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Podríamos poder si podemos

A Podemos se le exige de todo. Es normal. Se pusieron en la pole position electoral a punta de un discurso demasiado angelical para esta pérfida sociedad de arribistas, saltimbanquis y adormecidos ciudadanos y ahora se les pide que sean coherentes y demuestren –para nuestra tranquilidad moral- que hay gentes nobles dentro del seno de nuestra sociedad que nos pueden sacar del atolladero mediocrático y mediocre en el que estamos atrapados.

No es justo con Podemos, pero tampoco parece razonable que nos regañen desde el pedestal de la honestidad y la limpieza asamblearia para luego deshacer nuestros anhelos a las primeras de cambio.

Las tensiones y pugnas internas parecen normales en cualquier grupo humano. Somos, precisamente, humanos. Pero no cualquier tipo de humanos porque nosotros hemos sido pasados por el tamiz del individualismo capitalista, atravesados por la falocracia que nos empuja a estar todo el tiempo chocando los masculinos cuernos a ver quién es el más fuerte, torturados por la imperiosa necesidad de ganar al adversario –que en España parece ser sinónimo de enemigo-, sometidos a la terrible presión de hacer valer las mayorías en lugar de dar valor a las minorías...

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¡Que viene el coco!

Es muy posible que preguntarse los motivos que llevan a una persona a votar a un determinado partido político sea un ejercicio un tanto baladí pero podemos hacer un experimento. Ahora, cuando la jauría (entiéndase con todo el cariño que se merecen) empieza a taladrar nuestro cerebro con mensajes que meten miedo se puede hacer una reflexión. Sin pretensiones sociológicas. Solo hay que mirar a nuestro alrededor.

¿En qué pensamos cuando votamos? ¿Qué valoramos? Si es que pensamos, si acaso valoramos algo. ¿Qué órgano del cuerpo domina el voto? ¿El seso no es más casquería que nunca'? ¿Razón o emoción? 

Si nos detenemos a observar un poco el ambiente -solo un poco, tampoco hay que exagerar- los indicios apuntan a que reflexionar, no es que lo hagamos mucho.

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Felices

Hubo un tiempo en que las personas felices no estaban bien consideradas. Más bien todo lo contrario. En realidad mostrarse feliz, incluso contento, resultaba como hortera, vulgar, ramplón, poco progresista. Lo conveniente, entonces, era mostrarse continuamente ceñudo, hacer dieta a base de pepinillos búlgaros, beber vodka ucraniano, parecerse mucho a Lola Gaos y latigarse todas las noches la espalda con las cuerdas arrancadas a la guitarra de Raimon, Ovidi Monitor, Mikel Laboa o Pablo Guerrero.

Fueron los años de la náusea sartriarna, la última angustia de Juliette Greco, la lluvia cayendo permanentemente sobre la arrugada gabardina de Albert Camus y todas esas insoportables películas húngaras, polacas, albanesas, rumanas, checoslovacas... Lo bueno de este tiempo –tan mediocre, por otra parte– es que todo el mundo quiere ser feliz; hasta los desgraciados.

En la cultura de nuestra época, fundamentalmente televisiva, lo que más abunda son las estrategias publicitarias que consideran necesario, o cuando menos conveniente, que para alcanzar la felicidad, eso sí, una felicidad pequeño burguesa, virtual, de democracia enmoquetada, chándal casero, músiquilla incesante de canciones estúpidas y pensamiento único, no tengas más remedio que conducir un vehículo impresionante, pasar los fines de semana comprando naderías en gigantescos centros comerciales, acceder a tu sucursal bancaria para abrazar a su director como si estuvieras abrazando a Jesús de Nazaret y hablar por el móvil, repleto de absurdas aplicaciones, mientras saltas a la comba, bailas claqué sobre deslumbrantes baldosas egipcias o corres por deslumbrantes parques municipales en compañía de hombres y mujeres de una juventud deslumbrante, esbelta, sana, interminable..

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Maldito cuento

Ojalá no hubiese escrito aquel cuento. Cómo iba yo a imaginar que ellos lo leerían. A ver, uno mira a su alrededor y a veces ve algo y piensa: ahí hay un posible cuento. Intenté cambiar algunas cosas para que nadie reconociera a los protagonistas.  Bueno, quizá no cambié muchas cosas. Los nombres y poco más: Noelia por Ofelia y Marcos por Carlos. No me esforcé demasiado, es verdad. Pero es que mis vecinos no son ese tipo de personas que leen cuentos. Digamos que me sentía libre y a salvo.

Pese a vivir puerta con puerta nunca habíamos tenido mucha relación. Yo les observaba con curiosidad en la escalera y, sobre todo, escuchaba sus ruiditos. Su baño compartía pared con mi baño y lo mismo ocurría con nuestras habitaciones. Sus ruiditos me llamaban mucho la atención porque Noelia no tenía brazos y a Marcos le faltaban las piernas. En el cuento, para tratar de disimular, pensé en dejar a Marcos sin brazos y a Noelia sin piernas. También pensé en quitar un brazo y una pierna a cada uno. Pero al final me pareció que con cambiar los nombres sería suficiente.

