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Redes, piras y pasta de dientes

Hoy ya no arden hogueras para la quema de herejes como en otros siglos, hoy lo que arden son las redes sociales, ese empoderamiento del ciudadano común que le da ocasión no solo de opinar, sino de hacerlo público y de hacerlo con contundencia. Esto es bueno de por sí, es un logro para aquellos cuya opinión nunca ha contado públicamente, pero, aunque no arda nadie físicamente ya, el fanatismo y la intolerancia siguen gozando, con otros ropajes, de buena salud en los nuevos medios tecnológicos de relación social.

Uno puede tener una opinión, pero no puede tener una opinión sobre todo y en todo momento. Y lo que no puede pretender es que su opinión sea aceptada por los demás como una creencia incuestionable. No puede ser y además es imposible, como diría aquél. Pero basta abrir un perfil en Twitter o un muro en Facebook para asistir en directo al espectáculo de centenares de miles de personas que expresan opiniones radicales sobre la más peregrina cuestión con una determinación y virulencia que espeluznan. Estos ciudadanos que exigen rigor, respeto y consideración para sí se comportan como modernos inquisidores de la sangre y el fuego; y no falta quien lamenta que Twitter se haya convertido en una cacería para acto seguido integrarse en la jauría del día.

Un hombre está agonizando en su cama. Es un agente de seguros que ha dedicado toda su vida a trabajar y no está dispuesto a dar su brazo a torcer: ha sido ateo toda su vida y será coherente hasta el final. Pero su familia no piensa igual y llama sin su consentimiento a un sacerdote. Ya saben, por si acaso, nunca se sabe... Cuando el sacerdote llega, se le hace pasar junto al moribundo y, sorprendentemente, transcurre una hora en la que no se oye un juramento ni un ruido. Cuando el sacerdote sale de la habitación, la familia expectante le pregunta si ha conseguido que el cuasifinado se arrepienta de sus pecados. El sacerdote, tras un largo silencio, dice:

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Kipple

Pastor durmiendo (1924) | Alexey Venetsianov.

Tuiteé   "¿Sueña Zuloaga con consejeros eléctricos?" y alguien lo tomó por el título de uno de estos artículos, error que, tras varias dudas, estuvo a punto de convertirse en acierto, pero se quedó en una instancia incumplida en cuanto el joven secretario general "retiró" a los cargos rivales.

Lo bueno de los tuits es que son tan grandes como su título. Son perfectos como los mapas a escala 1:1 o los laberintos-desiertos: a veces creo que la culpa de toda la postmodernidad la tiene Jorge Luis Borges. Pero el poder evocador de esa burda paráfrasis sobre la probable ansia de ser de un político (algunos banalizadores hablan del gremlim malo en cuanto ven un mechón blanco) es quizá mucho más grande de lo que merece la actualidad.

Hay que ver qué fuerza tiene la novela de Philip K. Dick y de qué manera una gran película le quitó la mayor parte del sentido. A saber: el mercerismo, los corderos eléctricos, las máquinas u órganos de ánimo, la telebasura y casi hasta la naturaleza de los androides, a los que bautizó replicantes para hacerlos menos diferentes de los humanos, acaso por miedo a lo que pudiera adquirir la tabla rasa de la máquina hecha desde cero o, dicho de otro modo, a su zafio y patético aprendizaje de niños grandes y huérfanos. (Se rumorea que en la Universidad de Georgia han desconectado a dos robots por comunicarse sin control humano en un idioma creado por ellos. Eran un encargo de Facebook).

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Las calles

Mirador desde el funicular del Río de la Pila, en Santander.

No nacimos en Nueva York. No paseamos por la Quinta Avenida, no fuimos a comprar coriandro a las diminutas tiendas de Chinatown, no paseamos de la mano por Central Park, no lloramos nuestros fracasos junto al Hudson, no vimos partir a los barcos en el puerto, los barcos donde siempre viajaban otros. Las calles de nuestra infancia llevaban los nombres de almirantes muertos, de viejos sueños imperialistas rotos. Las avenidas de Nueva York aparecían en nuestra imaginación tamizadas con luz de celuloide; las calles de nuestra infancia, en el recuerdo, estaban veladas por la bruma que subía desde el mar.

