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Adiós con un violín en llamas

Una mañana de Reyes me encontré entre mis zapatos un disco de Creedence Clearwater Revival y otro de Leonard Cohen. Casi cuarenta años después, siguen conmigo.

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Leonard Cohen

Tendría yo unos catorce años cuando una mañana de Reyes identifiqué junto a mis zapatos la silueta fácilmente reconocible de sendos discos de los entonces llamados long play; supongo que los lectores más jóvenes entenderán que les hablo del pleistoceno. Tienen toda la razón.

El botín no era nada desdeñable y mi optimismo se vio acrecentado cuando, después de desenvolver el primero de ellos, descubrí que era doble, es decir, que traía dos elepés. No conocía aquel grupo de nombre raro y aspecto muy americano, los Creedence Clearwater Revival, pero los tíos parecían melenudos, protestones y modernos y, además, se vislumbraban guitarras eléctricas entre las sombras en blanco y negro de un concierto en directo.

El otro disco, en cambio, no parecía demasiado prometedor. En la portada aparecía el retrato en sepia sobre fondo negro de un tipo con cara de lechuguino. En los hombros se esbozaba una americana bien cortada y los cuellos de una camisa blanca intentaban disimular lo que probablemente era una corbata que quedaba fuera de cuadro. ¡Una corbata! Eso era, sin duda, el peor presagio para un adolescente pre-moderno de los primeros años de la Transición. ¡Cómo me iba a gustar un disco cantado por un tipo con corbata! Imposible. Si al menos hubiera tenido el pelo más largo...

Probé primero el disco de los Creedence y la cosa funcionó; sonaba bien y aquellas guitarras traían consigo una descarga hormonal. Pero el del tipo de cara de lechuguino respondió exactamente a mis oscuros presentimientos. Era un verdadero tostón; el pelmazo se llamaba Leonard Cohen y la primera canción, Suzanne, parecía una chicharra hipnótica. Supongo que no lo tiré directamente a la basura porque, al menos, en la contraportada salía el dibujo de una chica desnuda de ojos azules, encadenada entre llamas. Bueno, puede que no fuera tan lechuguino después de todo, pero se fue al fondo del armario de los discos y quedó prácticamente olvidado.

El tiempo pasó y yo conocí a otras personas, leí muchos libros, recorrí algunos paisajes, escuché unos cuantos discos y hasta me enteré de que los Creedence Clearwater Revival eran uno de los grupos favoritos de los soldados norteamericanos que los escuchaban en Vietnam para intentar espantar el miedo, al menos durante un sonoro instante.

Hace poco incluso he conocido que son una especie de nexo de unión entre Mario Conde y yo, un espacio común. Pero no se me asusten, no me refiero al Mario Conde banquero, sino al detective del mismo nombre, que nació de la pluma del escritor cubano Leonardo Padura y vive en el barrio habanero de La Víbora. Cuando algunas noches Conde y el Flaco Carlos se ventilan a pulso una botella de ron, escuchan a los Creedence e inevitablemente repiten el mismo mantra mientras suena Proud Mary: "ese John Fogerty canta como un negro;… no, canta como Dios".

Volvamos al lechuguino, porque yo también volví a él. Al cabo del tiempo desempolvé aquel vinilo con más curiosidad que esperanza, pero de pronto Suzanne ya no era una chicharra, sino que me cogió de la mano y me llevó junto al río y viendo pasar los botes, me dio té y naranjas que venían de la China.

Está claro que no puedes escuchar a Leonard Cohen sin pasar por Fórmula V; ni leer a Kafka sin disfrutar de Los cinco; ni ver nada en Kandinsky sin haberte comido con los ojos el huevo frito que pintó Velázquez junto a aquella vieja.

Por eso, en el final, en ese final con las botas puestas del genial artista canadiense, le despido con un violín en llamas, ese mismo que él menciona en mi canción favorita, Dance me to the end of love, y le deseo, como en un funeral vikingo, que ocupe su lugar en el atrio del walhalla, donde viven los valientes para siempre.

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