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Expectativas

Las elecciones despiertan expectativas, como la Champions League. Y sin embargo, a diferencia del fútbol, que sí es un asunto serio, la política depara pocas sorpresas. La indignación de hace unos meses se ha ido convirtiendo poco a poco en frustración, la frustración en resignación, la resignación de nuevo en indignación y esa indignación, pasiva y torpe, terminará cristalizando en la impotencia de todas las primaveras.

La vida, por lo general, no suele estar a la altura. Nuestras borracheras nunca son como las de Humphrey Bogart en Casablanca, que entre copazo y copazo todavía tenía tiempo de chulearle a los nazis y enamorar por segunda vez a Ingrid Bergman. En las borracheras de verdad bastante tiene uno con no caerse por las escaleras cuando baja a mear. Y puede que alguna vez se nos ocurra una frase lo bastante ingeniosa como para merecer figurar en un guión del Hollywood clásico, pero suele ocurrir cuando uno va tropezando de vuelta a casa, buscando las llaves, y no queda nadie para escucharla.

Humphrey en Casablanca se las arreglaba para salir indemne de todos los jaleos a pesar de ir vestido como un camarero con alzas en los zapatos. En el fútbol, el delantero centro se topa a veces con un balón muerto dentro del área en el último minuto del partido más importante de la temporada y marca el gol de su vida y la nuestra. El mundo real es más prosaico. En el mundo real, el líder del autoproclamado partido que pretende asaltar los cielos termina regalándole la primera temporada de Juego de Tronos al rey, que no deja de ser el mismo tío que guarda con cuatro décadas de mala hostia y pactos atados y bien atados la entrada del mismo cielo que quieres tomar por las urnas.

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Derrota, dulce derrota

Estos días he visto a tres hombres enfrentarse a la derrota, asumirla, pasar su trago amargo y, sin embargo, enfrentados a su suerte, disfrutar de ella como si fuera la más gloriosa de las victorias, para volar a su lado. Por ello me acordé de ese poema de Khalil Gilbran que es una auténtica apología de los perdedores:

Derrota, mi derrota, mi soledad y mi aislamiento,

para mí eres más valiosa que mil triunfos,

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Trampantojos políticos

Nuestros ojos –y nuestras orejas no pueden soportar esta carga de despiste político. Asistimos atónitos al espectáculo preelectoral en el que la parte sustituye al todo (cabinas a teleférico), van por el mar y las ciudades se reinventan antes de inventarse. Es agotador.

Nos habían dicho que los teleféricos eran un imán del maná divino que atraerían turistas y dinero como el estiércol llama a las moscas. Y nos lo creímos: somos fieles ovejas del rebaño mayoritario y silencioso. También nos habían dicho que la inversión privada es un chollo, que levanta infraestructuras en nuestro nombre y que solo quiere su parte del pastel, que para eso arriesga y se la juega. Pero la realidad es que no hay inversores que se mojen, no hay banco que aguante la estafa y que, una vez más, serán los cántabros con sus impuestos los que avalen el riesgo cero de unos tipos que se hicieron la foto con Ignacio Diego antes de poner un ladrillo, de tener licencia o de contar con el aval bancario pertinente. Un trampantojo.

Y es que el pobre Diego, triste desde su soberbia paralizada, hombre de balneario y discurso de seminario, se mete en proyectos imposibles sin la munición adecuada de infografías y presupuesto. Soñaba con una Cantabria de campos de golf sobre los que volaran cabinas de teleféricos que nos llevaran al aeropuerto Severiano Ballesteros que no existe. Su rival interno –aunque estos elegantes hombres de la derecha no se pelean en público es mucho más pragmático. Mucho proyecto minúsculo, mucho humo infográfico pero con una altísima visibilidad. Vamos, un mago del trampantojo urbano.

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Más amor y menos bronca

José Antonio Cagigas durante un pleno de la presente legislatura. | PARLAMENTO DE CANTABRIA

"Confieso que lo he sacado (provecho) y no lo he declarado porque no tiene precio, aunque tenga un valor incalculable. Me refiero a la experiencia y también a esa maravillosa persona que ocupa el escaño 88, que me ha apoyado y ayudado estos cuatro años, especialmente en las últimas semanas. No necesito más".

Ésta ha sido la manera de despedirse de un diputado socialista de las Cortes Valencianas; con una declaración de amor a su compañera de escaño. Francisco verbalizaba y Delia lloraba, emocionada.

Nada que ver con el Parlamento de Cantabria, donde su presidente, José Antonio Cagigas, riñe a los diputados y les dice cosas como que están haciendo el ridículo o que tienen mucho ego.