Me preguntaba cómo sería su vida doméstica y procuraba estar en silencio para captar todo lo que proviniese de la vivienda de al lado. Así, descubrí que él le daba de comer a ella y que también le lavaba los dientes. Ella tenía un aparato que agarraba firmemente con la boca y que le permitía atrapar algunos objetos, abrir armarios, poner la lavadora y cocinar cosas sencillas. Imaginaba la fuerza de su mandíbula y me entraban escalofríos. Además, mis vecinos tenían una vida íntima muy activa. Todas las noches el cabecero de su cama golpeaba violentamente la pared de mi habitación. Yo intentaba imaginarme lo que sucedía allí dentro, a solo unos centímetros del lugar donde descansaba mi cabeza. Aquel era un material fantástico para un cuento. Así que lo escribí.

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El desentierro de Cervantes

El autor del Quijote –obra cumbre de la literatura en español y libro más traducido de la historia, después de la Biblia– murió y fue enterrado cristianamente en 1616 en el Convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid. Como refleja la placa que ornamenta una de las fachadas del edificio, allí reposan sus restos desde entonces, a pesar de que fueron removidos a finales del siglo XVIII, durante unas obras de reconstrucción.

Si los huesos de Miguel de Cervantes nunca salieron del convento trinitario y si ningún experto puede asegurar que los restos hallados recientemente bajo la tierra excavada del inmueble son los del raro inventor –como se autodefinió en su Viaje del Parnaso–, ¿dónde está la noticia en toda esta historia? Porque lo que es innegable es que el supuesto descubrimiento deja frío a cualquiera que no se dedique a ver los telediarios con la boca abierta o a cualquiera que no se apreste a sacar tajada de este sainete, que ésa es otra.

¿Hace falta decir que Cervantes no está en el Convento de las Trinitarias Descalzas? ¿Hace falta decir que allí sólo reposan –como han reposado siempre– sus huesos, aunque no se sepa –aunque siga sin saberse– cuáles son exactamente?

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Pereza

Qué buena cosa es la pereza, de verdad. La gente perezosa es mejor persona, solo porque putear a los demás consume demasiado tiempo y energía. Lo mismo que mentir: hay que pensar mucho, inventar coartadas, tapar un embuste con otro, buscar apoyos, recordarlo todo. Los vagos, y con esto concluyo mi alegato, son los grandes benefactores de la humanidad: yo estoy convencido de que el agua del grifo se la inventó alguien que ya estaba hasta los huevos de ir con el cántaro a la fuente.

¿Para qué? Esa es la pregunta a partir de la cual se articula toda la filosofía de la pereza. Es una pregunta que yo me hago mucho últimamente. El otro día, por ejemplo, me enteré de que daban un debate entre varios de los candidatos a la Junta de Andalucía. Varios porque no todos. Yo soy andaluz. Y me dije: ¿lo veo? Y yo mismo me respondí: ¿para qué? Creo que mi presidenta llamó termómetro a un reloj, pero por lo demás Díaz y Moreno Bonilla - que es un señor que tiene cara de ir pidiendo disculpas por la calle cuando la gente le llama por el nombre que no es- dejaron felices a sus asesores y temblando a los andaluces en la medida de sus posibilidades. Resumiendo: vamos por el camino correcto y es posible que en las próximas elecciones tengamos, por fin y de una vez por todas, a un candidato capaz de escribir Andalucía con hache.

Lo que me fascina de Susana Díaz, lo que de verdad saca de mí al andaluz que casi nunca llevo dentro y lo pone a taconear, es su capacidad para atribuirse, sin esta poca de vergüenza, el nombre y la portavocía de Andalucía entera. Los andaluces, dice mi presidenta, no van a consentir esto. No van a engañar a los andaluces, nos regaña. Los andaluces saben, nos advierte. Por si no hemos caído en la cuenta de que somos sus andaluces y no consentimos, no nos van a engañar y sabemos. Yo, por mi parte, voy a hacer lo mismo y la próxima vez que alguien me pregunte la hora voy a responder: los andaluces consideran que son las cuatro menos cuarto, de nada. 

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Las princesas de Cartago

En un tiempo en el que el músculo y el vozarrón siguen demasiado presentes en la vida cotidiana, dos mujeres inteligentes, enteras y valientes desafiaron a sendos hombres que pretendían hacerlas callar sin argumento alguno. Cuando muchos hombres nos achantamos ante el poder o no pocos periodistas escondemos la cabeza debajo del ala asustados por las consecuencias, la libanesa Rima Keriki y la diputada de UPyD Irene Lozano nos demuestran que el coraje no es una cuestión de testosterona, sino de valor y dignidad.

