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Camino al Elíseo

No sé si ustedes están al tanto de lo que se cuece en el Hexágono, pero yo estoy de lo más acojonado…

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Marine Le Pen dice que la UE "morirá" si es elegida presidenta de Francia

Marine Le Pen. EFE

Uno lleva desde que tiene uso de razón siendo un afrancesado de carnet, con todas las consecuencias que ello acarrea. Principalmente por el tema cultural, el asunto este de la literatura, los simbolistas, la Nouvelle Vague, la Noveau Roman, el París de entreguerras, esa forma entre irónica y esnob de mirar la vida. Qué se le va a hacer, es demasiado tarde para cambiar. Pero también me seduce todo lo de la Republique, la Revolución, le jour de gloire y esos asuntillos de la egalité, fraternité, etcétera, etcétera.

A lo que íbamos. Que quizá por esta razón (tan peregrina como son todas las razones, no se crean) estoy siguiendo con gran interés lo de las elecciones francesas, cuya primera vuelta va a tener lugar en unas horas. Bueno, por eso, y por constatar tendencias, giros ideológicos, vuelcos sociales. No sé si ustedes están al tanto de lo que se cuece en el Hexágono, pero yo estoy de lo más acojonado…

Veamos. Lo primero que hay que señalar es que el francés es un sistema presidencial, y no parlamentarista como el español. En otras palabras, que al Presidente de la República lo eligen directamente los ciudadanos, y no los parlamentarios, como ocurre aquí. Aunque, la verdad, tengo ciertas dudas de que todo el mundo sepa que cuando vota mansamente cada cuatro años no está votando a Rajoy o a Iglesias o a Rivera o a quién tenga a bien presentar el PSOE, sino a los candidatos por Cantabria de sus respectivos partidos. Que yo entiendo que es un bajón andar regalando participaciones ciudadanas a Felisuco o a Bárcenas en su momento, pero, sintiéndolo mucho, les tengo que decir que es así.

Francamente, creo que es preferible el sistema parlamentario, por muy afrancesado que se haya confesado uno al principio del texto. Más político, más representativo. Pero eso es otro debate. Que al final no contamos lo que hemos venido a contar.

Lo segundo que debemos indicar es que al Presidente de la República se le elige en dos vueltas. La primera sirve para dejar la lucha en dos candidatos únicamente, y la segunda para designar quién de ellos llegará al Elíseo (que, como pueden apreciar, suena mucho más glamouroso que La Moncloa). Es decir, que buena parte de la estrategia política francesa radica en ver hacia donde se van a volcar en la segunda vuelta los votos de quienes, en primera instancia, escogieron a otros candidatos. Cuántos de ellos acudirán de nuevo a las urnas, cómo se repartirán sus apoyos en este nuevo panorama. Y es ahí donde está el intríngulis. El que me tiene con dificultades para abotonarme el último botón de la camisa por la repentina aparición de dos bultos allí del tamaño de testículos…

Pongámonos en contexto. Esta primera vuelta la va a ganar Marine Le Pen. Sí, sí, no me miren de esa forma, cuanto antes lo asumamos, mejor. Marine Le Pen, como saben, representa al Frente Nacional, un partido que surgió en los años setenta y que tiene ideología, por decirlo de forma sutil, de extrema derecha. Y ahora me le ponen todos los adjetivos y sutilezas que quieran, pero es así. Que Marine es una cara más amable que su padre, Jean-Marie Le Pen, significa solamente que no le gusta sacar a pasear el brazo derecho extendido, y que aboga por no dejar entra a los inmigrantes en Francia en lugar de tirar bombas en el Magreb. Pero vamos, que todo ese rollo de antisistema, antiglobalización, antieuropeismo, patriotismo, etcétera no son sino palabras que esconden lo esencial. Extrema derecha, de la de toda la vida, de la que tiene pedigrí.

Esa señora es la que va a ganar la primera vuelta de las elecciones francesas, y va a concurrir, por tanto, con casi total seguridad a la definitiva carrera por la Presidencia. Algo que ya hizo el inefable (en el mal sentido) de su padre en 2002. Y es aquí, precisamente, donde viene el problema.

Aquel año los votantes de la socialdemocracia francesa, después de darse un costalazo de los buenos (con todo, menor del previsto en estas elecciones), votaron masivamente a favor de Sarkozy en esa definitiva segunda vuelta. Aun se recuerdan las fotos de ciudadanos (y eso en Francia es una categoría sacra) depositando su papeleta en las urnas con manos enguantadas. Una especie de objeción de conciencia doble, por así decir. Una que no tengo claro que se produzca este año.

