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Eisenstein y la memoria

Siempre pensamos que es terrible olvidar, pero Eisenstein sostiene lo contrario.

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Poca gente recuerda a Eisenstein. No sorprende demasiado que se olvide a una historiadora, pero nuestra sociedad tiene más respeto por los deportistas y Elizabeth Eisenstein fue campeona mundial de tenis además de historiadora.

Leí en los ochenta, recién publicado, su libro The Printing Press as an Agent of Change, (los anglos siempre dicen «la prensa de imprimir» en lugar de simplemente «la prensa», porque recuerdan perfectamente que este artefacto era el que sacaba el zumo de la uva para hacer vino, etimología industrial que explica que las dos actividades, imprimir y beber, hayan permanecido íntimamente unidas hasta nuestros días). 

Poca gente recuerda a Eisenstein… excepto en la universidad, donde el interés hacia The Printing Press… ha perdurado hasta hoy, cosa nada frecuente en los libros académicos. La obra tiene méritos suficientes para explicarlo, pero también debe considerarse que parte de esa pervivencia se debe al evidente parecido de la época estudiada, la de la transición de los libros manuscritos a los impresos, con la nuestra, la del paso de los libros en papel a los electrónicos.

Pero en mi cabeza este libro ha aparecido con mucha mayor frecuencia que muchos otros a lo largo de mi vida. Y no porque dedique mucho tiempo a pensar en la tipografía del Renacimiento (tema por otro lado apasionante, pero del que no hablo salvo cuando encuentro a otro majara y los dos estamos borrachos), sino por unas frases de su prólogo. En él Eisenstein explica que ha leído una comunicación del presidente de su agrupación profesional, de historiadores, en la que pronosticaba prácticamente el inmediato fin del mundo. Los síntomas que servían al eminente historiador para aventurar este futuro eran peculiares, y desde luego no justificaban la hipótesis: la gente perdía la memoria y dejaba de leer la Biblia. Eisenstein razonaba que la explicación al desbarre estaba en que cuando la gente se hace mayor y ve su final aproximarse tiende a pensar que ese es el final, el absoluto, y no el suyo nada más.

Esto fue una revelación. Empecé a entender muchas situaciones de un modo nuevo. Vi la coherencia con otras afirmaciones que se oían aquí y allá, y aprendí a interpretar la angustia que contenían mensajes aparentemente triviales.

Por ejemplo, he sido presidente de la comunidad de vecinos de mi casa, un piso de un edificio construido en algún momento indeterminado de alguno de los últimos siglos en el barrio chino de Barcelona. Varias decenas de viviendas ocupadas por gente muy mayor en muchos casos, o por emigrantes más jóvenes: ecuatorianos, chinos, pakistaníes… Muchas de las personas mayores eran viudas, como es frecuente. Me llamaban para que fuera a su piso y examinara las grietas que el tiempo había abierto en un inmueble que nunca fue de buena calidad. Las grietas llevaban tiempo ahí, no era un susto de última hora. Yo me acordaba de Eisenstein. La angustia de aquellas mujeres no venía de un problema técnico de la construcción; sin ellas saberlo estaban quejándose de su propio deterioro, de la proximidad de su final, como el presidente de los historiadores estadounidenses.

Así que yo respondía formalmente a lo que se me planteaba, pero sabiendo que estaba hablando de algo más importante:

—¿Eso? ¡No tiene importancia, mujer! Es solo una grieta, normal en un edificio de esta antigüedad. Es un defecto superficial, pero la estructura, que es lo que importa, es sólida. Esta es nuestra casa y nos va a durar para siempre. Todos los vecinos estamos pendientes, vamos a hacer las obras que haga falta y no vamos a permitir que las cosas se estropeen más.

A juzgar por mi propia experiencia, y la de mis colegas, recordar, más que olvidar, es lo que representa una amenaza sin precedentes.

Era cuestión de ver el alivio que iban reflejando las caras al oírme y uno se sentía recompensado. Lo único malo de la operación era que era adictiva para ellas, y a la semana siguiente tenía que volver a estudiar la grieta. (Y un segundo inconveniente: me hacía añorar los tiempos en que las mujeres que se empeñaban en enseñarme sus grietas tenían veinte años).

Para citar con exactitud busco mi ejemplar de The Printing Press as an Agent of Change. Pero el tresgu que habita mi biblioteca esconde siempre el título que quiero mirar. Así que intento despistarlo. Con aire ausente, como si me hablara a mí mismo, acostumbro decir en voz alta:

—Voy a echar un vistazo a Paradox rey —cuando en realidad quiero consultar El jazz en la boca. Y allá va él, cual centella, a coger Paradox. Yo tomo tranquilamente el libro de Ildefonso Rodríguez y dejo al tresgu con un palmo de narices y con Baroja, que tampoco es mala lectura. Así que hoy, con la más inocente de mis miradas, aseguro al aire:

—Voy a recordar una cosa que decía Polly Adler en Una casa no es un hogar.

Pero esta vez, como muchas otras, ha sido más rápido que yo. No sé cómo ha adivinado mis intenciones, pero el muy cabrón se me ha adelantado y, aunque rebusco a conciencia hasta en lugares donde el libro no tendría por qué estar (me los cambia de sitio con frecuencia), no aparece por ningún lado. Me rindo. Pruebo a hacer una búsqueda en google, y me encuentro aquí  La revolución de la imprenta en la Edad Moderna europea, la traducción española, en donde puede leerse todo el prólogo del que les hablé. A ver… ¡ahí va! ¿Tendrán en Google también un tresgu tan malo como el mío? Porque lo que aquí dice la buena de Eisenstein no es lo que yo recordaba. Habla, precisamente, de recuerdos, para contradecir a su colega historiador: «A juzgar por mi propia experiencia, y la de mis colegas, recordar, más que olvidar, es lo que representa una amenaza sin precedentes».

La cita daría para mucho discutir, pero me voy a limitar a mi pequeño espacio mental. Yo recordaba mal lo que esta mujer había escrito: mi problema no es la amenaza sin precedentes que según ella supone recordar, sino lo contrario, olvidar lo leído. O más precisamente, inventar el recuerdo.

O, más precisamente todavía, cambiarlo de sitio, como hace el tresgu con mis libros. Porque la relectura actual del prólogo no quita nada de lo dicho sobre la utilidad de saber que nos quejamos formalmente de los problemas visibles, pero nos duelen o aterran otros. Lo único que pasa es que lo he aprendido en otro libro y llevo todo este tiempo agradeciéndoselo a Eisenstein. ¿Qué libro leí y he olvidado que me enseñó algo tan valioso?

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