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Creced y multiplicaos

La primera vez que oí la expresión 'ineficiencia regulatoria' pensé en algo nuevo, producto de los tiempos que corren, no de algo que estuvo ahí toda la vida como el gin tónic y las señales de tráfico. La 'ineficiencia regulatoria' es ese proceso por el que los papeles se reproducen a sí mismos, formando montañitas sobre la mesa de la cocina, resmas en la del escritorio, pilas en la bandeja de asuntos pendientes. Uno deja un papel apartado en un lugar y al día siguiente hay dos, luego cuatro y a la semana una jungla que como la jungla es exuberante y se desarrolla hasta en los pedregales. Lo contaban Kafka, Phillip K. Dick y Aldous Huxley. Debería inventarse un nombre a ese proceso de reproducción misterioso en el que se consuma un matrimonio de papel con las bendiciones de la Santa Madre Burocracia.

Dos amigos se reúnen en un café y deciden montar un club de petanca. Ellos no lo saben, pero la mayor parte de su tiempo no estará dedicado a la petanca, su pasión, sino a rellenar formularios. Para jugar a la petanca no hace falta un pedazo de tierra y unas bolas de metal. Concluirán que a la petanca se juega con formularios, declaraciones juradas y estatutos, de la misma manera que para justificar la construcción de una bolera hay que demostrarlo sobre el papel cuando tan fácil sería ir a verla.

En España se publican al año un millón de páginas de normativas de variado pelaje. Ese es el marco regulatorio. Las administraciones son las mayores editoriales que existen. Leyes, órdenes, decretos, desarrollos reglamentarios… del Estado, de las autonomías, de los ayuntamientos, de las juntas vecinales, de los organismos autónomos, de los colegios profesionales… Una montaña de papel cuyo fin es un imposible: regular todos los casos, acotar todas las variables, prever toda acción en el tiempo y en el espacio. Y este afán regulatorio consume más tiempo y esfuerzos que lo que cuesta vivir. Vivimos para demostrar que vivimos sin realmente vivir. Una distopía.

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El médico y la emperatriz

Sigmund Freud

"¿Que le duele ahí? ¡Qué va, mujer! Ya le digo yo dónde tiene que dolerle"

La emperatriz Wu Zetian recibe al embajador plenipotenciario de la Sociedad Psicoanalítica Vienesa, Sigmund Freud, ante toda su corte. Con un gesto de la mano le ordena acercarse. Olfatea:

—Tú fumas mucho. ¿Te has lavado la boca?

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El rollo del emprendimiento

Edificio de Sodercan, en el Parque Científico y Tecnológico de Cantabria (PCTCAN).

Me dio una extraña sensación desayunarme el otro día con  la noticia de que el Gobierno regional planea abrir próximamente un “acelerador de empresas” en el Parque Científico y Tecnológico. La mente es muy traidora y lee muchas veces lo que quiere leer, en lugar de lo que las letras dicen en realidad. Quizá todavía no había apurado la taza de café porque estuve un buen rato releyendo el titular, ya que mi cerebro asimilaba acelerador de protones o incluso acelerador de partículas. Pero no, lo que se acelerarán serán las empresas; es decir, si usted tiene una buena idea para poner en marcha un negocio, podrá acudir allí y “le acelerarán” la idea.

El propio invento está reconociendo, en sí mismo, que si algo necesita acelerarse es porque lo normal es que te lo desaceleren, por decirlo suavemente; o sea, que te pongan todas las trabas posibles antes de que abras la puerta de tu chiringuito. En qué estaría yo pensando cuando me vino a la cabeza que las ideas, realmente, no necesitan que nadie las acelere, sino más bien que nadie las joda, como quizá alguno de ustedes haya experimentado ya.

Pero bueno, este prefacio un tanto renegado era solo una introducción para mirar con bastante de desconfianza ese concepto con el que, de un tiempo a esta parte, nos bombardean en todos lados: el emprendimiento. Esta nueva doctrina en la que cada trabajador se convierte en una empresa por sí mismo me parece demasiada traída por los pelos como remedio a lo que se desmorona. Pero escuchen a los gurús y les hablarán de la zona de comfort, les dirán que ustedes no se mueven ustedes al ritmo que marcan los nuevos tiempos y así les va.

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La opaca transparencia

Chiringuito del Puntal. | PAULA ARRANZ

Dominas como nadie los videojuegos, navegas por internet, conoces a la perfección el menú de tu móvil, incluso, te vistes tú solito… ¿Y no sabes para qué sirve ese palo con pelos en una punta? Ese palo es una escobilla para limpiar el WC, cuando una parte de ti se engancha. Y es por eso, que es parte de ti, que te corresponde solo a ti limpiarlo.

En caso de chapapote, agarra la escobilla por el mango (la parte delgada que sobresale hacia arriba) y frota el otro extremo (el de los pelos) contra la pared manchada, sin dejar de tirar del agua al mismo tiempo.