Magallanes, Gravina, Cisneros y Cervantes. Los viernes de julio en la plaza de Cañadío, de madrugada, ignorando la lluvia. Nunca entrábamos en las cafeterías de Pombo. ¿Qué íbamos a hacer nosotros en las cafeterías de Pombo? Al otro lado de la ciudad tampoco había rascacielos, solo un palacio y un casino. La calle de la Reina Victoria era un envoltorio vacío en invierno. En la plaza de Italia los turistas despistados esperaban autobuses que nunca llegaban.

Arriba del todo del río de la Pila, antes del funicular hubo un laberinto de calles y escaleras. Las casas tenían cicatrices y arrugas, el color desvaído, la piel curtida por la sal y la arena. Hasta donde yo recuerdo siempre hubo dos ciudades, y la mejor de ellas duraba tres meses. Digan lo que digan, el año solo tiene dos estaciones, invierno y verano; por analogía, la vida solo contiene dos tramos: la juventud y todo lo que viene después... el resto son acotaciones imprecisas y una certeza: en verano todas las calles conducen al mar.

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El deseo

Puede decirse que la historia de la humanidad es la historia del deseo. 

Desde la aparición de las urbes, las monarquías y las religiones, la respuesta a la pregunta '¿Qué desear?' indefectiblemente conducía a lo 'bueno'. Deseo esto porque es bueno. Lo bueno circunscribía, por lo tanto, el objeto de lo deseable, quedando fuera de foco aquello que no aprovechaba a la monarquía o a la religión. Si había algo a l o que el rey o los dioses, si no a ambos de forma indisoluble como ocurría con las monarquías de origen divino, no consideraban apropiado simplemente no era deseable. En caso de duda, se recurría a la mazmorra, el manicomio o la pira.

Fue el humanismo y la ciencia los que desplazaron a las fuerzas telúricas del centro de la vida de las personas y hoy es ese mismo humanismo, ese 'yo' inapelable cargado de deseos, el que corre riesgo de pasar a la historia. 

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Ellos y nosotros

Pegatinas con mensajes 'fascistas' en los cristales de La Vorágine.

Uno puede ser forofo de un equipo de fútbol. O de otro. O de ninguno, según le venga en gana. Típicamente uno es del equipo de su pueblo, y nadie espera que justifique racionalmente esa preferencia. Incluso científicos, gente obligada en su actividad diaria a explicar por qué defiende una afirmación y no la contraria, pueden amar a un equipo de fútbol y no dar ninguna explicación: todos entendemos que es un espacio aparte, este del afecto irracional, y que un físico hincha del Betis puede tener tanta razón en una disputa profesional como otro aficionado del Sevilla. Y la misma que un tercer físico al que no le interese el fútbol en absoluto.

Casi todo el mundo ha cambiado de novio alguna vez, con menos frecuencia de cónyuge. Se cambia de profesión. Hay quien cambia de país, de nacionalidad. Pero suele ocurrir que quien nace del Atlético de Dondecristoperdiólaboina lo siga siendo hasta su muerte, aunque a veces se haga del Barça o del Madrid como segunda opción. Y se ofende enérgicamente si alguien duda de su fidelidad a sus colores.

Cuando ese forofo grita que su equipo es el mejor nadie se ofende. Claro que tampoco su prestigio intelectual va a aumentar un ápice, porque no hay un razonamiento en la afirmación. Lo que hay simplemente es una proclama de pertenencia a un grupo, a nosotros, los hinchas de este equipo, frente a ellos, todos los demás. Y normalmente no pasa nada.

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Hablando (también) de Juana

Varias manifestantes en la marcha del 8M en Madrid / Olmo Calvo

La alegre contumacia de los jueces cuando aplican el derecho de familia. El desproporcionado reparto de poder en las alturas. La complicidad de las Iglesias, religiones y poderes celestiales con la opresión de las mujeres. Bueno… en eso estamos todavía, y por eso, para esclarecer las formas de dominación y cómo se ejerce ésta (vease Juana) y, al mismo tiempo, para denunciar la injusticia de ciertas normas sociales que solo benefician a quienes ostentan el poder es por lo que una servidora se declara completa, abiertamente feminista y sin tapujos.

