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Distintas formas de mirar un teleférico

Hace un par de semanas me enamoré otra vez de Julio Llamazares leyendo su último libro. No es una expresión, no.  Enamoramiento del bueno, del de Patri x Llamazares. Desde hace años tenemos una extraña relación: le amo, me aburre, está loco, le amo, qué tío pesado, le amo. Creo que me voy a plantar aquí, una se cansa de tanto trajín.

El caso es que su libro trata de cómo se enfrentan diferentes miembros de una familia a una muerte frente a un pantano. Un pantano que en su construcción se llevó por delante el pueblo en el que siempre habían vivido y que tuvieron que abandonar en nombre del progreso, dejando allí raíces, memoria y arraigo. Un tema recurrente en Llamazares pero que lo borda. O a mí me lo parece, no sé.

Que es que una cosa parecida podría darse mirando al Castro Valnera.

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El discurso de Diódoto

Hubo una época en la que yo iba por la vida con el primer tomo de la Historia de la Guerra del Peloponeso en el bolsillo del abrigo. Qué tiempos. Qué griegos aquellos. Se pasaban la vida peleándose, eso es verdad, pero cómo hablaban. Qué razonamientos, qué discursos. El griego más tonto, que a lo mejor era general, te soltaba una perorata de cuatro páginas con su tesis, su antítesis, sus argumentos uno encima de otro, todo lleno de palabras griegas, qué cosa tan elegante. Qué idioma. Yo no lo hablo, ni lo leo. Pero qué idioma. Para decir "periodo de tiempo de cincuenta años", por ejemplo, decían pentecontencia, que es una palabra tan bien puesta y tan bien dicha que parece una tarde de verano cuando tenías dieciséis años y te salías a la puerta de la calle a jugar al fútbol esquivando viejas.

Y es una tontería, es sacar las cosas de contexto, es mearse en las macetas y, en tres palabras, es hacer demagogia barata, pero nunca está de más recordar que cuando los griegos navegaban por todo el Egeo y fundaban ciudades y construían partenones y escribían obras de teatro que todavía se representan y levantaban sistemas filosóficos y tantos y tantos etcéteras, en el norte de Europa la gente aún no había desarrollado un sistema eficaz para contarle a una cabra las patas.

Tucídides, que relató la guerra entre los atenienses y los espartanos, con sus aliados, sus rebeliones, su política exterior y sus trirremes y sus asambleas, era un general ateniense desterrado que decidió poner por escrito la historia de la desgracia de su ciudad. Resulta asombroso que un hombre que lleva dos mil cuatrocientos años muerto sentara las bases del método que empleamos hoy en día para desentrañar verdades históricas: filtrar experiencias, testimonios y escritos. Y luego contarlo.

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Villalobos en su palacio de hielo

La bochornosa escena de Celia Villalobos jugando al Frozen Free Fall mientras ocupaba la presidencia del Congreso durante la intervención de Mariano Rajoy en el debate del estado de la nación ha congelado a los ciudadanos y ha hecho saltar rayos y centellas sobre el Partido Popular.

Quizá Villalobos sepa que el juego con el que combatía el aburrimiento ante la perorata interminable de su líder está inspirado en una película de Disney que, a su vez, no es más que una versión de un cuento de Hans Christian Andersen titulado La Reina de las Nieves. Lo mismo que la malagueña, Elsa se aisla del mundo después de haber hechizado su reino -Arendell-, dejándolo completamente helado y se exilia de forma voluntaria en una palacio de hielo creado a través de la magia.

Los muros estaban formados de polvo de nieve y las ventanas y puertas, de vientos glaciales; había más de cien salones formados por remolinos de nieve, el mayor de los cuales medía varias leguas de largo. Estaban iluminados por auroras boreales y eran inmensos, vacíos, gélidos y luminosos.

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Una de sardinas en Pedreña y un poco de dios, por favor

Nunca he contado ovejas. Mi abuela sí. Ella se dormía rezando el rosario, o recitándolo, no sé. Yo le escuchaba bisbisear y así me iba quedando dormida. Ruega por nosotros. El rosario y las ovejas son para mí la misma cosa. Pecadores. Es lo que tenemos los ateos. Quizá agnósticos, mejor. Que yo no niego la existencia de nada, va la cosa de que no acabo de ubicarla dentro de los límites de mi breve entendimiento.