Sencillamente porque las condiciones son diferentes. De los otros tres candidatos con posibilidades de pasar a la segunda vuelta, dos tienen perfiles (relativamente) similares. Fillon es el hombre de la democracia cristiana, el Sarkozy de este año, para entendernos. Macron, por su parte, es un tipo que representa a un partido que se define como socio-liberal, y con eso está todo dicho (o no, porque aun estoy esperando a que alguien me explique ese concepto tan genuinamente político como pudiera ser la nieve negra, el hielo caliente o el agua que no moja…una delicia de oxímoron, vamos). Este Macron es jovencito, bien parecido, juvenil, moderno, cool. No sé si les suena de algo el molde. Es, también, un hombre procedente de la Banca, amigo de políticas liberales, del control presupuestario, de privatizar, de ese tipo de asuntos. Un tipo que recuerda en sus discursos a De Gaulle, como si a De Gaulle no se lo hubiesen calzado en su día por ser “tibiamente democrático”. En fin…

El tercero en discordia es diferente. Jean-Luc Mélenchon asciende con fuerza en las encuestas, parece despertar tantas simpatías como odios y se ha convertido en la gran esperanza de cierta izquierda de cara a estas elecciones. Ya solo por eso deberíamos temernos lo peor, a la vista de los últimos antecedentes (donde pone el ojo la izquierda el político en cuestión puede darse por sodomizado), pero no lo diré, para que no me llamen cenizo. Desde luego es el que plantea las políticas más “sociales”, pero tiene sobre él la carga de sus anti: anti-europeo, anti-vieja política, anti-políticos profesionales. Anti, anti.

Vale. ¿Por qué digo que estoy acojonado (sí, al final vuelve la palabrita) de cara a la segunda vuelta de estas elecciones?. Porque uno, que a veces peca de pesimista, ve a la Le Pen ganando en todos los duelos directos. Y Le Pen, háganme caso (ojalá me equivoque) va a estar en ellos.

Recuerden lo que dijimos arriba sobre la importancia del reparto de votos “perdedores” de cara a una segunda vuelta. Comencemos con las opciones “clásicas”. No parece tan claro que en esta ocasión los votantes No-FrenteNacional acudan a votar en masa en la segunda vuelta a Fillon o Macron. En primer lugar porque parte del voto “obrero” clásico francés vota ahora a Le Pen (de esto, de las causas para que ocurra esto, hablamos otro día, si quieren). En segundo lugar porque a Fillon y Macron se les ve como genuinos representantes de la “casta política” (chupito por decir la palabra) que ha llevado a Francia a la crisis. Porque ellos parecen “aliados con los poderosos” en lugar de mirar hacia el pueblo. Así que el movimiento en este caso no será, desde luego, tan masivo como en 2002. Queda por ver si será lo suficientemente movido, siquiera.

Resta la opción más clara. Si pasa a la segunda vuelta Mélenchon, Le Pen gana el Elíseo. Sin paños calientes. Ya se ha ocupado cierta oficialidad francesa (no masivamente en el plano de la intelectualidad, pero sí de forma muy clara en el aspecto mediático) de señalar que, de hecho, Mélenchon y Le Pen son lo mismo. Porque los dos quieren salir de Europa, porque los dos critican a los políticos tradicionales. El mensaje, me temo, ha calado hondo, o al menos lo suficiente como para tenerlo claro. Las fuerzas de la derecha francesa, desde luego, no van a acudir a votar con guantes al tipo del Parti de Gauche. Es así. Ojo, no estoy diciendo que votar a Mélenchon suponga darle la presidencia a Le Pen (no lo digo en absoluto, pero prefiero aclararlo, que aquí hay gente con la piel muy fina y a la mínima te llaman faccioso) sino analizando las posibles situaciones. Solo eso.

Y no debería ser indiferente esta lucha, no deberíamos caer en el error del “todos son iguales”, o “si no es el mío, me da igual quien gobierne”. Esa es la salida fácil, oigan, la sencilla, la naïf. Pero también es la errónea. “Nada puede ir peor de como va ahora”, es un pensamiento escapista, cuando si algo nos ha enseñado la Historia (aparte de que se puede matar a cualquiera, como bien dice Michael Corleone) es que todo, absolutamente todo, es susceptible de empeorar ad infinitum. Y si la situación ahora es jodida, si la tensión social es alta, si los derechos humanos andan bajo mínimos…si pensamos que todo eso no puede ir a peor, y por lo tanto no importa quién esté en el Elíseo, que no es trascendente si se aposenta allí, en la Presidencia de Francia, de la Republique, un partido de, sí, extrema derecha, es que nos merecemos lo que nos pase. Todo. Así de claro, así de triste.

Por cierto, nada me agradaría más que recibir en los morros este artículo dentro de unos días cuando mis elucubraciones se hayan mostrado erradas. En serio, sería feliz. Hasta entonces seguiré angustiado.

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