Opinión y blogs

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El bosquecillo de Goethe

Operario en una cadena de montaje de automóviles. |

Lo cuenta Victoria Cirlot en 'Carnets de Formentor': "Uno de los responsables de la Enciclopedia Einaudi me ofreció en una ocasión escribir la entrada 'cuerpo'. Le dije que me sentía honrado y perplejo, pero espontáneamente se me ocurrió preguntarle a quién se le había encargado la entrada 'alma'. "Esa entrada no está prevista", me contestó de inmediato, como si hubiera preguntado algo inconveniente. En ese momento se me hizo evidente que nunca íbamos a entendernos".

Puede que no exista el alma, ni la palabra 'alma' como lamentaba en su relato Roberto Calasso, pero que existe el trabajo no queda duda. Y 'trabajo' es una palabra que es tan difícil de definir como 'alma'. No sé cómo habrá descrito el término 'trabajo' la Enciclopedia Einaudi, pero espero que no lo haya hecho un técnico del Emcan ni la RAE ni uno de esos gurús que recorren la piel de toro hablando de emprendimiento. Tenemos tan perdida la vista al sentido del trabajo como la del alma.

"Hay gente que no cree en el alma ni cree en el trabajo, pero nadie podrá afirmar que la vida de los hombres pueda darse sin ese variado, gigantesco en su multiplicidad, esfuerzo que implica trabajar; desde el que requiere tomar los huevos de una gallina para comer, hasta el diseño de un transatlántico" ('Lo bueno, lo  útil y lo bello'. Andrea Costanza y Tomás Garcí).

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Hologramas girando como AVES

Jim Shaw. 'Fuzzie's overniter' ('Pernoctación ocasional'), de la serie 'Abandonados'. | RPLl

El modelo kennedyano de político puede poner a cualquiera mirando para donde haga falta sin perder la apostura ni la cara de ingeniero bueno. Para recibir las culpas y el folclore ya están esos personajes de Matt Groennig que dicen burradas y se llevan el humor grueso de los votos populares.

En el tiempo en que el objetivo cinematográfico era digno de tal nombre porque se entendía que todo lo demás estaba en la mente y sus relaciones, lo importante era saber que la verdad, aunque no opuesta, era diferente de lo visible. Lev Kuleshov ya demostró que el mismo rostro con la misma expresión denotaba sentimientos encontrados o complementarios. A cada cual según sus necesidades. Entonces todas las formas de lenguaje exigían una sintaxis. Ahora da igual: el orden de las cosas en el carrusel televisivo vale para todo y su contrario.

En los locos tiempos de Dziga Vertov, los trenes llevaban cámaras para mostrar cómo se hacía el pan, desde la hogaza al trigo, y explicar el mundo por inversión. Ahora es imposible que un tetrabrik se transforme en una vaca; todo cae del cielo y toda profecía incumplida puede ser renovada como si nunca hubiera caducado; las falsas promesas no tienen ni fecha de consumo preferente.

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El otro autobús

Imagen del musical 'Priscilla, la reina del desierto'.

El pasado domingo pude ver el autobús en Santander, pero no ese naranja de los penes (o la ausencia de los mismos), sino el que recorre el interior de Australia en un viaje desquiciado bajo el nombre de Priscilla, en un espléndido musical representado en el Palacio de Festivales.

La presencia de un cántabro, Jaime Zataraín, en uno de los papeles principales, le ponía una pizca más de interés a un montaje atrevido y gamberro que, sin embargo, guarda dentro de sí mucha más profundidad que la estridencia de la música ochentera o el brillo eterno de la purpurina.

Porque si algo transporta a bordo la Reina del Desierto es la interminable lucha del individuo por aceptarse a sí mismo. Frente a las normas establecidas, frente a la brutalidad social, frente al hecho diferencial, pero sobre todo frente al espejo.

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Vanidad, naufragios y distancias lunares

JUAN MIGUEL BAQUERO

Dice Jesús Ortiz sobre ‘Longitud’ que algunos de los libros que se venden por millones merecen claramente su éxito. En su condición de editor independiente –profesión heroica donde las haya– Jesús no sabe mucho de vender libros por millones, pero su autoridad cuando habla de merecimientos es difícil de discutir, lo que me evita tener que añadir más elogios para volver sobre la obra de Dava Sobel. O quizá solo uno más: como todos los libros que merecen la pena, este está lleno de perchas de las que colgar algunas ideas casi propias con las que construir un artículo como este. Porque lo que cuenta la escritora estadounidense es la carrera por encontrar un método que permitiese a los navegantes saber en qué meridiano se encontraban, pero el libro habla de muchas más cosas. De egos y prejuicios, por ejemplo.