Pero había una vez. Padre nuestro, que estás en los cielos. Me dormía en misa. Eso era a los 16, claro. Antes me habían pasado cosas fascinantes en la iglesia: por ejemplo, me enamoré de un monaguillo allá por los doce años. Vivía en un ostracismo de palabras y siempre, siempre, se me escapaba la risa fuerte que vive dentro de mí en algún momento grave de la ceremonia. Sentía algo cercano al éxtasis en los cementerios. Si alguno de aquellos adultos jugaba al despiste, me colaba dentro de un nicho en busca de muertos vivientes.

El tema es que, en el fondo y en la forma, no entendí yo nunca nada de aquello.

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Semántica excéntrica

 Vaya manía la de la Real Academia de la Lengua de andar puliendo las palabras hasta la anorexia para luego ponerlas en un diccionario que solo sirve para adornar anaqueles sin uso o sujetar puertas en días de viento sur. Manía estéril y deporte de Sísifo en un país -este país- en el que las palabras casi nunca corresponden con su significado y en el que perdemos vocabulario al mismo ritmo que alteramos la naturaleza del escaso arsenal de palabras que manejamos.

Véase, por ejemplo, la palabra "consulta", que puesta en juego por nuestros políticos locales consiste en el asentimiento y genuflexión del presidente de la asociación de vecinos subvencionada o del pedigüeño alcalde que milita en nuestras filas. En sus manos, además, "pensamiento crítico" se convierte en un peligroso cóctel de locuciones que se traducen en sinónimo de "antisistema" (bendito prefijo el "anti" que marca las fronteras de lo permitido).

Cierren los ojos, escuchen ahora el bendito vocablo "democracia". Es decir: arma arrojadiza que se lanzan los partidos políticos desde variadas tribunas para amenazar con su ausencia cuando ellos saben que es quimera ya desvanecida. Me gusta también el ensañamiento que tienen con "social", un adjetivo comodín que lo mismo vale para condimentar una "política" que para salpimentar un "presupuesto".

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Balas Blancas

Hace unas semanas, la gente de la Asamblea Libertad para W. pusimos una mesa informativa, acompañando a Monique y Ferdinand en esta triste historia una vez más: la incautación de su hijo por las instituciones. Después de haber repartido cientos de panfletos, se me acerca una señora que se me presenta como trabajadora del Instituto Cántabro de Servicios Sociales (ICASS); dado que no mostró ningún documento que acreditase esa condición, le trataré en lo siguiente como presunta trabajadora del ICASS. Pues bien, esta persona me preguntó brevemente por el caso. Se lo expliqué a grandes rasgos: retirada del niño –que no menor– debido a varios ingresos hospitalarios continuados, sentencia penal en firme que señala que ni hubo maltrato ni negligencia por parte de los padres, conjunto de sentencias civiles que ignoran completamente esta sentencia penal y le bailan el agua al ICASS y al Gobierno de Cantabria. La presunta trabajadora del ICASS escuchaba atentamente y, entonces, me pregunta: “Y los padres, ¿están trabajando ahora mismo?”

Admito que la pregunta me desconcertó bastante; no me la esperaba. Ferdinand en este momento no está trabajando, está haciendo un curso. Monique, por su parte, está dedicada en pleno a la crianza de sus otros dos hijos. “Ah,pues entonces yo no se le devolvería. No hasta que encuentren trabajo”. Sí. Palabras textuales de la presunta trabajadora del ICASS. Me quedo de piedra. El razonamiento de esta señora resulta tan estúpido como descorazonador. Sin reflexionar, salto automáticamente: “¿Le retiraría los hijos a los millones de parados de este país?”. La señora niega con la cabeza y dice, una y otra vez, como si le hubieran dado cuerda:  “Yo no se le devolvería”.

Éste es un ejemplo -uno más- de a qué se enfrentan Monique y Ferdinand a diario. Podría citar algún otro. Trabajadores del ICASS que, enfadados porque nos manifestemos en la puerta de su trabajo, gritan: “No sabéis lo que estáis haciendo”, pero que cuando les pedimos que nos den su versión agitan la cabeza, repitiendo una y otra vez la misma frase. Trabajadoras de servicios afines, que no del ICASS, que, cuando se les presenta la sentencia penal en firme, dicen: “Hay veces que las sentencias no hacen justicia”, de lo que se deduce que, según su concepción, el ICASS es arbitro más allá del bien y del mal. Altos cargos del ICASS gritando, en entrevistas sin público, que Ferdinand “no iba a volver a ver a su hijo en la vida”. Y la lista sigue.