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Tragedias

Hay días en que los periódicos traen noticias impresionantes. Esto es casi tan frecuente como todas esas páginas que se dedican a las esquelas mortuorias, a los diferentes estados de ánimo de Cristiano Ronaldo o a los resultados de los múltiples sorteos que diariamente se celebran. En un lugar cualquiera del mundo se produce una catástrofe, el hundimiento de un transbordador en el que se ahogan cientos de personas o un seísmo de proporciones devastadoras que produce veinticinco o treinta mil muertos. Da igual.

Al principio, cuando todos los medios de comunicación no hablan más que de la desgracia, el sentimentalismo lo invade todo, tanto las tertulias radiofónicas como las declaraciones de los políticos o las conversaciones en el ascensor, pero a los pocos días el desinterés, el olvido y la indiferencia son absolutos. Seguramente esto es así porque en la vida todo consiste en que a uno no le caiga un tiesto en la cabeza. Si cae sobre la de otro, no importa, ya que tenemos una tremenda capacidad para soportar las desgracias de los demás, a no ser, claro está, que el tiesto caiga sobre la cabeza de un familiar debidamente apreciado o sobre la de la mascota preferida del primogénito.

A lo largo de la vida lo más sólido que el hombre va dejando tras de sí es un rastro interminable de basura, además de unas cuantas pretensiones, más o menos disparatadas, que a veces le llevan a hincar banderas sobre la superficie lunar, dirigir multinacionales de electrodomésticos, tratar de compendiar la fascinante, incierta y aterradora complejidad de la vida en un librito de versos o fundar una dinastía de tratantes de ganado. Pero por lo general, todo esto no conduce más a que llevar una existencia más o menos rutinaria, más o menos mediocre y con una cierta dosis de insustancialidad.

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Las ferias

La película se titulaba Las ferias. Bueno, en realidad no era estrictamente una película. Quiero decir que no era un largometraje. Vamos, que sí era una película pero no una de esas películas que uno imagina cuando escucha la palabra película. Qué lío. El caso es que era un corto documental rodado en los años 60 en Santander. Lo había grabado, montado y locutado un joven que, con el tiempo, se convirtió en un director de culto y dio clases de cine en la Universidad  de Barcelona.

Las ferias se proyectó en la filmoteca de la ciudad. La imagen y el montaje eran un poco toscos pero todos estábamos encantados viendo aquello. La voz en off hablaba de la llegada de los feriantes y relataba desprovista de emoción el proceso de montaje de los puestos y las atracciones. Suciedad, trabajo, cansancio, miseria. Esas cosas. Y luego la alegría, las luces, el ruido, la diversión. Había también imágenes de los veraneantes disfrutando de la playa, por la mañana, y de las ferias por la tarde y la noche. La voz en off era meramente descriptiva y no opinaba, lo que permitía que los espectadores tuviésemos la ilusión de darnos cuenta nosotros solos de todas esas contradicciones y paradojas y nos sintiésemos un poco más inteligentes.

Otro de los atractivos de la película es que la ciudad parecía otra. Cada vez que una zona muy cambiada aparecía en las imágenes se escuchaban cuchicheos, algunos incluso se atrevían a realizar comentarios en voz alta. Qué cambiado está todo, repetía todo el rato una mujer. Cómo pasa el tiempo, suspiró un hombre. Fíjate en los coches, qué viejos pero qué nuevos son, comentó alguien. En la sala había mucha gente mayor, personas que parecían acudir a reencontrase con su pasado.

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Podemos baja a la tierra

¿Por qué no ha celebrado Podemos su espectacular irrupción en la política institucional andaluza? Pues porque, como sus dirigentes no han dejado de repetir desde que pusieron en marcha el partido, Podemos no nació para ser un actor secundario –no nació para ejercer las tareas de oposición ni para integrar o apoyar gobiernos dirigidos por el PSOE, la pata izquierda del bipartidismo–, sino para convertirse en el actor principal de la política española. "Nacimos para ganar", han insistido siempre. Por eso otros partidos aún estarían dando botes de alegría con 15 escaños –partiendo de cero– en el Parlamento de Andalucía, mientras que Podemos, tercera fuerza política en la comunidad autónoma con el 15% de los votos, ha recibido el resultado con caras largas.