En realidad, y cuanto menos de una forma teórica, la forma de determinar la longitud era perfectamente conocida a la altura de 1714, cuando los británicos ofrecieron una recompensa a quien diera con un método para hacerlo. Bastaba fijar el momento en que el sol pasaba por el meridiano del lugar –esto es, el mediodía– y compararlo con la hora a la que se producía esa misma circunstancia en un lugar del que se conocieran sus coordenadas. El observatorio londinense de Greenwich, por poner el caso. Si el sol tarda 24 horas en recorrer los 360 grados de la circunferencia de la tierra, y aquí el mediodía se ha producido un cuarto de hora más tarde que en Londres, basta hacer una regla de tres para determinar cuántos grados al oeste de ese punto nos encontramos. Tan fácil que hasta yo lo entiendo. El problema es que la falta de precisión de los relojes hacía imposible saber qué hora era en Londres, ni en ningún otro lugar distinto al del propio barco, donde esa información podía confiarse a la irreprochable puntualidad del sol.

En la carrera de la longitud se formaron entonces dos bandos distintos: en uno estaban los científicos que buscaban la respuesta en Júpiter o la distancia lunar, mediante complicados cálculos y observaciones. En el otro, un relojero. Iba a escribir bandos irreconciliables, pero no sería justo porque entre los primeros hubo quienes apoyaron a Harrison –el relojero– y confiaron en su éxito tanto como en el propio. Fue el caso de Newton, o Halley, que no vivieron para ver cómo se resolvía el problema ni tampoco llegaron a saber de las mil trabas que sus colegas pusieron al fabricante de relojes en los años posteriores. Newton y Halley. El nombre de los científícos que se dejaron vencer por sus egos y por sus prejuicios no les dirá nada –a no ser que sean ustedes personas versadas en física o astronomía– y ahí tenemos una primera lectura que hacer sobre este asunto.

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Celebrando la sinrazón

La líder del Frente Nacional francés, Marine Le Pen, y el del Partido Popular por la Libertad y la Democracia, Geert Wilders.

Esta semana, y después de varios reveses muy serios, Europa ha podido, al fin, tomarse un respiro. En las elecciones generales de los Países Bajos, el llamado Partido por la Libertad (por la de unos pocos, se entiende), liderado por ese histrión davidlynchizado de Geert Wilders, ha alcanzado solamente el segundo puesto, muy lejos de la formación vencedora y aun más de las previsiones que hasta hace solo unos días tenían. Es más, ni siquiera ha sido la formación que más ha crecido allí, porque Izquierda Verde ha logrado una enorme pujanza que, curiosamente, pasa casi desapercibida en los medios.

En parte con razón, claro. Y es que se venía de unos momentos muy oscuros para el movimiento europeo. Con lo del Brexit, con el crecimiento indisimulado de partidos antieuropeístas por todo el continente, con la alargada sombra de Marine Le Pen nada menos que en Francia. Es por eso por lo que la "discreta" subida de Wilders se ha tomado prácticamente como una victoria y así ha sido celebrada en cancillerías (¿siguen existiendo las cancillerías?) y redacciones. Olvidando, por demás, la misma raíz del problema.

Porque en un lugar como los Países Bajos, tradicionalmente uno de los puntos de mentalidad más abierta del mundo (y viene siendo así desde hace 500 años, no es cosa de décadas) la extrema derecha ha quedado segunda en unas elecciones. Y aunque resulta comprensible el suspiro de alivio al ver que no se convertía en fuerza mayoritaria, las alabanzas y el alborozo están de más. Sobre todo teniendo en cuenta que dentro de unas semanas la ya citada Le Pen va a conseguir unos resultados históricos en el Hexágono, seguramente como la fuerza más votada, y solamente la particularidad del sistema presidencialista francés va a alejarla del Eliseo en una segunda vuelta que parece tener asegurada…

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Personas, lugares

Actuación musical en uno de los locales de ocio de la Calle del Sol de Santander. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Por estas fechas cumplen años en Santander dos espacios: una librería y un bar. La librería alcanza el medio siglo y el bar tiene ya tres décadas. En los dos sitios recité por primera vez unos poemas hace veinte años, ay. Y hoy, veinte años después (ay, otra vez), sigo frecuentándolos y recitando en ellos cuando se tercia y cuando no pues haciendo las cosas que se hacen en las librerías y en los bares.

