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Carta de amor a la lluvia

Aquí antes, por estas fechas, llovía. Sí, se lo juro. Y tenía su punto, no se crean. Era una lluvia fina, persistente, que se podía meter durante toda la semana y pintarrajeaba el mundo con nubes.

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Lluvia

Gotas de lluvia sobre los cristales.

A mí es que el viento sur me da dolor de cabeza y seguramente por eso lo tengo en mala consideración. Que oigan, entiendo la importancia que tiene aquí, el hecho de que si no existiera poco menos que nadaríamos en una charca durante meses y meses. Pero no me van a negar que lo de estos últimos años ya va siendo un poco excesivo. Que una cosa es el llamado viento de las castañas y otra la de salir en Nochevieja en manga corta, que camino llevamos.Para que luego Trump ponga para gobernar medioambientalmente los Estados Unidos a un negacionista del cambio climático. Que se pase por aquí, vaya. Porque habrá turistas encantados y hosteleros que den palmas (me lo imagino, porque en las teles cuando se dan este tipo de noticias se pasa libremente de Asturias al País Vasco como si lo de en medio no existiese), no digo yo que no. Pero raro, lo que se dice raro, es un rato.

Aquí antes, por estas fechas, llovía. Sí, se lo juro. Y tenía su punto, no se crean. Era una lluvia fina, persistente, que se podía meter durante toda la semana y pintarrajeaba el mundo con nubes. Verde tamizado en gris, ese era el color de Cantabria muchos meses, y ese es, creo, mi color preferido. Pero además es que el asunto de los tonos es importante, porque el monocorde azul del cielo durante el viento sur (salvo en los amaneceres, cuando sangra) acaba siendo algo repetitivo.

Optimista, vital y todas esas cosas tan chupis, pero repetitivo. Y no me pueden negar que los bosques otoñales (los de verdad, no los de eucaliptus, que esos siempre tienen el mismo aspecto) disfrazados de mil palabras no quedan mejor con un toquecito de humedad umbría. Lo otro igual es agradable para la postal, o para el urbanita que pasea un día por la Reserva del Saja con sus botas recién compradas y su jersey sobre los hombros. Pero queda anómalo. Antiestético.

¿Más ventajas de la lluvia? Pues que obligaba a hacer cosas para no acabar empapado. Por ejemplo, asubiarse. ¿Ven? Otra cosa a tener en cuenta es que como aquí estamos acostumbrados al agua tenemos palabritas propias sobre el tema. Lo de asubiarse es algo muy del ganado, que se coloca siempre de una forma particular para ofrecer la menor resistencia a esa pared de gotitas pequeñucas que aquí llamamos (llamábamos) "un día normal".

Porque llovía de lado, que es algo también muy de Cantabria. Asubiarse nos asubiábamos todos. En bares, en paradas de autobús o en cornisas algo anchas, con lo que se favorecía el intercambio de pareceres humanos y la socialización más absoluta. Pocas cosas unen más que entrar en una cafetería completamente empapado y encontrarte a dos o tres fulanos en idéntico trance. Entonces las palabras surgen solas, las muy cabronas. Bueno, salvo si los otros van de punta en blanco (ya de punta en gris) en cuyo caso te solazas en solitario, con el café calentándote las manos y el periódico delante, mirando de reojo al traje chorreante.

Cuando buscabas refugio en un local te quedabas mirando las cristaleras, donde el agua repiquetea como si fuera la máquina de escribir de alguien especialmente inspirado. Y como eres algo infantil apuestas en silencio para ver cuál de esas dos gotas que se deslizan perezosas llegará hasta el borde antes. Y fuera arrecia, y en los charcos salen chiribitas, que decía un familiar mío que era síntoma de que va a llover mucho más. Vaya usted a saber. Y tú te sientes bien, porque en el fondo esto debe de ser así, que por algo al fondo se asoma el verde de los prados.

Y luego está lo de taparse. Porque la abundancia de lluvia nos trae, por ejemplo, dos de mis imágenes preferidas de Cantabria. La primera, la del señor que lleva un paraguas colgado del cuello de la camisa, justo en la nuca. Esa estampa es la certeza del saber, la de quien conoce el futuro pero no quiere que eso le arruine el presente. Como si no quisiera verlo. De qué iba a servir.

La otra foto es menos frecuente, pero se puede ver si uno pasea por algún pueblo (ojo, solo circunscrita al ámbito rural) un día de agua. Es la mujer (o el hombre) montada en una bicicleta y guiándola solo con una mano, porque con la otra agarra el paraguas que lleva abierto. Cubriéndole. Asubiándole. No me digan que no hay poesía en esas estampas.

Ahora ya casi no se ven. Bermudas, botones desatados, chanclas y demás horteradas sí, de esas muchas. Y en diciembre andamos, ya ven. Llegará el invierno dicen, pero cada vez dura menos. Y luego que sigue el viento sur. Que vale, seca el ambiente y tal, pero también me da un enorme dolor de cabeza. Uno supremo que no me deja pensar en otra cosa. Como para escribir algo original…

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