Las dos me hicieron pensar en Salambó, la princesa cartaginesa creada por la pluma de Gustave Flaubert que fue la única capaz de entrar en el campamento de los terribles mercenarios que asediaban la ciudad para recuperar el mítico zaimph, el velo sagrado resplandeciente, hilado con pedrerías, que representaba los rostros de los dioses.

Cartago estaba cercada en ese momento por los mismos hombres que la habían liberado de las legiones romanas, un imponente ejército de mercenarios que se levantaron en armas cuando los nobles y los ricos comerciantes de la ciudad se negaron a pagar el precio estipulado por el rescate. Solamente Salambó, la hija de Amílcar Barca, tuvo la fuerza necesaria para enfrentar la situación:

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Un oficio magnífico

Cómo me gustan los padres. En serio. Es ver a uno de ellos haciendo cualquier cosa de ésas que suelen hacer con sus hijos y ponerme de un tierno que levito. Padres jugando, padres dando la merienda, padres con el niño sentado en el carro de la compra entre hileras de comida, padres limpiando mocos, padres con bolsas de bebé colgando del hombro o padres lidiando con las primeras pedaladas. Y qué decir de los padres con churretes de puré esparcidos por los vaqueros. Da lo mismo. Lo que sea que hagan me gusta.

Y se acerca el Día del Padre. Estoy un poco hasta la coronilla de los "días de", pero es cierto que éste me motiva más que el día propio, el de la madre, que lo soy y es una cosa estupenda, pero es algo tan normal que una mujer de 36 años sea madre que cada vez que llega el 19 de marzo y mis amigas me felicitan por ser tan buen padre me pongo más que contenta.

Es que soy un buen padre. No sé qué significa eso, pero como mis roles se duplican me lo tomo con mucho humor, así no sea capaz de dejarme barba, distinguir un saque de falta de un tiro libre indirecto ni de competir a ver quién llega más lejos a la hora de hacer pis de pie.

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Mediocre mediocracia

Cuesta creer en conceptos tan vaciados de contenidos como ciudadanía. Un objeto político que casi nunca fue sujeto y que vota por impulsos emocionales huyendo de la racionalidad con la sagacidad con la que los animales detectan un tsunami. La ciudadanía no existe en esta democracia que no lo es y en este modelo electoral de delegación por enajenación mental.

La democracia ha pasado diferentes fases. Su primera transición fue de la que podríamos denominar como democracia de masas, aquella en la que se abrió la espita del voto libre y de la política en las calles (breve espejismo en la España de 1931), a la democracia de las élites (la partitocracia), secuestro de la política por unos aparatos que en lugar de ser voceros de la soberanía popular se convirtieron en secuestradores de la misma. La democracia de las élites dejó paso en Eurooccidente a lo que conocemos como mediocracia, o democracia de los medios de comunicación: esos contenedores de relaciones públicas que determinan el voto y deciden qué formaciones tienen visibilidad y cuáles no, qué marca se 'vende' y cuál se descarta.

En Cantabria, en España, seguimos instalados en la mediocracia pero en clara transición a otro modelo de democracia que ya triunfa en amplias zonas del planeta: la mafiocracia, el ordenamiento social, político y económico a semejanza de las organizaciones criminales, con su complejo sistema de lealtades y vendettas, con su confortable adentro y su inhóspito afuera.

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El PP, la estabilidad y la democracia

A menos de tres meses para las próximas elecciones municipales y autonómicas en Cantabria, diversas personalidades importantes del PP llevan semanas encuadrando su discurso alrededor de dos  ideas-fuerza principales: "la estabilidad" y "la recuperación",  situándose a sí mismos como garantes de la primera e impulsores de la segunda frente a "experimentos que generan inestabilidad", palabras pronunciadas por Íñigo de la Serna aludiendo claramente a Podemos.

No es casual. Los dirigentes del PP en Cantabria, que actualmente gobierna en mayoría absoluta tanto en la comunidad como en Santander, saben que vivimos un momento de excepcionalidad en el que los lazos que tradicionalmente mantenían los ciudadanos con los partidos viejos, el suyo incluido, están tambaleándose. Una parte cada vez mayor de la ciudadanía cántabra se siente alejada de los partidos a los que tradicionalmente les concedió su confianza e ilusionada con que las próximas elecciones autonómicas sean el primer paso para un cambio político tan necesario tanto en nuestra tierra como en España.

Ante esta tesitura, conscientes como son de su creciente incapacidad para seducir a la ciudadanía, necesitan presentarse como guardianes del orden e interpelar a su electorado en base al miedo respecto a lo nuevo, expresado en alternativas políticas que pretenden convertir en mayoría política a la mayoría social heterogénea en procedencia y posicionamiento ideológico que comparte la demanda de un cambio político en sentido democrático. Como ya no tienen legitimidad para ilusionar, tan solo les queda tratar de asustar a los cántabros con la posible llegada de "nuevas amenazas" que "pongan fin al proceso de recuperación y creación de empleo" que está teniendo lugar en Cantabria gracias al Gobierno de Ignacio Diego, según palabras del diputado Íñigo Fernández.

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