Con esto de los aniversarios todos nos ponemos un poco sensibles, así que aprovechamos para agradecer que haya proyectos así: buenos y que perduran. Y para agradecer, sobre todo, que detrás de los proyectos hay personas que insisten año tras año en mantener vivas ciertas cosas. Qué placer encontrar espacios agradables que tienen una personalidad definida y que son reconocibles, espacios familiares que sirven de punto de encuentro y que ofrecen cosas que nos enriquecen. En Santander cada vez hay más proyectos de este tipo y creo que es una buena noticia.

La antítesis a lugares así son los proyectos en cadena, las franquicias de identidad prefabricada en las que se replica la decoración, la música, los escaparates, las estanterías o los menús para que se despierte en nosotros la sensación de estar en casa cuando entramos por primera vez a un local. En teoría bien, aunque en la práctica a mí no me acaba de convencer. Quizá porque pienso que  lo de comprar un libro o lo de tomar una caña es lo de menos. No voy al bar o a la librería para eso. Si así fuera, me tomaría la cerveza en casa y compraría el libro por Amazon.

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Navidad en julio

Nada en la naturaleza es superfluo. Excepto la Administración pública. Todo lo que vemos a nuestro alrededor tiene una razón de ser. Si es orgánico, ha evolucionado con una función; y si es inorgánico, también la tiene, que para eso la fabricamos. Cuando dejan de tenerla se extinguen o se arrinconan por obsoletos. Menos la Administración pública, que cuanto menos sirve más engorda.

Recientemente se ha hecho público que la Administración regional decidió cortar el grifo del presupuesto en octubre, por sequía pertinaz se conoce, después de haber desviado 18,7 millones de la economía productiva al pago de una parte de la paga extra de 2012 de los funcionarios. Luego vino Montoro y mandó parar. Resultado: 35 millones en recortes que han afectado a Industria, Medio Ambiente, Cultura... y también a los parados, las academias, las empresas, los ganaderos, los que demandan una prestación, los proveedores, los beneficiarios de alguna ayuda. Ellos no pasaron las navidades con una nómina y dos pagas extras, lo que no ayuda precisamente a incentivar los buenos deseos propios del momento. De hecho para muchos, las navidades todavía no han llegado.

Desde hace seis años, la Administración autonómica se las ve y se las desea para pagar las nóminas de sus empleados. Este es un hecho que trasciende al signo político del gobierno de turno, porque Cantabria está en quiebra y no hay visos de que levante cabeza. Ninguna empresa y ninguna economía familiar pueden existir en esas condiciones, con menos ingresos que gastos, la deuda agotada, el déficit galopante y a la vez mantener sus puertas abiertas, a menos que no se pague a nadie, salvo a su consejo de administración. Si lo ha hecho Sniace, que estuvo cerrada tres años, ¿por qué no la Administración pública?

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La navegación y los perros

Algunos de los libros que se venden por millones merecen claramente su éxito. Uno de ellos es Longitud, de Dava Sobel, una estadounidense licenciada en Ciencias que ha escrito varias maravillas más. El libro cuenta el esfuerzo histórico para que los marinos pudieran calcular la longitud de su posición, es decir, la distancia a un meridiano dado, convencionalmente el de Greenwich. Mientras que desde antiguo «cualquier marino que se precie puede calcular la latitud» con relativa facilidad, para averiguar la longitud «hay que saber qué hora es en el barco y, también, en el puerto base u otro lugar de longitud conocida en ese mismo momento».

Pero saber qué hora es en el puerto de salida no era nada fácil. Se inventaron varios métodos para ello, tan exactos como uno de los que describe Sobel, que también se encuentra representado en el observatorio de Greenwich: se descubren unos polvos simpáticos que curan heridas dolorosamente cuando entran en contacto con un objeto que tuviera alguna relación con el herido. Y entonces se arma una empresa donde con el mismo cuchillo se hiere a muchos perros, cada uno de los cuales se le vende a un capitán de barco. Cada día, a las doce en punto, el empresario hunde el cuchillo en un vaso con los polvos mágicos: todos los perros embarcados aúllan de dolor, y el capitán dueño de uno sabe que en ese momento es mediodía en Londres y hace su cálculo de la distancia. Magnífico, ¿eh?