Por favor no seas marrano, los demás no tenemos la culpa.

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La invasión de los ultracuerpos

Fotograma de 'La invasión de los ultracuerpos'.

Cuanto mayor es la distancia entre nosotros y las desgracias que suceden mayores posibilidades hay de que esas desgracias nos resulten indiferentes. Esa distancia puede ser geográfica, cultural, ideológica o económica. Así, puede afectarnos más lo que le pasa a un australiano de clase media que al pobre de la esquina. Con la interconexión y el acceso a la información las tragedias se nos agolpan, se nos caen encima como una cascada, y al final hacemos como cuando llueve: nos cubrimos con chubasqueros y ya nada (o casi nada) nos alcanza. La piel se convierte en impermeable, todo aquello que no nos toca directamente se manifiesta en nuestra conciencia como si fuese una ficción y, gracias a eso o por eso, lo ignoramos como el que apaga la televisión, cierra una página web o deja una novela. Es algo que nos sucede, en mayor o menor grado, a casi todos. Hay quien denomina a eso nihilismo de la percepción. Yo no sé bien cómo llamarlo pero sé que sucede. No tanto porque lo observe en los demás, que también, sino porque lo observo en mí.

Cuando hablo de indiferencia no hablo de ver y no actuar, porque no darían los brazos ni la vida para todo (aunque por algo se empieza), sino de esa forma de ver  como sin ver, de ver e ignorar lo que se ve, de ver y despreciar, de ver sin respetar lo que se mira (que es quizá lo mínimo que nos deberíamos exigir cuando contemplamos una desgracia o tragedia). No hablo de emociones alborotadas, ni de rasgarse las vestiduras porque cuando algo nos afecta tampoco es necesario gritarlo a los cuatro vientos  (que a veces es como querer apropiarse de la tragedia de un tercero). Hablo de cierta conciencia en la mirada, de cierto pudor ante el que sufre, de hacer con discreción lo que se pueda.

Hace unos meses en una calle de una ciudad de China, lo habrán leído o visto o alguien se lo habrá contado, una mujer fue atropellada y quedó tendida en un paso de cebra. Nadie se detuvo a arrodillarse a su lado, nadie llamó a una ambulancia. La gente siguió con lo suyo, hasta que la mujer fue atropellada otra vez. Da un poco de miedo ver el vídeo, que he visto como otros treinta millones de personas, asomándome a una tragedia como el que visiona una serie de Netflix. Parece una película de terror. 'La invasión de los ultracuerpos' o algo así. Porque da miedo la frialdad de esas personas que ni siquiera se detienen ante la mujer malherida, que no paran el tráfico, que no ayudan al herido ni piden auxilio. Y damos un poco de miedo también los que miramos.

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Chacona en Hacienda

Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda y Administraciones Públicas. | EFE

Joshua Bell es uno de los más famosos violinistas de la actualidad. El estadounidense es adorado por los melómanos y sus conciertos cuelgan el cartel de 'No hay entradas' nada más anunciarse. El público lo adora.

Hace cinco años, Bell dijo sí a un experimento del Washington Post. Gene Weingarten, redactor del Post, quería comprobar si el hábito hace al monje o siquiera ayuda algo. Para ello propuso al violinista acudir una mañana con su Stradivarius a la estación más céntrica del metro de Washington, la de L'Enfant Plaza, y allí fue, tres días después de haber abarrotado el Boston Simphony Hall con un concierto.

Eligió, en el vestíbulo de la estación, un rincón por el que pasara todo el mundo.  Llevaba puesta una gorra de béisbol, una camiseta de manga larga y unos tejanos. A su lado, una papelera. Y sacó su violín.

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Boleras

Partida de bolos (1655). |

Como soy de los que piensan que la identidad sólo es una relación de algo consigo mismo y no sirve de artilugio argumental, no puedo usarla para lamentar la desaparición de boleras.

El recurso a la tradición me resulta igual de inútil; creo que sólo es una mezcla arbitraria de repetición, herencia, acatamiento y entusiasmo más o menos sincero. Son tradicionales en Cantabria o están a punto de serlo, por ejemplo, el fútbol (cuyas épica y retórica detesto), las ferias de abril (¿nostalgia de los tiempos de jandalismo?), el golf (un abuso del territorio a la espera de un héroe nuevo) y la tauromaquia (cuya innegable condición de arte y cultura [ambas pueden ser tortura] me ayuda a aborrecerla).

Así que sólo puedo pedir que se conserven las boleras desde una íntima e irracional percepción de la materia y el sonido. Ofrezco, pues, este artículo como pasto de antropólogos y recreo de melancólicos. El choque de madera contra madera es más emotivo percibido a distancia y entre laderas o bloques de barriada, a pesar del peligro de la rima involuntaria y la interferencia de cláxones y campanos. Como excepción, alguna vez lo he escuchado flotar sobre las olas generado por un corro costero. Los expertos saben desde lejos si la tirada ha sido buena, y entienden enseguida el rumor de bola en suelo que anuncia el fracaso.

