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Cuntactor

La abstención tiene consecuencias y desligarse de ellas no es propio de personas que se responsabilizan de sus decisiones.

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Rajoy y Sánchez recuperan la cordialidad en las formas

Rajoy y Sánchez se saludan al inicio de su última reunión en el Congreso. | EFE

La ausencia de la política en lo político queda evidenciada en la abstención y en dos de sus hermanas menores: la mercadotécnica y el silencio. Si ahora se preguntara a los diputados nacionales por Cantabria por su parecer ante la coyuntura política nacional obtendríamos sin paliativos lugares comunes, eslóganes propagandísticos o un silencio atronador. Vivimos un momento fascinante con una clase política desnuda de política. Y que la abstención, que es la negación de la política, se sitúe en el centro del debate lo dice todo.

La abstención es como la neutralidad, un concepto que no tiene concreción. No existe la abstención en la vida cotidiana, puede entenderse como un ideal al que aproximarse, como la neutralidad y la objetividad en periodismo, pero inalcanzable por definición.

Una pareja discute en la calle. La discusión se eleva de tono y el hombre empieza a agredir a la mujer. Los viandantes asisten perplejos a lo que ocurre, saben lo que ocurre, pero pasan de largo mirando para otro lado. Puede que se digan: "No es asunto mío, me mantengo al margen". ¿Pero este ejercicio de neutralidad, esta abstención en lo cotidiano, no es una toma de partido? 

La abstención tiene consecuencias y desligarse de ellas no es propio de personas que se responsabilizan de sus decisiones. Decidir, y la no-decisión es decidir, es política de verdad, lo que implica asumir todo el paquete de viaje: lo votado y sus consecuencias.

El Partido Socialista, en el disparadero del centro de decisión, acabará haciendo posible la continuidad de Rajoy al frente del Gobierno de España con 137 diputados. Esto tiene todo los visos de concretarse y, a medida que pase el tiempo, a medida que los derrotados electorales se vean en puertas de unas nuevas elecciones, irá fraguando como una realidad ineludible. Arrinconados contra las cuerdas, los contendientes acabarán esperando la campana. El tiempo tampoco es neutral. 

Es cierto que el Partido Popular ganó las elecciones y no es menos cierto que Ciudadanos entrará al juego de la gobernabilidad, pero quien le hará presidente y, sobre todo, quien hará posible que gobierne aunque sea a trancas y barrancas esta legislatura, será quien se abstenga. De esta manera la vieja política, si es que existe, se redoblará y bloqueará el paso, si no es como comparsa, a las nuevas formaciones. Vendrán luego, como ya ocurre esta semana, los cambios de parecer. Donde había un no claro, habrá un sí reticente para acabar con una abstención clamorosa. 

Ahora se ve claramente que hubo un momento hace unos meses en que fue posible una alternativa. Fue cuando Ciudadanos pactó un acuerdo con el PSOE y Pablo Iglesias dijo no.

Como todo en esta vida se repite, vamos a hacer de mediums y convocar al fantasma de Quinto Fabio Máximo, conocido también como Cuntactor, literalmente el que retrasa, algo así como el contemporizador. Quinto Fabio tenía por cognome Verrucosus, porque lucía una verruga en el labio superior, pero este general romano, al que el Senado encargó la imposible tarea de derrotar a un Aníbal poseedor del genio y que amenazaba los muros de Roma, hizo posible el triunfo final de otros con el método de no tomar decisiones. Su método desesperaba a los senadores, quienes lo consideraban sospechoso de traición: Cunctator no entablaba batalla, como mucho practicaba la guerrilla, y con el tiempo agobió tanto al cartaginés que lo condujo a la desesperación y la huida. Su no-decisión en el fondo era una decisión, una estrategia. Él triunfó donde sus predecesores habían fracasado.

Mariano Rajoy Cuntactor tampoco tomas decisiones, pero esta no-estrategia le sale bien siempre. Es un superviviente nato y un gran conocedor de los españoles y del nivel de la representación política. Es un romano gallego que consigue sus propósitos haciendo un marcaje al Aníbal de turno que aspira asaltar los muros de la capital. Y aunque ahora no estemos en la Segunda Guerra Púnica, conseguirá su propósito: seguir en el poder.

Enfrente tiene a pequeños Aníbales deseosos de dar batalla, pero desconcertados por los resultados electorales y lo escurridizo del rival. A la postre, también ellos dejarán de tomar decisiones, se abstendrán y, entre abstención y abstención, se dirimirá el juego. Porque la abstención es conservadora, siempre reforzará al más fuerte, al que ya tiene el poder. Por eso abstenerse lleva a la ruina del abstencionista, si no tiene más bagaje que su parálisis decisoria.

Ahora se ve claramente que hubo un momento hace unos meses en que fue posible una alternativa. Fue cuando Ciudadanos pactó un acuerdo con el PSOE y Pablo Iglesias dijo no. Iglesias, de desastre en desastre, va a acabar convirtiéndose en un general que pase a la historia como el más ilustre hacedor de derrotas. Pero antes de que se arrojara Albert Rivera en los brazos del PP, hubo una posibilidad de armar una alternativa, con abstención de Podemos, como queda dicho, apoyando sin votar.

Acuérdense de aquel debate entre Iglesias y Rivera con Jordi Évole de moderador. El debate del bar del Tío Cuco. Ríanse si quieren, pero fue uno de los momentos políticos más interesantes que se han producido en años. Porque fue un momento político real. Lo que vino después, los debates en televisión y la campaña electoral, se alejaban de la política, pero sobre aquella mesa del Tío Cuco la política estaba sobre el tablero. Allí estaban los dos aspirantes a asaltar el Palacio de La Moncloa y, sorprendentemente, había tantos puntos de acuerdo como de desacuerdo. Recíprocamente, uno se decía al otro continuamente "estoy de acuerdo", aunque eso finalmente no impidió que el desacuerdo se impusiera fuera del bar del Tío Cuco.

Desaparecida la política, llega la mercadotecnia. Para justificar lo difícilmente justificable es necesario ofrecer a la parroquia resultados. Se negociarán reformas constitucionales, otra nueva reforma laboral, consensos en materia fiscal y educativa… pero a medida que pase el tiempo, el abstencionista obtendrá menos y acabará volviendo a casa todo feliz con un paquetito de caramelos y un Gobierno que no es el suyo. El tiempo es de derechas.

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