Así pues, esta servidora ha decidido repensar ciertos aprendizajes sobrevenidos más que nada por si este pequeño esfuerzo pudiera servir de algo y se ha puesto a repasar la huella de esa niña blanca de clase media enseñada a intercambiar obediencia por privilegio; la de esa joven educada para ser una amable monita; la de la mujer que escuchó y analizó por vez primera la palabra opresión durante los Juicios de Burgos, corriendo con sus compañeras y compañeros delante de los grises; la mujer con dos hijos (machos); la feminista que odia no solo la violencia sino también los malos modos, la falta de delicadeza masculina; la mujer con arrugas que ha dejado de menstruar, también cuenta; la escritora que sabe bien que con un bello lenguaje se puede también mentir y lo que es más, que muy a menudo el lenguaje del opresor tiene un hermoso sonido; la mujer que intenta, como parte de su resistencia, actuar limpiamente; la mujer que es una y somos todas (aunque algunas no lo sepan todavía) que hoy declara contra las incoherencias de esa injusticia legal que maltrata a Juana y pide Justicia (verdadera) para ella, consciente de que para que esto suceda tiene que haber una transformación imaginativa de la realidad. 

¿Imaginativa? Disculpen, en realidad creo que esto sería pedir demasiado pues para que exista imaginación tendría que existir también cierta libertad de mente (¡JA!), tendría que haber lo que tiene que haber y de "eso" me temo, no hay mucho en esta sociedad de viejos machos ergo… lo tenemos difícil, hermanas. Además, no sé si os habréis dado cuenta que la historia de nuestros esfuerzos ha sido ocultada una y otra vez y que cada una de nuestras batallas tiende a ser enfrentada como si saliera de la nada, como si cada una de nosotras no hubiera vivido, pensado y trabajado con un pasado histórico y un presente de lo más deficiente y que precisamente esta es una de las formas por medio de la cual se ha hecho aparecer nuestro trabajo y nuestras reivindicaciones como algo esporádico, errante, huérfano de cualquier tradición propia o lo que es lo mismo, como si todo nuestros esfuerzos estuvieran siempre cayendo de un guindo, como si siempre estuviéramos empezando o, de hecho, fueran una ocurrencia sin sentido en contra de la patria  potestad. De las patrias potestades.  Resumiendo: que yo, si fuera Juana, haría cualquier cosa antes de entregar a mis hijos. Y cuando digo cualquier cosa, quiero decir cualquier cosa.

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Laicismo y libertad de opinión

La mayoría de las reacciones al atentado salafista de Barcelona han ido decantándose, en una especie de reacción química elemental, entre los que por un lado piden homogeneidad en Europa, especialmente en su versión xenófoba (sí, de nuevo), y por otro lado, aquellos que piden que seamos respetuosos con la religión islámica, identificando por un credo a todos los inmigrantes con origen en países confesionales de religión islámica, quienes en muchos casos tendrían notables problemas para apostatar de dicha fe y no digamos ya ejercer el ateísmo. Victoria aquí para imanes y ulemas.

Entre los primeros parece encontrarse Enrique Álvarez, funcionario público del Ayuntamiento de Santander, quien en una tribuna de opinión en El Diario Montañés defendía hace unos días que el Islam es una religión maligna, al igual que el marxismo es una ideología de odio, y que Europa debería recuperar la fe en Cristo, dentro de los límites de la democracia (como si esto fuera posible, añado yo, desandando los últimos tres siglos de secularización del estado).

Su postura no es distinta de la acción proselitista de las religiones monoteístas, empeñadas en aplicar el término infiel o takfir a todo aquel que no vive la religiosidad como ellos deciden. Y no es una postura distinta a la defendida por el Partido Popular en Santander, que reprochó a Izquierda Unida cuando en marzo de 2016 presentamos una moción en la que se pedía incluir a la ciudad en la Red de Municipios Laicos, que el Ayuntamiento separase Estado y religión supondría que no se podría destinar dinero a la Cocina Económica o a la Obra San Martín. Ese era el nivel del debate.

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Enrique Álvarez, el fanático musulmán

Este es el artículo que habría publicado el jefe de servicio de Cultura del Ayuntamiento de Santander, Enrique Álvarez, si, en lugar de un fanático católico huérfano de partido político que lo defienda, fuera un fanático musulmán. Imagino que la alcaldesa respetaría "profundamente su opinión personal" y que El Diario Montañés lo publicaría. Es lo que tiene la libertad de expresión y la pluralidad.

"Nunca he creído en la existencia del mal absoluto. Eso del mal en estado puro es algo que se da sólo en las malas películas de Occidente o en los sermones católicos plagados de miedo y de demonios.

Si partimos de la base de que lo que llamamos el Mal es lo moralmente perverso, lo que daña por el placer de dañar, es decir, lo diabólico, a podemos entender -por poca cultura religiosa que se tenga- que el mal se caracteriza precisamente por su afición a disfrazarse del bien y, de hecho, por su cercanía al bien. Para nadie es un secreto que Shaitán, o Iblis, no fue más que uno de los yinn creados por Alá, conocedores del bien, cercanos a la divinidad, y ángeles caídos capaces después del mal y de la rebeldía ante Dios.

