descargas eléctricas antes de dejarlas pegadas a una membrana invisible. Las tiras engomadas, sin embargo, reaparecen de vez en cuando y siguen vigentes para fabricar metáforas de agosto.

Antes, algunos espolvoreaban con azúcar las serpentinas (ese debía de ser el último tinto de verano de los dípteros), pero las actuales vienen con sus propios atractivos, que se retroalimentan siguiendo un programa de escalofriante simpleza. Los insectos capturados se debaten durante horas y sirven de cebo para que otros acudan con intenciones predadoras o amatorias o ambas cosas a la vez; puede que incluso porque, como demostró un príncipe ruso, el apoyo mutuo es un factor de la evolución compensatorio de la competencia y ese suicidio es lo más parecido al anhelo de solidaridad que intuyen. Se quedan pegados y zumban la bachata inexplicable de un odio feliz mientras la cintas, generalmente amarillas como playas de cuento, se van llenando de puntos negros vibrantes.

M. C. Escher jugaba con hormigas en la banda de Moebius, una superficie sin oriente ni fin ni asideros y asomada a un abismo que divierte mucho a la mayoría de la gente. Pero las trampas colgantes apenas tienen las propiedades topológicas de un trampolín en un acuaparque donde las salpicaduras nunca llegan al suelo (todo son cuerpos guardando la proximidad tensa y sicalíptica de una aglomeración puritana) o las de la fila para entrar en el aparcamiento de las procesionarias sobrevoladas por avispas asiáticas: los saltadores miedosos oscilan pegados a las tablas y las orugas entran, salen y vuelven a ponerse a la cola.

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Lluvia

Durante el primer verano que viví en Santander llovía. Nadie se había planteado todavía construir el Centro Botín y llovía. El alcalde acababa de inaugurar el funicular del Río de la Pila y llovía. Me costaba ubicarme y llovía. Vivía a la salida del Túnel de Tetuán, un poco más arriba de la rotonda de los delfines y llovía. Diez minutos hasta la playa y llovía.

No pretendo elaborar una teoría sobre el clima oceánico ni contradecir el Instagram del presidente Revilla, pero la mayoría de mis recuerdos de Cantabria conservan trazos de aquella lluvia segura de sí misma que a veces caía de lado y resultaba siempre admirable en su persistencia. Para alguien habituado a 120 días de sol entre junio y octubre la experiencia resultaba extraña y perturbadora.

Mi familia, mientras tanto, me contaba historias terribles de tardes a 45 grados, de calles a la parrilla, de coches hirvientes, de junglas de moscas. Yo me abrochaba el cuello de la camisa. Aquel verano unos franceses borrachos robaron la bandera de Puertochico. Uno de mis primeros trabajos consistió en cubrir para un periódico el rescate de un gato atrapado en el primer tramo de las escaleras mecánicas que suben desde Numancia hasta General Dávila. Yo hacía preguntas. El acento me delataba. Aprovechaba cualquier resquicio de conversación para quejarme de la lluvia. Alguien me explicó que el gato maullaba por las noches, que los vecinos lo alimentaban a través de las rendijas del engranaje de la escalera y que la lluvia es un paisaje que requiere una mirada profunda. El gato fue rescatado ileso.

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'Obrero si no luchas, nadie te escucha' (Las valientes de Britor)

Concentración de protesta de la plantilla de Sistemas Britor.

En las últimas semanas la plantilla de Sistemas Britor ha estado protagonizando, con todas las letras, un conflicto laboral. La empresa negaba por sistema cualquier aproximación al convenio estatal que debería regir sobre esta actividad. Ofrecía subidas salariales muy tímidas,  echaba balones fuera respecto a las jornadas de distribución irregular…tras la reunión en el ORECLA del 27 de julio entre los representantes de las trabajadoras y la dirección, se trasladó a la plantilla una oferta claramente insuficiente. Ese mismo día se concentraban frente al gobierno regional, gritando la consigna que da título a este texto.

El lunes siguiente las trabajadoras rechazaban la propuesta y votaban ir a la huelga indefinida. Se mantienen firmes, el seguimiento es altísimo y la empresa hace cuentas.

El jueves 3 de agosto, reunidas de nuevo las partes en el ORECLA, Sistemas Britor S.L. acepta el 95% de las peticiones del comité de empresa. Incremento salarial con carácter retroactivo, aumento en la retribución de las horas nocturnas, reducción de 21 a 3 en los días de distribución irregular de jornada. Asunción de partes significativas del antiguo  convenio de Multiprosur, es decir, la plantilla alcanza el amparo de un marco regulador mucho más favorable que el que venía siendo aplicado arbitrariamente. Y en septiembre se completarán las partes pendientes, para cerrar un convenio satisfactorio para la plantilla. La huelga ha sido un completo éxito para las trabajadoras de Britor, un éxito merecido que premia su constancia y su determinación. La lucha renta, esta es una evidencia más que celebramos desde IUC. Hemos vivido de cerca este conflicto desde el primer momento, como corresponde a una organización que aspira a representar los intereses de la clase trabajadora.

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