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Semana laica

EFE

No creo que pueda juzgarse nada, en un sentido u otro, hasta que lo hayamos experimentado, de modo que es demasiado pronto para anticiparse a las consecuencias que traerá consigo el nuevo calendario escolar de Cantabria, que ha suprimido las vacaciones de Semana Santa.

Puesto que vivimos en un estado que se declara aconfesional, nada se puede reprochar a las autoridades educativas desde ese punto de vista, aunque las tradiciones son las tradiciones y habrá que ver cómo se adaptan los estudiantes, pero sobre todo los padres, a las nuevas circunstancias.

Si damos por bueno que las fechas vacacionales sirven como período de descanso, para recargar las pilas y volver a la tarea con ánimos renovados, parecía sensato hacer un alto entre marzo y abril para romper la eternidad que va desde las navidades hasta el verano. Dejando de lado otros 'clásicos', como las procesiones y los atascos, la Semana Santa venía a ser un respiro indispensable para que estudiantes y profesores se preparasen para afrontar la recta final del curso.

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Inmunidad homicida

Rescate de Médicos Sin Fronteras en aguas del Mediterráneo. |

Dos impulsos correlativos, dobles invertidos, sirven para describir la dinámica que impulsa nuestras relaciones, también nuestra vida en sociedad: el de comunidad y el de inmunidad.

La lógica de la comunidad es la del común munus, la obligación con la alteridad, el contagio, la relación, la exposición que nos constituye: "existir es ser en común", en palabras del pensador francés Jean-Luc Nancy. Por el contrario, su doble invertido, la inmunitas, es el impulso de protección generado en buena parte por el miedo. Una lógica necesaria en su dosis justa, explica el italiano Roberto Espósito, pues no hay duda que en la relación nos exponemos también a la violencia, pero letal en exceso, como ponen de manifiesto de un modo gráfico las enfermedades autoinmunes.

Hoy la inmunidad, la lógica inmunitaria, la lógica de autoprotección, de autodefensa, campa a sus anchas, tan desatada que deglute todo lo que encuentra ante sí, incluida la comunidad, a punto de provocar el colapso por una enfermedad social autoinmune… No deja de producir violencia: temerosa de lo común, lo asesina. Así, nos hace individualidades autónomas, independientes, absolutas… y vacías. Porque no somos nada sin el otro, sin la otra, sin la alteridad. Se pueden comprar muchas cosas, pero no la humanidad que nos constituye, que necesita de la relación para ser.

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Sobre los carriles-bici

Hace unas semanas estuve hablando aquí mismo de seguridad vial, y más concretamente de la convivencia entre bicicletas y vehículos a motor en carretera. Esa que debe de estar basada (como todo, vamos) en un respeto mutuo que, creo, se está perdiendo poco a poco. Lo hice al hilo del monopolio informativo que durante varias jornadas tuvieron los atropellos a ciclistas, y que desataron una psicosis alarmista poco acorde con la realidad. Por cierto, ¿se han fijado que ya no atropellan bicis en las noticias de la televisión? Modas…

En aquel momento dejé esbozada la idea para una segunda reflexión, basada en los carriles-bici, su idoneidad, su misma naturaleza. Y es algo que, parece, interesa, porque varias personas (lo de miles de fanes lo dejamos para otros lares) me han indicado que ahonde en el tema. Así que, sumiso y obediente, lo hago. Y dejo claro, desde el principio, que si cuando hablaba de los atropellos lo hacía basándome en datos oficiales además de en mi propia experiencia (es decir, intentaba proporcionar una idea objetiva-subjetiva sobre el asunto) aquí únicamente voy a emitir una opinión. Y, por lo tanto, nadie debe estar de acuerdo con ella, ni siquiera respetarla, porque las demás son tan válidas como la mía. Pero ahora escribo yo, así que allá va.

A mí no me gustan los carriles-bici. Y no me gustan por diversas razones, que voy a exponer más abajo. Pero es que, además, uno de los problemas viene cuando llamamos carril-bici a algo que no lo es. Lo que sucede con mucha frecuencia aquí, solo hay que darse una vuelta por Santander, poniendo un ejemplo cercano. Un carril bici no es una acera pintada de diferente color (hay que ser muy necio para pensar que la pintura roja puede transformar, por arte de birbirloque, un espacio en otro completamente diferente, espantando con sus efectos mágicos a coches y peatones), como tampoco lo es una cuneta pintada de otro color (quiero decir, si la bici tiene que ir por la cuneta per se, ¿qué diferencia hay entre la misma cuneta y el carril bici?).

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