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Chándal

Si queremos estar a la altura de los tiempos debemos reflexionar seriamente sobre el chándal.

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«Un chándal es un signo de derrota. Cuando pierdes el control sobre tu vida te compras un chándal». (Karl Lagerfeld).

El individuo social es un individuo vestido pues antes de emprender acción alguna se viste —excepto el nudista y el despistado—. Y la moda es un signo —«el símbolo más enérgico», según Balzac— y uno de los lenguajes de la sociedad. Por eso Umberto Eco señalaba, siguiendo a Roland Barthes, que el vestido posee un valor funcional, pero que su valor comunicativo es todavía más importante. La ropa habla de quien la lleva y, entre otras cosas, permite lecturas e interpretaciones ideológicas. Y qué mejor ejemplo de ello que los uniformes… o la ropa deportiva.

La ropa deportiva triunfó primero entre los estadounidenses porque al parecer son gente de natural aventurero y emprendedor, y eso exige un atuendo cómodo. Si el chándal solo hubiera conquistado Burundi ahora estaríamos correteando en jubón y calzas, o algo peor. A la condición vírica de cualquier ocurrencia yanqui súmele la aparición del deporte como fenómeno masivo y televisivo desde mediados del siglo XX, y ya tiene las principales causas de la invasión cósmica del chándal.

Un chándal es un traje de chaqueta y pantalón concebido originalmente para su uso deportivo. Alejado de dicho uso, el chándal se considera indicio de extravío y dejadez en el vestir. El  'chandalismo' es un fenómeno de extrarradio (motivo por el cual suele ser demonizado, tal como podrá ver en este escalofriante experimento sueco): el chándal es el uniforme del rapero y la tonadillera, del mafioso y el delincuente aficionado, del cani, la choni y el lumpen en general. Y todos ellos se empeñan en sabotear la intrínseca liviandad y confort del chándal al añadir contundentes plomadas a su atuendo en forma de anillacos, cadenones o cualquier otro complemento centelleante. Porque ontológicamente el chándal es, en su pura forma —como esencia o Idea platónica, esto es, independientemente de sus distintas texturas, colores, etc.—, un ente que demanda austeridad, ya que fue concebido para facilitar el movimiento e incluso el nomadismo.

¿Es el chándal, en su uso extradeportivo, incompatible con la elegancia? Los caudillos de lo fashion así lo certifican. Y sus huestes, impenitentes devoradoras de revistas de tendencias, blogs de moda, etc., asienten irreflexivamente. Creen poseer una especie de máquina de la verdad de la elegancia o 'eleganciómetro' (sospecho que de naturaleza mental) que les impele a emitir sentencias y aforismos basados únicamente en sensaciones e intuiciones, imposibles de condensar en definiciones analizables y discutibles racionalmente, tal como exige asunto tan decisivo.

Ortega y Gasset afirmaba que en latín antiguo «el acto de elegir se decía elegancia como de instar se dice instancia». Es decir, que el elegante es el «eligente», el que elige, el que ejercita la libertad, el que no se deja arras(tr)ar por el azar o el capricho: en suma, el inteligente. El elegir, la elegancia, es por tanto lo contrario del antojo, de la frivolidad, ¡de las modas! Y cómo saber si quien sigue la corriente de las modas lo hace por voluntad propia, eligiendo, libremente…

Lo que la elegancia sea depende de cada tiempo y lugar; es, en consecuencia, asunto relativo y variable. Adán y Eva vestían una discreta pero eficaz hoja de parra, indicio incuestionable de que la historia de la moda y la elegancia comenzó con una apuesta decidida por la comodidad y el atuendo deportivo. En nuestros días la elegancia repele excesos y exuberancias medievales y ha regresado a la sencillez edénica. Así, la elegancia es hoy sinónimo de sobriedad y simplicidad (pocas cosas más sobrias y simples que un chándal). La elegancia es armonía (en tanto traje el chándal cubre con textil armonía y homogeneidad todo nuestro cuerpo). La elegancia repugna el esfuerzo y el sacrificio, y celebra la comodidad y el bienestar (ninguna prenda esclaviza menos el cuerpo que un chándal); solo en nombre de la inelegancia se sacrifica el bienestar en el altar de la vanidad (véanse a tal efecto esos tacones de aguja que comprometen la verticalidad y por ende la salud de sus sufridas usuarias). Sobriedad, simplicidad, armonía, comodidad, bienestar… El chándal es el paroxismo de la elegancia. ¡Admirable!

Los hay que en cuanto se recluyen en el hogar se enfundan el chándal, pero reniegan de él en cuanto salen al ancho mundo, pues se dejan llevar por oscuras y erráticas doctrinas de lo fashion. La mala conciencia textil les atenaza, y se afanan por esconder en el ámbito privado lo que consideran una desviación en el ámbito público, como si coleccionaran especies en peligro de extinción. Pero la persona verdaderamente elegante no desprecia ni sanciona al inelegante. Solo el pseudoelegante se siente amenazado por el chándal (su mera existencia es para él una agresión), pues en su fuero interno teme rendirse a su comodidad, etc., lo que le hace vivir una genuina tragedia estética y moral.

Y ahora, si me disculpa, debo intentar recuperar el control de mi vida. Tarea olímpica que intuyo me va a llevar su tiempo, así que será mejor encararla libremente y a todo confort. En chándal, por supuesto.

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