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Próxima estación, esperanza

Radiante y optimista, no puedo sentirme de otra manera ante el anuncio que ha realizado Mariano Rajoy esta semana en el Debate sobre el Estado de la Nación, y en el que anunciaba una batería de medidas para facilitar el "desendeudamiento de las familias, autónomos y pymes". 

Hasta ahora nos perdonaban la vida, pero no nos indultaban el bolsillo. Había quién se veía obligado a vender sus bienes para pagar sus deudas e incluso a vivir con la losa de la deuda pasada, habiendo renunciado a todos sus bienes. Si nos equivocamos o erramos en una decisión, una compra, una inversión o simplemente nos engañan, seguiremos nosotros, nuestros descendientes y los descendientes de estos últimos pagando hipotecas e intereses, que para eso se engordan los balances de los bancos y las cajas.

Señor Rajoy, acuérdese de la DACIÓN EN PAGO, porque el drama de los desahucios es la cara más inhumana de la crisis y deja a muchas familias en la calle, sin techo y sin esperanza. La dación en pago no puede dejarse en manos de la voluntariedad de la entidad financiera, aunque solamente sea por una razón ética y el pago final por parte del deudor de una hipoteca inmobiliaria a la que no puede enfrentarse debe ser suficiente con la entrega el inmueble en vez del dinero, para liberarse de la deuda y poder mirar al futuro con esperanza.

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Deliciosos culturetas

Contemplar un vaso con agua es una verdadera delicia y por tan solo 20.000 euros te lo puedes llevar a casa. Como lo leen. Un recipiente de cristal medio lleno de agua colocado sobre una tablilla pegada a la pared es una de las piezas que se exponen en ARCO. Este vaso se supone que es arte conceptual y, ya se sabe por Airbag, que el concepto es el concepto.

Dicen que el arte perturba y que debe agitar. Pues si de provocar se trata, allá vamos culturetas. ¡Muera el arte, viva la creación!

Farsantes y cultos de verdad, juntos y revueltos, han establecido un submundo en el que las palabras, el vocabulario sirve para marcar distancias. No hay mayor delicia que tener conocimientos y ser sensible.

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Bares

Siempre he pensado que si los bares no existieran nos tiraríamos más a menudo desde lo alto de los edificios, nos acuchillaríamos por las calles, nos daríamos de bofetadas por cuestiones mínimas, absurdas, intrascendentes... Supongo que una de las causas del elevado índice de suicidios que hay en los países nórdicos es la enorme distancia que hay entre bar y bar; durante el trayecto hay demasiado tiempo para pensar, demasiados copos de nieve, demasiado silencio y demasiados personajes de Inmar Bergman o de Henrik Ibsen tratándole de encontrar un sentido al sinsentido de la vida.

Los países europeos menos prósperos -fundamentalmente mediterráneos- descubrimos, hace ya tiempo, que la vida solo se encuentra en los bares; que la vivienda familiar no está más que para discutir sobre pequeñeces, para imponer normas, para esconder cadáveres en los armarios, para dormir la siesta o para contemplar todas las noches la televisión del mismo modo que un animal doméstico contempla un horizonte huidizo y metálico.

Las personas que vivimos en estos países –pobres pero, eso sí, honradas– nunca hemos dispuesto de demasiado tiempo para pensar en el sentido de la vida; tal vez porque nunca hemos habitado viviendas lo suficientemente confortables, cálidas y espaciosas, es decir, mínimamente acondicionadas para librar tal menester o tal vez porque desde que el tiempo es tiempo no hemos tenido más remedio que pasarnos la mayor parte de la vida buscando dinero con el que pagar las consumiciones a nuestros amigos, a nuestras amantes, al jefe de nuestro departamento o al vecino de enfrente.

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Atado y bien atado

Madrid, 20 de noviembre de 1975. Francisco Franco muere en la cama después de casi 40 años en la jefatura del Estado español y en el mando supremo de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire. El presidente de su Gobierno, Carlos Arias Navarro, comparece lloroso ante las cámaras de TVE para dar cuenta de la muerte del dictador y leer su conciso testamento político, que se resume así:

"Os pido que rodeéis al futuro Rey de España, don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido".

"Mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la patria".

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