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Los héroes LGTB

LGTB. | Paula Arranz

¿Qué sucedería si en el último capítulo de la 7ª temporada de Juego de Tronos descubrimos que Jon Nieve tiene un novio macizo en Desembarco del Rey? Que se perderían de golpe 10 millones de espectadores. ¿Y si Daenerys de la Tormenta, traumatizada porque la violó salvajemente un criador de caballos, estéril para lo humano pero capaz de fertilizar huevos de dragón, le pide a una hechicera que le desarrolle genitales masculinos con la dureza del acero valyrio y decide perpetrar contra el sexo fuerte una oscura y penetrante venganza? Pues que se perderían 20 millones de espectadores y HBO tendría que clausurar la serie. Por eso, en el penúltimo capítulo, cuando los toscos guerreros bromean diciendo que si no hay mujeres ya se apañarán entre ellos, ‘El Perro’ tranquiliza al burdo salvaje pelirrojo afirmando que está enamorado de una señora y que tendrá con ella los hijos que haga falta. Porque una cosa es que en la serie haya violaciones, incesto y empoderamiento femenino y otra salirse de la norma heterosexual mayoritaria, salvo en papeles secundarios, para cumplir y nada más. Los grandes protagonistas están excluidos de esa posibilidad.

La sociedad todavía no está madura para tener héroes LGTB con la suficiente entidad para servir de referente. Para que los niños y las niñas puedan decir en el cole, según sus inclinaciones: “Me gustaría ser como Z-Woman, que tiene una novia muy guapa en Alfa Centauro o como F-Man, que le tira los tejos a Lobezno”. Quizá porque el colectivo LGTB es estadísticamente minoritario, aunque no sabemos si lo sería tanto en un mundo donde no se pongan trabas para que cada cual desarrolle la tendencia sexual que más le apetezca. O todas, o ninguna, que también los asexuales están reivindicando sus derechos (digamos LGBT+). Héroes, en fin, cuyo comportamiento carnal sea admitido, aceptado, reconocido, para ser modelos dignos de poseer seguidores propios no estigmatizados.

Algo de esto había en la serie de Netflix Sense8. Serie malograda que según las últimas noticias no seguirá adelante y sólo se le concede un único episodio doble, en 2018, para no dejar colgados a los espectadores y cerrar las diferentes tramas apresuradamente. No es nada excepcional, muchas series se cancelan por su falta de rentabilidad, pero lo grave del asunto es que Sense8 estaba a cargo de las hermanas Wachowski, que antes fueron los hermanos Wachowski, directores de la trilogía de Matrix, y que gracias a su cambio de sexo se han convertido en todo un icono transexual y por lo tanto LGTB. Héroes civiles con capacidad demostrada para crear héroes de ficción que, sin embargo, en esta ocasión han fallado estrepitosamente. Una verdadera lástima.

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La biblioteca

Interior de la Biblioteca Central de Cantabria en Santander.

En los días de verano, de sol y aire pesado, la calle Castilla se parecía a las calles de antiguos veranos en Andalucía. La calle Castilla, con sus bares de vecinos de siempre y sus supermercados de emigrantes y su acera en sombra, conducía, rectilínea, hasta una intersección que giraba hacia el mar para encontrar la Biblioteca Central de Cantabria. Qué idiota y para nada sería el mundo sin bibliotecas...

No tenían a Fante, pero tenían a Maiakovski. No tenían a Dovlatov, pero tenían a Boris Vian. Y un surtido amplio de Stefan Zweig y Sherwood Anderson. Un techo altísimo y mucho espacio vacío. Unos baños que siempre estaban limpios y el internet de los pobres: conexión a través de explorer y una impresora láser atareada con billetes de avión, noches de hotel y súplicas a la administración.

Afuera llovía, la galerna arrancaba de cuajo paraguas desprevenidos; afuera se pavoneaba el sol, la húmedad y la sal emborronaban la respiración; no importaba: la biblioteca tenía siempre el clima perfecto. La planta de arriba, en primavera, se llenaba de estudiantes que huían en dirección contraria al tiempo. Abajo, en la sección de cómics, uno encontraba siempre lectores despreocupados. Otros lugares -geografía, matemáticas, religión, poesía- estaban casi siempre deshabitados.

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