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Dulce mandato de incoherencia

Aborrezco 'Rayuela' cada vez que no la tengo entre las manos, pero la amo apasionadamente cuando me dejo mecer por sus páginas irregulares.

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"Rayuela", de Julio Cortázar, novela innovadora 50 años después de publicarse

Julio Cortázar, autor de la novela 'Rayuela'. | EFE

Tengo problemas con 'Rayuela', la novela más conocida de Julio Cortázar. Son problemas, fundamentalmente, de afecto. En pocas palabras, yo quiero odiarla, lo logro de vez en cuando, pero no me sale de forma natural y al final sigue sucumbiendo a su prosa transparente de carcajada etílica. Para mí 'Rayuela' es un poco como esa tía segunda a la que, por pura pose postadolescente (edad en la que me encuentro anclado desde hace demasiado), tú quieres, si no odiar, sí al menos despreciar con sibilina ignorancia. Pero luego llega, y ha traído chorizo, y además tiene esas anécdotas tan graciosas que te olvidas de todo, dejas de reprimir la carcajada que te nace en el pecho desde hace un rato y hasta acabas con carmín rojo en las mejillas. Pues con la novela igual. O parecido, vaya.

Me pasa siempre que me enfrentó a esa obra iconoclasta y genial. Que entro con reticencias. No, aun más, con prejuicios. Porque uno ya la ha leído años atrás, y le gustó, sí, pero… Pero están los defectos, que tiene, y muchos. De composición, de ritmo, de contenido. Está el hecho de que su visión sobre lo metaliterario en la posmodernidad ha quedado totalmente superada. Enterrada, más bien. Esa idea ontológica de la creación autónoma, y blablablá. Y, claro, con todas esas cosas si me gustó, pienso, sería porque era un jovenzuelo impresionable, uno de esos que se deja epatar por la última tendencia artística supuestamente rompedora. Un grupie, vaya.

Más. No me gusta nada el jazz, no me gustan nada esas suntuosas conversaciones cargadas de referencias artísticas, porque las considero artificiosas. Y una novela, que es artificial, no puede parecer artificiosa, porque ese es un defecto muy feo. Toda esa idea de la gauche divine que había en París importada (exiliada) de América del Sur acaba por cansarme. Por parecerme incluso, sí, bastante falsa, pura apariencia. Y mil asuntos más que me dejo en el tintero.

Y sin embargo… sin embargo abro 'Rayuela' y me debo comer mis palabras. O, más bien, hacerlas a un lado. Porque si la principal labor de la literatura es, a mi juicio, hacernos felices (pueden llamarme hedonista superficial) 'Rayuela' cumple con creces. Porque me deleito con sus jueguecitos, con sus poemas en prosa, con el ritmo cadencioso de las frases sincopadas, con el bailar inclemente que plantea en sus escenas de pasión. Me veo leyéndolo en voz alta, disfrutando de cómo los sonidos me reverberan en la boca, de cómo se van fundiendo con el aire para hacer que al aire se transforme. Y hasta me meto, a veces, en la historia, y busco a la Maga, y finjo que me interesa un poquito dónde puede estar, su aventura (o lo que sea) con Horacio, los dislates de todos esos desencantados encantadores. Y, queda feo decirlo, me lo paso genial.

Por eso mi odio por 'Rayuela' es un odio particular. El que siento, solamente, entre lectura y lectura. Aborrezco esa novela cada vez que no la tengo entre las manos, pero la amo apasionadamente cuando me dejo mecer por sus páginas irregulares. Es una sensación extraña. Es una sensación plena. 

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