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Catarsis

Quien exige esclarecer ahora todos y cada uno de los crímenes de ETA no muestra interés por exhumar 100.000 cadáveres de cunetas y cañadas

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Año 5 del cese de la violencia: una ETA agónica se extingue casi en silencio

EFE

Continuamente manejamos ideas y conceptos que tenemos interiorizados como si fueran mantras de un centro comercial. Uno de ellos hace referencia a la idea de que la Transición política española fue un ejemplo que ofrecimos al mundo de tolerancia y cambio pacífico. Pero basta un somero repaso a los acontecimientos para darnos cuenta de que la Transición fue cualquier cosa menos pacífica. De hecho fue uno de los períodos más turbulentos y violentos de este país, sea cuales sean las fechas que escojamos para acotarlo. El ejemplo que dimos al mundo fue el de siempre: el español se expresa con la violencia en todos los órdenes y el país es una olla a presión.

Desde 1975 hasta 1982 se cometieron en España cerca de 800 crímenes vinculables a la situación política. Decir que ese período fue pacífico y presumir de ello, como quien se ufana de llevar un tumor consigo a todas partes y felicitarse de que todavía no le haya tumbado, es un ejercicio de voluntarismo y autoengaño digno de mejores cometidos.

Ni fue pacífica ni fue realmente una transición conclusiva, si se entiende transición como el camino que se recorre desde un punto de inicio a un punto de llegada. La Transición fue como fue, y no tiene sentido edulcorarla. Sin entrar en mistificaciones metafísicas, todo momento histórico es de transición por la sencilla razón de que en el devenir histórico no hay puntos fijos, sino procesos. Vivimos en una transición continua sin principio ni fin, una especie de movimiento perpetuo cuya acotación altera cualquier objetivismo. El observador interviene en lo observado, al más puro estilo Heisenberg y su principio de incertidumbre, por lo que la primera víctima del análisis es la objetividad. La objetividad falla porque el observador altera con su observación lo observado. Buscamos así aproximarnos a la objetividad sabiendo que es un imposible.

Viene todo esto porque vivimos un proceso histórico que está siendo relativizado y minusvalorado por la clase política y los medios de comunicación. Desde el anuncio del cese de la actividad armada de ETA en 2011, y tras  la entrega del arsenal hace unos días, la organización terrorista más longeva va dando pasos hacia el tercer hito, que se producirá sí o sí, como es la disolución. 

Parece haber pasado al olvido cómo durante décadas el terrorismo y los movimientos independentistas en España eran uno de los elementos que más angustiaban a la sociedad española. Desde que surgiera ETA en los años 50 como una radicalización de aquel reducto de las juventudes peneuvistas que era EGI han pasado años, muertos y víctimas sin solución de continuidad. Si a ello se añaden grupúsculos terroristas de extrema izquierda, extrema derecha, independentistas y paraestatales, el cóctel de la violencia queda armado y fue un cóctel explosivo que ocupó durante años el centro de las vidas de millones de personas. Todo parece haber pasado ahora a un plano imaginario como si viviéramos la resaca de una gran gesta futbolera de la que apenas recordamos los detalles. 

Uno de los principales argumentos, declarado, es no darle tres cuartos al pregonero y no facilitar a ETA una victoria propagandística que le permita escabullirse de sus responsabilidades y llevar la iniciativa en una de sus reclamaciones de urgencia, como es una negociación sobre la situación de los presos. Pero este argumento no puede esconder una incapacidad de nuestra sociedad y clase política de manejar con madurez hojas de ruta (expresión que se aplica hoy en día a cualquier cosa) de desconexión de la violencia. Y tampoco puede ocultar que un Gobierno que poco o nada ha tenido que intervenir en el proceso intente minusvalorarlo para no dar protagonismo a todos los actores que han intervenido en el pasado sea cual sea su filiación política. 

Pero hay otro elemento subyacente que a mí me llama más la atención y que es la base de que se reciba tan fríamente lo que en el fondo es motivo de celebración y alivio: la contradicción interna en que se incurre cuando se reclama a los demás lo que quien reclama no puede aplicarlo en otras circunstancias.

En todo proceso de paz ha habido siempre dos elementos que han ido juntos: la responsabilidad penal y el arrepentimiento. Uno hace referencia al marco legislativo y jurídico; el otro hace referencia al orden moral y social. Es decir, se distingue claramente que un acto violento acarrea dos consecuencias: pena (Código Penal) y perdón. Este último, contrariamente a lo que pudiera pensarse es el más arduo de conseguir y llevará mucho tiempo que se lleve a cabo en el caso de ETA, pero no se puede considerar que un proceso se ha superado hasta entonces. Es un proceso de catarsis, de gran dureza y con grandes resistencia, que hay que afrontar para poder seguir adelante.

El ejemplo de lo contrario es la propia guerra civil y la dictadura. Aquélla se saldó con ésta. La muerte y represión de los perdedores, echando mano de leyes y procesos sumarios propios de una de las dictaduras crueles y longevas, fue el resultado. Y ahí siguen, camino de cumplir 100 años, crímenes sin castigar ni arrepentimiento alguno, todo lo contrario. En cierto modo se puede ver la tan glorificada Transición como el vehículo de reconversión democrática de una dictadura que obtuvo impunidad y mantuvo el control del país a cambio de un pacto de democracia imperfecta. Por ello es una contradicción que quienes ahora mismo predican y exigen arrepentimiento sin paliativos y petición de perdón por la violencia terrorista vasca callen o sean herederos sociológicos de quienes nunca penaron, ni se arrepintieron, ni pidieron perdón. Quien exige esclarecer ahora todos y cada uno de los crímenes de ETA no muestra interés por exhumar 100.000 cadáveres de cunetas y cañadas, cuando el esclarecimiento ha de afectar a todo en todo momento. ¿Cómo solventar esta contradicción? Solo mediante la catarsis y las leyes. Pero lo más fácil es volver a meter el problema bajo la alfombra.

Presumo que sea más fácil que se produzca un proceso de catarsis en la sociedad vasca que en el conjunto de la sociedad española. Llegará la disolución de ETA y habrá procesos de arrepentimiento y perdón tanto de organizaciones como en el ámbito social, tanto o más importante ya que el bicho de la violencia, criado durante generaciones en las cocinas de los hogares, es doméstico y sigue ahí larvado. Más escéptico soy con el conjunto de la sociedad española y todos sus procesos violentos, incluida ETA pero también la dictadura, en donde no hay visos de catarsis por lo que seguiremos portando este tumor haciendo como que no existe mientras sigue criando ponzoña y haciendo su camino destructor.

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