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Detallitos

En política hay detalles, detallitos tontos sin importancia, que transforman a ratos, igual que un bolso, un peinado o unos zapatos de charol; marcan, hablan, dicen, parecen.

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Ya casi no me pasa pero todavía me acuerdo de cuando me compraba un chaleco y unas botas y me convertía en Janis Joplin cantando Piece of my Heart toda la noche; espectacular, era inmortal entonces. O cuando estrenaba un bolso elegante y me transformaba en la mismísima Inès de la Fressange tomando un té con macarons en Ladurée; poderosa, creía en mí para toda la eternidad. Y la de veces que poniéndome un sombrero era la sensual Ingrid Bergman; maravillosa, el mundo a mis pies.

Y al revés, al revés también. Eso me pasa mucho ahora, mira tú. Un corte de pelo me convierte en Doña Croqueta durante un par de meses, un sujetador pequeño en Dolly Parton sin su gracia y salero, y un gorrito para el frío en Lina Morgan haciendo la tonta del bote.

Detalles, qué importantes son los detalles. Porque sí, es posible que en todos los casos siguiera siendo yo pero por momentos, por un detallito, fui Janis Joplis, Inès de la Fressange, la Bergman, Doña Croqueta, Dolly Parton o Lina Morgan. O eso me pareció. O seguro que así me imaginó alguien.

En política pasa un poco igual. Hay detalles, detallitos tontos sin importancia, que transforman a ratos, igual que un bolso, un peinado o unos zapatos de charol; marcan, hablan, dicen, parecen. Que te pones un fraude encima, un silencio mal colocado, una declaración que te queda justa y ya está, ya habrá quien te vea de otra manera o hasta seas de otra manera.  La semana pasada, por ejemplo, que tampoco es que haya que hacer mucha memoria, que nos sobran los detalles cada semana:

Lo de  Monedero. Una bobada, claro, quién no ha criticado al vecino por lo mismo que él hace mal, si es que todos somos seres humanos, unos con corbata y otros sin ella. El detalle de presentar una complementaria es un detallazo, sin duda. Que para algunos ha sido como si se hubiera puesto un traje con abrigo al estilo Al Capone.

O Soraya Saénz de Santamaría hablando de Monedero en rueda de prensa tras la quedada de ministros de los viernes. Que una está acostumbrada a ver a Soraya de azul y negro y diciendo el Gobierno no tiene nada que decir, que el Gobierno respeta los procedimientos y, de repente, la ves hablando de lo malo que es Monedero por lo de sus impuestos y se convierte en Lady Di, ahora soy discreta, ahora no.

O lo de los cachorritos de NN.GG. de LLanes, el presidente y el tesorero nada menos, que se fotografían con una bandera franquista y haciendo el saludo fascista. Surcos de sudor en la camisa de marca, sonrisas, felicidad. Niñerías. Se convierten en Kates Mosses borrachas, que es que tú sabes que lo volverán a hacer una y otra vez.

El detalle de Pedro Sánchez de hacer un pactito contra el terrorismo islámico también ha sido muy especial. Se ha entendido de diferentes maneras: mal, muy mal, qué coño pasa con estos tíos y ¿hasta dónde van a llegar, por Dios santo, no hay fondo? A mí Pedro Sánchez me gusta porque le veo tan ciclotímico como yo y como Raquel Mosquera. Un día pacta con el PP y otra dice ante los artistas que bajará el IVA cultural al 5%. O el detallito de calzarse a Tomás Gómez, que es como calzarse unos Louboutin con calcetines térmicos del Decathlon, una cosa mágica.

Tania Sánchez se va de IU. Aquí hay tantos detalles que una no sabe con cual quedarse. Esto es como lo de Alfonso Díez, la difunta Duquesa de Alba y sus hijos. Que no sabes, no sabes quién querrías ser, quién es el bueno y quiénes los malos. Si hubo amor o solo dulce compañía. Elegir quien quieres ser en IU es difícil, no sé ni si yo sería capaz.

Los detallitos que se está poniendo encima Syriza sí que están diciendo cosas. Superficialidades que dirán algunos, mentiras, propaganda, ay, ese estar deseando que la caguen y que decepcionen. Pero ahí están sus detalles: subida del salario mínimo como la que se sube un poco más la faldita, prohibición de desahucio como el que se prohibe volver a vestirse con chándal, restablecer el acceso universal a la sanidad como el que vuelve a gustarse después de una mala racha, o ese aparentar que es capaz de enfrentarse a esa Europa de fondos que tantos nos gusta como la que se enfrenta al marido que humilla y maltrata por dentro. Y es que Tsipras se ha vestido de Leónidas, de Allende, de Olof Palme y del santo Job y el caso es que se le ve bien con todo. Y es que acertar en los detalles y elegir quien se quiere ser esta noche es muy importante.

Los detalles, amigos, los detalles. Ahí está la clave, si ya lo dice Naty Abascal.

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