Podemos aspiraba (¿sigue aspirando?) a acabar con el bipartidismo, primero ganando las elecciones generales para evitar que España siga siendo gobernada por la Troika y después conformando un gran bloque para avanzar hacia un proceso constituyente que supere el régimen del 78. Y aspiraba (¿sigue aspirando?) a lograrlo presentándose ante la sociedad –una sociedad con escasa y deficiente formación política– no como un partido de izquierdas, sino como nueva política al margen del eje izquierda/derecha. Pero...

Primero: PSOE y PP sumaron el 62% de los votos y 80 de los 109 escaños a repartir en las elecciones andaluzas, lo que refleja que el bipartidismo puede estar tocado –en las anteriores sumó el 80% de los sufragios y 97 asientos–, pero no está ni mucho menos hundido. Y segundo: es evidente que a Podemos le ha hecho mucho daño que la maquinaria propagandística del régimen del 78 lleve meses criminalizando al chavismo y vinculando al partido de Pablo Iglesias con éste, así como promocionando –y parece que con éxito, a juzgar por sus nueve escaños en las andaluzas– a Ciudadanos, un partido que, como Podemos, también se reivindica como nueva política al margen del eje izquierda/derecha.

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Como una corona

En Madrid está todo. No es una teoría. No es una pregunta. En Madrid está todo. Y es todo. Esa ciudad canta y ríe y juega y llora, todo a la vez, se emborracha, baila sobre el horario de cierre, vomita, esa esquina, la otra, a pesar de candidatos, candidatas, alcaldesas con laca, lo resiste todo porque está hecha para ser indiferente, cálida siempre, majestuosa.

En Madrid entras a un bar, de madrugada, a comprar tabaco, y te encuentras el mundo. Es el Pequod sin Moby Dick y sin capitanes locos. Porque en Madrid está todo. Lo hemos dicho. Y el camarero te dará cambio, te dará también el mando para que tú mismo actives la máquina, pero dale así, que el botón no va muy bien, y de vuelta en la barra te despedirá con un abrazo y un escribe unas líneas en cuanto puedas.

En Madrid está también la cuesta de Moyano, con todos sus libros viejos, veteranos de la guerra de contar historias buscando la caricia de una mano en sus lomos. En Madrid tienen, en la cuesta de Moyano, un libro de Manuel Vilas que solo cuesta un euro, casi nuevo, altivo como los libros casi nuevos cuando conviven con esas ediciones en rústica de los premios Planeta que se vendían con las estanterías y acaban en el exilio impuesto por las mudanzas.

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La Gataparda

Estaba siguiendo los resultados de las elecciones andaluzas y escuchando los debates y tertulias sobre la situación política en la que queda la comunidad sureña y me di cuenta de que… nada en absoluto ha cambiado. Por eso pensé inmediatamente en Don Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina y protagonista de El Gatopardo, la novela de Giusepe Tomasi de Lampedusa que Visconti llevó al cine con una magistral actuación de Burt Lancaster en el papel del arruinado noble siciliano.

Para empezar, no es difícil encontrar ciertos paralelismos entre la Sicilia insular, separada de Italia por el estrecho de Mesina y nuestra Andalucía, separada del resto del universo por la Sierra Morena. Pero la coincidencia principal la detecto en una conversación que el ya envejecido Príncipe de Salina mantiene con su sobrino, el ambicioso Tancredi Falconeri, que reflexiona sobre los cambios en los que se ve inmersa la isla y las consecuencias que ésto traerá para una aristocracia rancia y arruinada:

- Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.

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Podríamos poder si podemos

A Podemos se le exige de todo. Es normal. Se pusieron en la pole position electoral a punta de un discurso demasiado angelical para esta pérfida sociedad de arribistas, saltimbanquis y adormecidos ciudadanos y ahora se les pide que sean coherentes y demuestren –para nuestra tranquilidad moral- que hay gentes nobles dentro del seno de nuestra sociedad que nos pueden sacar del atolladero mediocrático y mediocre en el que estamos atrapados.

No es justo con Podemos, pero tampoco parece razonable que nos regañen desde el pedestal de la honestidad y la limpieza asamblearia para luego deshacer nuestros anhelos a las primeras de cambio.

Las tensiones y pugnas internas parecen normales en cualquier grupo humano. Somos, precisamente, humanos. Pero no cualquier tipo de humanos porque nosotros hemos sido pasados por el tamiz del individualismo capitalista, atravesados por la falocracia que nos empuja a estar todo el tiempo chocando los masculinos cuernos a ver quién es el más fuerte, torturados por la imperiosa necesidad de ganar al adversario –que en España parece ser sinónimo de enemigo-, sometidos a la terrible presión de hacer valer las mayorías en lugar de dar valor a las minorías...

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