Hay más métodos que implican a perros en la navegación. El del ladraperros no lo cuenta Sobel, lo leí de niño en alguna novela. El navegante ladraperros es un piloto que para orientarse arrima el barco a la costa, a una distancia que le permite oír los ladridos de los canes en tierra. Y sabe distinguir los de cada raza, así que si oye a un gran danés comprende que está a la altura de Dinamarca; si a un pastor alemán, pues delante de Alemania; si el ladrido es de un terrier de Yorkshire…

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El Racing y la inmortalidad

Una imagen de la afición durante un partido del equipo verdiblanco en El Sardinero. | RACING

El pasado domingo tuve la suerte de volver a los Campos de Sport de El Sardinero; me gusta escribirlo así, a la antigua, con el nombre de aquellos viejos y cercanos terrenos que eran escenario de encuentros deportivos entre caballeros.

Haciendo cálculos, creo que la última vez que había acudido al campo fue para presenciar un partido de Segunda División contra el Guadalajara, un doloroso recuerdo que nos puso ya en la cuesta abajo directa hacia la Segunda B. Tuve varias etapas de socio, la última de las cuales coincidió con el regreso de mi admirado Quique Setién para verle impartir sus últimas lecciones de magisterio futbolístico sobre este césped. Fui fiel durante bastantes años, tanto en Primera como en Segunda, incluso compré algunas acciones que, después de las sucesivas ampliaciones, supongo que ya hoy serán algo así como una millonésima parte de una acción. Después, temas familiares me alejaron del estadio los domingos.

Me alegró mucho volver al campo -aunque vivo ya desde hace algún tiempo en perpetua decepción con el deporte profesional-, porque me permitió recuperar el olor a puro que asocio con un lejano día de mi infancia en el que mi abuelo me llevó a la ya derruida grada de Preferencia de los viejos campos anexos. Como no podía ser de otra manera, aquel primer e infantil bautismo racinguista fue un decepcionante empate contra el Real Oviedo.

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El algoritmo expiatorio

'VOAEK. Museo Vostell Malpartida (Cáceres). |

Ahora nos parece una tontería, pero cuando se extendió por el planeta el reloj de pulsera muchos pensaron que era la personificación del mal, lo peor que le podía suceder a un ser humano, el control llevado al extremo del autocontrol. Algunos presumían de ser libres porque no llevaban reloj, no estaban esposados al tiempo, pero los demás se sometieron a sus dictados y ya nadie volvió a tener justificación para llegar tarde a ninguna parte. Desde entonces se pudo despedir al trabajador por irresponsable, al novio por capullo o a cualquiera por no respetar lo suficiente a los demás. Así la puntualidad se convirtió en un signo de distinción, un rasgo de nobleza, aunque en principio surgió de una esclavitud impuesta e indeseada.

Lo mismo está sucediendo hoy en día con los algoritmos. En teoría son tan mecánicos como un reloj, solo siguen una secuencia de órdenes prefijadas para obtener el resultado previsto, sin embargo aumenta el número de personas que se resisten a su implantación generalizada argumentando que son ellos los que controlan nuestras vidas en vez de servirnos para llevar nosotros el control. Sin ir más lejos, este año son populares los teléfonos arcaicos que solo sirven para llamar y recibir mensajes de voz, sin injerencias personales ni intentos de venderte una lavadora cada vez que conectas con tus amigos. Yo mismo compré en una librería virtual un libro de metafísica hace dos años y desde entonces su algoritmo intenta encasquetarme las reflexiones del Papa Francisco y los desvelos de Santa Teresa.

Pero un algoritmo no es un reloj, es algo más complejo. Nadie duda de que este mundo informatizado dejaría de funcionar si se suprimieran los algoritmos, lo cual no significa que sean inteligentes ni mucho menos inocentes. Detrás de su diseño hay ideología, pensamiento tendencioso y en muchos casos simple conservadurismo. Aunque Facebook afirme que el suyo no influye en nuestras opiniones, es un hecho que sigue la tendencia infantiloide de 'ni teta ni pito ni culo', y suprime tanto estatuas griegas desnudas como la prevención del cáncer de mama, donde una mujer debe dar instrucciones empleando el cuerpo de un hombre porque el suyo está prohibido. Quizá por eso es más que sospechosa la asociación entre el algoritmo y el chivo expiatorio. Se usa en expresiones como "no convirtamos el algoritmo en un chivo expiatorio", que es como decir: "no nos toques los algoritmos".

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